El año pasado, a raíz de un comentario efectuado por el autor de uno de las blogs que más me gusta leer (En Jack London, el ser humano no es más que un ente minúsculo perdido en una inmensidad hostil), y luego de mi viaje a Bolivia, donde descubrí que el Che Guevara fue un lector consuetudinario del estadounidense, decidí que era hora de consumar una relectura de algunas de sus obras, que tanto habían contribuido a forzar mi ensoñación infantil. Además, me interioricé un tanto en su vida, a menudo idealizada. Lo cierto es que desde entonces a esta parte, mis impresiones sobre Jack London han variado sustancialmente. A continuación, y con brevedad, fundamentaré los motivos de semejante cambio.
Quizá ningún otro novelista norteamericano sirva, como Dreiser, para iluminar con exactitud lo que, en cambio, no fue Jack London. No es que entre los dos falten aspectos en común, que por el contrario son numerosos: la misma reacción contra el sentimentalismo y la reticencia de la tradición gentil, la misma doctrina biológica (ninguna actividad, para London, escapa a las leyes biológicas, incluida la creación artística) e ideológica, para empezar, que sin embargo, en el caso de London, tomaron cierta colaboración entre nietzschiana y marxista que lo llevó, al contrario de Dreiser, a celebrar el superhombre y la voluntad de poder.
Otra diferencia con respecto a Dreiser es que las teorías de la existencia aparecen en London como parte de la extraña mezcla de un autodidacto, y de allí resulta una dramaticidad por entero verbal, que las más de las veces no consigue fundirse con la psicología de los personajes. Se podría decir que, en el fondo, todos los personajes de London son variaciones de uno solo, Jack London, quien poco a poco se va internando, de manera romántica, a través de cierto número de “ideas madres” como la de la strenuous life, del valor físico, y de las mujeres como premio del más fuerte. Esto no sólo porque gran parte de sus novelas y cuentos tienen neto carácter autobiográfico –Tales of the Fish Patrol, John Barleycorn, Martin Eden–, sino, sobre todo, porque esa rebelión contra las convenciones no la afrontó en la realidad social de su propio país, sino en una fuga de ella, en la libertad de las tierras lejanas, en Alaska y en los mares del Sur, donde la celebración de la fuerza se volvió una especie de monótono evangelio ritual. Allí donde los personajes de Dreiser no los vemos tan sólo como individuos, sino en su papel social, que llega a ser un elemento necesario en el proceso de la individualidad, los personajes de London son glorificaciones del valor individual frente a las acechanzas de la naturaleza, gigantes reacios y fornidos que sobreviven siempre a cualquier tempestad, como nuevos atlantes que se vuelven vigorosos al contacto de la Madre Naturaleza; en su creencia de que el mundo pertenece a los más fuertes, London llegó por último al engrandecimiento de la raza anglosajona, destinada a dominar a los amarillos, a los negros y a todas las subespecies de los blancos: los anglosajones están “condenados” a heredar la tierra.
Por lo demás, toda la vida de London fue una serie de mitos y contradicciones: socialista en el ensayo The People of Abyss, cuyo tema son los slums londinenses, termina, por ejemplo, por defender a los petroleros estadounidenses de México, como un signo de la supremacía nórdica en aquel país; luchó por la abolición de la propiedad privada y acabó por volverse un capitalista a lo Mark Twain. Estas oscilaciones dieron a su narrativa, para qué negarlo, una energía vehemente pero desordenada, viciada sin embargo demasiado a menudo por una retórica fácil y trivial; y si bien algunas de sus novelas, como The Call of the Wild y The Sea-Wolf, le dieron notoriedad y riqueza, London no tuvo, como Dreiser, una claridad de visión capaz de un apasionada definición de la condición humana.


3 respuestas hasta el momento ↓
padawan // Junio 27, 2009 a 12:43 pm |
Me vas a hacer sonrojar con la mención :)
London es, como dices, un escritor limitado. Al fin y al cabo, escribía sobre sí mismo y sobre su vida. No he leído mucha de su obra, apenas las novelas sobre el gran norte y no me atrae mucho la idea de la relectura.
Facu // Junio 29, 2009 a 3:15 pm |
ah, yo pensé que Jack London era de tu gusto, pero cambiaste. Yo también leí algunos cuentos suyos en la infancia, pero no me acuerdo muy bien.
avellanal // Junio 29, 2009 a 11:01 pm |
Pads: ciertamente, me he quedado corto con la mención. Y mi relectura se produjo nada más que por los motivos que comento en la entrada. Pero esta sensación de desengaño no la tuve con Verne, ni mucho menos con Stevenson o Twain.