Vagabundeo resplandeciente

Develando ángeles

Marzo 26, 2009 · 8 comentarios

Lo primero y más difícil es decir: los ángeles viven desnudos. Carecen de esas blancas túnicas que nuestra imaginación infantil se complacía en atribuirles. Pero ellos no reparan en su desnudez. Como viven libres de malicia, pasean sencillamente sus miradas sobre sus cuerpos desprovistos de ropaje, y las diferencias que tanto preocupan aquí, tienen para ellos el mismo valor que la nada.

Como puede suponerse, cada ángel vuela a su manera. Los hay que agitan las alas muy rápido, con un ronroneo de ventilador. Esos pueden permanecer fijos, como colibríes, en un lugar determinado. Existen los ángeles obesos –generalmente pertenecen al coro celestial, como puede comprobarse leyendo a John Milton– cuyas desaliñadas alas manchadas de grasa, cubiertas de telarañas, son incapaces de sustentar sus cuerpos excesivos. Y se les hace agua la boca viendo a los otros ángeles ensayar piruetas en el espacio. Cuando quieren volar, despliegan pesadamente sus alas y las agitan en vano, estirando al mismo tiempo las cabezas, como palmípedos hambrientos. En cambio, las voces blancas de estos ángeles mofletudos son maravillosas. En lugar de hablar, cantan sin descanso (aun para los menesteres comunes, como preguntar la hora) los fragmentos tradicionales de Palestrina o Bach. Y lo hacen acordadamente, cual si obedecieran a una invisible batuta. Siempre tienen a su alrededor, cuando salen a pasearse después del almuerzo, un enjambre de ángeles melómanos que los siguen y los aplauden agitando las alas, con un rumor de batidas. Esta pequeña gloria local los consuela de su caricaturesca obesidad.

Existen los ángeles atletas que, a fuerza de permanecer en el aire, han olvidado casi el manejo de sus brazos y de sus piernas. No hay nada que se parezca más en el mundo a la risible marcha de los ángeles atletas que el balanceado paseo de los pingüinos. Pero su velocidad en el espacio es magnífica y sólo la luz corre más ligero que ellos. Llevan las alas acicaladas y brillantes de aceites aromáticos, y cuando pasan en escuadrillas, perfumando el cielo siempre vigilado, es como si soplaran vientos de jazmines.

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Se reconoce a los ángeles jóvenes por su inhabilidad para manejar las alas. Acostumbrados durante su vida mortal a gesticular, hacen participar también a las alas de sus sentimientos, de sus inquietudes. No consiguen sin trabajo esa imposibilidad elegante de los ángeles viejos y decentes que cruzan las alas mientras conversan, con un gesto gracioso y, al mismo tiempo, severo. Los ángeles antiguos deben reconvenir a los bisoños porque, al charlar, agitan desconsideradamente las alas y se las envanecen. El decano de los ángeles suele rezongar, afirmando “nunca aprenderán ustedes… parecen napolitanos”, mas los angelitos no oyen nada, porque en realidad, si tienen voz, no es como la nuestra: se comunican mejor mediante sus intenciones; y yo hablo de sus “voces” para hacerme comprender, por un artificio de retórica. Los angelitos adivinan, pues, las palabras del decano, pero no se enojan. Más bien se ruborizan al oírse llamar así, ya que en la bóveda celeste, los ángeles italianos son, por tradición, los más bellos, en especial los de Urbino. Por el contrario, llamar a alguien “ángel alemán” supone insultarlo, desde que se hizo conocer como “ángel alemán” un hombrecito flaco, panzón y legañoso de Lucas Cranach.

Los ángeles aman y mueren. La única señal exterior del amor entre los ángeles es la asiduidad de la compañía. Cuando dos ángeles deambulan juntos una semana (es decir, un siglo nuestro) es porque, indefectiblemente, ya son novios. Tienen derecho a ocupar asientos contiguos en los conciertos, y a ese homenaje delicado que consiste en pronunciar, formando uno solo, los dos nombres unidos por la amistad. Con el tiempo, la conjunción es tan íntima que sus sombras se confunden, sus voces suenan al unísono, piensan o cantan las mismas palabras y tienen derecho, por fin, a la suprema delicia de morir simultáneamente.

¿Morir? Sí, morir; los ángeles mueren. Es curioso, pero el amor les sobrevive pocos meses (siglos, quiero decir) antes de su muerte. Comienzan a sentir la necesidad de morir merced a un instinto –agradable, como la satisfacción de todos los instintos– que hace aspirar a la muerte en compañía. El amor de los ángeles es, por eso, una afección penetrada de renunciamiento. Es un amor melancólico y lúcido; es una deseable extenuación, hecha de ausencia, de suspirada tristeza y de aceptación. Los ángeles se disgregan en el éter para morir. Es decir, se disgregan como ángeles, en cuanto son ángeles. Pero las esencias angelicales se incorporan a los seres humanos, especialmente a los niños. Y el ciclo eterno se cierra. Es claro que las proporciones varían de un individuo a otro, pero por eso, todos tenemos algo de ángeles, aunque procuremos cubrirlo con un demonismo más o menos ingenuo.

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