Se ha hablado tanto del amor fulminante, del amor relámpago, del rayo que calcina y anonada, que hemos terminado por borrar de nuestra memoria que, en realidad, el amor no es un deslumbramiento sino un hábito, una ordenación casi sistemática de pequeñas costumbres, y que cada ser humano está destinado a amar toda su vida –sin escapatoria– como lo han amado y como ha aprendido a amar desde su mismo nacimiento. Diminuto o inmenso, el amor es costumbre de amar en determinada forma, buscando satisfacciones particulares, esperando en su acontecer tales o cuales temas. Hace casi dos siglos, el Romanticismo volvió a poner de moda el amor cataclismo, la divina locura de los griegos, el concupiscente delirio; y el prestigio del mito se conserva intacto. Lo malo es que tal concepción pone una venda sobre los ojos y elegimos seguir creyendo en el mito y no en la etérea realidad de nuestros sentimientos cotidianos, de nuestra vida diaria. Está incluido en el mito el axioma de la soberbia libertad del amante, de su independencia de cualquier vínculo terrenal; ni interés personal, ni proyectos de prolongada convivencia, ni deseo de futura prole. Por el contrario, sólo el fuego que devasta en un minuto y que, ardiendo, contagia su fogosidad en un instante consumado.
Es relativamente sencillo darse cuenta de que esta concepción del amor es otro de los productos imaginativos distorsionados a que dio lugar el Romanticismo. Voy a limitarme a los plutonistas del amor, aquellos que sólo ven en él una sucesión de cataclismos, después de cada uno de los cuales se sienten renacer, como si en cada aventura cambiaran la piel. Basta tomar al azar un ejemplar de estos plutonistas para advertir la monstruosidad del error: en el plutonista no hay libertad de elección, ni cambios sustanciales, ni renacimiento. Lleva dentro cien desilusiones: la madre fue fría con él, olvidado entre numerosos hermanos, o estuvo ella ausente de todo; la maestra no se percató de su existencia; amó en silencio a su compañera de banco, mas ella prefirió, como ocurre a menudo, al compañero del lado opuesto. Quizá sin darse cuenta, el plutonista se acostumbró a ese sórdido juego: abandonar antes de ser abandonado, desarraigarse antes de que lo desplacen, y confundió siempre felicidad con cambio, y libertad con versatilidad. El francés Alfred de Musset dejó ejemplos perfectos de este despotismo erótico en sus obras de teatro y en sus poemas.
Se podría afirmar que los grandes amantes que recuerda la tradición y que el amor arrastró en su vorágine hasta la muerte parecen argumentos contrarios a mis razones. Amor a primera vista, pasión arrolladora que termina con la vida de los amantes: Tristán e Isolda, Romeo y Julieta… ¿acaso no representan nada en la historia de los sentimientos humanos? Pero déjeseme preguntar: ¿es eso verdaderamente amor? ¿No constituye sólo el comienzo del amor, un proyecto, un brillante preludio? Es cierto que la muerte otorgó solemnidad, grandeza, historicidad, a esos ilustres juegos, mas la muerte no es otra cosa que un disfraz del azar. Sin la muerte, ¿habrían alcanzado esos espectáculos la misma intensidad en nuestros recuerdos? Nos resistimos a imaginar a Isolda o a Julieta obesas y cargadas de hijos, o recriminando a sus cónyuges por haber llegado tarde al almuerzo. A los hombres, devorados por secretos arrepentimientos, les gusta glorificar a los desgraciados, a los que fracasan en el intento. Las mujeres piensan que es un triunfo concluir una brillante carrera sin arrugas ni canas. Ambos se han puesto de acuerdo para adorar una falsa imagen.
No nos engañemos: el amor es hábito, costumbre, aplicación, asiduidad abnegada, oscuro heroísmo. El amor a primera vista, que se consume tan rápido como comenzó, la aventura vertiginosa, son el tropezón con la piedra del camino, que no refuta la necesidad de caminar, la estación de pie, la lógica de la marcha sobre nuestras extremidades.
No hay sorpresas. No hay salvación con el amor. La señora casada y con muchos hijos (casada con un hombre importante y desdeñoso, aclaro) continuará por los años esperando vanamente en el banco del jardín; esperando la llegada del príncipe azul que conmueva su vida regular y la haga renacer con su mirada y sus caricias. Repito que no hay salvación con el amor. Esto no quita, claro está, que sigamos creyendo en los milagros del amor relámpago, del amor que absuelve y vivifica, fuente de juventud, consuelo de pecadores; del mismo modo que creemos en tantas cosas que no existen y que, sin embargo, nos ayudan a respirar cada día. Por ejemplo, en este maravilloso cielo azul de marzo, que ni es azul ni tampoco está sobre nuestras cabezas.

