Desde hace varios años hasta esta parte la “globalización” está en boca de todos; ha pasado de ser una mera palabra de moda a convertirse en un término esencial e ineludible para comprender mejor el tiempo histórico que nos toca vivir. La globalización, según la definición de la Real Academia Española, es la tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales. En otras palabras, se trata de un proceso de características básicamente económicas, que consiste en la progresiva unificación de las diversas economías nacionales en una sola economía de mercado mundial. De todos modos, concebir la globalización tan sólo como un fenómeno exclusivamente económico equivale a ignorar las implicancias políticas, tecnológicas y culturales que se desprenden de este proceso revolucionario.
No obstante los implícitos beneficios que un proceso de estas características puede traer aparejados, el sociólogo de origen polaco Zygmunt Bauman se ocupa de poner el acento más bien en las consecuencias nocivas que recaen sobre el grueso de la población, sobre aquellos que no pertenecen a las nuevas elites globalizadas. Así, en un mundo en que los mercados de bienes y capitales como el flujo de la información, han experimentado una apertura generalizada, la libertad de movimientos, el no permanecer “atado” a una única localidad, se ha transformado a su vez en el nuevo y más importante factor de estratificación social de la posmodernidad. Haciendo hincapié en esta variable (la movilidad espacial), realiza una diferenciación cardinal: (en la globalización) algunos nos volvemos plena y verdaderamente “globales”; otros quedan detenidos en su “localidad”, un trance que no resulta agradable ni soportable en un mundo en que los “globales” dan el tono e imponen las reglas del juego de la vida. Además, el gran proceso globalizador tiende cada vez más, aunque parezca contradictorio, a fomentar fenómenos de segregación, marginación y desfragmentación social, que se producen justamente entre las elites beneficiarias de la globalización y los “localizados” que quedan al margen de esa gran catarata de privilegios.
En la lógica de la globalización, para algunos selectos grupos de personas poseedoras de grandes flujos de capital destinados a la inversión, las barreras geográficas definitivamente han desaparecido. Esto quiere decir que, a diferencia de décadas anteriores, hoy en día los accionistas no están en absoluto sujetos a consideraciones de tipo espacial a la hora de invertir; en todo caso, al momento de evaluar sus colocaciones de capital, la distancia geográfica será el factor de menor significancia, casi irrelevante, pues la atención primaria siempre terminará por concentrarse en el aumento de la rentabilidad. Bauman nos dice que estos son los tiempos de la Gran Guerra de Independencia del Espacio: los centros de decisión y los cálculos que fundamentan sus decisiones se liberaron consecuente e inexorablemente de las limitaciones territoriales, las impuestas por la localidad.
Una de las consecuencias inherentes a este proceso contemporáneo de indeterminación espacial es que la localidad donde circunstancialmente está radicada la empresa no tiene casi ninguna importancia, y por consiguiente, los “localizados” –esto es, los empleados, los proveedores y, por extensión, sus respectivas familias y el tejido comunal– tampoco gozan de voz ni voto en las disposiciones y resoluciones que se toman desde los altos mandos de la empresa: la gestión empresarial solamente concierne a los inversores, a los que no están sujetos a la localización geográfica, a los “globales”. Pero el efecto más pernicioso que se desprende de constatar esta realidad, que en la Argentina hemos padecido sobre todo a partir de la década del noventa, es que el poder económico halla en esa posibilidad de desplazamiento territorial indiscriminado una inmejorable forma de desconectarse de las responsabilidades sociales, de las obligaciones para con los empleados y la comunidad en su conjunto, que otrora era un mandato sobrentendido y asumido en mayor o menor grado, pero asumido al fin de cuentas. En otras palabras, sacarse de encima la responsabilidad por las consecuencias es la ventaja más codiciada y apreciada que la nueva movilidad otorga al capital flotante, libre de ataduras; al calcular la “efectividad” de la inversión, ya no es necesario tomar en cuenta el coste de afrontar las consecuencias. Al tener plena libertad para trasladarse de un lugar a otro, la empresa pasa por alto toda asunción de compromisos con la localidad, y de algún modo termina por desresponsabilizarse de las consecuencias de su accionar.

