Vagabundeo resplandeciente

Reflexiones sobre la televisión

Octubre 28, 2008 · 9 comentarios

Dada la inmensa magnitud que posee, quizá sólo comparable con la armamentística, la industria de la comunicación, desde hace varias décadas, se nos descubre como un sector productivo dotado de una dinámica económica específica, ante la cual los Estados nacionales carecen, algunas veces más, algunas veces menos, de margen de maniobra: parecerían condenados, irremediablemente, a subirse al frenético tren de las prioridades económicas, y con suerte, procurar ocupar alguno de los vagones preferenciales.

Es indudable que, pese al fenómeno de la Internet, la televisión todavía conserva su posición de ámbito crucial desde el que se origina buena parte de la cultura contemporánea. Cuando me refiero a las “prioridades económicas”, sólo estoy poniendo de manifiesto una realidad asequible a cualquier televidente: las grandes cadenas televisivas de todo el mundo atienden un criterio exclusivamente económico a la hora de establecer sus programaciones. En otras palabras, garantizar la mayor rentabilidad posible, maximizar beneficios, son los ejes centrales sobre los que giran las decisiones que configuran el discurso televisivo que prevalece en los hogares. Tratándose de cadenas de capital privado la constatación de tales pautas no debería ser motivo de extrañeza para nadie. Sin embargo, cuando ingresamos en el –fangoso– terreno de las televisoras estatales, que teóricamente deberían actuar a modo de servicio público, no sometidas a las exigencias propias del mercado, priorizando la consecución de diversos fines culturales, educativos y sociales, caemos en la cuenta de que la existencia paralela de las cadenas privadas y la lógica que éstas imponen, de algún modo obliga a las emisoras de origen estatal a dejar de lado o, cuando menos, a postergar la búsqueda de esas metas, para combatir dentro del mercado, donde todo vale, diseñando una grilla de programación similar a la de las empresas privadas, pues de lo contrario corren el riesgo de perder la audiencia. En síntesis, arribamos a la conclusión de que hasta los canales de televisión estatales, en mayor o menor medida, terminan por ceder, y se rigen por parámetros propiamente económicos cuando diagraman sus contenidos.

Evidentemente, tal fenómeno, que no es novedoso ni mucho menos, sólo puede traer consecuencias perniciosas, como que las personas se han acostumbrado a atiborrarse de información irrelevante, tal vez como efecto de cierto estilo de periodismo ligero, de lo efímero, superficial, que prevalece en nuestros días.

Y así llegamos a otro aspecto inherente a la televisión, entre otros medios de comunicación: la manipulación de la realidad. Quien haya tenido la oportunidad de presenciar un partido de fútbol en el rol de espectador (existen jugadores cuyo papel dentro del campo de juego también se reduce a la inactividad, a la mera presencia física, pero esa es otra historia) podrá dar por cierto lo que refería Umberto Eco en su libro La estrategia de la ilusión, al afirmar que en un conjunto de cámaras que transmite un evento deportivo como el fútbol, al fin de cuentas, opera una selección de los hechos, esto es, se enfocan ciertas acciones al tiempo que se omiten otras, se intercalan tomas del publico en menoscabo del juego y viceversa, se encuadra el terreno de juego desde decenas de perspectivas determinadas y opuestas. En suma, interpreta, nos ofrece un partido visto por el realizador del programa y no un partido en sí. Avalando la conclusión del maestro italiano, me permitiré agregar otro factor nada despreciable a la hora de comprender no tan sólo las transmisiones futbolísticas, sino la televisión en su totalidad: el uso incesante de la repetición, vale decir, de la redundancia, como agente de fijación, de consolidación: no es casual que las imágenes nos invadan, nos abrumen una y otra vez como símbolos redundantes del progreso.

Cuando se habla de estas “menudencias”, como es sabido, casi de forma inevitable se menciona como antecedente entre admirable y pasmoso, la proeza artística de Orson Welles: hacerles creer a los radioescuchas estadounidense –aun cuando les había advertido que se trataba de una teatralización– que la primera potencia mundial había sido invadida por extraños seres provenientes de otro planeta. Se trata pues del debilitamiento, de la inversión y desfiguración de la realidad: los medios de comunicación en general, y la televisión en particular entendidos como ámbitos donde se reelabora la realidad. Eco asevera que entra en crisis la relación de verdad factual sobre la que reposaba la dicotomía entre programas de información y programas de ficción, y esta crisis tiende cada vez más a implicar a la televisión en su conjunto, transformándola de “vehículo de hechos” en “aparato para la producción de hechos”, es decir, de espejo de la realidad pasa a ser productora de la realidad.

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