La revolución de las comunicaciones, especialmente debido al fenómeno de Internet, ha logrado lo que antaño parecía inalcanzable: “tiempo” y “espacio” como indicadores han perdido (casi) toda importancia. La información está a disposición de forma instantánea en todo el mundo; por ende, las diferencias entre el coste de transmisión de la información a nivel global y local cada día más tienden a reducirse. En la actualidad, desde sus hogares, con una conexión a Internet, dos personas pueden estar en contacto y mantener una comunicación instantánea e ilimitada aunque vivan a miles de kilómetros de distancia.
Sin embargo, este portento de la tecnología, que abre posibilidades infinitas, incorporando cada vez más beneficios para las personas que tienen acceso, por otro lado, también apareja consecuencias perniciosas, puesto que, cuando la distancia es suprimida, cuando “la distancia pierde significado”, algo similar ocurre con las localidades, que se encuentran aún separadas entre sí por distancias. El sociólogo polaco lo sintetiza del siguiente modo: lejos de homogeneizar la condición humana, la anulación tecnológica de las distancias de tiempo y espacio tiende a polarizarla. Emancipa a ciertos humanos de las restricciones territoriales a la vez que despoja al territorio, donde otros permanecen confinados, de su valor y su capacidad para otorgar identidad. Por consiguiente, la localidad termina por ser despojada de un significado social que, en mayor o menor medida, es reubicado en el ciberespacio. Para los “globalizados”, los vínculos con el medio terrenal (pues la localidad se transforma en un mero territorio físico) son progresivamente menos necesarios, y tienden a convertirse en inexistentes, generando un proceso de incomunicación y desprecio por los “locales”, que se traduce en aislamiento.
Tal aislamiento de las elites supralocales contribuye a la desfragmentación y gradual desaparición de los espacios urbanos públicos, en cuyo ámbito tradicionalmente se llevaban a cabo las diferentes formas de vida comunitaria y solidaridad social. Por el contrario, han proliferado los centros comerciales o shoppings, tal como señala Steven Flusty en Building Paranoia: los espacios públicos tradicionales son reemplazados cada vez más por espacios construidos y poseídos por entidades privadas (aunque frecuentemente con subsidios públicos), destinados a la congregación administrada del público, es decir, espacios para el consumo. Estos centros de consumo son un epítome de la globalización, pues inmersos en sus asépticos recintos las personas giran en torno a la mercancía en exhibición, alrededor de las inagotables “atracciones” comerciales, prescindiendo de la conversación, del debate, de la ponderación y de la interrelación que no esté asociada directamente a los valores comerciales en danza. Dicho de otro modo, los individuos se relacionan en torno a la revolución del consumo; existe una nueva forma de condicionamiento que se da por la vía del consumo masificado.
Estrechamente vinculado con el aislamiento de las elites supralocales, también irrumpe en este panorama posmoderno, y de manera radicalizada, el concepto de agorafobia, término proveniente del campo de la psiquiatría, que indica “sensación morbosa de angustia o miedo ante los espacios despejados, como las plazas”. No es fruto de la casualidad que en nuestros tiempos se expandan como plagas los barrios cerrados (gated communities, aunque en Argentina también denominados countries), cuyas características principales son el acceso selectivo y la vigilancia permanente (durante las veinticuatro horas) a cargo de guardias armados suministrados por las compañías privadas de seguridad. En otras palabras, nadie puede ingresar ni salir sin pasar antes por un chequeo de seguridad en el que se verifica la autorización o no por parte de los residentes. Si bien los muros y los portones no son una novedad en la historia de las relaciones sociales, pues existen desde tiempos antiquísimos, éste fenómeno –según la antropóloga brasileña Teresa Caldeira– de auto-segregación, proviene especialmente de parte de las clases más pudientes, que ya no pueden vivir, como antes, en el espacio público. La persona afectada de agorafobia le teme a los espacios públicos dado que allí se siente “desprotegida” y considera que le resulta difícil o imposible huir inmediatamente hacia un lugar calificado por ella misma como “seguro”. Por consiguiente, el agorafóbico tiende a evitar situaciones tan normales y cotidianas como utilizar el transporte público.
La causa que aparece como factor explicativo central en el surgimiento de estos barrios cercados, es el incremento de la criminalidad en las urbes contemporáneas. Por ende, el aislamiento aparece como la alternativa más eficiente, aquella que proporciona una mayor dosis de protección ante los peligros emparentados con los “conciudadanos indeseados”. A priori, visto desde la superficie, éste fenómeno no presenta tonalidades lo suficientemente nítidas como para ser calificado de dañino, más bien aparece como una reacción lógica, ante las altas tasas delictivas, de aquel sector de la población que tiene los medios suficientes para pagar por vivir en estos espacios; sin embargo, Bauman expresa a las claras las consecuencias perniciosas para la intensificación de los lazos de cohesión social en una determinada comunidad que este encerramiento “privatizador” presenta: esta garantía de seguridad está esbozada en la ausencia de vecinos que piensen, actúen o tengan un aspecto distinto de los demás. La uniformidad genera conformismo, y el otro rostro de éste es la intolerancia. En una localidad homogénea es sumamente difícil adquirir las cualidades de carácter y las destrezas necesarias para afrontar las diferencias entre seres humanos y las situaciones de incertidumbre, y en ausencia de estas destrezas y cualidades, lo más fácil es temer al otro, por la mera razón de que es otro: acaso extraño y distinto, pero ante todo desconocido, difícil de comprender, imposible de desentrañar totalmente, imprevisible.
El fenómeno, como acontece generalmente en la Argentina, comenzó en los alrededores de la ciudad de Buenos Aires, y poco a poco fue extendiéndose a las ciudades más importantes del interior del país; así, en Santa Fe, por ejemplo, ya son varios los barrios privados que existen en la actualidad. La sensación de desprotección que sólo se palia mientras se permanece dentro del “hábitat idílico” se empalma a su vez con la criminalización de la pobreza, un reduccionismo muy arraigado en nuestras sociedades, que fue sacudido severamente, como señaló el sociólogo Robert K. Merton, por la experiencia de los años sesenta, cuando el pleno empleo y los crecientes estándares de vida a lo largo del mundo occidental fueron acompañados por índices delictuales en alza. No obstante, esta desfragmentación social y espacial, de algún modo también se construye sobre los servicios prestados por personas pertenecientes a los estratos socioeconómicos bajos o medio-bajos: empleadas domésticas, guardias de seguridad, jardineros, albañiles, niñeras, encargados de limpiar piscinas, etc. Teresa Caldeira, en su obra Enclaves fortificados: a nova segregaçao urbana, lo expresa de este modo: en un contexto de miedo creciente al crimen, en que los pobres son asociados a la criminalidad, las clases medias y altas teman el contacto y la contaminación, pero continúan dependiendo de sus empleados, manteniendo con ellos relaciones tan ambiguas de dependencia y evitación, intimidad y desconfianza.
En esta concepción agorafóbica propia de la posmodernidad, lo público es contemplado como sinónimo de imprevisibilidad, de peligro anónimo, de inseguridad permanente motivada por la presencia del “otro”, o sea, el distinto, el que no encaja con los patrones de homogeneidad reinantes en el marco del repliegue consciente. Al “darle la espalda” a los “indeseados”, al recluirse en un mundo ficticio donde las murallas y los sofisticados sistemas de seguridad confieren sensación de invulnerabilidad, no sólo se fragmenta el espacio urbano y se contribuye a la disminución y privatización del espacio público, sino que también, por medio de la segregación, de la extraterritorialidad voluntaria de la elite y la territorialidad obligada del resto, se profundiza la disgregación de la comunidad urbana.

