Vagabundeo resplandeciente

Fronteras que se cierran

Enero 5, 2009 · 8 comentarios

Del mismo modo que el fuerte incremento en la construcción de cárceles en gran parte del mundo revela la necesidad de expulsar del trato social a ciertos sectores de la población –que, en realidad, más que castigo, necesitan ayuda– por considerarlos amenazas al orden social existente, el fenómeno de la globalización propicia otro modo de exclusión al imposibilitar la libre circulación y residencia de las personas en algunos países del mundo: en uno y otro caso se comprueba que el confinamiento, la inmovilidad, son las formas de castigo más idóneas y efectivas, probablemente por ser la libertad de movimiento, en nuestros días, uno de los valores más codiciados.

La separación espacial, sin embargo, no es una práctica innovadora; a través de la historia, el confinamiento forzado ha sido quizá la reacción más visceral que se ha encontrado para depurar las diferencias existentes en el seno de las comunidades: ¿qué castigo, exceptuando la pena de muerte, puede ser más terrible que la perpetuación al extrañamiento? Zygmunt Bauman afirma que el extrañamiento reduce, estrecha, comprime la visión del otro: las cualidades y circunstancias individuales que tienden a aparecer vívidamente gracias a la experiencia acumulada del trato social cotidiano, rara vez aparecen cuando a éste se lo reduce o prohíbe: la tipificación reemplaza al conocimiento personal, y las categorías legales destinadas a reducir la variación y permitir que se la ignore vuelven improcedentes la singularidad de las personas y los casos. No obstante, en los tiempos posmodernos de los procesos vertiginosos, la segregación espacial de las diferencias se ha agigantado de manera desmesurada.

En franca contradicción con otra cara de la globalización, aquella en la que sobresale la libre circulación de mercaderías, capitales e información, y por la que es posible toparse con un local de McDonald’s en puntos equidistantes del planeta, el “mayor producto” (seres humanos) de los países más relegados en la repartición de la riqueza global, es el que presenta menores posibilidades de moverse, pese a que es el sector que más deseos tiene de hacerlo. Esas incontenibles (y muy entendibles) ansias que manifiestan millones de personas cada día, en el África subsahariana, tras el muro que EE.UU. eleva en el límite con México, y en otras incontables regiones del globo, de emigrar hacia horizontes donde sea posible escaparle a la miseria local, donde las expectativas de vida sean sustancialmente mejores para ellos y sus hijos, ha generado en los países del “primer mundo” una suerte de paranoia que los lleva a controlar sus fronteras cada vez con mayor severidad y rigor. Las sospechas aumentaron, y de la mano, como en buena parte de la producción del escritor checo Franz Kafka, las restricciones y los requisitos se han vuelto más excesivos, los controles y las visas se han tornado más inflexibles, a fin de que las puertas se cierren con una rapidez inaudita.

En suma, acrecentar cada vez más la segregación espacial de cierta clase de individuos redunda en el arraigo generalizado de estereotipos que calan hondo en la conciencia colectiva, como el de asociar la delincuencia con los estratos socioeconómicos más bajos, o lo que es lo mismo, la criminalización de la pobreza. Los estereotipos, además de constituir una especie de economía mental, también acostumbran a ser meros prejuicios. Según Bauman, al someterlo a condiciones de extrañamiento forzado vigiladas y perpetuadas por fronteras espaciales rigurosamente vigiladas, al mantenerlo a distancia y prohibirle el acceso comunicativo regular o esporádico, se mantiene al otro en su forma de forastero. Por medio de este reduccionismo, se despoja así a la persona de su singularidad individual, para acabar incluyéndola dentro del estereotipo que iguala, sin atenuantes ni consideraciones de ninguna índole, la suma de prejuicios inherentes al grupo humano a que dicho individuo pertenece.

Categorías: Actualidad · Política