Vagabundeo resplandeciente

De “monstruos deformes” y otras yerbas

Agosto 20, 2008 · 9 comentarios

Hace unos pocos días –según leo en un periódico digital– en el programa televisivo que concentra mayor audiencia noche tras noche en las pantallas argentinas, “Bailando por un sueño”, Serafín Zubiri, uno de los participantes, quedó eliminado del certamen. Este dato no revestiría mayor importancia, de no ser porque Serafín Zubiri es un cantante y pianista español, de pronto devenido en bailarín, pero por encima de todas esas referencias anecdóticas, vale mencionar que también es ciego.

Ser no vidente –para estar a tono con las vigentes tendencias que propician lo “políticamente correcto”– no es una anormalidad, claro que no. Probablemente, en la mayoría de los casos, sólo sea una incapacidad; incapacidad que no fue óbice, por ejemplo, para que Homero, John Milton y Jorge Luis Borges escribieran algunas de las páginas más memorables de la literatura universal. Sin embargo, no hay que ser en extremo perspicaz para advertir que, en el caso de Serafín Zubiri, la ceguera que padece intervino como única condición para su convocatoria al show, desembocando en el postrero reconocimiento mediático que obtuvo en el país. En otras palabras, más simples: de no haber ostentado dicha insuficiencia, no hubiese sido elegido para bailar en el programa de Marcelo Tinelli. El único “atractivo” que Zubiri podía presentar ante los televidentes, con el propósito de aumentar aún más el rating, es el de danzar en medio de un colosal estudio, cubierto con sus anteojos negros, y acompañado por su perro guía al costado. No pocos habrán estado esperando, ansiosos, que diera un mal paso y acabara trastabillándose.

A diferencia de lo que sucedía hace más de un siglo, cuando verdaderas multitudes concurrían (sobre todo en Estados Unidos), presas del desbordante entusiasmo, a observar seres humanos con alguna “monstruosa” deformidad digna de contemplarse en los tristemente célebres freak shows (David Lynch dirigió una magistral película muy ilustrativa al respecto: The Elephant Man), hoy en día las cosas han cambiado, y todas aquellas exhibiciones (casi) desaparecieron del mapa, por ser consideradas denigrantes para la condición humana e inaceptables moralmente. Como afirma Marcelo Pisarro en un excelente artículo, la extinción de los “circos de rarezas” estuvo motivada por diversas causas, pero especialmente se debió a los avances de la medicina, que permitieron corregir anomalías y detener enfermedades. De la mano, además de volverse, en algún modo, socialmente aceptable –esto es, deshumanizarlo en la menor medida posible–, también se modificaron los sentimientos experimentados hacia los freaks: si hasta ayer eran objeto de estupefacción o pánico, actualmente se tiende –mayormente– a sentir compasión por ellos. Pero, en rigor, ¿tanto ha cambiado? ¿Los “monstruos deformes” han dejado de estar en exhibición?

Dice Pisarro: Pero el cuerpo enfermo, mutilado, con trastornos congénitos o taras sociales, siguió exhibiéndose. Lo que cambió fue su soporte (la televisión en vez del circo: el fenómeno va al espectador y no el espectador al fenómeno) y la construcción enunciativa que garantiza su sanción social. En lugar de convertir la exhibición del cuerpo discordante en un entretenimiento descarado y explícito (¡Vengan, pasen y vean! ¡Errores de la naturaleza, criaturas horrendas que jamás debieron haber existido!) se le dio un subtexto diferente: no son ya objeto de escarnio o espanto, sino ejemplos a seguir, pruebas de dignidad, testimonios de superación personal y colectiva.

Aunque no sea un freak, subyacen indelebles rastros de morbosidad en la fascinación con que observamos bambolearse al ritmo de la salsa a Serafín Zubiri; aunque no sea un freak, subyacen indelebles rastros de morbosidad en la fascinación con que observamos cómo apenas puede mantenerse a flote el nadador africano Eric Moussambani en las aguas olímpicas de Sydney. Constituyen, inmersos en el folclore industrial del capitalismo moderno, un espectáculo redituable y profundamente hipócrita: bajo la manta protectora de la no discriminación, la integración y la heterogeneidad, muchas veces se esconde todo lo contrario, pues mal que nos pese, se pone especial énfasis en subrayar las diferencias existentes con las “personas normales”. Sólo hemos sido capaces de humanizar el maquillaje:  en vez de tratarlos como a la criatura concebida por Mary Shelley (eso sería desalmado y “políticamente incorrecto”), los presentamos como ejemplos de lucha, constancia, superación, o algún epíteto similar. Como si, de hecho, fueran iguales a nosotros, seres humanos.

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