Vagabundeo resplandeciente

“Déjame entrar”, de Tomas Alfredson

Mayo 18, 2009 · 9 comentarios

Llegué a Déjame entrar gracias al inusual entusiasmo que se despertó en mí después de leer las todavía más desacostumbradas consideraciones ampliamente positivas que un amigo de la casa vertió al respecto en su blog. Tiempo más tarde escuché no recuerdo dónde, que se trataba de una excelente película de vampiros. Pero si al fin de cuentas me encantó fue esencialmente por la sutileza y sagacidad con que apela a los elementos del sub-género: el asunto de los vampiros es apenas un recurso narrativo que siempre aporta misterio (no lo pongo en duda), pero lo primordial de este film sueco pasa por otro lado.

Sin prisa ni pirotecnia, Déjame entrar nos sumerge en la historia de Oskar, un delicado outsider de doce años, hijo de padres separados y conciente de que no puede contar con uno ni con otro, además de constituir un predecible blanco del acoso y la ridiculización escolar. La llegada de Eli, una chica de su misma edad (aunque sus ojos hayan visto transcurrir centurias, aunque haya cruzado océanos de tiempo para encontrarlo), al apartamento contiguo, supondrá un hecho por demás significativo en el medio de la apremiante soledad de una barca a la deriva como es Oskar. Eli desprende un olor raro, y es incluso más pálida, inadaptada y solitaria que Oskar. La relación entre ambas criaturas se desarrolla porque, aun cuando Oskar cae en la cuenta de quién es Eli en realidad, la acepta tal como es. Los periódicos encuentros entre los dos personajes, enmarcados en bellísimos e invernales paisajes nórdicos, se suceden e impulsan la ambigua atracción no exenta de bemoles.

El director Tomas Alfredson le confiere a este exquisito compendio cinematográfico de la preadolescencia alejada de los esquemas, un tratamiento elegante, sutil y poético, donde prevalece el reino de las sugerencias (que dejan en ridículo al cine de terror “palomitero” actual, tan asquerosamente henchido de lugares comunes y obviedades que todo dejan servido en bandeja al espectador). En Déjame entrar, el horror no procede del festival de vísceras volando por los aires, sino de la desolación que produce en los hombres la soledad y el desamparo. Además, Alfredson se concentra de tal modo en contraponer –sin caer en clichés–, la inmunda podredumbre moral de los adultos con la oscura inocencia propia de la niñez, que el filme entero se revela portador de una resaltable sobriedad narrativa, sin planos que llamen especialmente la atención ni fastuosos movimientos de cámara que no conducen a ningún lado. La intensidad y el terror insinuados encuentran aliados de inconmensurable valor en la música y la fotografía, dos rubros técnicos que además reflejan a la perfección los matices crudos y glaciales de la geografía.

Poco feliz sería comentar la escena final; supongo que basta con acotar que su ejecución formal es extraordinaria. Por lo tanto, prefiero resaltar otra secuencia, quizá anecdótica, pero igualmente bellísima, y que de algún modo retrata sin aspavientos en qué consiste el amor: Oskar le ofrece dulces a Eli, quien se los come tan sólo porque él se los ha dado, pese a saber perfectamente que no puede hacerlo. Luego, cuando Oskar la encuentra vomitando, descubriendo el sacrificio que hizo para no decepcionarlo, se funde con ella en un abrazo lleno de simplicidad y ternura.

Para no desentonar con el nivel superlativo, las actuaciones de los dos niños son apoteósicas. Si a lo largo de todo el metraje, el guión deslumbra en el cuidadoso tratamiento del aspecto psicológico de los protagonistas, ambos actores otorgan, con ahínco y talento natural, verosimilitud a los rasgos sombríos y tiernos, a los claroscuros inherentes a Oskar y Eli. Conjeturo que no debe ser nada sencillo dar vida a un vampiro milenario inserto en la humanidad de una niña de doce años, como tampoco combinar esos contrastes tan notorios, pero lo cierto es que la jovencita sueca sale más que airosa del desafío. Del niño sólo señalaré que, su mirada perdida y enigmática, por momentos, me hizo recordar a Danny Lloyd (Danny Torrance en The Shining).

Volviendo a mi impresión inicial, y si bien es cierto que existe una atracción atávica por los vampiros y todas sus implicancias, considero que en Déjame entrar la cuestión de estos monstruos es simplemente una excusa –eso sí, inmejorablemente elegida, sobre todo en el complejo desarrollo entre terrenal y espiritual del personaje de Eli– para hacerse camino a través de una historia escrita con una caligrafía similar a la que alguna vez utilizaron Bergman, Antonioni o Kieslowski para trazar subterráneas revelaciones vitales.

Låt den rätte komma in (Suecia, 2008).
Director: Tomas Alfredson.
Intérpretes: Kåre Hedebrant, Lina Leandersson, Per Ragnar, Henrik Dahl, Karin Bergquist.
Calificación: 8.

Categorías: Cine