Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Mayo 2009

Ligera reelaboración del capítulo IX de “Moby Dick”

Mayo 25, 2009 · 2 comentarios

«Feligreses, estimados compañeros de tripulación, recordemos una vez más las peripecias de Jonás. Este pequeño libro sobre el que ahora pliego mis manos, no se presenta como original del profeta, sino como su historia, seguramente escrita en época muy posterior. Y, pese a ser uno de los más exiguos cordones en el todopoderoso cable de las Escrituras, pues sólo contiene cuatro capítulos, ¡qué profundidades del alma sondea el penetrante escandallo de Jonás! ¡Qué enriquecedora enseñanza es para todos nosotros éste profeta! ¡Qué grandiosidad y qué estruendo de ola!».

«Como hombres pecadores, la historia de Jonás constituye una lección de inestimable valor desde el mismo momento que se trata de un relato del pecado, de la dureza de corazón, de los súbitos sobresaltos, del castigo divino, y, sobre todo, del arrepentimiento. Saben que Dios lo había enviado a convertir la ciudad de Nínive, pero el hijo de Amittai desobedeció el mandato superior por considerarlo demasiado duro. Con este pecado de rebeldía a cuestas, Jonás continuó agraviando al Altísimo, embarcándose en una nave que partía a Tarsis. Pensaba que un barco construido por manos humanas le iba a conducir a regiones donde no reinara Dios, sino tan sólo los capitanes de este mundo. ¿No aprecian, pues, compañeros, que el iluso de Jonás trataba de huir de Yahvé, escapándole a su pedido como un fugitivo sin amigos que le acompañen hasta el muelle para darle la despedida? Tan pálido era su semblante, tan preso de la intranquilidad se mostraba su cuerpo, que al subir a cubierta, todos los marineros, sin excepción, dejaron por un momento de izar las mercancías a fin de observar las perturbadas ojeadas del desconocido. Fuertes e insondables intuiciones cercioraron a los marineros que este hombre no podía ser inocente».

«Estaba escrito, mis feligreses, que Jonás, quien al esforzarse para reunir en su rostro toda la valentía posible no conseguía más que acrecentar su aspecto de cobarde, pagó su pasaje antes que la nave se hiciera a la vela; lo cual, analizado en contexto, no carece de significado. El capitán, adivinando inmediatamente el delito que el profeta revelaba a miles de leguas de distancia, se aprovechó de la situación y procedió a cobrarle tres veces más de lo acostumbrado, ya que el pecado, en este mundo codicioso, si abona el viaje, puede andar libremente. “Señáleme mi camarote, capitán. Estoy muy agotado de viajar y tengo sueño”, dijo entonces Jonás. El oprimido agujero era tan pequeño que, cuando se acostó, encontró que el techo del compartimiento casi descansaba en su frente. Con la conciencia todavía remordiéndole, en medio del remolino de aflicción que le envolvía hasta asfixiarlo, tendido en su litera, Jonás acabó sucumbiendo ante el momentáneo efugio mortificante que provoca el sueño».

«El barco que lo albergaba, compañeros míos, fue el primer barco contrabandista que se registró, y el contrabando no era otro que el mismo Jonás. De pronto, como bien conocen, Dios desencadenó sobre el mar un viento huracanado, y el contramaestre, lleno de desesperación, ordenó a toda la tripulación que descargasen: fardos, cajas y tinajas son arrojadas con estrépito por la borda, a fin de aligerar la nave. Debajo de la línea de flotación, debajo de los aterrados marineros invocando a sus deidades, entre todo ese iracundo tumulto, Jonás dormía su horrible sueño. El capitán, absorto, le gritó: “¿Cómo es que estás ahí durmiendo? ¡Levántate e invoca a tu Dios! A lo mejor ese Dios se compadece de nosotros y no perecemos”. Saliendo sobresaltado de su letargo, el profeta subió a la cubierta, y horrorizado contempló cómo olas tras olas ingresaban con descomunal furia al barco, aullando de proa a popa sin hallar ningún desagüe posible. Terrores y terrores corrieron gritando por su alma y se concentraron en su pavoroso aspecto, dejando en evidencia su condición de pretendido fugitivo de Dios. Los marineros, sin embargo, echaron a suerte para saber a causa de quién les sobrevino tal desgracia, y el azar recayó sobre Jonás. Le preguntaron entonces: “¿Cuál es tu oficio y de dónde vienes? ¿Cuál es tu tierra, y de qué pueblo eres?”. Jonás no sólo accedió a contestar dichas interrogaciones, sino que la mano de Dios le sacó otra respuesta sobre una cuestión en la que los marineros no habían indagado: “Soy hebreo, y temo a Yahvé, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra”. Luego de oírlo, sabiendo que él iba huyendo de la presencia divina, y que por consiguiente la colosal tempestad estaba encima de ellos por su culpa, aquéllos hombres se atemorizaron cada vez más, y posteriormente lo dejaron caer al embravecido mar».

«Ni bien Jonás se hundió, el mar calmó su cólera, convirtiéndose las aguas sin prólogo en plácidas ondas azuladas. Por su parte, el profeta descendió al corazón arremolinado de tan irrefrenable convulsión que apenas se percató del instante en que las atroces mandíbulas lo engullían hasta arrojarlo a la prisión más recóndita e inexpugnable, a la cerrazón más profunda jamás concebida, a los abismos mismos de la condenación. Entonces Jonás, lleno de fervor y devoción, desde el vientre del gran pez, rezó al Señor como nunca antes lo había hecho. Pero su súplica no estaba dirigida, amigos míos, a conseguir la liberación; por el contrario, consideró que su castigo era completamente merecido y justo. ¡Cuánto agradó a Dios esta conducta de Jonás! Oyó al profeta sumergido y arrepentido, y procedió con su Divina Piedad, ordenándole al gran pez que liberara a Jonás. De inmediato, la ballena ascendió desde las negras profundidades marinas y vomitó a su prisionero en tierra firme».

«Compañeros, Dios no ha puesto sobre ustedes más que una mano; mas a mí me aprieta con ambas. Les he leído qué enseñanza revela Jonás a los pecadores: a todos los presentes, y aún más a mí, dado que soy el mayor pecador. Y ahora, ¡con qué regocijo bajaría de esta cofa, y escucharía con atención desde las escotillas, mientras alguno de ustedes me leyera esa otra más tremenda lección que el profeta me enseña a mí, como piloto del Dios vivo!: cómo teniendo la misión de pregonar verdades, y enviado por el Señor a que hiciera tañer esos principios en los oídos de la pútrida y corrompida Nínive, Jonás, colmado de cobardía frente a la hostilidad que iba a causar, intentó huir de su deber, y más grave aún, de su Dios, tomando una nave. Pero, como hemos visto, Dios es omnipresente, se encuentra en cada rincón, y Jonás tuvo que soportar todo el mundo acuático de la aflicción rodando sobre él, para luego sí hacer lo que el Todopoderoso le mandaba: ¡predicar la Verdad! Y éste, queridos amigos míos, es el otro mensaje perenne del libro: Dios es indulgente para quienes se arrepienten de corazón de sus yerros, pero: ¡ay de aquel piloto del Dios vivo que desprecie su misión! ¡Ay de aquel a quien el encanto del mundo le aparte del deber evangélico! ¡Ay de aquel también que, como manifestó el gran piloto Pablo, mientras predica a los demás es él mismo un réprobo! Pero el gozo, ¡oh, compañeros!, el gozo es únicamente para aquel cuyos rígidos brazos todavía resisten sosteniéndolo, poniéndolo a salvo, cuando el navío de este mundo vil y pérfido se ha hundido bajo el barro de sus pies».

Luego de estas últimas palabras, el Padre Mapple dio por acabado su sermón. Se irguió por un instante, alzando la cara hacia la concurrencia. Sus ojos traslucían una satisfacción profunda. Acto seguido, lanzó lentamente una bendición y, con esfuerzo, se arrodilló. Cuando todos los fieles se habían marchado, en la soledad de la inmensa parroquia, sin levantarse aún, se cubrió la cara con ambas manos, hundiéndose en sí mismo, y finalmente se desplomó.

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“Déjame entrar”, de Tomas Alfredson

Mayo 18, 2009 · 8 comentarios

Llegué a Déjame entrar gracias al inusual entusiasmo que se despertó en mí después de leer las todavía más desacostumbradas consideraciones ampliamente positivas que un amigo de la casa vertió al respecto en su blog. Tiempo más tarde escuché no recuerdo dónde, que se trataba de una excelente película de vampiros. Pero si al fin de cuentas me encantó fue esencialmente por la sutileza y sagacidad con que apela a los elementos del sub-género: el asunto de los vampiros es apenas un recurso narrativo que siempre aporta misterio (no lo pongo en duda), pero lo primordial de este film sueco pasa por otro lado.

Sin prisa ni pirotecnia, Déjame entrar nos sumerge en la historia de Oskar, un delicado outsider de doce años, hijo de padres separados y conciente de que no puede contar con uno ni con otro, además de constituir un predecible blanco del acoso y la ridiculización escolar. La llegada de Eli, una chica de su misma edad (aunque sus ojos hayan visto transcurrir centurias, aunque haya cruzado océanos de tiempo para encontrarlo), al apartamento contiguo, supondrá un hecho por demás significativo en el medio de la apremiante soledad de una barca a la deriva como es Oskar. Eli desprende un olor raro, y es incluso más pálida, inadaptada y solitaria que Oskar. La relación entre ambas criaturas se desarrolla porque, aun cuando Oskar cae en la cuenta de quién es Eli en realidad, la acepta tal como es. Los periódicos encuentros entre los dos personajes, enmarcados en bellísimos e invernales paisajes nórdicos, se suceden e impulsan la ambigua atracción no exenta de bemoles.

El director Tomas Alfredson le confiere a este exquisito compendio cinematográfico de la preadolescencia alejada de los esquemas, un tratamiento elegante, sutil y poético, donde prevalece el reino de las sugerencias (que dejan en ridículo al cine de terror “palomitero” actual, tan asquerosamente henchido de lugares comunes y obviedades que todo dejan servido en bandeja al espectador). En Déjame entrar, el horror no procede del festival de vísceras volando por los aires, sino de la desolación que produce en los hombres la soledad y el desamparo. Además, Alfredson se concentra de tal modo en contraponer –sin caer en clichés–, la inmunda podredumbre moral de los adultos con la oscura inocencia propia de la niñez, que el filme entero se revela portador de una resaltable sobriedad narrativa, sin planos que llamen especialmente la atención ni fastuosos movimientos de cámara que no conducen a ningún lado. La intensidad y el terror insinuados encuentran aliados de inconmensurable valor en la música y la fotografía, dos rubros técnicos que además reflejan a la perfección los matices crudos y glaciales de la geografía.

Poco feliz sería comentar la escena final; supongo que basta con acotar que su ejecución formal es extraordinaria. Por lo tanto, prefiero resaltar otra secuencia, quizá anecdótica, pero igualmente bellísima, y que de algún modo retrata sin aspavientos en qué consiste el amor: Oskar le ofrece dulces a Eli, quien se los come tan sólo porque él se los ha dado, pese a saber perfectamente que no puede hacerlo. Luego, cuando Oskar la encuentra vomitando, descubriendo el sacrificio que hizo para no decepcionarlo, se funde con ella en un abrazo lleno de simplicidad y ternura.

Para no desentonar con el nivel superlativo, las actuaciones de los dos niños son apoteósicas. Si a lo largo de todo el metraje, el guión deslumbra en el cuidadoso tratamiento del aspecto psicológico de los protagonistas, ambos actores otorgan, con ahínco y talento natural, verosimilitud a los rasgos sombríos y tiernos, a los claroscuros inherentes a Oskar y Eli. Conjeturo que no debe ser nada sencillo dar vida a un vampiro milenario inserto en la humanidad de una niña de doce años, como tampoco combinar esos contrastes tan notorios, pero lo cierto es que la jovencita sueca sale más que airosa del desafío. Del niño sólo señalaré que, su mirada perdida y enigmática, por momentos, me hizo recordar a Danny Lloyd (Danny Torrance en The Shining).

Volviendo a mi impresión inicial, y si bien es cierto que existe una atracción atávica por los vampiros y todas sus implicancias, considero que en Déjame entrar la cuestión de estos monstruos es simplemente una excusa –eso sí, inmejorablemente elegida, sobre todo en el complejo desarrollo entre terrenal y espiritual del personaje de Eli– para hacerse camino a través de una historia escrita con una caligrafía similar a la que alguna vez utilizaron Bergman, Antonioni o Kieslowski para trazar subterráneas revelaciones vitales.

Låt den rätte komma in (Suecia, 2008).
Director: Tomas Alfredson.
Intérpretes: Kåre Hedebrant, Lina Leandersson, Per Ragnar, Henrik Dahl, Karin Bergquist.
Calificación: 8,50.

Categorías: Cine

Los códigos de Hemingway y sus personajes (II)

Mayo 13, 2009 · Dejar un comentario

Es sabido que, además de Gertrude Stein, Ezra Pound también le tendió la mano a Hemingway en París, enseñándole la simplicidad narrativa, e incluso corrigiendo algunos de sus manuscritos. En consecuencia, no parece desatinado apuntar que, a mediados de la década del veinte, cuando se publicaron sus primeras obras –que pasaron completamente desapercibidas– ya había madurado en el joven Ernest un estilo que concordaba a la perfección con su peculiar concepción de la vida. De dónde procedía ésta, de qué particulares experiencias y vicisitudes personales, es cosa que forma parte de una extraordinaria, irrepetible génesis del arte. Cuando se habla de sus vívidas rutinas de caza junto a su padre en los bosques de Michigan e Illinois (la muerte por medio de la violencia); de sus deseos de seguir los pasos de Faulkner y Dos Passos en el Cuerpo de Expedición Americano, deseos que derivaron en las experiencias de guerra en el frente italiano (la soledad en el marco de una catástrofe, ese aferrarse al amor que en la página siguiente contenía a la muerte); o bien de su fuga a Europa, porque Estados Unidos podría ser un país ideal pero se había hecho una sangrienta confusión con el mismo, se puede trazar un posible compendio de vivencias y frustraciones que fueron comunes a muchos norteamericanos de su generación. Sin embargo, la respuesta al nihilismo mediante la voluntad de sobrevivir, o yendo a la caza de la intensidad de la vida a través del culto a las sensaciones, o contraponiendo al impulso un código de dignidad y de honor, es su réplica, casi su sello personal, a los problemas de la generación perdida.

Tal vez se trate de un mensaje unívoco, y por momentos monótono, pero siempre, de un mensaje de estoicismo, de recuperación y de valor que, repetido desde el Jack Barnes de The Sun Also Rises hasta el entrañable pescador de The Old Man and the Sea, gana en profundidad lo que le falta en amplitud conceptual.

El comienzo de esta recuperación, en efecto, se puede observar ya en The Sun Also Rises, donde los protagonistas de la novela son todos expatriados en el Viejo Continente, prácticamente despojos de un mundo venido a menos, que tratan de sobrevivir creándose violentos sustitutos en la excitación del amor físico, del vino o de la corrida de toros; Jack Barnes, impotente por una mutilación sufrida en la guerra, se vuelve casi emblema de una generación arrojada fuera de la vida y que ahora se exhibe en una danza macabra frente a la muerte. Es, en esencia, el mismo mundo de Fitzgerald y de la generación perdida, pero paralelamente a él se desenvuelve la configuración de un orden moral visto a través del ritual que preside a la muerte del toro en la arena.

Sobre esta ceremonia de la corrida y, en general, sobre las sensaciones que acompañan la caza y la muerte de los animales, casi buscando en ellos un sistema de leyes que transformar en disciplina moral, Hemingway habría de volver tiempo más tarde en otras novelas, pero quiero referirme especialmente a The Snows of Kilimanjaro, debido al significado de símbolo que contiene. Aquí realidad y símbolo están fundidos maravillosamente en un argumento muy sencillo, casi elemental, y a través de un lenguaje que no podría concebirse más potente y exacto. El cazador, con la pierna gangrenada sobre las majestuosas laderas del Kilimanjaro, mientras aguarda que lleguen en un avión a rescatarlo, tiene tiempo para profundizar el contraste entre el pasado feliz y el humillante amor con la mujer que lo acompaña. En lo alto, bajo la cima cubierta de espesas capas de nieve, yacen los restos de un leopardo: nadie supo explicar qué había ido a buscar el descomunal felino a aquella cúspide; nada más que esta imagen para desembocar en otra: la salvación sólo puede provenir de lo elevado y nuestra búsqueda debe dirigirse hacia lo más alto que sea posible (la adaptación cinematográfica dirigida por Henry King, y protagonizada por Gregory Peck y Ava Gardner, si bien es aceptable, no logra captar ni trasladar esa búsqueda alegórica y vital).

Ese atisbo de realidad que todavía queda en su novela más notable de madurez, The Old Man and the Sea (que yo leí hace muchos años ya), también asume un valor prevaleciente de símbolo, un símbolo –el cristiano del pescador– utilizado para subrayar el conflicto nunca resuelto entre hombre y naturaleza; en este caso, entre el hombre y el gran pez, como anteriormente era entre el hombre y el toro. Luego de una agotadora batalla que adquiere por momentos connotaciones epopéyicas, Santiago logra capturar al gigantesco pez, mas sólo trae consigo a la orilla un esqueleto devorado por tiburones. El viejo ha vencido y fracasado a la vez, pero comprende que lo esencial no es ganar la batalla, sino librarla. Su aparente derrota final esconde en verdad una inmensa victoria, pues el esqueleto simboliza su voluntad, su esfuerzo y su valentía, su capacidad para no darse por vencido aun sabiéndose al borde de la derrota. La vida es esa lucha sin horizontes lejanos, ese escepticismo que termina por endurecerse en el mundo de una dignidad y de una fe.

Categorías: Literatura

Los códigos de Hemingway y sus personajes (I)

Mayo 6, 2009 · 3 comentarios

Contemporáneo de Faulkner, Fitzgerald, Steinbeck y Dos Passos, y aunque vinculado de alguna forma con cada uno de ellos, Hemingway presenta a sus lectores un mundo espiritual y una sustancia narrativa que, si bien suponen su lección literaria y artística, señalan un lapso, quizá tan sólo un instante muy personal en la concepción de la sociedad y de la vida en la novela norteamericana del siglo XX. En él podemos, en efecto, volver a encontrar el eco de las violentas denuncias sociales de Dos Passos, cierta cualidad alucinada de Faulkner o la danza fúnebre de la decadencia propia de Fitzgerald, pero lo que es diferente es su posición espiritual frente a algunos problemas vitales básicos. Sobre todo, mientras que los autores mencionados, tienden a identificarse plenamente con su tiempo y a descubrir en él los términos del conflicto entre sociedad e individuo y las razones sociales, políticas y psicológicas de una decadencia en la que ellos se sienten material y espiritualmente implicados, Hemingway y sus personajes rompen de manera palmaria con su pasado y con la civilización en que han crecido y se han formado; ergo, fenómeno poco frecuente, escritor y personajes son expatriados, están en renovada y permanente fuga de la tierra de sus raíces, de la que no han tomado prestada, ni mucho menos asumido como propia, ni la problemática social ni la política, sino sólo un nihilismo de año cero. Para el nacido en un suburbio de Chicago, como para sus creaciones literarias, es inservible engañar a la vida, tratar de explicarle el problema del dolor y del mal, buscar sus causas en la coyuntura histórica; la vida es lo que es, una amalgama compuesta del bien y del mal, cuya superficie puede ser resplandeciente e ilusoria, pero debajo de ella se esconde otra realidad: el dolor y la muerte.

La consecuencia primera salta enseguida a la vista: la temática de Hemingway, si la cotejamos con la de sus contemporáneos, es más bien monocorde y estrecha: cómo puede el hombre ir al encuentro de la muerte en un mundo que ha incinerado todos sus valores, además de un penetrante e instintivo sentimiento por la intensidad de la vida; junto con esto, como trágico contrapunto, la certeza de que cada uno marcha solo al encuentro de su propia muerte, buscando a veces el consuelo de la compañía, pero, en realidad, riñendo desesperadamente por presentarse ante lo absoluto de la muerte con la única diferencia que le es permitida: la de sentirse vivo como hombre, el haber respondido de la manera más activa posible al ímpetu de la vida.

De este modo, al sentimiento de disolución y nihilismo de la generación perdida, Hemingway responde con una afirmación de la vida: el empeño, la voluntad de sobrevivir puede convertirse en un arte de vivir, puede llegar a ser un código de supervivencia con el que asomarse menos desarmado ante la inevitabilidad de la muerte. Mucho he leído sobre ese “código” que los personajes de Hemingway se imponen a sí mismos para afrontar su final; no se trata, por cierto, de una ley moral absoluta derivada de una fe religiosa, sino más bien de un concepto del honor, de un compromiso contingente del sujeto aislado, regulado por reglas fijas, casi por ritos, que él aprendió de otras leyes parecidas a la suya, y que es imposible soslayar: la caza, la pesca y la corrida de toros.

Sólo si tiene fe en este código de honor, el hombre puede realmente dar a la necesidad de su propia intensidad de existir un significado capaz de salvarlo del vacío del mundo. La vida es esta voluntad de vivir agudamente, pero sin hacer trampas en el juego, imponiéndose una ley de dignidad, un método de lucha, y luego, encaminarse hacia la muerte, sin dejarse tentar por el misterio que ella implica y concluye.

Esta posición espiritual, de algún modo también explica el carácter estilístico de Hemingway, tan medido y preciso, tan lúcido y seco, exactamente como el comportamiento de sus personajes, que nunca se dejan arrastrar por la emotividad del misterio y de lo invisible. En general, es el misterio el que hace desbordar e inflar la palabra, pero cuando la vida no tiene otro misterio que el de un código contingente, el escritor no debe hacer más que registrar el desenvolvimiento de éste, absorber sus reacciones emotivas e intelectuales con la misma indiferencia con que un alma podría echar un vistazo a su propio cuerpo la mañana después de la muerte. La lucidez, la calculada y seca objetividad narrativa son menos un artificio técnico que una esencial parte constituyente de una concepción moral que ha encontrado su auténtico medio de expresión. El de Hemingway no es primitivismo en las maneras, sino primitivismo que contiene a la vez un lenguaje y un mensaje, donde el rechazo de ciertas convenciones expresivas presupone el redescubrimiento de la palabra y de la frase como insignias de una intensa adhesión del lenguaje a las circunstancias.

Con un poco de suerte, éste puede ser considerado el fondo de la problemática de un autor de las dimensiones de Hemingway, una problemática que no quiere explorar horizontes intangibles ni buscar significados trascendentes, como tampoco indagar las relaciones entre individuo y sociedad; escritor y personajes no son inconscientes del misterio, pero se mantienen al margen de él, muy lejos del sentimentalismo que hace creer que la solución de un misterio se arrastra forzosamente dentro de uno. Lo que importa, en definitiva, no es el triunfo o el fracaso, que frente a la muerte pierden valor pues son una misma cosa, sino la calidad de la propia situación interior, la que por sí sola distingue al individuo del resto de la naturaleza: la primitiva y animal dignidad del hombre frente al sufrimiento.

Categorías: Literatura

El virus de la xenofobia no viene tan sólo del Norte

Mayo 3, 2009 · 10 comentarios

En el siglo XIV no fueron pocos los que en Europa masacraron judíos acusándolos de ser los portadores de la peste negra. Que siete siglos después todavía haya personas de notoria influencia en la opinión pública que sostengan posturas idénticas en lo sustancial, debería hacernos reflexionar sobre hasta qué punto la humanidad ha avanzado realmente en ciertos aspectos. Luego de experiencias históricas lo suficientemente brutales y esclarecedoras, parece surrealista, cuando menos, asistir al mismo tribalismo primitivo. Lo digo por ciertas horripilantes reacciones de la prensa ultraconservadora de EE.UU. ante el brote de gripe porcina en México. Para muestra, basta un botón: una periodista radial expresó: No se confunda: los extranjeros ilegales son los que portan la nueva cepa de virus de la gripe desde México. Es humanamente inconcebible la bajeza de estos grupos reaccionarios, a los que no les tiembla el pulso para realizar una utilización cínica de esta tragedia, con la finalidad de propagar por todo el territorio estadounidense su campaña xenófoba.

Como hace tiempo ya he perdido la esperanza en la posible recuperación de esa clase de personas, cuya mayoría paradójicamente alaba a su “Cristo americano”, mucho más me ha dolido la actitud que han tomado, frente a los padecimientos actuales de la población mexicana, algunos gobiernos latinoamericanos, entre ellos el argentino, poniendo de manifiesto un peligroso recrudecimiento del nacionalismo.

Han pasado apenas un par de semanas desde que casi todos los presidentes de las naciones americanas se reunieron en Trinidad y Tobago. Allí muchos se desgargantaron pronunciando retóricos discursos que se centraban en el compromiso de que Latinoamérica sea un bloque único, en la solidaridad ante circunstancias adversas, en la necesidad impostergable de incorporar a Cuba, el hermano embargado. Todo muy lindo, las peroratas, las promesas, las habituales payasadas de Chávez pretendiendo ser el centro de atención, la foto de rigor, etc. Sin embargo, demostrando una vez más la vacuidad inútil de esas cumbres, esos mismos mandatarios, ante la inicial penuria ajena, son los que primero se hicieron los distraídos y ahora categóricamente le dan la espalda a México.

El país presidido por Raúl Castro, con el cual México jamás rompió sus relaciones internacionales, dio el primer vergonzoso paso, prohibiendo unilateralmente el arribo de aviones mexicanos a la isla. Luego le siguió la Argentina (en una medida, además de antipática, ineficiente para el propósito sanitario perseguido, pues muchísimos argentinos que estaban en México regresaron al territorio nacional vía Santiago o San Pablo), Perú, y el gobierno ecuatoriano de Rafael Correa. Pero lejos de constituir lo más grave del caso, como argentino me causa profunda tristeza que no se haya pensado en cómo ayudar a un país hermano con el que se mantienen tan arraigados lazos de todo tipo. Es triste comprobar que los ultraconservadores estadounidenses, los que propiciaron y ensalzaron el muro de Bush, no son tan diferentes de millones de cubanos, argentinos, ecuatorianos, peruanos y otros ciudadanos de nuestra dolida América, que avalan plenamente la insolidaridad instaurada desde sus respectivos gobiernos. ¡Simón Bolívar debe estar revolcándose en su tumba!

Soy plenamente conciente de que Argentina no está en condiciones de enviar una ayuda de corte económico (equipos, materiales, dinero) como la que otrora concediera Perón a España. Sin embargo, por estas horas el país mandará dos aviones a rescatar a los argentinos varados en diversos puntos del territorio mexicano (como si los cuatro jinetes del Apocalipsis estuvieran asentados en él). Esas aeronaves irán lamentablemente vacías, cuando en especial Argentina y Cuba podrían enviar aquello más valioso que poseen: altos recursos humanos. Enfermeros, neumólogos y demás profesionales calificados que serían de inmensa ayuda hoy por hoy en México. Quizá para algunos sea un ejercicio necesario dar una ojeada a la historia reciente y constatar la solidaridad demostrada por los mexicanos en la aciaga crisis del 2001, porque como escribió Shakespeare, la memoria es el centinela del cerebro.

Contemplo azorado, con pánico, la miseria humana en su máximo esplendor.

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