En ese sentido no hay ningún motivo para temer que diez años de dictadura sangrienta hayan podido aplastar nuestra evolución cultural. Creo que la han sofocado, pero no ahogado. (Julio Cortázar).
Veinticinco años después de su muerte, y pese a la valoración desdeñosa de ciertos críticos y colegas, es indudable que la obra de Cortázar –hace tiempo ya– se ha convertido en parte del canon de las letras argentinas. Sus cuentos forman parte del programa de estudios de cualquier colegio secundario, abriéndose paso entre los versos del libro nacional por antonomasia (el Martín Fierro), los arrebatos políticos y románticos de Sarmiento, y la presencia siempre intimidante, siempre ineludible de Borges.
No son azarosas, ni mucho menos surgidas del capricho o del resentimiento, las palabras que se leen en un tramo de una entrevista (hasta hace poco inédita) que el escritor concedió meses antes de morir: (…) Además, por un misterio que no alcanzo a explicarme –los críticos tal vez lo hagan–, los jóvenes son mis mejores lectores, en toda América latina y ahora en Francia y España. Son siempre los jóvenes, lo cual no significa que no haya gente adulta que me lea o me estime. Pero con los jóvenes tengo un contacto increíble, porque yo soy un viejo y jamás escribo con la perspectiva de la juventud, no hago un trabajo de tipo demagógico.
Ciertamente, ya somos varias las generaciones de lectores que hemos descubierto simultáneamente la literatura y el amor leyendo a Cortázar; un Cortázar que, pese a sus declaraciones, siempre pareció suspendido en una juventud digna de Dorian Gray. Pero junto a ese hecho significativo, también me enorgullece formar parte de la primera generación que ha crecido en Argentina sin el fantasma de la quiebra institucional, un objetivo por el que Julio luchó con tanto entusiasmo.
Con la ingenuidad propia de los quince años, desprovisto entonces de forzosas interpretaciones ideológicas, me enamoró el Cortázar lúdico que supo aunar lo trivial de la existencia cotidiana con lo complejo de los universos paralelos alojados en “los intersticios de la realidad”. Como en esa preciosa perla literaria titulada La noche boca arriba donde propone, como tantas otras veces, un juego al lector: un motociclista padece un accidente, en una ciudad que se revela onírica y con visos de real al mismo tiempo; ya en el hospital, envuelto en delirios, sueña con una guerrero aparentemente azteca que intenta huir del sacrificio que el destino se confabuló en conferirle. Por muy perfecto y sagaz que sea cualquier procedimiento hermenéutico, difícilmente el lector advertirá, antes del desenlace, que el soñador no es el personaje contemporáneo, sino exactamente a la inversa: es el soñado. Éste y otros cuentos, como Casa tomada, para qué negarlo, son claramente borgeanos.

Contaba con 33 años Cortázar cuando le entregó el manuscrito de Casa tomada a un Borges al que ya lo estigmatizaba la ceguera. En otras palabras, un muchacho alto, pálido y presumiblemente callado le da a un escritor ciego un cuento que narra una invasión sobrecogedora y espectral –que también admite lecturas en clave política–, en un viejo caserón habitado por una pareja de hermanos que actúan inexplicablemente: dicha escena simboliza el cruce de dos iconos que presentan más puntos en común de los que usualmente se estima. Muchos años después Borges recordaría aquella tarde de 1946, y dejando de lado (sólo por un instante) sus impiadosos juicios sumarios, reconocería los méritos cortazarianos: Una historia fantástica debe admitir sólo un hecho fantástico para que la imaginación del lector la acepte fácilmente. (…) En Cartas de mamá lo trivial, lo necesariamente trivial, está en el título, en el proceder de los personajes y en la mención continua de marcas de cigarrillos o de estaciones de subte. El prodigio requiere esos pormenores.
En estos días proliferan homenajes a diestra y siniestra; su imaginativo, sorprendente, provocador e irónico legado es celebrado y, en alguna medida, discutido, a lo largo y ancho del país que lo vio nacer. Meses atrás se cumplieron veinticinco años desde la caída de la dictadura militar. Cuando esto sucedió, y en medio del alborozo que supuso la recuperación de la democracia, Cortázar volvió por última vez a la Argentina, luego de una década de exilio (Yo tengo creada una buena fama de loco, pero no de zonzo, y entonces venir para que me liquidaran inmediatamente –cosa que estoy convencido que hubiera sucedido– me pareció tonto, absurdo desde todo punto de vista, personal y político. Entonces, en ese momento, sentí por primera vez en mi vida que me convertía en un exiliado). Su visita pasó incomprensiblemente desapercibida: no fue agasajado ni tuvo recepción oficial por parte del nuevo gobierno democrático. En silencio y sin aspavientos, tal como llegó, regresó a París (la ciudad que reparó anticipadamente en lo que tiempo más tarde sería reconocido a escala global), donde murió meses después. En la entrevista que mencioné antes, el periodista le preguntó si creía que alguna vez le iban a poner su nombre a una calle o a una plaza; él contestó: Uy, no, espero que nunca lo hagan. Nada me daría más horror.
El cambio que ha experimentado la Argentina con respecto a la forma de apreciar la figura de Cortázar, desde aquel 1983 que lo encontró ignorado, hasta nuestro presente en que se lo admira y cuestiona, manteniéndolo siempre presente, como referencia insoslayable, felizmente coincide con la ya dilatada primavera democrática en la que, con avances y retrocesos, el universo fantástico de Julio puede estar dentro del nuestro sin que a nadie se le ocurra derramar sangre a causa de ello.



