Refería Borges que en todas las partes del mundo existen devotos de Marcel Schwob que constituyen pequeñas sociedades secretas. Dichas cofradías, irremediablemente, se han mantenido inmutables a lo largo del tiempo, con la lógica renovación de cultores que la transitoriedad terrenal de los cuerpos impone. No es casual que así sea, pues el francés pertenece a esa casta de escritores, quizá reconocidos en su época de esplendor, que dejan cicatrices etéreas, casi impalpables para la gran mayoría de la comunidad literaria, pero que sin embargo, permanecen allí, reapareciendo en las texturas artísticas una y otra vez, aunque no sean debidamente advertidas.
Antes de cumplir los treinta años, Marcel Schwob se transformó en uno de los más exquisitos escritores próximos al simbolismo que jamás haya dado el más literario de los países, la tierra de Rimbaud y Verlaine. Humanista, políglota, erudito devorador de libros, la brevedad de su existencia no fue óbice para que dejara una serie de obras que ya en su tiempo –fines del siglo XIX y principios del XX– despertaron los aplausos de los mismísimos Oscar Wilde y Stéphane Mallarmé, entre otros reconocidos autores que le sucedieron, y en cuyos textos se pueden descubrir presentes las sutiles cicatrices de erudición e innovación schwobianas, reverdeciendo a través de los años y revalidando el destino en cierne que poseían esas huellas casi decimonónicas. El más universal de los artistas argentinos, por caso, se encargó de señalar en más de una ocasión que su narrativa no hubiese desembocado en los senderos que se bifurcan de no haber sido por el influjo de Schwob. Pero si queremos tensar la cuerda y nos proponemos ser todavía más extensivos en el rastreo, hasta se podría llegar a concluir que el género denominado non-fiction, que tuvo a Truman Capote (y su novela A sangre fría) como mayor exponente, aunque emparentado de forma estrecha con el periodismo, encuentra una suerte de precedente en el entretejido a mitad de camino entre lo biográfico y lo ficticio que construyó Schwob en sus Vidas imaginarias.

Publicada en 1896, Vida imaginarias portaba una idea que Borges definió como extraordinaria, como asombrosa: que una biografía podía contener datos verídicos mezclados con otros imaginados. De hecho, en base a tal idea se erigió una parte sustancial del intrincado edificio literario borgeano, tal como él mismo se encargó de especificarlo: Hacia 1935 escribí un libro candoroso que se llamaba Historia universal de la infamia. Una de sus muchas fuentes, no señalada aún por la crítica, fue este libro de Schwob.
Pero antes de esa mención, Georgie señala el sistema del que se valió el erudito francés para pergeñar su obra más célebre: Para su escritura inventó un método curioso. Los protagonistas son reales, los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos. El sabor peculiar de este volumen está en ese vaivén. Por ende, lo imaginario no aparece en Schwob contrapuesto con lo real, con el fin de desmitificarlo o simplemente impugnarlo, sino que terminan por confluir, conformando una evanescente unicidad que sobreviene misteriosa y fantasmagórica (para el lector) pues en los intersticios del entramado se pierden los vestigios de la yuxtaposición. Así es que en breves textos (sólo pretende rescatar hechos recónditos), cargados de una belleza propia de Flaubert, van desfilando sucesivamente los personajes que el biógrafo eligió de entre millones de historias: el filósofo griego Empédocles, Heróstratos el famoso incendiario, Pocahontas la princesa india, el temible Capitán Kid, Paolo Uccello el pintor florentino y el poeta Lucrecio, entremezclados con otras existencias de menor renombre, dado que para Schwob el arte del biógrafo debería consistir en apreciar la vida de un pobre actor tanto como la vida de Shakespeare. En otras palabras, la concepción schwobiana realza la individualidad irrepetible que significa cada vida, narrando con igual preocupación las existencias únicas de los hombres que hayan sido divinos, mediocres o criminales, estrujando mitos, retorciendo certezas, para resucitar del pasado las notas diferenciadoras que despojan al ser social de la aglutinante humanidad, transformándolo al fin en individuo.

