Vagabundeo resplandeciente

De estupideces y derechos humanos

Marzo 5, 2009 · 9 comentarios

Desde hace mucho tiempo a esta parte –desde que yo era un infante, si mal no recuerdo– Susana Giménez es la diva número uno de la televisión argentina, una especie de Oprah Winfrey vernácula, a la criolla. Tal afirmación no admite discusiones; la señora podrá gustar más o menos, pero se mantiene en la cresta de la ola desde hace décadas. No voy a negar que se trata de una mujer carismática, que despierta vivas sensaciones en el público, que no pasa desapercibida. Sin embargo, más de una vez he reflexionado sobre cómo hablará de los argentinos el que su máxima estrella televisiva sea una persona que, en pleno siglo XXI, le preguntó a unos paleontólogos que tenía invitados si habían descubierto dinosaurios vivos, amén de Michael Crichton y Steven Spielberg. Más allá de la anécdota, tampoco es mi intención embestir contra los contenidos de su programa, pues no se diferencia en mucho del obsceno abanico de frivolidad que ofrece al espectador promedio el resto de la grilla televisiva.

Hace unos días, en un suceso henchido de saña y salvajismo, fue asesinado unos de los asistentes personales de la Giménez. Recién llegada al país, y entendiblemente impactada por la triste noticia, frente a una caterva de periodistas, la diva brindó una suerte de conferencia de prensa improvisada en la puerta de su casa; allí pronunció una frase que yo no dudaría en calificar de exabrupto: El que mata tiene que morir. Y basta de los derechos humanos y de esas estupideces. Es cierto que luego de tantos años frente a las cámaras es imposible sospechar ingenuidad en el manejo de Susana Giménez con los medios de comunicación. También es verdadero que una persona formadora de opinión pública debería medir en mayor grado el impacto de sus declaraciones. Pero por un minuto, tan sólo por un instante, hay que intentar ponerse en la piel de un ser humano al que le acaban de asesinar a un ser querido: la corrección política y la mesura bien se pueden ir al diablo en momentos de semejante afectación y aflicción.

Las declaraciones de Susana, como era previsible, repercutieron más que las de cualquier experto en cuestiones de Derecho Penal. Si consideramos las alarmantes tasas de homicidios, violaciones, robos a mano armada y demás clases de delitos que se verifican día a día tanto en la ciudad como en la provincia de Buenos Aires, es comprensible que el dolor de la Giménez se haya reproducido automáticamente en todos aquellos que han sufrido una pérdida similar a causa de la delincuencia en los últimos tiempos, y que, de la mano, muchísimos argentinos estimen a la pena de muerte como la solución definitiva a tanta inacción por parte del Estado, pese a que las estadísticas demuestren que dicha sanción –más allá de las objeciones de tipo éticos que se le puedan realizar– no redunda en un efecto disuasor sobre los criminales. Volver a la ley del talión, según mi entender, constituiría un retroceso astronómico, pero nunca hay que esquivar el debate.

Lo que de ningún modo avalo ni justifico –se trata, en definitiva, de un insulto a uno mismo– es que alguien pueda expresar, sobre todo en un país con la pavorosa historia reciente de la Argentina, que los derechos humanos son una estupidez. Al contrario, son unos de los temas centrales de nuestro tiempo, en el que la brecha entre multimillonarios y personas por debajo de la línea de pobreza tiende a estirarse más y más, en que la criminalidad aparece como la oferta más tentadora para miles de jóvenes dejados en el olvido por las instituciones y por un Estado ausente. La doctrina de los derechos humanos está basada en el respeto de la vida y la dignidad de los seres humanos: ¿cómo vamos a enseñarle tales preceptos a nuestros hijos, implementando como ejemplo, por otro lado, la pena de muerte? La discusión sobre la pena capital tampoco debe monopolizar toda nuestra atención, pues si es nuestro verdadero norte disminuir los índices delictuales, no estaría mal comenzar luchando por la prevención del crimen, la justicia social, el cumplimiento efectivo de las condenas, y contra la inhumanidad de las cárceles, verdaderas usinas generadoras de reincidentes.

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