Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Abril 2009

El Chancellor, Verne y el mar

Abril 24, 2009 · 11 comentarios

Alguna vez mencioné que si confeccionara una lista de los escritores definitivos de mi infancia, la misma estaría encabezada por Jules Verne, Mark Twain y Robert Louis Stevenson. Quizá porque las páginas de sus libros me transportan, aunque sea por unos instantes, a un pasado desprovisto de las preocupaciones actuales, es que hoy en día me sigue entusiasmando leer a Verne, pese a que, literariamente hablando, era por años luz el menos talentoso e interesante del trío. No es casualidad que compita palmo a palmo con Borges por ser el autor del que tengo más títulos en mi biblioteca. Como es sabido, su obra es por demás prolífica, y siempre encuentro en librerías de viejo una novela perdida o hasta alguna obra de teatro jamás representada. Y la compro, claro. A veces más por nostalgia que por verdadero interés, es cierto.

Más o menos de este modo es que dí con El Chancellor, una novela de 1875 que no se encuentra entre las más reeditadas del escritor francés, y que da pie para navegar de bolina y que me refiera tangencial y escuetamente al mar en la literatura. La trama de la novela consiste en las desventuras que los pasajeros y tripulantes de un barco sufren durante una travesía. Todo el peso del argumento recae sobre las aciagas consecuencias suscitadas a causa del lento hundimiento del Chancellor y las contrariedades a que se ven sometidos sus supervivientes, entre las que se cuenta la cuestión sobre la que girará toda la tensión narrativa: la necesidad de que alguno sea sacrificado para que la mayoría pueda salvarse (Ya no se oyen palabras en la balsa, ni siquiera gemidos. No se intercambian ni diez palabras cada día. Además, las pocas palabras que nuestras lenguas, nuestros labios tumefactos y endurecidos podrían pronunciar serían absolutamente ininteligibles. ¡La balsa no transporta más que espectros macilentos, exangües, que ya no tienen nada de humanos). El canibalismo entre náufragos no constituía en absoluto un tema novedoso para la literatura; sin ir más lejos, Verne era un gran admirador de Edgar Allan Poe, y no parece desatinado conjeturar que ésta novela es un intento de plasmar la misma crueldad que contenía La narración de Arthur Gordon Pym. De hecho, la predilección por los ambientes marinos, y especialmente por el subtema del naufragio, puede advertirse en otras obras de Verne, como por ejemplo La esfinge de los hielos y La isla misteriosa.

El mar se ha constituido desde tiempos remotos en un elemento simbólico en el que la imaginación vuelca sus recursos. Las primitivas mitologías de los pueblos ribereños de la antigüedad reflejaron ese maridaje entre la meditación y el océano, llenando el espacio marino con un pensamiento mágico que pronto se encargaría de recoger y transformar la literatura. Sin embargo, ningún pueblo llegó a colonizar las aguas con la pericia de los marineros, ni mucho menos con los tonos poéticos propios de los griegos. El mar mítico y encantado de los habitantes de la península helénica y de sus muchas islas, es el lugar de todas las maravillas posibles. Simbolizaron con la fuerza de su imaginación los dos opuestos básicos: vida y muerte, instaurando al mar como una de las metáforas más fructíferas de la existencia humana. La oposición cardinal entre vida y muerte se multiplica, en la mitología y en la literatura, en otros antagonismos de contenido simbólico: lo líquido y lo sólido, lo superficial y lo esencial, lo inmóvil y lo incesante, lo permanente y lo fugaz… la densidad real del pontus, su enormidad y variedad, parece propiciar la expresión de la imaginación; no sorprende, pues, que algunas de las grandes obras de la literatura universal tengan al mar como tema privilegiado.

El Mediterráneo se convirtió en protagonista principal y constante de La Odisea, al mismo punto que el propio Ulises. Se trata de un mar temible y temido, en el que los hombres son objeto del humor y del capricho de los dioses, pero también es el lugar prodigioso donde la imaginación poética parece campear a sus anchas, excitando la inspiración de Homero. El mar es hermoso, estéticamente insuperable, incluso en su crueldad ciega y antihumana, y ciertamente no podría haber tenido entrada más sublime en la historia de la literatura.

Volviendo a Jules Verne, es preciso señalar que muy pocos tópicos de la narración de aventuras están ausentes en su obra: naufragios, islas desiertas, monstruos casi mitológicos, motines, mares exóticos, jóvenes intrépidos al estilo stevensoniano, marinos románticos al estilo byroniano… pueblan sus atractivas novelas de mar. Pero el mérito que le cabe es haber iluminado estos temas marinos con la refulgencia de la ciencia y la razón, dado que el mar, como parte de la naturaleza, en Verne debe ser explicado, controlado y dominado. En el libro que nos ocupa, describe asimismo un conflicto de intereses profundamente humano entre el instinto de supervivencia, a menudo egoísta y cruel, y las razones éticas, la solidaridad y el altruismo. Valores morales frente a instintos irracionales son presentados de un modo más bien esquemático, carente de la profundidad necesaria, como es habitual en la narrativa de Verne, pero eso no impide que El Chancellor sea una novela amena, que también se destaca por la precisión en el uso de términos marinos y de navegación, dotando a la prosa de un carácter evocador y connotativo que otorga un aliento poético a ciertos pasajes.

Categorías: Literatura

La imaginación sensual según Vargas Llosa

Abril 18, 2009 · 4 comentarios

Quizá ése sea el tema más profundo de la novela. Los seres humanos tenemos un arma maravillosa para defendernos de las frustraciones, de los reveses continuos que nos infringe la vida, que es la imaginación. Es ese recurso que nos permite trascender nuestra circunstancia pequeñita y convertirnos en reyes, en dioses, habitar un dominio que se pliegue enteramente a nuestros caprichos, para construir una realidad mejor de la que vivimos todos los días. (Mario Vargas Llosa).

Basta leer apenas un puñado de novelas escritas por Mario Vargas Llosa para darse cuenta que sus historias tienen la particularidad de descubrirnos personajes entrañables, de esos a los que nos cuesta decirle “adiós” una vez que devolvemos el libro a la estantería. Por riguroso orden cronológico, Rigoberto, Lucrecia y Fonchito, trinidad familiar y erótica en torno a la cual gira Los cuadernos de don Rigoberto, claro está, no constituyen la excepción. Ésta novela es la continuación de Elogio de la madrastra –escrita trece años antes–; empero, con una exigua dosis de imaginación, puede abordarse independientemente.

La estructura narrativa, como es característico en el escritor peruano, se revela fragmentaria, y a medida que pasan los capítulos van desfilando, intercaladamente, un narrador omnisciente, jugosas reproducciones de diálogos, misivas anónimas, y especialmente los cuadernos que dan título a la obra. Don Rigoberto, él es quien los escribe, es un cincuentón de acomodada posición que, sin embargo, en el frenesí de la rutina impuesta, no puede librarse de la puerilidad de su oficio, y sólo recurre, en franco contraste con esa existencia baladí, a desarrollar hasta extremos insospechables su vida mental. En su mundo secreto él es todo lo contrario al personaje real, en él viven audacias y aventuras. Estructura sus fantasías con tanta intensidad que desaparecen las fronteras entre realidad y la ficción. No es casualidad pues que la novela comience con una cita de Hölderlin: El hombre, un dios cuando sueña y apenas un mendigo cuando piensa.

Este exuberante florecimiento de la imaginación erótica en don Rigoberto puede interpretarse asimismo como una reacción ante la terrible desdicha que le ha producido la separación de su adorada mujer, Lucrecia (su nombre remite, no en vano, al personaje histórico romano retratado por Tito Livio). Pituca y pizpireta (dos palabras que juzgo encantadoras), mujer hermosa y rebosante de sensualidad, tal como la describe Vargas Llosa, ella se eleva como la deidad inspiradora para que Rigoberto fantasee a su antojo, convirtiéndola indistintamente dentro de su invención en la maja desnuda de Goya, en Magdalena, en una meretriz de Toulouse-Lautrec, en una ninfa de Tiziano, en Salomé, en una madonna de Piero Della Francesca o en Leda.

Por su parte, de Fonchito podríamos decir que pertenece, con los rizos dorados desordenados cayendo sobre su rostro y la inocente mirada azul que proyectan sus ojos, a la larga y fecunda tradición literaria de púberes entre tiernos y diabólicos que apuestan a las caritas de ángeles para conseguir sus fines. Alfonso (su nombre de pila) es el hijo de Rigoberto, aspirante a pintor, y a la vez el causante de la separación de éste con su madrastra Lucrecia. Detrás de esos rasgos de querube, de esa inocencia de cuadro milagrero, anidaba una inteligencia sutil, precozmente madura, una psicología tan enrevesada como la de don Rigoberto. Pero además, Fonchito presenta una obsesión casi patológica con la obra y biografía de Egon Schiele, hasta el punto de representarse como una nueva encarnación del pintor maldito (Yo soy como era él y lo sabes muy bien, porque acabas de decírmelo. Un viejo y un niño. Un angelito y un demonio. O sea, un esquizofrénico) y su enigmático universo plagado de una dominante tensión erótica y angustiante. Y ciertamente las diferentes acuarelas del expresionista austríaco conformarán un polo magnético alrededor del cual la ficción vuelve una y otra vez.

Pero si bien la obra de Schiele ocupa un sitio preferencial, las páginas de Los cuadernos de don Rigoberto están pobladas –acontecimiento maravilloso– por las imágenes de pinturas de todos los tiempos, de nombres ilustres (Vermeer, Balthus, Utamaro, Man Ray) como si la intención de Vargas Llosa fuera desasnar al lector a través de un recorrido sensual por un magnánimo museo tan ilusorio como ideal. En otras palabras, estamos frente a una ficción literaria que se nutre, en su construcción, de más arte, tal como afirma el propio autor: La ficción es un mundo mucho más vasto, del que la literatura es sólo una rama. Todos nosotros creamos mundos ficticios a partir de deseos y los introducimos en la vida real. Incorporamos a nuestros sueños la pintura, las artes, el cine.

Pocas lecturas más gozosas para quien aprecia el arte que las consideraciones artísticas, disfrazadas de ficción, de un verdadero artista como Vargas Llosa, en el que siempre prevalece el intelecto y la sensibilidad. Los cuadernos de don Rigoberto, como reza la contraportada de mi edición, es una defensa del hedonismo y del individuo, del goce sin prejuicios ni condiciones. Se trata, en definitiva, de un pequeño compendio de la imaginación sensual que no se somete a la difusa línea que separa a los sueños de la realidad.

Categorías: Arte · Literatura

“The Red Badge of Courage” y el naturalismo de Stephen Crane

Abril 9, 2009 · 7 comentarios

En una conferencia dictada el 10 de abril de 1968 en Harvard, articulando las palabras suavemente, en un tono confidencial, Borges comentó que le daba vueltas a una idea: la idea de que, aunque la vida de un hombre se componga de millones y millones de instantes, esas muchas circunstancias vitales pueden ser reducidas a una: el momento en que un hombre averigua quién es, cuando se ve cara a cara consigo mismo. En la misma línea interpretativa que en su cuento Tres versiones de Judas, donde reivindica el papel central que el réprobo jugó en el plan divino (Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno. […] Judas buscó el Infierno, porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres), el autor argentino eligió la figura de Iscariote para brindarle a su auditorio un ejemplo entre religioso y literario del encuentro con uno mismo: Imagino que cuando Judas besó a Jesús (si es verdad que lo besó) sentiría en ese momento que era un traidor, que ser un traidor era su destino y que le era leal a ese destino aciago. Pero, adentrándose más en el terreno de la literatura, mencionó una novela de Stephen Crane: Todos recordamos The Red Badge of Courage, la historia de un hombre que no sabía si era un cobarde o un valiente. Entonces llega el momento y averigua quién es.

Crane, quien murió a la edad de veintiocho años, en los umbrales del siglo XX, está considerado por la crítica especializada como un verdadero clásico de la literatura norteamericana, pese a que su nombre no ha alcanzado la dimensión universal de autores como Dreiser o Faulkner. Sin embargo, no se puede comprender acabadamente el florecimiento de la narrativa estadounidense del siglo XX soslayando el papel de precursor que desarrolló Stephen Crane: desde ciertas anticipaciones del individualismo romántico que caracterizarían, después de la Primera Guerra Mundial, a la Generación Perdida, hasta la definitiva introducción del naturalismo, con su novela Maggie: A Girl of Street, en suelo norteamericano.

Lamentablemente, con su temprana desaparición a causa de la tuberculosis, el nacido muy cerca de New York, terminó encarnando, como Keats, Lord Byron o Poe, el mito romántico del artista rebelde en pugna persistente con el mundo circundante, que con la muerte prematura consolida el rechazo definitivo hacia la respetabilidad de la vida sedentaria y burguesa.

Volviendo a las palabras de Borges, no fue sino hasta la publicación de The Red Badge of Courage (otra demostración de la enorme calidad de su naturalismo), que Crane obtuvo el reconocimiento de la crítica y el fervor del gran público, fundando además, por decirlo de algún modo, un sub-género narrativo muy fecundo en las letras estadounidenses posteriores: la novela de guerras. En efecto, se trata de la primera novela que se aproxima al tema de la guerra desde una perspectiva absolutamente realista, huyendo del matiz romántico y melodramático que había impregnado las anteriores obras referentes a la Guerra Civil Norteamericana. Como se dice usualmente, The Red Badge of Courage marcó un antes y un después en la forma en que la literatura abordó la guerra. La historia de Henry Fleming, el joven protagonista que se alista voluntariamente en el ejército, es casi la anatomía del miedo, en la que la descripción del paisaje, los colores del cielo, el avance y la retirada, la náusea de la guerra, suenan al unísono con las esperanzas y los miedos del soldado; pero más que del soldado, del hombre debajo del uniforme. Ocurre así que la objetividad naturalista de la relación entre ambiente e individuo se complementa se enriquece, y a veces incluso se inunda de lirismo mediante una participación subjetiva, producto de la imaginación y la poesía. Los acontecimientos que debe atravesar Henry en el campo de batalla han sido interpretados en más de una ocasión –el análisis de Borges se rige por estos parámetros– como parte fundante de una “peregrinación” desde un estado de inexperiencia y desconocimiento de sí mismo hasta la concluyente madurez, dejando sepultada para siempre, con la sangre del combate, la inocencia juvenil.

Crane es naturalista, pero más que en la fórmula confía en la intuición, y más que en la pseudocientífica relación entre ambiente e individuo, en esa unión entre cosas y sentimientos, que nace de una facultad casi milagrosa para saberla construir con una densa urdimbre de imágenes, de colores y de palabras. Esto explica, además, su estilo, donde la imagen tiene un valor insustituible, y es rica e insospechada; un estilo que inflama las cosas pero sin alterarlas y les infunde lirismo, pero sólo en la medida justa que basta para dar a los acontecimientos ese tono tenso y airoso entre realidad e imaginación. La vida parece ofrecerle a nuestro escritor tan sólo colores, a partir de los cuales él se remonta a los significados.

En definitiva, si alguna vez se topan con ésta novela, no la dejen pasar por alto, pues además de haber marcado a fuego a plumas tan heterogéneas y brillantes como Hemingway, Faulkner, Mailer o Dos Passos, The Red Badge of Courage se ha convertido, por derecho propio, en el paradigma de la novela de guerra, antes incluso de que sobrevengan los dos grandes conflictos bélicos del siglo pasado.

Categorías: Literatura

Alfonsín, antítesis de las carencias argentinas actuales

Abril 4, 2009 · 9 comentarios

Desde que, en la tarde del martes 31 de marzo, rumbo a la facultad, oí en la radio la noticia del fallecimiento de Raúl Alfonsín, había contenido las ganas de garabatear estas líneas que traslucen mis impresiones y sentimientos, hasta que finalmente recibí el inesperado encargo de un amigo, radical como el caudillo, y entonces las ganas aguantadas cobraron casi la forma de una obligación imperante. Por lo demás, no pretendo trazar aquí un perfil biográfico del personaje (excedería mis capacidades y los medios nacionales ya han publicado lo suficiente en esa materia durante los últimos días), sino, simplemente hilvanar una serie de reflexiones indisolublemente vinculadas al legado que Alfonsín nos deja a todos.

Considerando como una premisa verdadera que el argentino promedio vive para el antagonismo, de algún modo disfrutándolo, creándolo allí donde no tiene cabida ni razón de ser, constituyó para mí una más que agradable sorpresa que la genuina conmoción que causó en vastos sectores de la sociedad argentina la muerte de Alfonsín haya obrado, aunque sea por un puñado de días, una suerte de milagro: la creación de un sentimiento de consenso y unidad nacional. Por un instante, peronistas y radicales, kirchneristas y antikirchneristas, liberales y conservadores, porteños y provincianos, borgeanos y cortazarianos, hinchas de River y de Boca, casi todos, envainaron el nunca impuntual, el siempre a mano facón propio de malevos y compadritos del siglo pasado, dejaron de lado la crispación, los odios acérrimos y los enfrentamientos personales, siempre a la orden del día, para reconocer a un líder político que expresaba cabalmente una cadena de valores que los argentinos andamos extrañando desde hace tiempo: la tolerancia con el adversario, el respeto a las instituciones republicanas, la honestidad y la transparencia en la administración de las cuestiones estatales.

Es entendible que en estos días posteriores a su muerte prevalezcan opiniones un tanto románticas o sesgadas sobre su gobierno. Pero creo advertir que, en el fondo, son muy pocos los ciudadanos que ignoran los errores cometidos por Alfonsín cuando le tocó conducir los destinos del país. Sin embargo, la multitud que lo homenajeó rescató en él menos sus realizaciones que la índole de sus sueños, exponentes de valores coherentes y nobles, de convicciones regidas por inclaudicables patrones éticos: desde la arriesgada militancia por los derechos humanos en épocas lóbregas, pasando por la férrea oposición al delirio de Malvinas, la promoción de la paz e integración regional y hasta el Juicio a las Juntas Militares, el Núremberg argentino. Pero Alfonsín no ha sido tan sólo el artífice de la transición, sino que se ha elevado como sinónimo de ejemplaridad en lo referente a diálogo político y decencia (tajante separación entre lo público y lo privado), y la mejor prueba de ello es que muchos de sus adversarios lo consideraban un amigo, y que fue el único ex presidente de la democracia recuperada al que jamás se le inició una causa judicial por tráfico de influencias o enriquecimiento ilícito.

Absolutamente nada de lo que hizo Alfonsín desde que se convirtió en un referente de indudable peso en la política nacional puede ser explicado sin atenerse al cimiento cardinal que guió su doctrina: la defensa de un determinado sistema de vida, la democracia, y con ella, el respeto por los derechos humanos. Junto a la mayoría de los argentinos, llevó a cabo la ciclópea labor de reinstaurar el Estado de Derecho en un país (entonces y hoy) signado por el quebrantamiento de las normas. Es indiscutible que esa tarea aún no ha sido exitosamente concluida, que la democracia todavía tiene muchas (demasiadas) cuentas pendientes. Por eso, la saludable y cívica actitud contemplada durante los días pasados, debe servir para tomar lo mejor de la rica herencia de Alfonsín, con el norte de seguir recorriendo el camino que resta.

Categorías: Actualidad · Política