Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Enero 2009

“The Man from Earth”, de Richard Schenkman

Enero 8, 2009 · 10 comentarios

En El inmortal, Borges desarrolla la historia de Marco Flaminio Rufo, tribuno militar de una de las legiones de Roma, y con ella fantasea sobre la naturaleza del tiempo. El cuento presenta numerosas similitudes con la novela At the mountains of madness de H. P. Lovecraft, como la descripción de la Ciudad de los Inmortales. Un jinete agonizante le revela a Flaminio Rufo la existencia de un río secreto que purifica de la muerte a los hombres, y éste emprende su búsqueda, recolectando doscientos soldados y otros tantos mercenarios para llevar a cabo la temeraria empresa. Al final, solamente él arriba a la Ciudad de los Inmortales, situada en la margen ulterior del las aguas sempiternas, enclavada en una región casi inaccesible.

La pretensión humana de hallar la inmortalidad se ha convertido, a través de los siglos, en uno de los tópicos literarios más recurrentes. El ensayista Carlos Abraham señala, por citar un ejemplo, a la novela After many a summer de Aldous Huxley como predecesora argumental del cuento de Borges. En ella, Joe Stoyte, un millonario estadounidense, en su afán de perdurabilidad, se topa con el diario de un individuo del siglo XVII que afirma haber descubierto el modo de vivir más de doscientos años bebiendo una pócima compuesta a base de los intestinos de un pez excepcional. Stoyte, del mismo modo que Rufo, afronta una descomunal travesía con la esperanza de detener o, cuando menos, mitigar las huellas que el paso del tiempo imprime en los cuerpos de los hombres.

También podemos remontarnos hasta la leyenda del Judío errante, legendario personaje condenado a vagar por el mundo hasta la segunda venida de Jesucristo. La tradición literaria se ha servido en innumerables oportunidades del atormentado ser, desde Goethe hasta Percy Bysshe Shelley. En su relato El caminante de Praga, el poeta y prosista francés Guillaume Apollinaire delinea un encuentro entre el narrador y Ahasverus (uno de los nombres que se le ha dado al supuesto guardia de la casa de Poncio Pilatos), en el que éste relata algunas de sus apariciones y traza las características de su cotidianeidad: Estoy acostumbrado a esta vida sin fin y sin reposo. No duermo nunca, ando sin cesar y andaré hasta que se manifiesten los Quince Signos del Juicio Final. Y, volviendo a El inmortal, Borges le asigna al anticuario que le ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor de La Ilíada de Alexander Pope, en cuyo último tomo la princesa halló el manuscrito que narra la historia de Marco Flaminio Rufo, el nombre de Joseph Cartaphilus, es decir, otro de los alias dados al Judío errante. Antes de llegar al desenlace del cuento, el lector advertirá, debido a una serie de datos que proporciona Borges, que Joseph Cartaphilus y Flaminio Rufo  son múltiples identidades de un único individuo.

Todo este preámbulo de fuentes literarias sobre la inmortalidad desemboca en una película que tuve la suerte de ver debido a la recomendación de mi adiskide Iker, pues se trata de una producción independiente, de muy bajo presupuesto, que casi no ha sido exhibida (excepto en los EE.UU.), pero que, sin embargo, poco a poco se está convirtiendo en un fenómeno fuera de dicho país gracias a las redes P2P.

El filme en cuestión se llama The Man from Earth, y está basado en una historia escrita por el autor de science fiction Jerome Bixby, quien también fuera el guionista de varios episodios de Star Trek. Bixby falleció en 1998 sin que su narración llegara al celuloide. Fue su hijo Emerson quien consiguió que finalmente se rodara la ficción sobre un profesor de Historia que le anuncia a sus compañeros que se mudará, luego de haber trabajado durante diez años con ellos, aprovechando la ocasión de su despedida para revelarles también, de paso, que es un ser prehistórico que lleva catorce mil años viviendo en el planeta.

Pareciera difícil, por estos tiempos, concebir un largometraje de science fiction desprovisto de la parafernalia visual o de los presupuestos colosales típicos del género. The Man from Earth consigue acaparar la atención del espectador durante sus casi noventa minutos de metraje, sin necesidad de efecto especial alguno. La acción (es decir, los diálogos) se llevan a cabo en una pequeña sala de una solitaria casa –me viene a la memoria la magistral Rope, de Alfred Hitchcock–, adquiriendo, por ende, una estructura más bien teatral.

A medida que la película avanza, el supuesto hombre de Cro-Magnon va dando respuestas convincentes a toda clase de preguntas formuladas por sus colegas, provenientes de campos como la biología, la antropología y la psicología. El film no es otra cosa que un juego de preguntas y respuestas que incitan a la reflexión. En un momento, asoma la cuestión religiosa, perdiéndose el debate en puntos de índole histórica que conspiran no ya tan sólo contra la credibilidad, sino contra una posible evolución hacia un debate más hondo y estimulante. También me parece reprochable el giro del final, pues lo encuentro forzado, superfluo y no carente de cierta sensiblería. Así y todo, no alcanza a empañar la sólida estructura del guión.

Observando The Man from Earth tal vez se esté un paso más cerca de comprender las palabras de Borges: ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal.

The Man from Earth (EE.UU., 2007).
Director: Richard Schenkman.
Intérpretes: John Billingsley
, Ellen Crawford, William Katt, Annika Peteron, Richard Riehle, David Lee Smith.
Calificación: 7.

Categorías: Cine

Fronteras que se cierran

Enero 5, 2009 · 8 comentarios

Del mismo modo que el fuerte incremento en la construcción de cárceles en gran parte del mundo revela la necesidad de expulsar del trato social a ciertos sectores de la población –que, en realidad, más que castigo, necesitan ayuda– por considerarlos amenazas al orden social existente, el fenómeno de la globalización propicia otro modo de exclusión al imposibilitar la libre circulación y residencia de las personas en algunos países del mundo: en uno y otro caso se comprueba que el confinamiento, la inmovilidad, son las formas de castigo más idóneas y efectivas, probablemente por ser la libertad de movimiento, en nuestros días, uno de los valores más codiciados.

La separación espacial, sin embargo, no es una práctica innovadora; a través de la historia, el confinamiento forzado ha sido quizá la reacción más visceral que se ha encontrado para depurar las diferencias existentes en el seno de las comunidades: ¿qué castigo, exceptuando la pena de muerte, puede ser más terrible que la perpetuación al extrañamiento? Zygmunt Bauman afirma que el extrañamiento reduce, estrecha, comprime la visión del otro: las cualidades y circunstancias individuales que tienden a aparecer vívidamente gracias a la experiencia acumulada del trato social cotidiano, rara vez aparecen cuando a éste se lo reduce o prohíbe: la tipificación reemplaza al conocimiento personal, y las categorías legales destinadas a reducir la variación y permitir que se la ignore vuelven improcedentes la singularidad de las personas y los casos. No obstante, en los tiempos posmodernos de los procesos vertiginosos, la segregación espacial de las diferencias se ha agigantado de manera desmesurada.

En franca contradicción con otra cara de la globalización, aquella en la que sobresale la libre circulación de mercaderías, capitales e información, y por la que es posible toparse con un local de McDonald’s en puntos equidistantes del planeta, el “mayor producto” (seres humanos) de los países más relegados en la repartición de la riqueza global, es el que presenta menores posibilidades de moverse, pese a que es el sector que más deseos tiene de hacerlo. Esas incontenibles (y muy entendibles) ansias que manifiestan millones de personas cada día, en el África subsahariana, tras el muro que EE.UU. eleva en el límite con México, y en otras incontables regiones del globo, de emigrar hacia horizontes donde sea posible escaparle a la miseria local, donde las expectativas de vida sean sustancialmente mejores para ellos y sus hijos, ha generado en los países del “primer mundo” una suerte de paranoia que los lleva a controlar sus fronteras cada vez con mayor severidad y rigor. Las sospechas aumentaron, y de la mano, como en buena parte de la producción del escritor checo Franz Kafka, las restricciones y los requisitos se han vuelto más excesivos, los controles y las visas se han tornado más inflexibles, a fin de que las puertas se cierren con una rapidez inaudita.

En suma, acrecentar cada vez más la segregación espacial de cierta clase de individuos redunda en el arraigo generalizado de estereotipos que calan hondo en la conciencia colectiva, como el de asociar la delincuencia con los estratos socioeconómicos más bajos, o lo que es lo mismo, la criminalización de la pobreza. Los estereotipos, además de constituir una especie de economía mental, también acostumbran a ser meros prejuicios. Según Bauman, al someterlo a condiciones de extrañamiento forzado vigiladas y perpetuadas por fronteras espaciales rigurosamente vigiladas, al mantenerlo a distancia y prohibirle el acceso comunicativo regular o esporádico, se mantiene al otro en su forma de forastero. Por medio de este reduccionismo, se despoja así a la persona de su singularidad individual, para acabar incluyéndola dentro del estereotipo que iguala, sin atenuantes ni consideraciones de ninguna índole, la suma de prejuicios inherentes al grupo humano a que dicho individuo pertenece.

Categorías: Actualidad · Política