Vagabundeo resplandeciente

Imperioso reencuentro con la bicicleta

Marzo 13, 2009 · 9 comentarios

Hace años que la guardaba en algún desván, en esos cuartos donde va a parar todo aquello que se usa poco o nada. Ha soportado, estoica, innumerables mudanzas, largas temporadas de abandono, y en alguna ocasión hasta he pensado en deshacerme de ella, mas la nostalgia adolescente no me permitió perpetrar semejante torpeza. Que el reencuentro haya sido fruto de la casualidad no ocasionó que sea menos feliz. Por instantes –el entusiasmo del descenso, la sutil caricia de la brisa sobre el rostro– volví a sentir lo que experimenté cuando apenas tenía una década de vida: la bicicleta y yo éramos uno, éramos uno y no éramos dos.

Desde el desarrollo del primer modelo de transmisión en cadena, que data aproximadamente de 1885, la bicicleta ha evolucionado pero no ha cambiado demasiado en lo que a su diseño respecta. Sin embargo, numerosos estudios indican que en las antiguas civilizaciones de China y Egipto ya se utilizaban vehículos que configurarían el primer antecedente de la bicicleta moderna. También es muy conocido el boceto que Leonardo Da Vinci realizó hacia fines del siglo XV, donde se observa claramente que el hombre del Renacimiento había pensado, adelantándose a su tiempo, en una transmisión en cadena similar a las actuales

En su Éloge de la bicyclette, Marc Augé afirma que hablar de la bicicleta es hablar de uno mismo: desde los iniciales porrazos y raspones en las rodillas sufridos en los obstinados intentos infantiles de aprendizaje hasta el descubrimiento del propio cuerpo y la incomparable exploración del tiempo y del espacio. Se sabe que la bicicleta, como el estilo en la natación, no se olvida. Pero hay algo más. El conocimiento progresivo de sí que se da en correspondencia con el aprendizaje de la bicicleta deja huellas a la vez inolvidables e inconscientes. Hay allí una paradoja original. Se trata, si se quiere, de la paradoja del tiempo y de la eternidad. […] En ese sentido, andar en bicicleta es aprender a gestionar el tiempo, tanto el tiempo corto de la jornada diaria, como el tiempo extendido de los años que se acumulan. Y, por lo tanto –¡ésta es la paradoja¡– la bicicleta es también una experiencia de la eternidad.

La imperante necesidad del rescate teórico y cultural de los dos pedales en nuestras comunidades atiborradas de automóviles radica también, según el antropólogo francés, en la manera en que la bicicleta articula la mitología social con la personal, pues todos, absolutamente todos, tienen al menos una historia para contar sobre su uso. No es casualidad que desde hace algunos años a esta parte, las bicicletas sean cada vez más usadas por los parisinos, que pueden gozar de un sistema público de alquiler de este medio de transporte. El proyecto Vélib (que con más de veinte mil unidades se ha transformado en el más grande del mundo, aunque otras ciudades como Londres y Barcelona también lo han implementado) permite rentar los rodados por costos muy económicos y devolverlos en la estación más cercana al lugar de destino.

Además de los beneficios que su uso acarrea para la ecología, en desmedro de otros medios de transporte, este sistema que pone bicicletas a disposición de los ciudadanos y turistas asimismo obliga, como señala Augé, a socializar las calles, a reestablecer lazos vitales de solidaridad, a reencontrarse con la ciudad desde perspectivas jamás transitadas, lejos del urbanismo vertiginoso que no da suspiro. Recorrer la ciudad pedaleando, conociendo sus declives y elevaciones, aspirando la pureza o impureza del aire, reinventa el espacio urbano como un lugar a descubrir permanentemente, como un ámbito propicio para la aventura, para lo imprevisto. Permite soñar con ciudades diferentes.

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