Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Septiembre 2008

Colectivo imaginario

Septiembre 29, 2008 · 9 comentarios

Como todos los lunes, me siento junto a la ventanilla. Abordar el transporte público en la terminal supone la ventaja implícita de elegir dónde uno quiere sentarse, teniendo la inmensidad de un ómnibus semivacío a disposición. En mi caso, siempre enfilo hacia el fondo, preferentemente al costado derecho y sobre la ventanilla. Aunque cuando se viaja durante ciertas horas, es improbable que en alguna parada no ascienda una mujer embarazada o un deshecho señor con bastón, y entonces uno deba gentilmente cederle su asiento, pues todos los que van sentados delante aprovechan para fingir que de repente moran en el país de Morfeo.

Me siento junto a la ventanilla. El repiqueteo de la lluvia golpeando el asfalto no cesa, y los nubarrones de pronto vuelven oscuro el mediodía. No tengo preferencias acentuadas en lo referente a los esporádicos vecinos; solamente me incomodan un tanto (tampoco mucho) aquellos que, por descuido o exceso de kilos, ocupan una parte de mi butaca con su cuerpo. En los viajes de vuelta hacia casa, sobre todo si he padecido muchas horas de clase, suelo aprovechar para dormir, pero ahora voy camino a la universidad, y teniendo en cuenta que el trayecto no es breve, debo buscar algún modo de recreación. Tanteo mi mochila y compruebo que no he traído Frankenstein, el libro que estoy releyendo por estos días. También he dejado olvidado el iPod, pues hoy salí apurado. Entonces por fin alguien ocupa el asiento vacante a mi lado.

No me puedo quejar. Parece ser una universitaria, como yo, y bastante guapa, aunque en un primer instante sólo puedo apreciarla de refilón. Cada pasajero que nos acompaña circunstancialmente en nuestro trayecto significa una incógnita que nos es dada a resolver, pese a que al final del viaje nunca arribemos a una conclusión certera y fundada. De reojo voy mirándola, poco a poco, como construyendo un rompecabezas, ficha por ficha: comienzo por sus zapatos, me detengo en sus uñas, y con todo el disimulo que mi innata torpeza me permite, logro llegar hasta su rostro, una vez que ya han pasado varios minutos desde que se sentó. Quizá por su vestimenta, quizá por su modo de acomodarse, quizá porque desde sus auriculares alcanzo a descifrar una canción de Belle & Sebastian, quizá porque nunca la vi por los pasillos de mi facultad, decido que no es estudiante de Derecho. Como tiene las manos delicadas, podría estudiar enfermería, y entonces deduzco que Cora sería el nombre ideal para ella.

Otras veces he imaginado oficios disparejos para mis acompañantes: un viejo payaso todavía con resabios de maquillaje en su rostro, una suerte de ejecutiva prepotente dando instrucciones a los gritos por el celular, un músico desvalorado yendo a probar suerte en una nueva ciudad, una prostituta que se ocupa de mantener a su marido, un desempleado más. Por lo general, tiendo a conjeturar existencias grises, melancólicas, anodinas. Tal vez sea la fatiga propia de embarcarse una vez más en los angustiosos surcos de la monótona rutina, tal vez sea un vacío más profundo que habita en sus espíritus, pero lo cierto es que infiero existencias grises de rostros pálidos y abatidos, descorazonados quizás. En el ir y venir cotidiano de las personas la desazón se erige en regla, al menos en lo que al transporte público se refiere. Sólo hay que detenerse un instante en sus semblantes.Alguna vez me gustaría poder observarme a mí mismo.

Me pregunto: ¿cuántas existencias pasarán a diario por los asientos que ahora ocupamos Cora y yo? ¿Cuántos atribuirán particularidades imaginarias a sus ocasionales vecinos?

Asimismo, ¿repararán otros en mi presencia, inventarán historias sobre mí? ¿Podría descubrir Cora mis inclinaciones o apetencias simplemente observando las zapatillas que llevo? ¿Sabría lo que estudio concentrándose en mi camisa medio arrugada? ¿Adivinaría los años que tengo a partir de mis facciones? ¿Me creería impulsivo sólo a causa de mi tic de mover constantemente un pie? ¿Podría deducir mi estado de ánimo considerando la expresión de mi rostro? Si me duermo un instante, ¿pensaría que pasé la noche en vela viendo documentales sobre el regreso de los salmones a su lugar de nacimiento para procrear?

La lluvia se ha apaciguado, pero finísimos hilos de agua continúan cayendo casi de forma horizontal. Cora se apresta para levantarse. Estamos frente a la universidad donde se estudia enfermería (entre otra veintena de carreras, claro). Me consuelo: si no acerté, le pegué en el palo. Sin mirarme, se eleva y con pasos graciosos va caminando hasta la puerta del ómnibus, que sigue su camino de todos los días, raudo. La observo desde la ventanilla, pero ella no gira la cabeza. Por fin se pierde, desaparece de mi campo visual. El trayecto casi llega a su final. En menos de cinco minutos la olvidaré, como termino borrando de la memoria a todos mis acompañantes imaginarios. Ahora recuerdo que tengo preocupaciones en que pensar, hoy es día de examen, voy retrasado y estudié menos de lo debido.

Categorías: General · Personal

Marcel Schwob, biógrafo ficticio

Septiembre 23, 2008 · 16 comentarios

Refería Borges que en todas las partes del mundo existen devotos de Marcel Schwob que constituyen pequeñas sociedades secretas. Dichas cofradías, irremediablemente, se han mantenido inmutables a lo largo del tiempo, con la lógica renovación de cultores que la transitoriedad terrenal de los cuerpos impone. No es casual que así sea, pues el francés pertenece a esa casta de escritores, quizá reconocidos en su época de esplendor, que dejan cicatrices etéreas, casi impalpables para la gran mayoría de la comunidad literaria, pero que sin embargo, permanecen allí, reapareciendo en las texturas artísticas una y otra vez, aunque no sean debidamente advertidas.

Antes de cumplir los treinta años, Marcel Schwob se transformó en uno de los más exquisitos escritores próximos al simbolismo que jamás haya dado el más literario de los países, la tierra de Rimbaud y Verlaine. Humanista, políglota, erudito devorador de libros, la brevedad de su existencia no fue óbice para que dejara una serie de obras que ya en su tiempo –fines del siglo XIX y principios del XX– despertaron los aplausos de los mismísimos Oscar Wilde y Stéphane Mallarmé, entre otros reconocidos autores que le sucedieron, y en cuyos textos se pueden descubrir presentes las sutiles cicatrices de erudición e innovación schwobianas, reverdeciendo a través de los años y revalidando el destino en cierne que poseían esas huellas casi decimonónicas. El más universal de los artistas argentinos, por caso, se encargó de señalar en más de una ocasión que su narrativa no hubiese desembocado en los senderos que se bifurcan de no haber sido por el influjo de Schwob. Pero si queremos tensar la cuerda y nos proponemos ser todavía más extensivos en el rastreo, hasta se podría llegar a concluir que el género denominado non-fiction, que tuvo a Truman Capote (y su novela A sangre fría) como mayor exponente, aunque emparentado de forma estrecha con el periodismo, encuentra una suerte de precedente en el entretejido a mitad de camino entre lo biográfico y lo ficticio que construyó Schwob en sus Vidas imaginarias.

Publicada en 1896, Vida imaginarias portaba una idea que Borges definió como extraordinaria, como asombrosa: que una biografía podía contener datos verídicos mezclados con otros imaginados. De hecho, en base a tal idea se erigió una parte sustancial del intrincado edificio literario borgeano, tal como él mismo se encargó de especificarlo: Hacia 1935 escribí un libro candoroso que se llamaba Historia universal de la infamia. Una de sus muchas fuentes, no señalada aún por la crítica, fue este libro de Schwob.

Pero antes de esa mención, Georgie señala el sistema del que se valió el erudito francés para pergeñar su obra más célebre: Para su escritura inventó un método curioso. Los protagonistas son reales, los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos. El sabor peculiar de este volumen está en ese vaivén. Por ende, lo imaginario no aparece en Schwob contrapuesto con lo real, con el fin de desmitificarlo o simplemente impugnarlo, sino que terminan por confluir, conformando una evanescente unicidad que sobreviene misteriosa y fantasmagórica (para el lector) pues en los intersticios del entramado se pierden los vestigios de la yuxtaposición. Así es que en breves textos (sólo pretende rescatar hechos recónditos), cargados de una belleza propia de Flaubert, van desfilando sucesivamente los personajes que el biógrafo eligió de entre millones de historias: el filósofo griego Empédocles, Heróstratos el famoso incendiario, Pocahontas la princesa india, el temible Capitán Kid, Paolo Uccello el pintor florentino y el poeta Lucrecio, entremezclados con otras existencias de menor renombre, dado que para Schwob el arte del biógrafo debería consistir en apreciar la vida de un pobre actor tanto como la vida de Shakespeare. En otras palabras, la concepción schwobiana realza la individualidad irrepetible que significa cada vida, narrando con igual preocupación las existencias únicas de los hombres que hayan sido divinos, mediocres o criminales, estrujando mitos, retorciendo certezas, para resucitar del pasado las notas diferenciadoras que despojan al ser social de la aglutinante humanidad, transformándolo al fin en individuo.

Categorías: Literatura

“Irma la Douce”, de Billy Wilder

Septiembre 20, 2008 · 3 comentarios

En el revoltijo estético y temporal de cineastas insignes que, según mi entender, ha brindado Hollywood desde el advenimiento del celuloide (utilizado como soporte para películas) hasta nuestros días, siempre he considerado a Billy Wilder como uno de los más destacados cultores del “entretenimiento agudo”; vale decir, del entretenimiento concebido necesariamente como una estrecha ligazón entre un –llamémoslo– continente comercial que da cabida a un contenido no desprovisto de una determinada densidad intelectual, de una meditada cosmovisión inherente. En efecto, la filmografía del nacido en territorio del Imperio Austro-Húngaro, es pródiga en la formulación de, por ejemplo, una permanente y mordaz crítica social (no siempre sobrentendida): tal singularidad se puede apreciar, con matices, desde sus tempranas realizaciones, como Five Grave to Cairo o Sunset Boulevard. Pese a ello, e incluso considerando que Wilder incursionó con sorprendente idoneidad en una vasta cantidad de géneros cinematográficos, el imaginario colectivo asocia su nombre exclusivamente con la comedia; reduccionismo a todas luces injusto, pero asimismo comprensible, teniendo en cuenta que dicho fenómeno se debe a que sus películas más exitosas siempre transitaron por el carril de lo humorístico y el desenlace feliz. Con todo, sin pretender endilgarle a su cine el nivel de profundidad alcanzado por directores de la talla de Bergman, Antonioni o Godard, entiendo que Billy Wilder fue un verdadero maestro de las formas cinematográficas, pues poseía una competencia técnica envidiable, manejaba el lenguaje visual de modo impecable, y fue capaz de combinar –como pocos– calidad y masividad, por muy dura que haya sido la crítica con él en su momento.

Metiéndome de lleno en el filme que quiero reseñar, indudablemente se revelan extemporáneas y hasta cierto punto, graciosas, algunas de las consideraciones que la crítica especializada derrochó a comienzos de la década del sesenta sobre Irma la Douce: desde estimaciones tales como “trozo de celuloide soez y de mal gusto, ridículo y ofensivo” hasta “ejercicio vulgar e impúdico de explícita pornografía, ideal para su exhibición en prostíbulos”, uno puede encontrar de todo. Juzgadas a la luz del presente, las aludidas observaciones, no exentas de un descomunal puritanismo, causan la misma sorpresa que produce el hecho de que cierta literatura, en otro tiempo, circulara de forma clandestina y marginal, en fotocopias, por cargar a cuestas el mote de “transgresora”. No considero que Wilder haya sido precisamente un transgresor (ese epíteto le cabe, por ejemplo, a Pier Paolo Pasolini), pero lo cierto es que desde hace varias cosechas, el mismo sector que censuraba sus cintas por considerarlas pornografía, ha terminado por canonizarlo.

Con el fondo de un argumento banal –al menos en su tratamiento–, que Wilder toma como mera excusa, como punto de partida para desplegar su profundo conocimiento del lenguaje cinematográfico, se presenta ante el espectador un espectáculo estético de notable factura, en el que se destacan los saturados cromatismos y los esmerados decorados que dan vida a un distrito marginal, pocas veces abordado, de París –a propósito, recuerdo, aunque la comparación no sea del todo exacta, Los miserables de Victor Hugo–. En efecto, el barrio de Les Halles, donde se concentra la historia, además de constituir un “bajo fondo”, un entorno en que reina la prostitución callejera, los proxenetas, la corrupción y la pobreza, se revela asimismo como el centro de un constante ir y venir de una considerable muchedumbre. Lejos entonces de mostrarnos el retrato acostumbrado y estereotipado de la capital francesa –Les Champs-Élysées–, y ostentando un uso nada convencional de la cámara, Wilder nos zambulle, con indulgencia, sarcasmo y comicidad, en el “vulgar” submundo propio de las “profesión más antigua del mundo”, aunque claro, de un modo casi antagónico al desconsolador retrato que traza Fellini en Las noches de Cabiria.

Aprovechando la química que habían logrado pocos años antes en una de sus películas más notables (The Apartment), Wilder repite la pareja protagonista, consiguiendo una vez más resultados sobresalientes, puesto que Jack Lemmon nos regala una gran interpretación, repleta de versatilidad e histrionismo, complementándose a la perfección con una sensual Shirley MacLaine, cuya vestimenta plagada de pintorescos tonos verdes, indefectiblemente, queda grabada en las retinas del cinéfilo amante de, a mi juicio, una de las mejores comediantes que ha dado Hollywood. De hecho, la relación que se establece entre ambos concentra toda la atención desde el primer momento, en medio de un guión que cae constantemente en recursos de los más variados, como cambio de identidades, malentendidos, gags e ironías a granel, en la pretensión de encontrar focos alternativos de atracción. Y precisamente allí es que la mano maestra de Wilder introduce a un personaje memorable: el fanfarrón y fantasioso cantinero Moustache, quien asegura, lleno de seguridad, haber sido coronel de legión, profesor de economía, abogado criminalista, tocólogo, croupier en Montecarlo, etc. No es casualidad que Wilder le haya reservado el último plano del film. Por lo demás, las conversaciones que mantiene con Nestor Patou (Lemmon) son entrañables, asumiendo Moustache el rol de bienintencionado consejero. Para concluir, de uno de esos diálogos, rescato una maravullosa frase sobre la que descansa el modo de pensar del director: “En este mundo en que vivimos, el amor es ilegal, pero el odio no”.

Irma la Douce (EE.UU., 1963)
Director: Billy Wilder.
Intérpretes: Jack Lemmon, Shirley MacLaine
, Lou Jacobi, Herschel Bernardi, Bruce Yarnell, James Caan, Hope Holiday.
Calificación: 7,50.

Categorías: Cine