Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Noviembre 2009

“Orphan”, de Jaume Collet-Serra

Noviembre 15, 2009 · 4 comentarios

Hay algo decididamente perturbador, tal vez un contrasentido, en la asociación de la niñez –supuesto reservorio de la más inmaculada inocencia posible– con el Mal. Esa flagrante violación a la lógica impuesta posibilitó, entre otras cosas, que el cuello de una adolescente Linda Blair quedara grabado en millones de retinas, y que William Friedkin dirigiera una de las mejores películas de terror de todos los tiempos. David Seltzer, el escritor de The Omen, se le adelantó unos años a Stephen King –que probablemente hubiese escrito el mismo libro–, y llevó la transgresión a su extremo máximo: encarnar en la dulzura y el candor de un niño de aspecto angelical al mismísimo antagonista de Jesucristo. El producto, desde la óptica literaria fue desparejo, mientras que cinematográficamente (Richard Donner) resultó a todas luces aceptable; sin embargo, es preciso mencionar que tiempo antes, Ira Levin y Roman Polanski habían desplegado con mayor sutilaza la misma idea (desde otros puntos de vista), en la sublime e insuperable Rosemary’s Baby.

En ese sentido, la reciente Orphan, del director Jaume Collet-Serra (catalán, aunque afincado en Hollywood hace muchísimo) constituye una nueva visita a esta suerte de sub-género de niños maléficos dentro del cine de terror. Se nos introduce en la vida de un matrimonio que no atraviesa su momento más feliz: acaban de perder un bebé, y los traumáticos recuerdos vuelven en pesadillescas sombras para Kate, acosada además por los fantasmas del alcoholismo. Los dos hijos de la pareja parecen no poder ocupar el vacío que la pérdida generó en esa mujer laboriosamente interpretada por Vera Farmiga, a tal punto que ésta convence a su marido de concretar una adopción que indemnice su apetito maternal.  La niña adoptada, el elemento intruso en un cuadro familiar de por sí cargado de imperfecciones y ajeno a los estereotipos que son moneda corriente en la meca del séptimo arte, viene a convertirse en la razón de ser del filme. Tras sus talentos artísticos, sus impecables vestidos añejos y distinguidos modales, la pequeña huérfana esconde un secreto que sólo se revelará en el último tramo del metraje, volviendo (un poco) menos previsible una película que, ¡oh, paradojas!, luego de un inicio prometedor comienza a hacer agua narrativamente por los cuatro costados.

Y es una pena, porque la ambigüedad preliminar que contribuía a la construcción de una atmósfera malsana, se diluye entre clichés y golpes de efecto incorporados para meter algún que otro imaginable susto en el espectador; especialmente por medio de la introducción de un elemento visual repentino y sorpresivo, antes fuera del plano, como único fundamento del sobresalto. Éste recurso, del cual el moderno cine de terror made in Hollywood y sus derivados, viene haciendo uso y abuso, fue plasmado por vez primera en Cat People, de Jacques Tourneur (como inmejorablemente lo explica Hernán en su texto sobre ésta misma película y el denominado bus effect). Cuando una película de terror tan sólo es capaz de crear algún sacudimiento a través de un sonido estrepitoso conjugado con la aparición inesperada del marido de la protagonista detrás del espejo en el cual ella se contemplaba, indudablemente estamos en problemas. Echar mano del bus effect de vez en cuando no es una herejía cinematográfica ni mucho menos, pero utilizarlo como justificación de una cinta de dos horas de duración, equivale a caer en lo sencillo y seguro, a no correr ninguna clase de riesgos (como antítesis cercana vale mencionar esa maravilla sueca titulada Déjame entrar).

En definitiva, profundizando en la disputa psíquica entre madre e hija adoptiva, o bien adoptando un tratamiento menos superficial del enfermizo universo de Esther, de los motivos a los que obedece el estancamiento en su evolución, Orphan podría haber sido un memorable largometraje de terror psicológico al mejor estilo del primer Roman Polanski. En vez de eso, Collet-Serra optó por hilvanar una sucesión de lugares comunes propios del cine industrial y de este modo engrosar la inacabable lista de films vacíos de originalidad y contenido.

Orphan (EE.UU., 2009).
Director: Jaume Collet-Serra.
Intérpretes: Isabelle Furhman, Vera Farmiga, Peter Sarsgaard, Jimmy Bennett, Aryana Engineer.
Calificación: 5.

Categorías: Cine

Apacibles y desmayadas emanaciones se infiltran en el rock

Noviembre 3, 2009 · 8 comentarios

En el siglo II de nuestra era, Luciano de Samosata –tal como lo refiere Borges en su célebre prólogo de Crónicas marcianas– fue el primer hombre en plasmar por escrito un imaginario viaje a la Luna; hasta el día en que Neil Armstrong imprimió su imperecedera huella en el polvo del Mare Serenitatis, pasaron más de mil ochocientos años. Pero aún mucho antes que Luciano ideara a los selenitas, incluso antes que nuestra especie apareciera sobre la Tierra, radiante y enigmática, la Luna ya estaba allí.

Frank Sinatra supo popularizar “Fly Me to the Moon”, una canción escrita en 1954 por Bart Howard. Pero acercándonos al rock y al tiempo del Apolo XI, es preciso cruzar el Atlántico y situarnos en territorio británico, donde un joven compositor discurría entre un excesivo entusiasmo, ansias de notoriedad, una multitud de ideas, pero ningún éxito comercial hasta la fecha. Los días de anonimato llegaron a su fin para David Bowie cuando una de las tantas canciones que había grabado en una habitación de Chelsea, con el influjo del alunizaje a cuestas, se convirtió en su primer sencillo. Lejos de ser un tema oportunista, “Space Oddity” fue probablemente la señal inaugural del interés de David Robert Jones por el espacio exterior como alegoría del espacio interior. También buscó, desde el mismo título, cierta conexión con 2001: A Space Odyssey, que se había estrenado un año antes. La letra da cuenta del diálogo sostenido entre la base espacial y un astronauta –el Major Tom– que describe cómo se ven las cosas desde el espacio: Planet Earth is blue/and there’s nothing I can do. Sobre el final de esta obra maestra de inquietante belleza, Tom pierde todo contacto con su base y termina condenado a vagar por el infinito para siempre: Here am I floating round my tin can/far above the moon. Con ese intercambio de voces espléndidamente regulado, sumado a una melodía memorable y a un superlativo riff de guitarra acústica, “Space Oddity” se transformó casi sin quererlo en la banda sonora de la hazaña lunar, estando a la altura de semejante hito en la historia de la humanidad; los musicalizadores de la televisión la usaban una y otra vez, y hasta el día de hoy la desventura del Major Tom pervive en la conciencia colectiva como una de las insuperables canciones de un artista descomunal.

En 1992 la banda estadounidense R.E.M. compuso una excelente canción en la que además de homenajear al humorista Andy Kaufman, se hacían eco de la teoría conspirativa que postula la falsedad del alunizaje del 20 de junio de 1969: en síntesis, se trataría nada más que de una ilusión óptica montada por la NASA con el objetivo de aventajar a la URSS en aquellos años de carrera espacial. Michael Stipe y sus muchachos supieron sacarle jugo musical a esas acusaciones de falsificación, que con el tiempo se han convertido en una famosa línea argumental tan controversial como atrayente.

Exquisito grupo de blues-rock con soberbias actuaciones en los festivales de Monterrey, Woodstock e Isla de Wright (símbolos de la contracultura), los Canned Heat escribieron un tema que, como no podía ser de otra manera, se expresaba en contra de la llegada a la Luna. “Poor Moon” era pues el pronóstico del daño que el hombre –con toda probabilidad– la causaría al satélite natural de su plantea, empeñado en destruirlo todo como estaba (como está) en tiempos de Vietnam. Se escuchaba: I wonder when they’re going to destroy your face (…) I hope I see you in the sky/At night when I get old /I hope you’ll look about the same/as when I was a boy.

John Fogerty, sin hacer concreta referencia al acontecimiento que tuvo como protagonistas a Armstrong, Collins y Aldrin, escribió, precisamente en el transcurso de 1969, el que a la postre sería uno de los mayores éxitos de Creedence Clearwater Revival: “Bad Moon Rising” (Sonic Youth tituló con el mismo nombre uno de sus discos). En el mencionado hit la Luna aparece tan sólo como un signo de mal agüero: I see the bad moon rising/I see trouble on the way/I see earthquakes lightnin’/I see bad times today.

Sin embargo, no fue sino Pink Floyd la banda que, promediando los setenta y estableciendo un quiebre estilístico total con respecto a su discografía previa, mejor supo capitalizar la marca todavía latente del arribo lunar, merced a un disco que devino en paradigma cultural: The Dark Side of the Moon definitivamente y para siempre consiguió transbordar a más de una generación a los insondables territorios espaciales, poniendo en el tapete cuestiones tan terrenales como la codicia, el paso del tiempo, la enfermedad y el sentido de pertenencia, pero interrogadas bajo el prisma de ese enigmático lado oscuro que nos está vedado contemplar, aunque conozcamos su existencia. Como corolario, y en tren de agigantar las complejidades insolubles y los misterios que deambulan en esos cuarenta y tres minutos de éxtasis sonoro, una y otra vez vuelve la voz del portero de Abbey Road diciendo: There is no dark side of the moon really. Matter of fact it’s all dark.

En el somero racconto de referencias lunares que ha dado el rock, no podrían quedar afuera: Moonmadness, quizá el mejor álbum que haya grabado Camel, uno de los grupos fundamentales surgidos de la escena progresiva de los setenta; ni tampoco “Moonchild”, preciosísima composición que (¡oh, casualidad!) King Crimson incluyó en su extraordinario disco debut (In the Court of the Crimson King), que salió a la luz en el año lunar de 1969.

La Luna, aseguran los astrólogos, ya estaba suspendida desde mucho antes que apareciera el primer hombre sobre la Tierra. No obstante, Borges nos dice que la luna de las noches no es la misma luna que vio el primer Adán. Y tal vez el disco que veo desde mi ventana surcando la nocturnidad no sea el mismo que pisó Armstrong hace cuarenta años. ¡Pero qué importa todo eso mientras siga estando allí –acaso morando en nuestros sueños– dispuesta a volverse el recurso poético por excelencia, qué importa en tanto continúe preparada para irradiar –con su cotidiana e indescifrable luz– la inspiración necesaria a artistas de ayer, hoy y mañana!

Categorías: General · Música