Quizá ése sea el tema más profundo de la novela. Los seres humanos tenemos un arma maravillosa para defendernos de las frustraciones, de los reveses continuos que nos infringe la vida, que es la imaginación. Es ese recurso que nos permite trascender nuestra circunstancia pequeñita y convertirnos en reyes, en dioses, habitar un dominio que se pliegue enteramente a nuestros caprichos, para construir una realidad mejor de la que vivimos todos los días. (Mario Vargas Llosa).
Basta leer apenas un puñado de novelas escritas por Mario Vargas Llosa para darse cuenta que sus historias tienen la particularidad de descubrirnos personajes entrañables, de esos a los que nos cuesta decirle “adiós” una vez que devolvemos el libro a la estantería. Por riguroso orden cronológico, Rigoberto, Lucrecia y Fonchito, trinidad familiar y erótica en torno a la cual gira Los cuadernos de don Rigoberto, claro está, no constituyen la excepción. Ésta novela es la continuación de Elogio de la madrastra –escrita trece años antes–; empero, con una exigua dosis de imaginación, puede abordarse independientemente.
La estructura narrativa, como es característico en el escritor peruano, se revela fragmentaria, y a medida que pasan los capítulos van desfilando, intercaladamente, un narrador omnisciente, jugosas reproducciones de diálogos, misivas anónimas, y especialmente los cuadernos que dan título a la obra. Don Rigoberto, él es quien los escribe, es un cincuentón de acomodada posición que, sin embargo, en el frenesí de la rutina impuesta, no puede librarse de la puerilidad de su oficio, y sólo recurre, en franco contraste con esa existencia baladí, a desarrollar hasta extremos insospechables su vida mental. En su mundo secreto él es todo lo contrario al personaje real, en él viven audacias y aventuras. Estructura sus fantasías con tanta intensidad que desaparecen las fronteras entre realidad y la ficción. No es casualidad pues que la novela comience con una cita de Hölderlin: El hombre, un dios cuando sueña y apenas un mendigo cuando piensa.

Este exuberante florecimiento de la imaginación erótica en don Rigoberto puede interpretarse asimismo como una reacción ante la terrible desdicha que le ha producido la separación de su adorada mujer, Lucrecia (su nombre remite, no en vano, al personaje histórico romano retratado por Tito Livio). Pituca y pizpireta (dos palabras que juzgo encantadoras), mujer hermosa y rebosante de sensualidad, tal como la describe Vargas Llosa, ella se eleva como la deidad inspiradora para que Rigoberto fantasee a su antojo, convirtiéndola indistintamente dentro de su invención en la maja desnuda de Goya, en Magdalena, en una meretriz de Toulouse-Lautrec, en una ninfa de Tiziano, en Salomé, en una madonna de Piero Della Francesca o en Leda.
Por su parte, de Fonchito podríamos decir que pertenece, con los rizos dorados desordenados cayendo sobre su rostro y la inocente mirada azul que proyectan sus ojos, a la larga y fecunda tradición literaria de púberes entre tiernos y diabólicos que apuestan a las caritas de ángeles para conseguir sus fines. Alfonso (su nombre de pila) es el hijo de Rigoberto, aspirante a pintor, y a la vez el causante de la separación de éste con su madrastra Lucrecia. Detrás de esos rasgos de querube, de esa inocencia de cuadro milagrero, anidaba una inteligencia sutil, precozmente madura, una psicología tan enrevesada como la de don Rigoberto. Pero además, Fonchito presenta una obsesión casi patológica con la obra y biografía de Egon Schiele, hasta el punto de representarse como una nueva encarnación del pintor maldito (Yo soy como era él y lo sabes muy bien, porque acabas de decírmelo. Un viejo y un niño. Un angelito y un demonio. O sea, un esquizofrénico) y su enigmático universo plagado de una dominante tensión erótica y angustiante. Y ciertamente las diferentes acuarelas del expresionista austríaco conformarán un polo magnético alrededor del cual la ficción vuelve una y otra vez.
Pero si bien la obra de Schiele ocupa un sitio preferencial, las páginas de Los cuadernos de don Rigoberto están pobladas –acontecimiento maravilloso– por las imágenes de pinturas de todos los tiempos, de nombres ilustres (Vermeer, Balthus, Utamaro, Man Ray) como si la intención de Vargas Llosa fuera desasnar al lector a través de un recorrido sensual por un magnánimo museo tan ilusorio como ideal. En otras palabras, estamos frente a una ficción literaria que se nutre, en su construcción, de más arte, tal como afirma el propio autor: La ficción es un mundo mucho más vasto, del que la literatura es sólo una rama. Todos nosotros creamos mundos ficticios a partir de deseos y los introducimos en la vida real. Incorporamos a nuestros sueños la pintura, las artes, el cine.
Pocas lecturas más gozosas para quien aprecia el arte que las consideraciones artísticas, disfrazadas de ficción, de un verdadero artista como Vargas Llosa, en el que siempre prevalece el intelecto y la sensibilidad. Los cuadernos de don Rigoberto, como reza la contraportada de mi edición, es una defensa del hedonismo y del individuo, del goce sin prejuicios ni condiciones. Se trata, en definitiva, de un pequeño compendio de la imaginación sensual que no se somete a la difusa línea que separa a los sueños de la realidad.

