Él pensó: “Ya terminaron”. Pero sólo acababan de comenzar.
- ¿Usted es un perro o un ser humano? – preguntó la voz.
- Un perro, mi cadete.
- Entonces, ¿qué hace de pie? Los perros andan a cuatro patas.
(Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros).
Luego de residir durante los primeros diez años de su vida en Cochabamba, Bolivia, donde se había trasladado junto a su madre, Mario Vargas Llosa regresó a su país, Perú, puesto que sus padres –separados desde antes de su nacimiento– se habían reconciliado. El develamiento de la existencia de su progenitor no resultó, con el correr del tiempo, una experiencia grata para el futuro literato: Yo estaba convencido que mi padre estaba muerto. Cuando lo descubrí, no había ya posibilidad ninguna de comunicación entre nosotros. Nos llevamos muy mal durante los años que convivimos juntos. Nuestros caracteres eran polos opuestos. Había una desconfianza mutua entre nosotros. Éramos como extraños.
Recluidos en el colegio militar limeño Leoncio Prado, los cadetes que pueblan las fascinantes páginas de La ciudad y los perros son un conglomerado de superposiciones de su autor. En efecto, Vargas Llosa confiesa, en el prólogo, que para escribir esta novela, la primera de su brillante carrera, debí primero ser, de niño, algo de Alberto y del Jaguar, del serrano Cava y del Esclavo. Y, por supuesto, debió ser también, como sus personajes, cadete del Leoncio Prado, enviado allí por su padre, a modo de “castigo redentor”, en el marco de la desconfianza y enemistad intolerable que existía entre ambos.
La estancia en el colegio ubicado en la capital peruana le sirvió pues como fuente de inspiración literaria, y tal experiencia de juventud fue volcada en La ciudad y los perros, una ficción que, sin dudas, merece rotularse como un libro de un escritor en estado de gracia, a la vez que debe ubicársela entre las obras maestras de la lengua española del pasado siglo. El ya célebre Leoncio Prado es sólo un nombre, una excusa geográfica para lanzar un ataque medular y sin concesiones contra la brutalidad de la instrucción castrense desaforada y malentendida, pero al mismo tiempo, sus cuadras, sus aulas –que Vargas Llosa tanto conoció– ofician de inmejorable y opresivo ambiente para reflejar la podredumbre de la sociedad coetánea, que se exterioriza a través de la violencia en su estado más germinal.
La novela, que salió a la luz en 1962, en plena gestación del boom latinoamericano, narra la vida despojada de fruiciones y sustentada en relaciones sociales reguladas ya por la coerción, ya por la fuerza, de un grupo de cadetes demasiado diferentes entre sí. Técnicamente, La ciudad y los perros es un auténtico prodigio, que se caracteriza por la multiplicidad de puntos de vista, la apreciación de los mismos hechos desde perspectivas enfrentadas, la fusión del pasado y el presente, la presencia del monólogo interior, notándose con claridad las huellas que las obras de Faulkner imprimieron en el autor peruano.
La estructura narrativa fragmentaria, rebosante de planos superpuestos –tanto de personajes y acciones como de coordenadas espaciales y temporales– otorga como resultado un desarrollo harto complejo de la trama, reclamando por ende, y particularmente en el transcurrir de las cien páginas iniciales, la inspiración de un lector intuitivo y, sobre todo, entusiasmado, dispuesto a ir armando una suerte de rompecabezas mental.
Una de las innovaciones técnicas más destacables, como ya he anticipado, es la heterogeneidad de narradores: en primer lugar, un narrador omnisciente que domina la concatenación de los sucesos, deteniéndose según el segmento narrativo en las percepciones y acciones de los diferentes protagonistas, y reproduciendo puntillosamente gran cantidad de diálogos (Vargas Llosa aprovecha la objetividad que le proporciona el uso de la tercera persona para desplegar con todo su esplendor una escritura ya entonces depuradísima); al tiempo que, en otro plano, se alternan las voces en primera persona de tres personajes: Alberto, el Boa y el Jaguar, quienes asimismo se remontan a episodios demasiado lejanos o demasiado próximos (fuera del Leoncio Prado) que, en cualquier caso, sirven para que el lector realice una especie de buceo genealógico de enorme utilidad a la hora de comprender la manifestación de sus realidades emocionales y de sus constantes demonios interiores, dentro ya de las cuadras militares.
Mención aparte merece cómo Vargas Llosa –se trata de uno de los recursos técnicos que más me sorprendió del libro–, con envidiable maestría y un evidente conocimiento de los regionalismos del Perú, plasma y respeta el lenguaje coloquial cuando es necesario transmitir las cavilaciones o conversaciones llevadas a cabo por los narradores-protagonistas, según la procedencia, la educación recibida y el estrato social de cada uno de ellos. Así lo hace notar en un ensayo el profesor Raymond L. Williams: El segundo narrador, Boa Valdivieso, emplea un lenguaje que es marcadamente distinto del de Alberto. Alberto, el Poeta, maneja el lenguaje con facilidad; Boa es capaz solamente de una mínima expresión verbal, dirige su discurso a una perra y tiende a ofrecer sus reacciones viscerales ante las situaciones en el Leoncio Prado.
También quiero decir algo acerca de ciertos personajes: Alberto, el Poeta, es un joven repleto de claroscuros, que si bien se diferencia nítidamente de los miembros del Círculo y defiende públicamente al Esclavo, en el fondo se comprueba que los atisbos de buenas intenciones que manifiesta, palidecen ante la amenaza a sus intereses, lo que no le permite guardar coherencia en su comportamiento (Vargas Llosa ha referido que inicialmente se identificó con él, máxime teniendo en cuenta que el actual miembro de la Real Academia Española también se inició literariamente, durante sus ratos libres, inmerso en los cánones conservadores del Leoncio Prado: Allí empecé a escribir de forma, en cierta manera, profesional. Cartas de amor para los compañeros y pequeñas novelitas eróticas que me permitían justificar mi vocación en un mundo en el que ser poeta es ser marica); el Jaguar es la encarnación de todas aquellas consecuencias sombrías que las carencias afectivas y la educación deficiente pueden traer aparejadas en un adolescente, toda vez que, de igual manera, representa el desacertado concepto de virilidad –traducido en una absoluta anulación de la sensibilidad– inculcado por los códigos castrenses y por una sociedad que mayoritariamente rinde culto al machismo, movilizadores de las humillaciones propinadas a personas como la Némesis del Jaguar: el Esclavo, personas que no encajan en los estereotipos militares. Ricardo Arana, el Esclavo, de más está decirlo, es el más débil del grupo, blanco permanente de la incontenible brutalidad ejercida por los cadetes. En un diálogo, su único amigo, el Poeta le dice: Yo tampoco voy a ser militar. Pero aquí eres militar aunque no quieras. Y lo que importa en el Ejército es ser bien macho, tener unos huevos de acero, ¿comprendes? O comes, o te comen, no hay más remedio. A mí no me gusta que me coman. Por último, solamente el teniente Gamboa aparece como el reverso de la hipocresía reinante en la supuesta disciplina aplicada a rajatabla desde los altos mandos militares. Vargas Llosa, en su embate feroz contra una instrucción plagada de alienación, en el que la única experiencia cotidiana es comprobar la imposibilidad de todo sentimiento, deposita en Gamboa la luz al final del negro túnel, asignándole el papel de la honradez, pues en su catarata pírrica es el único militar que verdaderamente guarda inconmovible lealtad a los principios institucionales (errados o no), teniendo que ir incluso en contra de sus propios intereses. Como lo definió el autor: es un personaje ético.
Al cerrar las tapas de La ciudad y los perros permaneció en mí ese indescriptible hormigueo en la barriga que me generan únicamente aquellos libros que no se han convertido tan sólo en una lectura, sino en una experiencia, tortuosa y maravillosa. Precisamente, sentirse afectado – conmovido, confuso o inquieto– por la riqueza y el vigor, por las peculiaridades de un libro, y por los universos conjeturales de un escritor, en definitiva, es lo que renueva la magia siempre expectante de la literatura.

