En una conferencia dictada el 10 de abril de 1968 en Harvard, articulando las palabras suavemente, en un tono confidencial, Borges comentó que le daba vueltas a una idea: la idea de que, aunque la vida de un hombre se componga de millones y millones de instantes, esas muchas circunstancias vitales pueden ser reducidas a una: el momento en que un hombre averigua quién es, cuando se ve cara a cara consigo mismo. En la misma línea interpretativa que en su cuento Tres versiones de Judas, donde reivindica el papel central que el réprobo jugó en el plan divino (Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno. […] Judas buscó el Infierno, porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres), el autor argentino eligió la figura de Iscariote para brindarle a su auditorio un ejemplo entre religioso y literario del encuentro con uno mismo: Imagino que cuando Judas besó a Jesús (si es verdad que lo besó) sentiría en ese momento que era un traidor, que ser un traidor era su destino y que le era leal a ese destino aciago. Pero, adentrándose más en el terreno de la literatura, mencionó una novela de Stephen Crane: Todos recordamos The Red Badge of Courage, la historia de un hombre que no sabía si era un cobarde o un valiente. Entonces llega el momento y averigua quién es.
Crane, quien murió a la edad de veintiocho años, en los umbrales del siglo XX, está considerado por la crítica especializada como un verdadero clásico de la literatura norteamericana, pese a que su nombre no ha alcanzado la dimensión universal de autores como Dreiser o Faulkner. Sin embargo, no se puede comprender acabadamente el florecimiento de la narrativa estadounidense del siglo XX soslayando el papel de precursor que desarrolló Stephen Crane: desde ciertas anticipaciones del individualismo romántico que caracterizarían, después de la Primera Guerra Mundial, a la Generación Perdida, hasta la definitiva introducción del naturalismo, con su novela Maggie: A Girl of Street, en suelo norteamericano.
Lamentablemente, con su temprana desaparición a causa de la tuberculosis, el nacido muy cerca de New York, terminó encarnando, como Keats, Lord Byron o Poe, el mito romántico del artista rebelde en pugna persistente con el mundo circundante, que con la muerte prematura consolida el rechazo definitivo hacia la respetabilidad de la vida sedentaria y burguesa.
Volviendo a las palabras de Borges, no fue sino hasta la publicación de The Red Badge of Courage (otra demostración de la enorme calidad de su naturalismo), que Crane obtuvo el reconocimiento de la crítica y el fervor del gran público, fundando además, por decirlo de algún modo, un sub-género narrativo muy fecundo en las letras estadounidenses posteriores: la novela de guerras. En efecto, se trata de la primera novela que se aproxima al tema de la guerra desde una perspectiva absolutamente realista, huyendo del matiz romántico y melodramático que había impregnado las anteriores obras referentes a la Guerra Civil Norteamericana. Como se dice usualmente, The Red Badge of Courage marcó un antes y un después en la forma en que la literatura abordó la guerra. La historia de Henry Fleming, el joven protagonista que se alista voluntariamente en el ejército, es casi la anatomía del miedo, en la que la descripción del paisaje, los colores del cielo, el avance y la retirada, la náusea de la guerra, suenan al unísono con las esperanzas y los miedos del soldado; pero más que del soldado, del hombre debajo del uniforme. Ocurre así que la objetividad naturalista de la relación entre ambiente e individuo se complementa se enriquece, y a veces incluso se inunda de lirismo mediante una participación subjetiva, producto de la imaginación y la poesía. Los acontecimientos que debe atravesar Henry en el campo de batalla han sido interpretados en más de una ocasión –el análisis de Borges se rige por estos parámetros– como parte fundante de una “peregrinación” desde un estado de inexperiencia y desconocimiento de sí mismo hasta la concluyente madurez, dejando sepultada para siempre, con la sangre del combate, la inocencia juvenil.
Crane es naturalista, pero más que en la fórmula confía en la intuición, y más que en la pseudocientífica relación entre ambiente e individuo, en esa unión entre cosas y sentimientos, que nace de una facultad casi milagrosa para saberla construir con una densa urdimbre de imágenes, de colores y de palabras. Esto explica, además, su estilo, donde la imagen tiene un valor insustituible, y es rica e insospechada; un estilo que inflama las cosas pero sin alterarlas y les infunde lirismo, pero sólo en la medida justa que basta para dar a los acontecimientos ese tono tenso y airoso entre realidad e imaginación. La vida parece ofrecerle a nuestro escritor tan sólo colores, a partir de los cuales él se remonta a los significados.
En definitiva, si alguna vez se topan con ésta novela, no la dejen pasar por alto, pues además de haber marcado a fuego a plumas tan heterogéneas y brillantes como Hemingway, Faulkner, Mailer o Dos Passos, The Red Badge of Courage se ha convertido, por derecho propio, en el paradigma de la novela de guerra, antes incluso de que sobrevengan los dos grandes conflictos bélicos del siglo pasado.

