Vagabundeo resplandeciente

“Elephant”, de Gus Van Sant

Diciembre 5, 2008 · 7 comentarios

Se podría afirmar que Gus Van Sant ha sido uno de los directores que mejor ha radiografiado la sensibilidad de la juventud estadounidense contemporánea. Luego de fotocopiar plano por plano una de las obras maestras de Hitchcock, prefigurando el ejercicio innecesario que realizaría tiempo después Michael Haneke con su propia Funny Games, y de otro filme netamente experimental como Gerry, se zambulló en la idea de dar su versión de lo sucedido el 20 de de abril de 1999 en el instituto Columbine, cuando dos alumnos, armados hasta los dientes, ingresaron como cualquier otro día al colegio y mataron a mansalva a doce compañeros y un profesor.

Centrándose en la misma masacre, Michael Moore, en 2002 (es decir, un año antes), había estrenado Bowling for Columbine. La película de Van Sant se presenta a todas luces como la antítesis del aclamado documental: con rapidez se percibe que su intención no es desarrollar una explicación monocausal de la matanza; más bien se trata de un “acercamiento poético” a la historia, que no baja líneas ni moraliza en ningún momento.

El distanciamiento con que la cámara reconstruye la crónica de una rutina sin grandes acontecimientos dignos de ser narrados, la gélida dureza con la que Van Sant nos cuenta envolventes fragmentos de no-historias durante más de dos tercios del metraje, son elementos que conviertan a Elephant en un film de una singularidad extraordinaria. Incluso a contrapelo de su propio estilo, el cineasta de Louisville pone al espectador, con absoluta naturalidad, cara a cara frente a la lógica aterradora de la tragedia.

Muchos han manifestado que los ochenta minutos de duración son aburridísimos, soporíferos. Coincido: Elephant jamás entretiene, por momentos su ritmo adormece, y doy por sentado que su propio director, mientras la proyectaba y rodaba, estaba al corriente de que así sería. Sin embargo, y he aquí lo más importante, no son ochenta minutos carentes de significado: lejos de los pataleos morales más obvios que despertó la masacre, Van Sant innova con las imágenes, con la narración. Acompañando durante breves porciones de tiempo a diferentes estudiantes, apreciando desde otras ópticas instantes que ya habían sido mostrados con antelación, internándose por esos interminables pasillos que ofician de conectores (y también se transforman en protagonista central de la cinta), en el mismísimo retrato de la pérdida de la inocencia y de la cotidianeidad, el espectador puede percibir una tensión acumulada que preanuncia la catástrofe. Según mi entender, por ahí radica la brillantez del cuasi-documental: pese a que sabemos cómo terminará la sucesión de anécdotas, pese a que conocemos como el abecedario que Eric Harris y Dylan Klebold entrarán al instituto, matarán a todo el que se les ponga por delante, y luego se suicidarán, Elephant está narrada con un pulso tal que la despeja de toda obviedad, que la convierte en una película impredecible en su propia previsibilidad.

Van Sant no pretende exponer los hechos con fidelidad, sino con naturalidad: nos enfrenta del mismo modo, sin concesiones, con tres chicas que vomitan su almuerzo, con un alumno que ejercita su afición a la fotografía por los corredores, con un padre alcohólico que lleva tarde a su hijo al colegio, con una clase sobre pluralidad y tolerancia, con un adolescente que toca correctamente una pieza de Beethoven en el piano y que después acribilla a sus compañeras bulímicas en el baño. En esa visceral y circular cronología  de lo habitual, que no asume la tarea de señalar con el dedo enfatizado ángeles ni demonios, y valiéndose de largos planos secuencia y una estilizada puesta en escena, se deja en claro que el horror en estado puro no está distanciado de la cotidianeidad más vacua. Por el contrario, está a la vuelta de la esquina.

Elephant (EE.UU., 2003).
Director: Gus Van Sant.
Intérpretes: Alex Frost
, Eric Deulen, John Robinson, Elias McConnell, Jordan Taylor, Carrie Finklea.
Calificación: 7,50.

Categorías: Cine