Vagabundeo resplandeciente

¡Paren con el exitismo, che!

Agosto 23, 2008 · 5 comentarios

Como hace cuatro años, la selección argentina de fútbol se ha alzado con el oro en los Juegos Olímpicos. En Beijing ha revalidado un lauro que ya había obtenido, entonces bajo la conducción técnica de Marcelo Bielsa, en Atenas. De entrada hay que aclarar que no se trata de un triunfo menor. Sólo bastar reparar en que Brasil, la máxima potencia futbolística de la historia, jamás pudo conseguir las ansiadas medallas doradas en la disciplina, para dimensionar que, si bien no puede equipararse con un campeonato mundial, la competencia no carece de toda importancia, como algunos pretenden dejar instalado.

Sin embargo, en este caso, mantengo los pies sobre la tierra, rehúyo al típico exitismo que caracteriza al argentino, porque, sin desdecirme de la afirmación precedente (sin quitarle mérito al logro), también encuentro necesario aseverar que en éstos Juegos Olímpicos, el seleccionado dirigido por Sergio Batista, a excepción de Brasil, no enfrentó rivales de jerarquía. Viendo los partidos, me dio la sensación de que el equipo jugó “a media máquina”, regulando en todo momento, conciente de que sus circunstanciales adversarios eran en exceso inferiores. De hecho, el único encuentro en que quedé conforme y saciado con el rendimiento colectivo fue precisamente en la semifinal, cuando todos los jugadores verdaderamente respetaron los pergaminos de los verdeamarelos y salieron a jugar el partido “en serio”. Y, edificando una estructura sólida desde la defensa (Alfio Basile debería comenzar a tener en cuenta a Ezequiel Garay, flamante incorporación del Real Madrid), sumado al sacrificio de dos mediocampistas centrales que no dieron ningún balón por perdido, más los arrestos individuales de los desequilibrantes de ataque, pasaron por encima al quíntuple campeón mundial. Nada menos.

Esto revela que las condiciones existen, y dan para generar ilusión a largo plazo. No obstante, cuando se enfrente a una selección europea de primer nivel (el equipo que presentó Holanda fue muy flojo) o a combinados sudamericanos como Paraguay, la suficiencia (no despojada de cierta altanería) con que se disputaron estos cotejos, deberá quedar de lado.

Sobre los aciertos del entrenador, he de resaltar –evidentemente– la inclusión de Ángel Di María, un jugador dueño de una dinámica y un despliegue apabullante, que siempre marcó los cambios de ritmo en el conjunto –junto a Messi–, quitándole la disposición cansina del toqueteo horizontal de la que abusó el mediocampo argentino. Además, se nota que le brota flor de piel esa genuina picardía para jugar que se adquiere solamente en los potreros. Tiene pinta de crack, pero habrá que llevarlo de a poco, no sobrecargándolo de responsabilidades.

Como buen riverplatense me quedé con ganas de ver más minutos en cancha a Diego Buonanotte, que en su única oportunidad de mostrarse, aun dando considerables ventajas a causa de su diminuto físico, se las arregló para convertir un precioso gol de tiro libre. Sobre Javier Mascherano y su garra, amén de mencionar que ganó dos medallas de oro consecutivas, poco queda por decir que no se haya dicho ya: me animo a afirmar que hoy en día, tal vez junto a Messi, es el único futbolista imprescindible que tiene la selección argentina, y sin duda, se trata de uno de los mejores mediocampistas centrales del mundo. Por su parte, Riquelme cumplió correctamente con su rol de “director de orquesta”, casi “sin despeinarse”, y Agüero –sin redondear un campeonato destacado– apareció en el momento en que deben aparecer los goleadores. Pensando en la selección mayor, me preocupa la falta de un lateral derecho capaz de reemplazar a Javier Zanetti en  lo venidero (Pablo Zabaleta podrá aportar entusiasmo, pero sus rendimientos por ese andarivel dejan mucho que desear). Quizá Basile podría probar con Paulo Ferrari, que hace años merece una chance.

En resumen: el contundente triunfo ante nuestro clásico rival será a la postre lo que exclusivamente quedará grabado en las retinas de esta participación en Beijing. No es poco, pero la Argentina, de cara al futuro, debe aspirar a desarrollar un juego más regular y vistoso, conforme manda la tradición.

Categorías: Actualidad · Deportes