Vagabundeo resplandeciente

Alfonsín, antítesis de las carencias argentinas actuales

Abril 4, 2009 · 9 comentarios

Desde que, en la tarde del martes 31 de marzo, rumbo a la facultad, oí en la radio la noticia del fallecimiento de Raúl Alfonsín, había contenido las ganas de garabatear estas líneas que traslucen mis impresiones y sentimientos, hasta que finalmente recibí el inesperado encargo de un amigo, radical como el caudillo, y entonces las ganas aguantadas cobraron casi la forma de una obligación imperante. Por lo demás, no pretendo trazar aquí un perfil biográfico del personaje (excedería mis capacidades y los medios nacionales ya han publicado lo suficiente en esa materia durante los últimos días), sino, simplemente hilvanar una serie de reflexiones indisolublemente vinculadas al legado que Alfonsín nos deja a todos.

Considerando como una premisa verdadera que el argentino promedio vive para el antagonismo, de algún modo disfrutándolo, creándolo allí donde no tiene cabida ni razón de ser, constituyó para mí una más que agradable sorpresa que la genuina conmoción que causó en vastos sectores de la sociedad argentina la muerte de Alfonsín haya obrado, aunque sea por un puñado de días, una suerte de milagro: la creación de un sentimiento de consenso y unidad nacional. Por un instante, peronistas y radicales, kirchneristas y antikirchneristas, liberales y conservadores, porteños y provincianos, borgeanos y cortazarianos, hinchas de River y de Boca, casi todos, envainaron el nunca impuntual, el siempre a mano facón propio de malevos y compadritos del siglo pasado, dejaron de lado la crispación, los odios acérrimos y los enfrentamientos personales, siempre a la orden del día, para reconocer a un líder político que expresaba cabalmente una cadena de valores que los argentinos andamos extrañando desde hace tiempo: la tolerancia con el adversario, el respeto a las instituciones republicanas, la honestidad y la transparencia en la administración de las cuestiones estatales.

Es entendible que en estos días posteriores a su muerte prevalezcan opiniones un tanto románticas o sesgadas sobre su gobierno. Pero creo advertir que, en el fondo, son muy pocos los ciudadanos que ignoran los errores cometidos por Alfonsín cuando le tocó conducir los destinos del país. Sin embargo, la multitud que lo homenajeó rescató en él menos sus realizaciones que la índole de sus sueños, exponentes de valores coherentes y nobles, de convicciones regidas por inclaudicables patrones éticos: desde la arriesgada militancia por los derechos humanos en épocas lóbregas, pasando por la férrea oposición al delirio de Malvinas, la promoción de la paz e integración regional y hasta el Juicio a las Juntas Militares, el Núremberg argentino. Pero Alfonsín no ha sido tan sólo el artífice de la transición, sino que se ha elevado como sinónimo de ejemplaridad en lo referente a diálogo político y decencia (tajante separación entre lo público y lo privado), y la mejor prueba de ello es que muchos de sus adversarios lo consideraban un amigo, y que fue el único ex presidente de la democracia recuperada al que jamás se le inició una causa judicial por tráfico de influencias o enriquecimiento ilícito.

Absolutamente nada de lo que hizo Alfonsín desde que se convirtió en un referente de indudable peso en la política nacional puede ser explicado sin atenerse al cimiento cardinal que guió su doctrina: la defensa de un determinado sistema de vida, la democracia, y con ella, el respeto por los derechos humanos. Junto a la mayoría de los argentinos, llevó a cabo la ciclópea labor de reinstaurar el Estado de Derecho en un país (entonces y hoy) signado por el quebrantamiento de las normas. Es indiscutible que esa tarea aún no ha sido exitosamente concluida, que la democracia todavía tiene muchas (demasiadas) cuentas pendientes. Por eso, la saludable y cívica actitud contemplada durante los días pasados, debe servir para tomar lo mejor de la rica herencia de Alfonsín, con el norte de seguir recorriendo el camino que resta.

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