Vagabundeo resplandeciente

“De ratones y hombres”, de John Steinbeck

Marzo 17, 2009 · 10 comentarios

La lectura pausada e intensiva de una pequeña novela que se cuenta entre las más destacadas en la obra de John Steinbeck, me ha dejado una montaña inacabable de pensamientos, de ideas, de estímulos y de verdades. Esa maraña de inestimables sedimentos que, suspensos durante el engullimiento del libro, finalmente se conjugan, salen a la luz y quedan incrustados a posteriori en la mente lectora, cuando se llegó a la página final y se devolvió el ejemplar a la estantería de la biblioteca, constituyen a la postre la lección, el jugo que se extrajo de la obra: reflexiones, ideas, incitaciones y verdades de las que no nos hubiéramos apropiado de no ser por las hojas leídas. Esto parece bastante obvio, mas no sucede a menudo: así como no todos se extasían ante un descomunal crepúsculo en el vasto océano (sino que hallan el éxtasis viendo dieciséis veces la película Twilight mientras esperan que se estrene la segunda parte), tampoco es moneda corriente que las personas tiemblen de la mano de Shakespeare o sonrían junto a Moliére. Lo que me sucedió al terminar De ratones y hombres es lo mismo que experimenté cuando acabé alguna novela de Dostoievski o de Kafka: sentí una profunda emoción por haber entrado en contacto con esos pensadores, con esos artistas que lograron fundir en síntesis supremas sus visiones del ser y de la eternidad.

De ratones y hombres lejos está de ser una novela monumental para la que no alcanza ninguna adjetivación posible, del estilo de La montaña mágica (Thomas Mann) o Los miserables (Victor Hugo). En cambio, Steinbeck escribe con estilo seco y conciso, sobre la ingrata vida de los peones golondrinas en Estados Unidos después del Crack de 1929. Todo va en torno de personajes que sueñan, que aspiran a formar parte del American Dream, a comprobar que no es una quimera, pese a estar inmersos en una sociedad injusta e insolidaria. Los protagonistas son Lennie y George: Lennie es un hombre de buen corazón, de enormes proporciones físicas y con un retraso mental que lo convierte paradójicamente en un niño inocente e indefenso; George es pequeño pero más avispado, y cuida con paciencia y generosidad de su amigo, a pesar de todos los problemas que le trae aparejados. Vagan a la buena de Dios, de rancho en rancho, trabajando bajo miserables condiciones como peones, pero mantienen una constante: nunca se separan. (Los hombres como nosotros, que trabajan en los ranchos, son los tipos más solitarios del mundo. No tienen familia. No son de ningún lugar. Llegan a un rancho y trabajan hasta que tienen un poco de dinero, y después van a la ciudad y hacen volar el dinero, y no les queda más remedio que ir a molerse los huesos en otro rancho. No tienen nada que esperar en el futuro […] ¡Pero nosotros no! Y, ¿por qué? Porque… porque yo te tengo a ti para cuidarme, y tú me tienes a mí para cuidarte, por eso.).

La soledad, la desigualdad, la amistad y la violencia son, según mi entender, los temas centrales que aborda el autor estadounidense, sin alejarse un centímetro del naturalismo, pero dotando a sus páginas de un fuerte componente alegórico y una alta carga de densidad moral, subyacentes en cada diálogo, por más simple que pueda parecer. Porque si bien existe un narrador omnisciente, la novela guarda una estructura prácticamente teatral, y es en las aparentemente vulgares conversaciones sostenidas por los jornaleros donde el lector percibe ese malestar latente que preanuncia sangre y más dolor.

Según Alain Badiou, es sabido que toda verdad particular se gesta en un espacio singular y se labra con las materiales que brinda ese espacio; en otras palabras, una verdad es singular en su construcción, en su devenir (Steinbeck retrató la vida sencilla de campesinos de su región natal, en el suroeste de Estados Unidos, así como Homero reflejó la guerra entre aqueos y troyanos), pero a la vez adquiere significancia universal en su destinación, en sus efectos a distancia del mundo en que fue producida. Esa dimensión trascendente que excede al tiempo, que vence a la transitoriedad, es precisamente la que convierte a un determinado libro en un clásico. Desconozco si, como decía Borges, las futuras generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, seguirán leyendo con previo fervor y misteriosa lealtad a un autor como Steinbeck. Con humildad, les recomendaría que lo hagan.

Categorías: Literatura