Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Marzo 2009

“Milk”, de Gus Van Sant

Marzo 30, 2009 · 7 comentarios

Es improbable que una película tan sobria y técnicamente irreprochable como Milk pueda decepcionar a alguien. De hecho, si la hubiese dirigido algún ilustre nombre abonado al star-system de Hollywood –como Ron Howard– con toda seguridad me ahorraría éste comentario sobre el largometraje en cuestión. Sin embargo, no puedo excusarme de plasmar algunas impresiones, pues la realidad indica que fue Gus Van Sant, el mismo cineasta que surgió del más visceral underground, quien firmó este producto anodino y distante en millas siderales del cine de autor.

Si bien es innegable que la serie de filmes que integran la obra de Van Sant no pueden apreciarse como un conjunto coherente y sólido (coqueteó con el cine de corte netamente más comercial en Good Will Hunting y en Finding Forrester), ciertamente sorprende que luego de una innovadora trilogía minimalista y experimental –Gerry, Elephant y Last Days– haya dirigido una película que bordea el telefilme como Milk. No quiero decir que esté mal o sea reprochable que un cineasta nacido dentro del cine independiente termine engullido por la maquinaria de Hollywood y sus altos presupuestos (sucede todos los días), pero Van Sant, aun con sus intermitencias estilísticas, había tenido incursiones más felices en el cine industrial, conservando su mirada cínica y su alma de outsider, especialmente en 1995 con la maravillosa To Die For (con actuación consagratoria para Nicole Kidman incluida). En cambio, como manifestaba al principio, Milk es un producto despersonalizado, que con los mismos resultados podría haber sido dirigido por cualquiera de los simples ejecutantes de la eficiencia artesanal que reina en Hollywood. Van Sant parece simplemente un narrador profesional que cede tan sólo su nombre con el fin de prestigiar una cinta tan políticamente correcta como desprovista de emoción y con ciertos tintes maniqueos.

La historia de Harvey Milk, quien llegó a convertirse en el primer hombre declaradamente gay en ser elegido para ocupar un cargo público en California, es suficientemente conocida de antemano. Por lo tanto, al comenzar a ver la película supuse que me encontraría –además de la narración de los hechos públicos y notorios– con una indagación en el mundo interior, con un acercamiento a la vertiente más humana del personaje interpretado por Sean Penn. Por el contrario, el guión se preocupa con tanta exclusividad de la dimensión militante y de los sucesos históricos (marchas, trifulcas con la policía, campañas políticas, debates, elecciones, asesinatos), que el fragmento en el que (sobre)actúa el mexicano Diego Luna, como segunda pareja de Milk, está tan mal abordado que es completamente prescindidle.

Volviendo a los orígenes de Van Sant, fueron dos películas experimentales y de grandísima capacidad creativa –Mala noche y My Own Private Idaho, ésta segunda, según mi entender, una de las más destacadas de toda la década del noventa– las que lo relacionaron con el new queer cinema, etiqueta de la que logró desprenderse con el correr de los años (al igual que Todd Haynes), pese a que continuó arrimándose, aunque de forma tangencial, a la temática homosexual. En ese sentido, Milk supone un regreso a la posición directamente militante, mas no desde el estilo propio del movimiento, encabezado hoy en día por Gregg Araki, entre otros cineastas independientes. En otras palabras, el film (anglicismo nunca mejor empleado) puede entenderse como la militancia hecha pop-corn, presentando un panegírico de una personalidad (no puedo pasarlo por alto) de fuerte contenido mesiánico, importada desde los países emergentes como modelo de activismo y coherencia política (más allá de lo emblemático que puede haber sido Harvey Milk para la comunidad gay).

Para compensar, he de reconocer que el punto fuerte del largometraje pasa por el montaje (insertando con frecuencia imágenes reales de la época), la banda sonora y por algunas actuaciones. Sin la excelente interpretación de Sean Penn es posible que el personaje hubiese corrido serio riesgo de sumergirse en los pantanos del histrionismo y del cliché. Ya he mencionado que la aparición de Diego Luna es lamentable, pero quien sigue sorprendiéndome más que gratamente es Emile Hirsch (dirigido por Penn en Into the Wild), que aquí da vida a un curioso y entrañable activista. Son correctos asimismo los secundarios de James Franco y Josh Brolin.

Milk (EE.UU., 2008).
Director: Gus Van Sant.
Intérpretes: Sean Penn
, Emile Hirsch, James Franco, Josh Brolin, Diego Luna,  Lucas Grabeel.
Calificación: 6,25.

Categorías: Cine

Develando ángeles

Marzo 26, 2009 · 8 comentarios

Lo primero y más difícil es decir: los ángeles viven desnudos. Carecen de esas blancas túnicas que nuestra imaginación infantil se complacía en atribuirles. Pero ellos no reparan en su desnudez. Como viven libres de malicia, pasean sencillamente sus miradas sobre sus cuerpos desprovistos de ropaje, y las diferencias que tanto preocupan aquí, tienen para ellos el mismo valor que la nada.

Como puede suponerse, cada ángel vuela a su manera. Los hay que agitan las alas muy rápido, con un ronroneo de ventilador. Esos pueden permanecer fijos, como colibríes, en un lugar determinado. Existen los ángeles obesos –generalmente pertenecen al coro celestial, como puede comprobarse leyendo a John Milton– cuyas desaliñadas alas manchadas de grasa, cubiertas de telarañas, son incapaces de sustentar sus cuerpos excesivos. Y se les hace agua la boca viendo a los otros ángeles ensayar piruetas en el espacio. Cuando quieren volar, despliegan pesadamente sus alas y las agitan en vano, estirando al mismo tiempo las cabezas, como palmípedos hambrientos. En cambio, las voces blancas de estos ángeles mofletudos son maravillosas. En lugar de hablar, cantan sin descanso (aun para los menesteres comunes, como preguntar la hora) los fragmentos tradicionales de Palestrina o Bach. Y lo hacen acordadamente, cual si obedecieran a una invisible batuta. Siempre tienen a su alrededor, cuando salen a pasearse después del almuerzo, un enjambre de ángeles melómanos que los siguen y los aplauden agitando las alas, con un rumor de batidas. Esta pequeña gloria local los consuela de su caricaturesca obesidad.

Existen los ángeles atletas que, a fuerza de permanecer en el aire, han olvidado casi el manejo de sus brazos y de sus piernas. No hay nada que se parezca más en el mundo a la risible marcha de los ángeles atletas que el balanceado paseo de los pingüinos. Pero su velocidad en el espacio es magnífica y sólo la luz corre más ligero que ellos. Llevan las alas acicaladas y brillantes de aceites aromáticos, y cuando pasan en escuadrillas, perfumando el cielo siempre vigilado, es como si soplaran vientos de jazmines.

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Se reconoce a los ángeles jóvenes por su inhabilidad para manejar las alas. Acostumbrados durante su vida mortal a gesticular, hacen participar también a las alas de sus sentimientos, de sus inquietudes. No consiguen sin trabajo esa imposibilidad elegante de los ángeles viejos y decentes que cruzan las alas mientras conversan, con un gesto gracioso y, al mismo tiempo, severo. Los ángeles antiguos deben reconvenir a los bisoños porque, al charlar, agitan desconsideradamente las alas y se las envanecen. El decano de los ángeles suele rezongar, afirmando “nunca aprenderán ustedes… parecen napolitanos”, mas los angelitos no oyen nada, porque en realidad, si tienen voz, no es como la nuestra: se comunican mejor mediante sus intenciones; y yo hablo de sus “voces” para hacerme comprender, por un artificio de retórica. Los angelitos adivinan, pues, las palabras del decano, pero no se enojan. Más bien se ruborizan al oírse llamar así, ya que en la bóveda celeste, los ángeles italianos son, por tradición, los más bellos, en especial los de Urbino. Por el contrario, llamar a alguien “ángel alemán” supone insultarlo, desde que se hizo conocer como “ángel alemán” un hombrecito flaco, panzón y legañoso de Lucas Cranach.

Los ángeles aman y mueren. La única señal exterior del amor entre los ángeles es la asiduidad de la compañía. Cuando dos ángeles deambulan juntos una semana (es decir, un siglo nuestro) es porque, indefectiblemente, ya son novios. Tienen derecho a ocupar asientos contiguos en los conciertos, y a ese homenaje delicado que consiste en pronunciar, formando uno solo, los dos nombres unidos por la amistad. Con el tiempo, la conjunción es tan íntima que sus sombras se confunden, sus voces suenan al unísono, piensan o cantan las mismas palabras y tienen derecho, por fin, a la suprema delicia de morir simultáneamente.

¿Morir? Sí, morir; los ángeles mueren. Es curioso, pero el amor les sobrevive pocos meses (siglos, quiero decir) antes de su muerte. Comienzan a sentir la necesidad de morir merced a un instinto –agradable, como la satisfacción de todos los instintos– que hace aspirar a la muerte en compañía. El amor de los ángeles es, por eso, una afección penetrada de renunciamiento. Es un amor melancólico y lúcido; es una deseable extenuación, hecha de ausencia, de suspirada tristeza y de aceptación. Los ángeles se disgregan en el éter para morir. Es decir, se disgregan como ángeles, en cuanto son ángeles. Pero las esencias angelicales se incorporan a los seres humanos, especialmente a los niños. Y el ciclo eterno se cierra. Es claro que las proporciones varían de un individuo a otro, pero por eso, todos tenemos algo de ángeles, aunque procuremos cubrirlo con un demonismo más o menos ingenuo.

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No hay salvación con el amor

Marzo 23, 2009 · 14 comentarios

Se ha hablado tanto del amor fulminante, del amor relámpago, del rayo que calcina y anonada, que hemos terminado por borrar de nuestra memoria que, en realidad, el amor no es un deslumbramiento sino un hábito, una ordenación casi sistemática de pequeñas costumbres, y que cada ser humano está destinado a amar toda su vida –sin escapatoria– como lo han amado y como ha aprendido a amar desde su mismo nacimiento. Diminuto o inmenso, el amor es costumbre de amar en determinada forma, buscando satisfacciones particulares, esperando en su acontecer tales o cuales temas. Hace casi dos siglos, el Romanticismo volvió a poner de moda el amor cataclismo, la divina locura de los griegos, el concupiscente delirio; y el prestigio del mito se conserva intacto. Lo malo es que tal concepción pone una venda sobre los ojos y elegimos seguir creyendo en el mito y no en la etérea realidad de nuestros sentimientos cotidianos, de nuestra vida diaria. Está incluido en el mito el axioma de la soberbia libertad del amante, de su independencia de cualquier vínculo terrenal; ni interés personal, ni proyectos de prolongada convivencia, ni deseo de futura prole. Por el contrario, sólo el fuego que devasta en un minuto y que, ardiendo, contagia su fogosidad en un instante consumado.

Es relativamente sencillo darse cuenta de que esta concepción del amor es otro de los productos imaginativos distorsionados a que dio lugar el Romanticismo. Voy a limitarme a los plutonistas del amor, aquellos que sólo ven en él una sucesión de cataclismos, después de cada uno de los cuales se sienten renacer, como si en cada aventura cambiaran la piel. Basta tomar al azar un ejemplar de estos plutonistas para advertir la monstruosidad del error: en el plutonista no hay libertad de elección, ni cambios sustanciales, ni renacimiento. Lleva dentro cien desilusiones: la madre fue fría con él, olvidado entre numerosos hermanos, o estuvo ella ausente de todo; la maestra no se percató de su existencia; amó en silencio a su compañera de banco, mas ella prefirió, como ocurre a menudo, al compañero del lado opuesto. Quizá sin darse cuenta, el plutonista se acostumbró a ese sórdido juego: abandonar antes de ser abandonado, desarraigarse antes de que lo desplacen, y confundió siempre felicidad con cambio, y libertad con versatilidad. El francés Alfred de Musset dejó ejemplos perfectos de este despotismo erótico en sus obras de teatro y en sus poemas.

Se podría afirmar que los grandes amantes que recuerda la tradición y que el amor arrastró en su vorágine hasta la muerte parecen argumentos contrarios a mis razones. Amor a primera vista, pasión arrolladora que termina con la vida de los amantes: Tristán e Isolda, Romeo y Julieta… ¿acaso no representan nada en la historia de los sentimientos humanos? Pero déjeseme preguntar: ¿es eso verdaderamente amor? ¿No constituye sólo el comienzo del amor, un proyecto, un brillante preludio? Es cierto que la muerte otorgó solemnidad, grandeza, historicidad, a esos ilustres juegos, mas la muerte no es otra cosa que un disfraz del azar. Sin la muerte, ¿habrían alcanzado esos espectáculos la misma intensidad en nuestros recuerdos? Nos resistimos a imaginar a Isolda o a Julieta obesas y cargadas de hijos, o recriminando a sus cónyuges por haber llegado tarde al almuerzo. A los hombres, devorados por secretos arrepentimientos, les gusta glorificar a los desgraciados, a los que fracasan en el intento. Las mujeres piensan que es un triunfo concluir una brillante carrera sin arrugas ni canas. Ambos se han puesto de acuerdo para adorar una falsa imagen.

No nos engañemos: el amor es hábito, costumbre, aplicación, asiduidad abnegada, oscuro heroísmo. El amor a primera vista, que se consume tan rápido como comenzó, la aventura vertiginosa, son el tropezón con la piedra del camino, que no refuta la necesidad de caminar, la estación de pie, la lógica de la marcha sobre nuestras extremidades.

No hay sorpresas. No hay salvación con el amor. La señora casada y con muchos hijos (casada con un hombre importante y desdeñoso, aclaro) continuará por los años esperando vanamente en el banco del jardín; esperando la llegada del príncipe azul que conmueva su vida regular y la haga renacer con su mirada y sus caricias. Repito que no hay salvación con el amor. Esto no quita, claro está, que sigamos creyendo en los milagros del amor relámpago, del amor que absuelve y vivifica, fuente de juventud, consuelo de pecadores; del mismo modo que creemos en tantas cosas que no existen y que, sin embargo, nos ayudan a respirar cada día. Por ejemplo, en este maravilloso cielo azul de marzo, que ni es azul ni tampoco está sobre nuestras cabezas.

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“De ratones y hombres”, de John Steinbeck

Marzo 17, 2009 · 10 comentarios

La lectura pausada e intensiva de una pequeña novela que se cuenta entre las más destacadas en la obra de John Steinbeck, me ha dejado una montaña inacabable de pensamientos, de ideas, de estímulos y de verdades. Esa maraña de inestimables sedimentos que, suspensos durante el engullimiento del libro, finalmente se conjugan, salen a la luz y quedan incrustados a posteriori en la mente lectora, cuando se llegó a la página final y se devolvió el ejemplar a la estantería de la biblioteca, constituyen a la postre la lección, el jugo que se extrajo de la obra: reflexiones, ideas, incitaciones y verdades de las que no nos hubiéramos apropiado de no ser por las hojas leídas. Esto parece bastante obvio, mas no sucede a menudo: así como no todos se extasían ante un descomunal crepúsculo en el vasto océano (sino que hallan el éxtasis viendo dieciséis veces la película Twilight mientras esperan que se estrene la segunda parte), tampoco es moneda corriente que las personas tiemblen de la mano de Shakespeare o sonrían junto a Moliére. Lo que me sucedió al terminar De ratones y hombres es lo mismo que experimenté cuando acabé alguna novela de Dostoievski o de Kafka: sentí una profunda emoción por haber entrado en contacto con esos pensadores, con esos artistas que lograron fundir en síntesis supremas sus visiones del ser y de la eternidad.

De ratones y hombres lejos está de ser una novela monumental para la que no alcanza ninguna adjetivación posible, del estilo de La montaña mágica (Thomas Mann) o Los miserables (Victor Hugo). En cambio, Steinbeck escribe con estilo seco y conciso, sobre la ingrata vida de los peones golondrinas en Estados Unidos después del Crack de 1929. Todo va en torno de personajes que sueñan, que aspiran a formar parte del American Dream, a comprobar que no es una quimera, pese a estar inmersos en una sociedad injusta e insolidaria. Los protagonistas son Lennie y George: Lennie es un hombre de buen corazón, de enormes proporciones físicas y con un retraso mental que lo convierte paradójicamente en un niño inocente e indefenso; George es pequeño pero más avispado, y cuida con paciencia y generosidad de su amigo, a pesar de todos los problemas que le trae aparejados. Vagan a la buena de Dios, de rancho en rancho, trabajando bajo miserables condiciones como peones, pero mantienen una constante: nunca se separan. (Los hombres como nosotros, que trabajan en los ranchos, son los tipos más solitarios del mundo. No tienen familia. No son de ningún lugar. Llegan a un rancho y trabajan hasta que tienen un poco de dinero, y después van a la ciudad y hacen volar el dinero, y no les queda más remedio que ir a molerse los huesos en otro rancho. No tienen nada que esperar en el futuro […] ¡Pero nosotros no! Y, ¿por qué? Porque… porque yo te tengo a ti para cuidarme, y tú me tienes a mí para cuidarte, por eso.).

La soledad, la desigualdad, la amistad y la violencia son, según mi entender, los temas centrales que aborda el autor estadounidense, sin alejarse un centímetro del naturalismo, pero dotando a sus páginas de un fuerte componente alegórico y una alta carga de densidad moral, subyacentes en cada diálogo, por más simple que pueda parecer. Porque si bien existe un narrador omnisciente, la novela guarda una estructura prácticamente teatral, y es en las aparentemente vulgares conversaciones sostenidas por los jornaleros donde el lector percibe ese malestar latente que preanuncia sangre y más dolor.

Según Alain Badiou, es sabido que toda verdad particular se gesta en un espacio singular y se labra con las materiales que brinda ese espacio; en otras palabras, una verdad es singular en su construcción, en su devenir (Steinbeck retrató la vida sencilla de campesinos de su región natal, en el suroeste de Estados Unidos, así como Homero reflejó la guerra entre aqueos y troyanos), pero a la vez adquiere significancia universal en su destinación, en sus efectos a distancia del mundo en que fue producida. Esa dimensión trascendente que excede al tiempo, que vence a la transitoriedad, es precisamente la que convierte a un determinado libro en un clásico. Desconozco si, como decía Borges, las futuras generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, seguirán leyendo con previo fervor y misteriosa lealtad a un autor como Steinbeck. Con humildad, les recomendaría que lo hagan.

Categorías: Literatura

Imperioso reencuentro con la bicicleta

Marzo 13, 2009 · 9 comentarios

Hace años que la guardaba en algún desván, en esos cuartos donde va a parar todo aquello que se usa poco o nada. Ha soportado, estoica, innumerables mudanzas, largas temporadas de abandono, y en alguna ocasión hasta he pensado en deshacerme de ella, mas la nostalgia adolescente no me permitió perpetrar semejante torpeza. Que el reencuentro haya sido fruto de la casualidad no ocasionó que sea menos feliz. Por instantes –el entusiasmo del descenso, la sutil caricia de la brisa sobre el rostro– volví a sentir lo que experimenté cuando apenas tenía una década de vida: la bicicleta y yo éramos uno, éramos uno y no éramos dos.

Desde el desarrollo del primer modelo de transmisión en cadena, que data aproximadamente de 1885, la bicicleta ha evolucionado pero no ha cambiado demasiado en lo que a su diseño respecta. Sin embargo, numerosos estudios indican que en las antiguas civilizaciones de China y Egipto ya se utilizaban vehículos que configurarían el primer antecedente de la bicicleta moderna. También es muy conocido el boceto que Leonardo Da Vinci realizó hacia fines del siglo XV, donde se observa claramente que el hombre del Renacimiento había pensado, adelantándose a su tiempo, en una transmisión en cadena similar a las actuales

En su Éloge de la bicyclette, Marc Augé afirma que hablar de la bicicleta es hablar de uno mismo: desde los iniciales porrazos y raspones en las rodillas sufridos en los obstinados intentos infantiles de aprendizaje hasta el descubrimiento del propio cuerpo y la incomparable exploración del tiempo y del espacio. Se sabe que la bicicleta, como el estilo en la natación, no se olvida. Pero hay algo más. El conocimiento progresivo de sí que se da en correspondencia con el aprendizaje de la bicicleta deja huellas a la vez inolvidables e inconscientes. Hay allí una paradoja original. Se trata, si se quiere, de la paradoja del tiempo y de la eternidad. […] En ese sentido, andar en bicicleta es aprender a gestionar el tiempo, tanto el tiempo corto de la jornada diaria, como el tiempo extendido de los años que se acumulan. Y, por lo tanto –¡ésta es la paradoja¡– la bicicleta es también una experiencia de la eternidad.

La imperante necesidad del rescate teórico y cultural de los dos pedales en nuestras comunidades atiborradas de automóviles radica también, según el antropólogo francés, en la manera en que la bicicleta articula la mitología social con la personal, pues todos, absolutamente todos, tienen al menos una historia para contar sobre su uso. No es casualidad que desde hace algunos años a esta parte, las bicicletas sean cada vez más usadas por los parisinos, que pueden gozar de un sistema público de alquiler de este medio de transporte. El proyecto Vélib (que con más de veinte mil unidades se ha transformado en el más grande del mundo, aunque otras ciudades como Londres y Barcelona también lo han implementado) permite rentar los rodados por costos muy económicos y devolverlos en la estación más cercana al lugar de destino.

Además de los beneficios que su uso acarrea para la ecología, en desmedro de otros medios de transporte, este sistema que pone bicicletas a disposición de los ciudadanos y turistas asimismo obliga, como señala Augé, a socializar las calles, a reestablecer lazos vitales de solidaridad, a reencontrarse con la ciudad desde perspectivas jamás transitadas, lejos del urbanismo vertiginoso que no da suspiro. Recorrer la ciudad pedaleando, conociendo sus declives y elevaciones, aspirando la pureza o impureza del aire, reinventa el espacio urbano como un lugar a descubrir permanentemente, como un ámbito propicio para la aventura, para lo imprevisto. Permite soñar con ciudades diferentes.

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Apuntes sobre la recepción tardía de Borges en España

Marzo 9, 2009 · 7 comentarios

Entre los escritores jóvenes (por debajo de los cuarenta) de mi nacionalidad, ninguno me parece más interesante y osado que Gonzalo Garcés. Además de sus tres novelas publicadas, sobre las que alguna vez espero tejer una reflexión por aquí, sigo con devoción sus artículos en medios argentinos y chilenos. Pero en este caso, la columna a la que voy a referirme fue publicada en el suplemento literario Babelia, del diario “El País” de España.

En la misma, desmenuza lo que él considera las diferencias abismales que separan a la narrativa argentina de la española y viceversa, y sitúa a la mala conciencia (supuestamente poseída en exceso por los argentinos y carecida por los españoles) como la madre de todas las incompatibilidades. No había oído a nadie decirlo antes, pero Garcés afirma que a los argentinos no nos gusta la literatura de la madre patria, pues los narradores españoles serían para los nacidos de este lado del charco, verbosos, crasamente realistas, plúmbeos y proclives a volutas cortesanas. En consecuencia, si en Argentina apellidos canónicos como Cela, Goytisolo, Benet o Marsé significan poco y nada, la suerte de otros escritores de menor renombre no es difícil de descifrar. En mi caso reconozco haber leído únicamente a los dos primeros, pero el quid del debate no transcurre por lo que yo haya leído o dejado de leer, ni tan siquiera por las lecturas de Garcés, sino por a qué españoles se lee en Argentina, y más importante todavía, quiénes son los que ejercen influencia. Si a mí me preguntaran tal cosa, no dudaría en mencionar a Enrique Vila-Matas y Javier Marías, quienes, según Garcés, son acaso los únicos escritores españoles del último medio siglo que no están desprovistos de mala conciencia.

Del lado contrario, asevera Garcés, los españoles suelen devolvernos la cortesía, pues de las letras argentinas suele decirse que son excéntricas, pretenciosas, metatextuales, liadas y sesudas, pero jamás que gustan. Los ejemplos que cita son dos: en España, Borges fue aceptado a regañadientes, y el actual canon argentino, integrado por Piglia, Saer, Aira y Fogwill, demoró más de lo debido para desembarcar en las editoriales de Barcelona y Madrid. El escritor Jorge Carrión, en una réplica publicada en su blog, con precisión señala que Leopoldo Azancot escribió en 1964: Desde nuestro Siglo de Oro, ningún escritor de lengua castellana ha tenido tanta proyección universal como Borges […], el único hombre de nuestro tiempo que ha sido capaz de crear un pensamiento mítico. Pero lo cierto es que Azancot fue una saludable excepción, y su iluminado comentario no sirve para refutar lo que advierte Garcés. Por caso, en la primera edición de la “Historia de la literatura universal”, de Valverde, editada en 1956 apenas si se menciona de refilón a Borges. Como era de esperar, el reconocimiento para el argentino más universal llegó en España, pero no muy pronto, sobre todo si consideramos que a principios de la década del cincuenta ya había sido traducido al francés, y que en 1962 se hizo la primera traducción al inglés (una antología llamada Labyrinths). Si de premios se trata, el primero de trascendencia internacional que recibió, en 1961, fue el Formentor, lógicamente en Francia; mientras que el Cervantes le llegó recién en 1979, cuando a Borges le quedaban apenas unos pocos años de vida, y como dice Garcés, su status de “clásico viviente” era conocido hasta por los analfabetos.

Sin embargo, como manifestaba con anterioridad, la huella que un escritor deja trazada en un pueblo no está determinada en modo alguno por las alabanzas de la crítica, la inclusión en la academia o los galardones recibidos. Muy por el contrario, y quitando ciertas excepciones, estos factores tienden cada vez más a pasar desapercibidos para el grueso de los lectores (y que lo diga Harold Bloom si no). Cito a Garcés: La importancia de un escritor en determinado país se mide por su influencia en el modo general de leer –en las herramientas críticas que logra imponer– y en su influencia en las generaciones siguientes de escritores. Y bien: a mediados de los sesenta, la impronta de Borges ya era visible en Michel Foucault, Jacques Lacan, Georges Perec, Alain Robbert-Griller, Thomas Pynchon, Vladimir Nabokov, Italo Calvino o Umberto Eco, por nombrar unos pocos. La pregunta subsiguiente se cae de madura: ¿en qué escritores españoles era visible entonces la influencia de Borges?

 

Categorías: Literatura

De estupideces y derechos humanos

Marzo 5, 2009 · 9 comentarios

Desde hace mucho tiempo a esta parte –desde que yo era un infante, si mal no recuerdo– Susana Giménez es la diva número uno de la televisión argentina, una especie de Oprah Winfrey vernácula, a la criolla. Tal afirmación no admite discusiones; la señora podrá gustar más o menos, pero se mantiene en la cresta de la ola desde hace décadas. No voy a negar que se trata de una mujer carismática, que despierta vivas sensaciones en el público, que no pasa desapercibida. Sin embargo, más de una vez he reflexionado sobre cómo hablará de los argentinos el que su máxima estrella televisiva sea una persona que, en pleno siglo XXI, le preguntó a unos paleontólogos que tenía invitados si habían descubierto dinosaurios vivos, amén de Michael Crichton y Steven Spielberg. Más allá de la anécdota, tampoco es mi intención embestir contra los contenidos de su programa, pues no se diferencia en mucho del obsceno abanico de frivolidad que ofrece al espectador promedio el resto de la grilla televisiva.

Hace unos días, en un suceso henchido de saña y salvajismo, fue asesinado unos de los asistentes personales de la Giménez. Recién llegada al país, y entendiblemente impactada por la triste noticia, frente a una caterva de periodistas, la diva brindó una suerte de conferencia de prensa improvisada en la puerta de su casa; allí pronunció una frase que yo no dudaría en calificar de exabrupto: El que mata tiene que morir. Y basta de los derechos humanos y de esas estupideces. Es cierto que luego de tantos años frente a las cámaras es imposible sospechar ingenuidad en el manejo de Susana Giménez con los medios de comunicación. También es verdadero que una persona formadora de opinión pública debería medir en mayor grado el impacto de sus declaraciones. Pero por un minuto, tan sólo por un instante, hay que intentar ponerse en la piel de un ser humano al que le acaban de asesinar a un ser querido: la corrección política y la mesura bien se pueden ir al diablo en momentos de semejante afectación y aflicción.

Las declaraciones de Susana, como era previsible, repercutieron más que las de cualquier experto en cuestiones de Derecho Penal. Si consideramos las alarmantes tasas de homicidios, violaciones, robos a mano armada y demás clases de delitos que se verifican día a día tanto en la ciudad como en la provincia de Buenos Aires, es comprensible que el dolor de la Giménez se haya reproducido automáticamente en todos aquellos que han sufrido una pérdida similar a causa de la delincuencia en los últimos tiempos, y que, de la mano, muchísimos argentinos estimen a la pena de muerte como la solución definitiva a tanta inacción por parte del Estado, pese a que las estadísticas demuestren que dicha sanción –más allá de las objeciones de tipo éticos que se le puedan realizar– no redunda en un efecto disuasor sobre los criminales. Volver a la ley del talión, según mi entender, constituiría un retroceso astronómico, pero nunca hay que esquivar el debate.

Lo que de ningún modo avalo ni justifico –se trata, en definitiva, de un insulto a uno mismo– es que alguien pueda expresar, sobre todo en un país con la pavorosa historia reciente de la Argentina, que los derechos humanos son una estupidez. Al contrario, son unos de los temas centrales de nuestro tiempo, en el que la brecha entre multimillonarios y personas por debajo de la línea de pobreza tiende a estirarse más y más, en que la criminalidad aparece como la oferta más tentadora para miles de jóvenes dejados en el olvido por las instituciones y por un Estado ausente. La doctrina de los derechos humanos está basada en el respeto de la vida y la dignidad de los seres humanos: ¿cómo vamos a enseñarle tales preceptos a nuestros hijos, implementando como ejemplo, por otro lado, la pena de muerte? La discusión sobre la pena capital tampoco debe monopolizar toda nuestra atención, pues si es nuestro verdadero norte disminuir los índices delictuales, no estaría mal comenzar luchando por la prevención del crimen, la justicia social, el cumplimiento efectivo de las condenas, y contra la inhumanidad de las cárceles, verdaderas usinas generadoras de reincidentes.

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