En el embrión de toda novela se agita una disconformidad, palpita una pretensión no satisfecha. Casi todos los hombres, en mayor o menor medida, no están del todo conformes con sus vidas, siempre anida en ellos una explícita o recóndita aspiración que su suerte no logra contentar, sean éstos humildes o acaudalados, ignotos o célebres, ateos o creyentes. Como consecuencia de esos deseos insatisfechos connaturales al ser humano es que se gestaron las ficciones.
Esto no quiere decir que los infatigables aqueos y troyanos de Homero, los aristocráticos atormentados de Thomas Mann, los intrépidos normandos y sajones de Walter Scott, los desaforados balleneros de Melville o los sabios metafísicos de Borges estremezcan o realcen nuestro ánimo porque no tienen un ápice de nosotros, los simples lectores. Nada más alejado de la verdad. A riesgo de que parezca un galimatías, es necesario afirmar que si bien la esencia de la ficción es la mentira, no menos cierto es que, a través de esas falsedades, las novelas se encargan de formular una verdad subrepticia o disimulada.
No se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo, sentencia Vargas Llosa, y cita como ejemplos de confusión entre realidad y ficción, las reacciones que suscitaron dos obras de su autoría: Julia Urquidi, su primera mujer, escribiendo y publicando una suerte de esclarecimiento público que pretendía restituir la verdad descompuesta por la ficción, luego de sentirse graficada en las páginas de La tía Julia y el escribidor; oficiales y cadetes del colegio militar limeño Leoncio Prado, apilando ejemplares de La ciudad y los perros y avivando con ellos las llamas de una enrome pira, por considerar que el libro era ignominioso y ofensivo contra la institución. ¿Hubiera podido yo, en aquellas novelas, intentar una escrupulosa exactitud con los recuerdos? Ciertamente. Pero aun si hubiera conseguido esa aburrida proeza de sólo narrar hechos ciertos y describir personajes cuyas biografías se ajustaban como un guante a las de sus modelos, mis novelas no hubieran sido, por eso, menos mentirosas o más ciertas de lo que son. Lo que procura revelar el escritor peruano es lo siguiente: la ficción está elaborada por medio de palabras y no de experiencias concretas; ergo, al convertirse en signos el hecho real sufre, inevitablemente, una alteración substancial, pues el hecho es único e irrepetible, mientas que las descripciones son innumerables.
Pero si entre las palabras y los hechos se erige una distancia insalvable, entonces un océano separa al tiempo real del ficcional. La vertiginosa anarquía que gobierna nuestras existencias –en la que una historia se entremezcla con millares, dando origen a otras nuevas que se reproducen y no acaban, pues la vida real (la analogía con el río no es gratuita) fluye y no se detiene jamás–, contrasta a las claras con el orden propio del tiempo novelesco, en cuyo seno se alberga siempre una perspectiva que la vida nos deniega. El principio, nudo y desenlace invariablemente será más difuso en nuestras vidas que en una novela, por más enredos temporales que tenga ésta. Volviendo a Vargas Llosa: (…) la ficción traiciona la vida, encapsulándola en una trama de palabras que la reducen de escala y la ponen al alcance del lector. Éste puede, así, juzgarla, entenderla, y, sobre todo, vivirla como una impunidad que la vida verdadera no consiente.
Además, la verdad de las ficciones no depende, como es notorio, de la rigurosidad científica o minuciosidad histórica con que retratan lo descripto. ¿Acaso Moby Dick pierde un gramo de su apasionado lirismo o aliento épico porque el narrador defienda la tesis de que la ballena es un pez? No, Melville, aun afirmando que el inmaculado y legendario cetáceo que persigue el capitán Ahab es tan pez como un salmón, les dice la verdad a sus lectores, ya que toda buena novela dice siempre la verdad, al tiempo que toda mala novela miente con descaro. Porque «decir la verdad» para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión y «mentir» ser incapaz de lograr esa superchería. En otras palabras, mentira o verdad se deslizan al plano meramente estético, dado que la novela es un género amoral.




