Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Diciembre 2008

Inmovilidad y muros carcelarios

Diciembre 29, 2008 · 3 comentarios

Thomas Mathiesen en Prison on Trial llega a la conclusión de que el sistema penal, sobre todo en los Estados Unidos –país en el que más del 2% de su población se encuentra encarcelada–, castiga la base más que la cúspide de la sociedad. El discurso político dominante, influenciado por la enorme presión ejercida por los medios de comunicación, tiende a alentar políticas llamadas de “mano dura” o “tolerancia cero” (las que propician la simplista estrategia del endurecimiento de penas), que son inflexibles con respecto a los delitos que normalmente cometen los marginados, los excluidos del orden. Por consiguiente, no sorprende que las cárceles, también en la Argentina, estén atestadas principalmente de personas pertenecientes a los estratos socioeconómicos más bajos.

Por el contrario, presentan muchísimas menos posibilidades de ser tipificados en los códigos penales, aquellos delitos que perpetran ciertas personas o grupos de personas que se hallan en la “cima” de la sociedad. Bauman lo expresa del siguiente modo: Despojar a una nación de sus recursos se llama “fomento del libre comercio”; robar a familias y comunidades enteras sus medios de vida se llama “reducción de personal” o “racionalización”. Jamás estas dos acciones han aparecido en la lista de actos delictivos y punibles. Peor incluso, cuando esta clase de acciones ilegales están tipificadas, generalmente presentan en la regulación alguna clase de “válvula de escape” para el delincuente, que por medio de refinamientos legales y financieros (a los que no tiene acceso el “ladrón de gallinas”), rara vez acaba por cumplir una condena en prisión. Por ejemplo, a los grandes evasores de impuestos, que perjudican las finanzas de una nación, usualmente se les ofrecen instancias previas de arreglos extrajudiciales.

Por otro lado, el capital político que se cosecha agilizando y perfeccionando la persecución contra los “delitos empresariales” es nulo en comparación con el que se obtiene “mostrando que se actúa” contra el delito que se palpa, que se percibe en los barrios, en las calles. Precisamente, el “delito en la cima” tiene la característica de ser, en la mayoría de los casos, incorpóreo, intangible, etéreo: son delitos literalmente invisibles, y por consiguiente, a menos que se trate de un gran escándalo mediático, pasan desapercibidos para el grueso de la ciudadanía.

En el universo de las finanzas trasnacionales y globales, durante mucho tiempo se pretendió reducir el papel de lo Estados nacionales al de “meras comisarías”, encargadas de concentrar toda su atención en la protección de la seguridad local, lo cual, sin duda, les impedía atender otros cuestiones de no menor importancia. En 1998 Bauman describía: La cantidad y calidad de los agentes policiales de ronda, los que limpian las calles de mendigos, carteristas y ladrones, y la solidez de los muros carcelarios son factores de primera importancia para ganar “la confianza de los inversores”, quienes los toman muy en cuenta a la hora de decidir cuándo invierten o retiran sus fondos. La reciente implosión del sistema capitalista, que desató una crisis económica y financiera que tiene convulsionado al mundo en su conjunto, ha puesto de relieve que la regulación del otrora Dios Mercado por parte del Estado es fundamental y constituye una función indelegable a la que no se puede renunciar.

En contraposición a la construcción ilimitada de cárceles, que son, al menos en la Argentina, verdaderas “universidades de delincuencia”, donde lejos de reeducarse y lograr el fin resocializador que menciona la Constitución, el condenado perfecciona los procedimientos delictivos que ya tenía inculcados, se propicia que el Estado parta de un diagnóstico criminológico auténticamente científico y preciso, que se comprenda la necesidad de optimizar las herramientas de control informal (clubes deportivos, iniciativas barriales), y se establezca mayor inversión en áreas estratégicas como la educación y la acción social.

Correlacionando lo expuesto con el ámbito local, en una entrevista publicada el sábado 1 de noviembre de 2008, en el periódico “Crítica de la Argentina”, Eugenio Zaffaroni, actual miembro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, se refirió al supuesto aumento de la tasa delictual en la Argentina, y especificó alguna de sus causas: En la década pasada casi se destruyó el país, se gestó una exclusión social sin precedentes, se retrocedió en salud y en educación, se descuidaron los planes sociales y se desarmó el trabajo, el empleo, se perdieron hábitos laborales, se llenó de armas como nunca antes el país, nos quedamos sin dinero ni sistema financiero, se bloquearon los ahorros de la gente y otras barbaridades más. Sólo un tonto podría creer que eso puede ser gratuito, que no tenga un costo social en violencia. Lamentablemente, hay tontos incrédulos, pero lo grave es que también hay hipócritas que ahora piden que todo el presupuesto se invierta en cárceles.

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Agorafobia y disgregación de la comunidad urbana

Diciembre 19, 2008 · 4 comentarios

La revolución de las comunicaciones, especialmente debido al fenómeno de Internet, ha logrado lo que antaño parecía inalcanzable: “tiempo” y “espacio” como indicadores han perdido (casi) toda importancia. La información está a disposición de forma instantánea en todo el mundo; por ende, las diferencias entre el coste de transmisión de la información a nivel global y local cada día más tienden a reducirse. En la actualidad, desde sus hogares, con una conexión a Internet, dos personas pueden estar en contacto y mantener una comunicación instantánea e ilimitada aunque vivan a miles de kilómetros de distancia.

Sin embargo, este portento de la tecnología, que abre posibilidades infinitas, incorporando cada vez más beneficios para las personas que tienen acceso, por otro lado, también apareja consecuencias perniciosas, puesto que, cuando la distancia es suprimida, cuando “la distancia pierde significado”, algo similar ocurre con las localidades, que se encuentran aún separadas entre sí por distancias. El sociólogo polaco lo sintetiza del siguiente modo: lejos de homogeneizar la condición humana, la anulación tecnológica de las distancias de tiempo y espacio tiende a polarizarla. Emancipa a ciertos humanos de las restricciones territoriales a la vez que despoja al territorio, donde otros permanecen confinados, de su valor y su capacidad para otorgar identidad. Por consiguiente, la localidad termina por ser despojada de un significado social que, en mayor o menor medida, es reubicado en el ciberespacio. Para los “globalizados”, los vínculos con el medio terrenal (pues la localidad se transforma en un mero territorio físico) son progresivamente menos necesarios, y tienden a convertirse en inexistentes, generando un proceso de incomunicación y desprecio por los “locales”, que se traduce en aislamiento.

Tal aislamiento de las elites supralocales contribuye a la desfragmentación y gradual desaparición de los espacios urbanos públicos, en cuyo ámbito tradicionalmente se llevaban a cabo las diferentes formas de vida comunitaria y solidaridad social. Por el contrario, han proliferado los centros comerciales o shoppings, tal como señala Steven Flusty en Building Paranoia: los espacios públicos tradicionales son reemplazados cada vez más por espacios construidos y poseídos por entidades privadas (aunque frecuentemente con subsidios públicos), destinados a la congregación administrada del público, es decir, espacios para el consumo. Estos centros de consumo son un epítome de la globalización, pues inmersos en sus asépticos recintos las personas giran en torno a la mercancía en exhibición, alrededor de las inagotables “atracciones” comerciales, prescindiendo de la conversación, del debate, de la ponderación y de la interrelación que no esté asociada directamente a los valores comerciales en danza. Dicho de otro modo, los individuos se relacionan en torno a la revolución del consumo; existe una nueva forma de condicionamiento que se da por la vía del consumo masificado.

Estrechamente vinculado con el aislamiento de las elites supralocales, también irrumpe en este panorama posmoderno, y de manera radicalizada, el concepto de agorafobia, término proveniente del campo de la psiquiatría, que indica “sensación morbosa de angustia o miedo ante los espacios despejados, como las plazas”. No es fruto de la casualidad que en nuestros tiempos se expandan como plagas los barrios cerrados (gated communities, aunque en Argentina también denominados countries), cuyas características principales son el acceso selectivo y la vigilancia permanente (durante las veinticuatro horas) a cargo de guardias armados suministrados por las compañías privadas de seguridad. En otras palabras, nadie puede ingresar ni salir sin pasar antes por un chequeo de seguridad en el que se verifica la autorización o no por parte de los residentes. Si bien los muros y los portones no son una novedad en la historia de las relaciones sociales, pues existen desde tiempos antiquísimos, éste fenómeno –según la antropóloga brasileña Teresa Caldeira– de auto-segregación, proviene especialmente de parte de las clases más pudientes, que ya no pueden vivir, como antes, en el espacio público. La persona afectada de agorafobia le teme a los espacios públicos dado que allí se siente “desprotegida” y considera que le resulta difícil o imposible huir inmediatamente hacia un lugar calificado por ella misma como “seguro”. Por consiguiente, el agorafóbico tiende a evitar situaciones tan normales y cotidianas como utilizar el transporte público.

La causa que aparece como factor explicativo central en el surgimiento de estos barrios cercados, es el incremento de la criminalidad en las urbes contemporáneas. Por ende, el aislamiento aparece como la alternativa más eficiente, aquella que proporciona una mayor dosis de protección ante los peligros emparentados con los “conciudadanos indeseados”. A priori, visto desde la superficie, éste fenómeno no presenta tonalidades lo suficientemente nítidas como para ser calificado de dañino, más bien aparece como una reacción lógica, ante las altas tasas delictivas, de aquel sector de la población que tiene los medios suficientes para pagar por vivir en estos espacios; sin embargo, Bauman expresa a las claras las consecuencias perniciosas para la intensificación de los lazos de cohesión social en una determinada comunidad que este encerramiento “privatizador” presenta: esta garantía de seguridad está esbozada en la ausencia de vecinos que piensen, actúen o tengan un aspecto distinto de los demás. La uniformidad genera conformismo, y el otro rostro de éste es la intolerancia. En una localidad homogénea es sumamente difícil adquirir las cualidades de carácter y las destrezas necesarias para afrontar las diferencias entre seres humanos y las situaciones de incertidumbre, y en ausencia de estas destrezas y cualidades, lo más fácil es temer al otro, por la mera razón de que es otro: acaso extraño y distinto, pero ante todo desconocido, difícil de comprender, imposible de desentrañar totalmente, imprevisible.

El fenómeno, como acontece generalmente en la Argentina, comenzó en los alrededores de la ciudad de Buenos Aires, y poco a poco fue extendiéndose a las ciudades más importantes del interior del país; así, en Santa Fe, por ejemplo, ya son varios los barrios privados que existen en la actualidad. La sensación de desprotección que sólo se palia mientras se permanece dentro del “hábitat idílico” se empalma a su vez con la criminalización de la pobreza, un reduccionismo muy arraigado en nuestras sociedades, que fue sacudido severamente, como señaló el sociólogo Robert K. Merton, por la experiencia de los años sesenta, cuando el pleno empleo y los crecientes estándares de vida a lo largo del mundo occidental fueron acompañados por índices delictuales en alza. No obstante, esta desfragmentación social y espacial, de algún modo también se construye sobre los servicios prestados por personas pertenecientes a los estratos socioeconómicos bajos o medio-bajos: empleadas domésticas, guardias de seguridad, jardineros, albañiles, niñeras, encargados de limpiar piscinas, etc. Teresa Caldeira, en su obra Enclaves fortificados: a nova segregaçao urbana, lo expresa de este modo: en un contexto de miedo creciente al crimen, en que los pobres son asociados a la criminalidad, las clases medias y altas teman el contacto y la contaminación, pero continúan dependiendo de sus empleados, manteniendo con ellos relaciones tan ambiguas de dependencia y evitación, intimidad y desconfianza.

En esta concepción agorafóbica propia de la posmodernidad, lo público es contemplado como sinónimo de imprevisibilidad, de peligro anónimo, de inseguridad permanente motivada por la presencia del “otro”, o sea, el distinto, el que no encaja con los patrones de homogeneidad reinantes en el marco del repliegue consciente. Al “darle la espalda” a los “indeseados”, al recluirse en un mundo ficticio donde las murallas y los sofisticados sistemas de seguridad confieren sensación de invulnerabilidad, no sólo se fragmenta el espacio urbano y se contribuye a la disminución y privatización del espacio público, sino que también, por medio de la segregación, de la extraterritorialidad voluntaria de la elite y la territorialidad obligada del resto, se profundiza la disgregación de la comunidad urbana.

Categorías: Actualidad · Economía · Política

Todo sea hecho para levantar minas (incluso las películas de Godard)

Diciembre 15, 2008 · 4 comentarios

Aclaración preliminar: suponiendo que Jean-Luc Godard no hubiese hecho otra cosa que dirigir À bout de souffle, su película de 1960 basada en una historia de Truffaut, su obra seguiría estando a mil años luz que la de una enorme mayoría de cineastas que han y siguen pululando, ayer y hoy, como una casta de malditos, por el mundo.

Hace un par de noches me descubrí estupefacto frente al televisor. Alrededor de la medianoche, haciendo zapping, había encontrado que anunciaban Le Petit soldat, uno de los primeros largometrajes de Godard. Fue una verdadera casualidad, pues (más allá que no es frecuente encontrarse con películas de este calibre en la televisión) en las semanas anteriores me había dedicado a ver varias realizaciones del reconocido director francés (hasta una revisión esclarecedora de Pierrot le fou). La cuestión es que, al tiempo que disfrutaba la más radical y mejor escena de tortura que jamás mis ojos hayan contemplado, o la exquisita sesión de fotos que Michel Subor le realiza a la resplandeciente Anna Karina, me vino a la memoria un artículo que tuve ocasión de leer días antes en la revista cultural de “Clarín”.

En el mismo, el escritor peruano Santiago Roncagliolo comienza afirmando que en su época de estudiante universitario, la mejor manera de arrebatar la atención de las compañeras del sexo opuesto era hablándoles del cine de Godard. Anoticiándome que Roncagliolo nació en 1975, su método de seducción me resulta, cuando menos, curioso. Me explico: si el escritor que nos ocupa hubiese cursado sus estudios en los años sesenta o setenta, su aseveración podría sonar más lógica, más creíble, pero lo cierto es que en la década del noventa el nombre de Godard lejos estaba ya de reputarse como afrodisíaco. La cosa no ha cambiado sustancialmente: salvo excepciones, si hoy en día uno pretende que la mera invocación del artista parisino redunde en un encuentro sexual con una estudiante de Humanidades, está tirando un anzuelo sin carnada. Existen mil y una vías más idóneas para la consecución de tan loable finalidad, comenzando por tener una abultada cuenta bancaria o un aspecto parecido al de George Clooney. No jodamos, simplemente soy realista: si yo le hablo a una mina sobre Godard, lo más probable es que me mire con estupefacción, para luego emprender una despavorida huida por los pasillos de la universidad.

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Pero Roncagliolo sigue, y más adelante dice: El único inconveniente era que había que ver sus soporíferas películas, pero en caso de emergencia, uno podía salir del paso con algunos clichés del tipo “una mirada oblicua a la condición contemporánea” o “un poema visual sobre la otredad” que servirían para describirlas a todas. Sobre Godard han corrido ríos de tinta, pero yo he hallado pocas oraciones tan equivocadas como la anterior. No condeno al paisano de Vargas Llosa por hacerle honor a su apellido, durmiéndose con los filmes de Godard, dado que nadie tiene la obligación de apreciarlos positivamente (aunque, vale decir que el calificativo de “aburrido” solía ser aplicado a otro descomunal genio como Antonioni y no a Godard), pero los lugares comunes que inventaba para acostarse con sus compañeras lejos están de describir en conjunto la esencia de una filmografía tan contundente como variada.

Sin embargo, todo esto sólo oficiaba de introducción, pues como si no fuera suficiente, el novelista peruano remata su artículo con la exposición de una teoría sustentada en la lectura de la biografía escrita por Colin MacCabe: ante su escasamente agraciada anatomía, nos dice Roncagliolo, Godard concibió toda su obra pensándola como un medio para conseguir mujeres. Para probar semejante dislate tan sólo recurre a narrar un par de anécdotas sobre la relación del director con Anna Karina, Anne Wiazemsky y Anne-Marie Miéville. Me gustaría tener su capacidad para experimentar revelaciones tan singulares en base a disparatadas interpretaciones de biografías canónicas.

Hay que dejar en claro que Jean-Luc no fue, ni hoy tampoco debe serlo, ningún monje replegado en las virtudes de las prácticas ascéticas, y que sus films rebasan carnalidad, concupiscencia y erotismo (sin llegar a los extremos de Pasolini, por cierto). Por otra parte, se podrá argumentar que no es un “intocable”, que sus películas distan muchísimo de ser geniales, etc. Lo que resulta inaceptable es lo que expresa Roncagliolo, quizá guiado por esa “filosofía de bar”, vaga, ligera y fanfarrona, que se complace en afirmar que todo lo que hacen los hombres solamente es un recurso para “levantar” minas”.

Por último, lo que omite mencionar Roncagliolo es que Godard, sobre todo a partir de su experiencia con el grupo Dziga Vertov y de la estrecha colaboración que mantuvo con Jean-Pierre Gorin (co-dirigieron seis películas juntos), oponiéndose claramente al lenguaje instaurado por Hollywood, jamás renunció a la idea de cooperación dentro del séptimo arte.

En definitiva, no me sorprende, ya que este joven escritor latinoamericano, como tantos otros que firman columnas de opinión en diversos periódicos del mundo, entienden que las vanguardias son latosas, y que el compromiso artístico es una falsedad, o en todo caso, algo del pasado. Suerte que no todos somos de su opinión.

Categorías: Cine · General

Globales y localizados

Diciembre 11, 2008 · 8 comentarios

Desde hace varios años hasta esta parte la “globalización” está en boca de todos; ha pasado de ser una mera palabra de moda a convertirse en un término esencial e ineludible para comprender mejor el tiempo histórico que nos toca vivir. La globalización, según la definición de la Real Academia Española, es la tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales. En otras palabras, se trata de un proceso de características básicamente económicas, que consiste en la progresiva unificación de las diversas economías nacionales en una sola economía de mercado mundial. De todos modos, concebir la globalización tan sólo como un fenómeno exclusivamente económico equivale a ignorar las implicancias políticas, tecnológicas y culturales que se desprenden de este proceso revolucionario.

No obstante los implícitos beneficios que un proceso de estas características puede traer aparejados, el sociólogo de origen polaco Zygmunt Bauman se ocupa de poner el acento más bien en las consecuencias nocivas que recaen sobre el grueso de la población, sobre aquellos que no pertenecen a las nuevas elites globalizadas. Así, en un mundo en que los mercados de bienes y capitales como el flujo de la información, han experimentado una apertura generalizada, la libertad de movimientos, el no permanecer “atado” a una única localidad, se ha transformado a su vez en el nuevo y más importante factor de estratificación social de la posmodernidad. Haciendo hincapié en esta variable (la movilidad espacial), realiza una diferenciación cardinal: (en la globalización) algunos nos volvemos plena y verdaderamente “globales”; otros quedan detenidos en su “localidad”, un trance que no resulta agradable ni soportable en un mundo en que los “globales” dan el tono e imponen las reglas del juego de la vida. Además, el gran proceso globalizador tiende cada vez más, aunque parezca contradictorio, a fomentar fenómenos de segregación, marginación y desfragmentación social, que se producen justamente entre las elites beneficiarias de la globalización y los “localizados” que quedan al margen de esa gran catarata de privilegios.

En la lógica de la globalización, para algunos selectos grupos de personas poseedoras de grandes flujos de capital destinados a la inversión, las barreras geográficas definitivamente han desaparecido. Esto quiere decir que, a diferencia de décadas anteriores, hoy en día los accionistas no están en absoluto sujetos a consideraciones de tipo espacial a la hora de invertir; en todo caso, al momento de evaluar sus colocaciones de capital, la distancia geográfica será el factor de menor significancia, casi irrelevante, pues la atención primaria siempre terminará por concentrarse en el aumento de la rentabilidad. Bauman nos dice que estos son los tiempos de la Gran Guerra de Independencia del Espacio: los centros de decisión y los cálculos que fundamentan sus decisiones se liberaron consecuente e inexorablemente de las limitaciones territoriales, las impuestas por la localidad.

Una de las consecuencias inherentes a este proceso contemporáneo de indeterminación espacial es que la localidad donde circunstancialmente está radicada la empresa no tiene casi ninguna importancia, y por consiguiente, los “localizados” –esto es, los empleados, los proveedores y, por extensión, sus respectivas familias y el tejido comunal– tampoco gozan de voz ni voto en las disposiciones y resoluciones que se toman desde los altos mandos de la empresa: la gestión empresarial solamente concierne a los inversores, a los que no están sujetos a la localización geográfica, a los “globales”. Pero el efecto más pernicioso que se desprende de constatar esta realidad, que en la Argentina hemos padecido sobre todo a partir de la década del noventa, es que el poder económico halla en esa posibilidad de desplazamiento territorial indiscriminado una inmejorable forma de desconectarse de las responsabilidades sociales, de las obligaciones para con los empleados y la comunidad en su conjunto, que otrora era un mandato sobrentendido y asumido en mayor o menor grado, pero asumido al fin de cuentas. En otras palabras, sacarse de encima la responsabilidad por las consecuencias es la ventaja más codiciada y apreciada que la nueva movilidad otorga al capital flotante, libre de ataduras; al calcular la “efectividad” de la inversión, ya no es necesario tomar en cuenta el coste de afrontar las consecuencias. Al tener plena libertad para trasladarse de un lugar a otro, la empresa pasa por alto toda asunción de compromisos con la localidad, y de algún modo termina por desresponsabilizarse de las consecuencias de su accionar.

Categorías: Actualidad · Economía · Política

“Elephant”, de Gus Van Sant

Diciembre 5, 2008 · 6 comentarios

Se podría afirmar que Gus Van Sant ha sido uno de los directores que mejor ha radiografiado la sensibilidad de la juventud estadounidense contemporánea. Luego de fotocopiar plano por plano una de las obras maestras de Hitchcock, prefigurando el ejercicio innecesario que realizaría tiempo después Michael Haneke con su propia Funny Games, y de otro filme netamente experimental como Gerry, se zambulló en la idea de dar su versión de lo sucedido el 20 de de abril de 1999 en el instituto Columbine, cuando dos alumnos, armados hasta los dientes, ingresaron como cualquier otro día al colegio y mataron a mansalva a doce compañeros y un profesor.

Centrándose en la misma masacre, Michael Moore, en 2002 (es decir, un año antes), había estrenado Bowling for Columbine. La película de Van Sant se presenta a todas luces como la antítesis del aclamado documental: con rapidez se percibe que su intención no es desarrollar una explicación monocausal de la matanza; más bien se trata de un “acercamiento poético” a la historia, que no baja líneas ni moraliza en ningún momento.

El distanciamiento con que la cámara reconstruye la crónica de una rutina sin grandes acontecimientos dignos de ser narrados, la gélida dureza con la que Van Sant nos cuenta envolventes fragmentos de no-historias durante más de dos tercios del metraje, son elementos que conviertan a Elephant en un film de una singularidad extraordinaria. Incluso a contrapelo de su propio estilo, el cineasta de Louisville pone al espectador, con absoluta naturalidad, cara a cara frente a la lógica aterradora de la tragedia.

Muchos han manifestado que los ochenta minutos de duración son aburridísimos, soporíferos. Coincido: Elephant jamás entretiene, por momentos su ritmo adormece, y doy por sentado que su propio director, mientras la proyectaba y rodaba, estaba al corriente de que así sería. Sin embargo, y he aquí lo más importante, no son ochenta minutos carentes de significado: lejos de los pataleos morales más obvios que despertó la masacre, Van Sant innova con las imágenes, con la narración. Acompañando durante breves porciones de tiempo a diferentes estudiantes, apreciando desde otras ópticas instantes que ya habían sido mostrados con antelación, internándose por esos interminables pasillos que ofician de conectores (y también se transforman en protagonista central de la cinta), en el mismísimo retrato de la pérdida de la inocencia y de la cotidianeidad, el espectador puede percibir una tensión acumulada que preanuncia la catástrofe. Según mi entender, por ahí radica la brillantez del cuasi-documental: pese a que sabemos cómo terminará la sucesión de anécdotas, pese a que conocemos como el abecedario que Eric Harris y Dylan Klebold entrarán al instituto, matarán a todo el que se les ponga por delante, y luego se suicidarán, Elephant está narrada con un pulso tal que la despeja de toda obviedad, que la convierte en una película impredecible en su propia previsibilidad.

Van Sant no pretende exponer los hechos con fidelidad, sino con naturalidad: nos enfrenta del mismo modo, sin concesiones, con tres chicas que vomitan su almuerzo, con un alumno que ejercita su afición a la fotografía por los corredores, con un padre alcohólico que lleva tarde a su hijo al colegio, con una clase sobre pluralidad y tolerancia, con un adolescente que toca correctamente una pieza de Beethoven en el piano y que después acribilla a sus compañeras bulímicas en el baño. En esa visceral y circular cronología  de lo habitual, que no asume la tarea de señalar con el dedo enfatizado ángeles ni demonios, y valiéndose de largos planos secuencia y una estilizada puesta en escena, se deja en claro que el horror en estado puro no está distanciado de la cotidianeidad más vacua. Por el contrario, está a la vuelta de la esquina.

Elephant (EE.UU., 2003).
Director: Gus Van Sant.
Intérpretes: Alex Frost
, Eric Deulen, John Robinson, Elias McConnell, Jordan Taylor, Carrie Finklea.
Calificación: 7,50.

Categorías: Cine