Sobre “El diablo en el cuerpo”, de Raymond Radiguet

Tiempo atrás, Javier Memba escribió un especial para “El País”, en el que reseñaba vicisitudes vitales de ciertos hombres de letras que, a su juicio, merecían calificarse como “malditos, heterodoxos y alucinados”. La lista contemplaba algunas obviedades; es decir, nombres imposibles de disociar con la idea de “escritor maldito”, como los de Baudelaire, Poe, Artaud, Bukowski, Lovecraft y el marqués de Sade; pero asimismo, y exceptuando omisiones tan considerables como la de William Blake, incluía autores que, sin ser ignotos, sin duda no gozan del prestigio de los citados anteriormente. Entre éstos últimos se encuentra Raymond Radiguet, un sempiterno joven francés, que sólo alcanzó, en su fugaz e intenso paso por la vida, a escribir un puñado de poemas, una pieza teatral y dos novelas: El diablo en el cuerpo y El baile del conde de Orgel. Admirador de Stendhal, Rimbaud y Proust, llevó una vida bohemia y despreocupada (casi un emblema de rebeldía juvenil), y entabló una gran amistad nada menos que con Jean Cocteau, forjando a su vez una suerte de extraña fascinación recíproca, que recuerda –especialmente, a causa de la diferencia de edad– a la que mantuvieron Rimbaud y Verlaine.

Vedada la posibilidad de trascendencia más allá de la frágil barrera de la veintena de años, Radiguet trascendió gracias a su sucinta obra, dentro de la cual es menester destacar El diablo en el cuerpo, por su peso literario específico y por su carácter innovador. Cuando yo la leí orillaba los dieciocho años; me sentí conmovido e identificado, pues se trata de una celebración sin más de la conducta adolescente: la curiosidad, la rebeldía, la liberación de tutelajes asfixiantes, el despertar y la iniciación sexual, el adulterio, la madurez impuesta a la fuerza.

La historia de un chico apenas salido de la pubertad que se enamora de la mujer de un soldado ausente, todo ello enmarcado en el dramático panorama de la Primera Guerra Mundial, inverosímilmente podría escandalizar hoy en día. Sin embargo, en el período de entreguerras durante el cual salió a la luz, provocó bastante bullicio, sobre todo considerando que Francia era un país especialmente sensibilizado a causa de las millones de vidas que había perdido en la cruel gesta iniciada en 1914. Entonces irrumpe, lleno de irreverencia, un joven escasamente mayor que el protagonista, construyendo una ficción que se revela contra la “cordura adulta”, caricaturizando al heroico soldado que se encuentra reducido al triste papel de cornudo, y más grave aún –como afirma otro escritor que aparece en la lista de Memba, Maurice Sachs, en su autobiografía Au Temps du Boeuf sur le Toit–, mandando a la mierda a la guerra, la misma guerra de la que Francia había salido victoriosa: era casi axiomático entrever que tales características espantarían a los burgueses todavía aferrados a obsoletos valores reverenciales, en medio de una Europa que se estaba transformando política y socialmente.

Pese a constituir un sólido alegato antibelicista, la novela podría prescindir de esta situación histórica sin mayores inconvenientes: se trata de un mero marco decorativo, que solamente le transmite una mayor dosis de intensidad; por lo que, en definitiva, constituye un grosero equívoco equiparar ésta historia de Radiguet con obras tales como Adiós a las armas, de Ernest Hemingway, o mucho más todavía con Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, por sólo mencionar dos reconocidos libros concebidos durante aquellos años veinte del siglo pasado, puesto que mientras éstos se pronuncian deliberadamente contra la brutalidad de la guerra, poniendo énfasis en la transmisión de un mensaje pacifista, al mismo tiempo que resaltan el carácter épico de la entrega desinteresada del poilu, el enfant terrible compone una concisa pero inequívoca radiografía en negativo del soldado, destratándolo, relegándolo. En ese sentido, encuentro más analogías con El gran Meaulnes, dado que ambas son novelas de iniciación, que exploran contemplativamente el universo de la adolescencia, aunque con puntos de vista a todas luces desemejantes; asimismo, otro denominador común que liga a El diablo en el cuerpo con la obra de Alain Fournier, es que las dos historias han sido caratuladas como “ficción verídica”, pues hay indicios firmes para sostener que lo narrado en una y otra está inspirado en sucesos reales por los que debieron transitar sus autores.

La prosa es ceñida pero amena (resuenan ecos de Stendhal), desprovista de florituras incandescentes. La primera persona está admirablemente empleada, ya que se percibe una clara diferenciación entre la voz del narrador y el anecdotario evocador del protagonista. Vislumbro que el innegable talento de Radiguet tal vez no se aprecie tanto en cada oración, en cada párrafo; el talento de Radiguet, por el contrario, se desprende estrepitosamente de la redondez del conjunto de una novela que aborda sin piedad los recodos más escabrosos del despertar adolescente. Con su fulgurante y efímera vida, el joven francés atestiguó, por si quedaban dudas, que sabía sobre qué escribía.

El hechicero Zizou

En la época en que el fútbol atraviesa cada vez más (a decir de Dante Panzeri, ¡en el año 1967!) una “aguda embriaguez cultural”, que procura asentar en los terrenos de juego la inaudita organización de la espontaneidad; en otras palabras, la planificación estructurada y mecánica de cada uno de los movimientos que los jugadores realizan, la aplicación irrestricta de artificialidades tácticas, en detrimento de lo imprevisto, de lo incógnito y de las características naturales de cada futbolista; la aparición de aquellos que, a partir de las sutilezas indeliberadas, pueden ejecutar una magia menor, sólo produce asombro: estupefacción ante lo infrecuente.

Zinedine Zidane pertenece, desde hace tiempo ya, a este último selecto círculo de elegidos. De tranco más elegante que cansino, mirada alta (siempre divisando el frente), y gambetas en las que resuenan pasos de tango, Zizou ha superado a sus brillantes ascendientes: Michel Platini y Enzo Francescoli (ídolo de su infancia). El francés es, tal vez, el representante final de un paradigma futbolístico que agoniza: es que en la actualidad, se tiende a aplaudir más las exteriorizaciones de vigor y rudeza, que las muestras de destreza o genialidad, propias solamente de los Pelés, Cruyffs, Maradonas y Zidanes. Porque existen aún infinidad de jugadores hábiles, desequilibrantes y firuleteros, pero que en las instancias trascendentes suelen pasan desapercibidos. Zinedine, en cambio, podía apagarse en algún encuentro rutinario, pero en las paradas bravas, en los partidos en que su equipo lo necesitaba, allí estuvo siempre, sin esconderse, pidiendo el balón y luego disponiendo, con esa etérea delicadeza –tan emparentada con los modos y la simbología francesa– que nos ha regalado en las canchas. Zidane no es el río calmo que inevitablemente va a desembocar al mar, con la monotonía propia de los que saben su recorrido de antemano; es, por el contrario, el remolino, el remanso que se rebela e impresiona.

Su chaussure de football enamora. El retiro concretado, entristece. La pelota debería vestirse de negro y permanecer de luto. Pocos la emplearán con análoga exquisitez. Pocos crearán tantos encantos con ella. Pocos tendrán tanto derecho a tratarla de amiga como él.

Buenos Aires en el aliento

Estoy estrechamente ligado a Buenos Aires desde los inaugurales días de mi vida. Tengo recuerdos difusos, ráfagas entrecortadas y sin enlace posible, de la estancia infantil porteña. Sin embargo, todas las remembranzas relacionadas con la metrópoli, aun las menos gratas, guardan un extrañísimo sabor agradable en mi persona.

No voy a ser novedoso, ya lo escribía Horacio Ferrer: las tardecitas (y las mañanas, y las noches) de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste?

Para los que nacimos y vivimos en los territorios ignotos del país (comúnmente mal denominados “el interior”), y en especial, los que nos encontramos geográficamente cercanos a ella, Buenos Aires ha sido el paradigma de nuestros sueños, el lugar que desde pequeños anhelamos descubrir. En lo personal, mis intereses incipientes giraban por asistir al estadio de River, ése que todos los domingos miraba por televisión, visitar el zoológico, o ir a la montaña rusa del extinto Ital Park. Con el correr de los años, y el refinamiento del paladar, reconocí las bondades de la variada oferta gastronómica porteña y abandoné el núbil arrebato de fascinación por el abominable fast food de McDonald’s. Finalmente, la “ciudad más europea de América” logró cautivarme por completo, como el canto de las sirenas, cuando tuve la sensación física de reconocer la belleza: leer a Borges, a Bioy Casares, a Manucho Mujica Láinez; escuchar a Gardel, a Goyeneche, a Piazzolla. Y luego, también está el conocimiento de la compleja historia argentina que se condensa magnéticamente en su capital. Ahí entendí por fin una frase que había escuchado incontables veces: Dios sólo atiende en Buenos Aires.



Pero retomando la cuestión de la literatura y el tango, el flamante encuentro que mantuve con la “Reina del Plata” estuvo, de alguna manera, vinculado con los máximos representantes argentinos en cada una de estas disciplinas artísticas: Jorge Luis Borges y Carlos Gardel. Llegar al solar natal del maestro de las letras fue una experiencia, cuando menos, paradójica: primero, porque en ese añejo edificio ahora funciona, ¡caprichos de la fatalidad!, una asociación feminista cristiana; y luego, dado que me embarqué en estos recorridos porteños con dos personas a las que acababa de ver por inicial vez en mi existencia, pero que me eran más familiares, más conocidas, que gran parte de los compañeros diarios de clases.

Seguidamente, enfilamos para el departamento de la calle Maipú, donde Borges viviera tantos años y, entre otras proezas, fuera el sitio de su reconciliación con Ernesto Sabato (reconciliación que fue motivo de un ácido pero ocurrente comentario por parte del masculino de mis compañeros de ruta). Pasamos por la antigua sede de la Facultad de Filosofía y Letras (que ahora sólo es la Rectoría): construcción que fue testigo presencial de las clases borgenas –¡y qué sana envidia me dan los estudiantes que asistieron a esa suma de lecciones extraviadas!–.

Casi por casualidad ingresamos al centro cultural que lleva su nombre, aunque había una muestra de Frida Kahlo que en nada se condecía con el tour. Subte de por medio, ascendimos en la coqueta zona de Palermo, donde bordeamos el zoológico (el mismo que Borges recorría de grande, y yo de chico), y hasta hubo tiempo para tomar una instantánea a la jirafa que descubrimos desde detrás de las rejas. Claro, el día no dura una eternidad y terminó “pasándonos factura” por tantas distracciones, interrupciones y pausas: el renombrado Jardín Japonés nos cerró la puerta en nuestras desconsoladas caras, y quedamos provisoriamente sin conocer (al menos los dos masculinos, que la fémina ya había estado dentro realizando actos vandálicos en otras ocasiones) el último punto elegido del circuito JLB. Sobrevino, no obstante, el nada intrascendente consuelo –para el que unía, en una curiosa fusión, a Neo y Eliot Ness –, de un delicioso pancho preparado con mínimas condiciones de higiene y materia prima de dudoso origen, pero eso sí, con rebosante amor.

Para otra invernal y soleada tarde decidimos marchar hacia el mítico barrio del Abasto. Del subte emergimos directamente dentro de lo que hasta hace poco tiempo eran las ruinas de un pretérito mercado, y que ahora se transformó, por obra y gracia del neoliberalismo salvaje quizá, en un aparatoso shopping. Curiosa primera impresión de la zona por donde andaba el prototipo tanguero por antonomasia: si el tópico del tango es, en esencia, nostalgia por lo perdido, intuyo que muchos porteños con más de medio centenar de años en el bolsillo, sentirán añoranza por lo barrial, por lo orillero, por lo aldeano, por la Buenos Aires que lentamente se metamorfosea, y ya no es.

Es significativo señalar que por esas callezuelas perdidas vivió también uno de los tipos que revolucionó para siempre el rock argentino: Luca Prodan, un encantador romano que se crió en Escocia, junto al príncipe Carlos, a quien le pegó un par de trompadas, recorriendo luego medio continente europeo en procura de que la Interpol no diera con él, para finalmente recalar en la Argentina, y morir aquí de cirrosis. Lindo chico, ¿no? No vacilo un instante en calificar a la banda que él formó (Sumo) como la más superlativa e innovadora que ha existido en el panorama local, introduciendo elementos del pop y del reggae, y letras tan poéticas como cáusticas, que dieron inicio al incipiente movimiento underground en el país.

Dejamos atrás las escaleras mecánicas, las luces de neón y las cadenas estadounidenses de comida rápida, para acercarnos a la restaurada casa del icono cultural. Entre discusiones sobre su lugar de nacimiento y una excesivamente amable e insistente recibidora (que acabó por ser nuestra cómplice), nos adentramos en la casa de Carlos Gardel. Por los altoparlantes sonaba, de fondo, la legendaria garganta entonando alguna glosa de varones desengañados, mientras nosotros podíamos observar su boletín de calificaciones escolares, entre otras múltiples reliquias. Como en el caso de Borges (y de tan pocos más), su nombre se transformó en adjetivo, y su voz en una metáfora omnipresente. Tal vez los sangrientos hierros retuertos de Medellín contribuyeron a erigir la mitología, es cierto, pero su carácter fundacional en la faceta interpretativa del tango es innegable, y precisamente por allí deben buscarse sus méritos mayúsculos. En definitiva, ¡qué importa dónde nació! Lo primordial es que nació, y que cantó como nadie.

Inmiscuidos entre lo borgeano, lo gardeliano y lo porteño, nos volvimos. Teníamos noche de pizza en avenida Corrientes. Cada uno, luego, partiría rumbo a latitudes cruzadas, pero Buenos Aires sigue allí, tan misteriosa, asfixiante, paradigmática y encantadora como siempre. Volver es la sempiterna consigna.

Sobre los eufemismos nuestros de cada día

Dentro de la estrechez del cada vez más pobre léxico utilizado por el ciudadano medio, comienza a sobresalir una característica también propia de estos sinuosos tiempos del SMS y el chat: el uso absorbente e indiscriminado de una terminología considerada políticamente correcta.

¿Qué significa esto? En términos simples: el reemplazo de palabras ásperas o bruscas, por otras que quieren significar o referir lo mismo, pero que el común de la sociedad acepta, ya como más digeribles, ya como menos antipáticas.

Marcelo A. Moreno, columnista del diario Clarín, reseñaba hace cierto tiempo, algunos de los ejemplos que con inusitada frecuencia podemos encontrar, principalmente en los medios de comunicación, pero también ya en el habla coloquial, en el diálogo cotidiano, en la calle misma. Toda negación, como por arte de magia, se convierte en afirmación.

Así, hoy en día son pocos los que dicen viejos, porque lo políticamente correcto es hablar de personas mayores o, en último caso, de ancianos. Si Ernest Hemingway viviera, quizá hasta estuviera evaluando modificar parte del título de su célebre novela, en pos de guardar la compostura requerida. Luego, tenemos el evidente caso de las personas no videntes, o con diferentes capacidades visuales, otrora (allá lejos y hace tiempo) denominadas ciegas. Homero, Joyce y Borges, según el uso, deberían llamarse invidentes. En un artículo titulado “Inútiles, impedidos, especiales y diferentes”, su autora, María Barbero, expresa: Yo opino que son semánticamente más oscuros, más imprecisos científicamente y más, mucho más, superferolíticos y discriminantes, aunque nos los quieran vender como tremendamente equitativos y actuales.

Refería Moreno que el poeta uruguayo Juan Gelman visualizó y alertó que la tan en boga -allá por la década pasada- flexibilización laboral, no era otra cosa que una manera sutil y amable de designar la pérdida brutal de los derechos laborales y de los mismísimos puestos de trabajo.

¿Quién se anima hoy por hoy a decir que fulano es impotente? Mucho mejor, claro, afirmar que tiene disfunción eréctil. ¿Mucama? ¡Ni se le ocurra! Más bien, persona que colabora en la casa, y así… ejemplos hay a montones. Se pueden encontrar hasta debajo de la alfombra.

Asimismo, esta creciente ola de corrección política no se contrapone con cierto glosario moderno de la frivolidad; en otras palabras, con algunos términos que todos usan o anhelan usar, aunque no tengan bien en claro qué significan exactamente o en qué circunstancias es conveniente su introducción: la consigna es referirse a las “terapias cognitivas” y pasar por entendido en la materia, aunque no se entienda un pepino de ellas. Otra característica sintomática en cuanto a la escritura es la utilización de @ en vez de las respectivas vocales; citando a Marcelo Pisarro: El hombre moderno es políticamente correcto, por eso nunca dice “el hombre moderno” sino “el hombre moderno y la mujer moderna”. Entre corrección política y corrección lingüística, elige la primera.

Siempre he pensado que la suavización de lo que se podría expresar de un modo duro o malsonante es una herramienta de incalculable valor a la hora del diálogo, y en aras de lograr empatía con el resto de las personas. Ahora, también me carcome la duda acerca de si es realmente necesario extender esa clase de terminología a todos los ámbitos de la vida. Porque, a veces, no puedo evitar pensar que no llamar a las cosas por su nombre, más que un acto diplomático, es una forma descafeinada de aparentar una afabilidad que, en el fondo, es hipócrita.

Hacia el fin del Che: esbozos desde La Higuera (II)

Permanezco sentado, resguardándome por unos minutos de la incesante fosforescencia solar, poniendo atención en repasar los diarios del Che y la lista de libros ocultos quién sabe dónde. Cuando descubro que él había leído la mencionada obra de Cortázar, los recuerdos de mi época colegial me asaltan de repente, puesto que en tercer año de la secundaria (tenía 15 años entonces), precisamente por medio de Todos los fuegos, el fuego, descubrí al escritor de la voz afrancesada, con la salvedad de que mi entrañable profesora de literatura nos sugirió que nos salteáramos –sugerencia realizada, seguramente, a instancias de la dirección del colegio– el relato “Reunión”, que comienza con la siguiente cita: Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida. En ese momento, contemplando la piedra sobre la que un parapetado Guevara no tuvo más remedio que rendirse, jaqueado e indefenso, reflexiono sobre la absurdez, la imbecilidad que significa el acto de censura: siete años atrás me prohibieron leer un cuento que versaba sobre guerrilleros; hoy recuerdo aquella anécdota, en soledad, y esbozando una leve sonrisa, frente a la paradigmática quebrada del Churo. Pienso: ¡si me vieran mis profesoras!

Al tiempo que me convidan un cuñape (pancito redondo elaborado con harina de almidón y queso) y me preguntan sobre Maradona, algunos higuereños aprovechan para transmitirme cierto disconformismo con el gobierno de Evo Morales; si bien La Higuera pertenece al departamento de Santa Cruz, el más rico del país, y que por estos días se ha erigido, una vez más, en el baluarte de las demandas autonómicas (o secesionistas) del oriente boliviano, supondría un completo desatino considerar a estos humildes trabajadores, que viven de exiguas plantaciones de papas, como miembros de la oligarquía regional. Antes de arrimarme hasta la escuela pública, mis interlocutores me puntualizan que ellos se identifican con el Che porque él luchaba para terminar con las miserias que hoy, cuarenta años después, se manifiestan igual de incontrovertibles. Mencionan los abusos a los que constantemente son sometidos los mineros. Existen certezas, no muy difíciles de dilucidar: los modelos excluyentes han preponderado durante la mayor parte de la historia boliviana.

Al despuntar el alba las imágenes de la sierra afloran con nitidez, y el Che dispone que dos compañeros realicen una incursión de reconocimiento, con el fin de tantear los pasos a seguir. Guevara sabía a las claras que la geografía propia de la precordillera de los Andes lejos estaba de la benevolencia, para la consecución de sus objetivos estratégicos, que podía ofrecer la sierra Maestra. Las noticias que Pacho y Benigno traen un rato después no son auspiciosas: la quebrada donde están estancados es lo más parecido a un callejón sin salida que pudiera existir en medio de aquella espesura, y además habían divisado a un importante grupo de rangers a escasos kilómetros de allí. Sin ánimo de amedrentarse, y valiéndose de la información recolectada, Ernesto organiza con inaudita celeridad un plan de evasión y de defensa, asignando diversos flancos a sus hombres, y confeccionando un corredor de salida, con el propósito de romper el cerco, y escapar hacia arriba.

Comprobar las correspondencias impalpables entre un sitio imaginado y tal como se presenta en verdad, puede ser motivo de desconcierto, de una extrañeza difícil de experimentar; cuando uno va caminando, incrédulo, por un lugar en el que nunca antes estuvo, y de todos modos busca particularidades que son producto de la imaginación, puede llegar, aunque sea por un segundo, a fantasear con la idea de haber construido ese pequeño rincón planetario en algún sueño, en los intersticios de la realidad. Algo así me sucede cuando, gracias a la indicación de un niño que porta una colorida gorra, llego a la pequeña escuela convertida en centro de primeros auxilios, o el único “edificio público” del poblado: han transcurrido muchas décadas desde que fueron tomadas aquellas perdurables fotografías, han pasado por ella miles de visitantes, y sin embargo la rústica construcción, pese a haber sido retocada con cemento, se me antoja igual que en 1967: minúscula, de barro y con techos de paja. Se percibe una atmósfera extraña ahí dentro, un inexplicable hálito; el tiempo parece haberse detenido en estos cuarenta metros cuadrados. No en vano John Berger afirmó que si el Che Guevara estuviera vivo, tendría ochenta años; hoy siempre tiene treinta y nueve.

Atrincherado, consciente de la irreversibilidad de los acontecimientos sucesivos, con sus pelos largos y desgreñados, la barba de varias semanas, una camiseta verde agujereada, y un no menos maltrecho pantalón color caqui, Ernesto se aferraba a la angulosa roca que apuntaba hacia el sol del mediodía. Malherido y sin fuerzas, lucha hasta el final, cuando su arma es inutilizada, y casi una decena de fusiles le apuntan desde todos los ángulos imaginables: la soledad del guerrero derrotado. El combate se prolonga en otros puntos del páramo inhóspito y árido, al tiempo que algunos guerrilleros intentan huir campo traviesa, pero los rangers que conducen al prisionero, y los capitanes, subtenientes y coroneles que se harían eco de la novedad, de momento le prodigan nula importancia al desarrollo de aquellas vicisitudes, y se concentran con exclusividad en el “trofeo de guerra”. Dos soldados se relevan permanentemente para llevarlo y ayudarlo a escalar, pues la gravedad de su herida en la pierna izquierda tiende a aumentar. Lleva la cabeza gacha y las manos atadas con un cinturón delante de su torso. Con probabilidad, no posee la certeza de que no pasarán muchas horas hasta su inminente ejecución, pero la escena igualmente remite, sin escalas, al tormento que padeció Cristo en su camino hacia el Calvario, del mismo modo que la célebre foto que testimonia su muerte, alude a referencias pictóricas de la magnitud de “La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp”, de Rembrandt. Volviendo a los conceptos del escritor John Berger, éste afirmaba: en algunos casos extraños la tragedia de la muerte de un hombre completa y ejemplifica el sentido de toda su vida.

Salgo de la escuelita que ha cambiado barro por cemento y paja por tejas, y otra vez me encuentro ante ofrendas florales y miles de cartas en decenas de idiomas. Mis antiguos acompañantes se han ido ya; es plena hora de la siesta en La Higuera, y a excepción de unos niños que andan correteando tras una pelota, las calles sólo están habitadas por el continuo movimiento del polvo y algunos caballos flacos, desganados, que comen pasto de donde pueden. Esos chicos, tratándome de “señor”, me invitan a patear con ellos, y también me dicen que tendría que haber venido en octubre, cuando el pueblo se transforma en un “polo turístico” y siempre hay personas en las calles. Les contesto que no, mejor así, con poca gente. Termino de jugar con el sudor goteándome en roscas acaneladas por el cuello. Los saludos, y me voy. Vallegrande es la próxima parada.

Hacia el fin del Che: esbozos desde La Higuera (I)

¿Para qué sirve escribir? Me lo pregunta Julia, una niña que no me llega siquiera a la cadera, pero que sobrepasa con amplitud mi capacidad de reacción cuando, acompañada a todo momento por una inequívoca sonrisa, me lanza la pregunta, que sólo contesto a medias, esforzándome en dar con una respuesta decente, fácil de entender para sus cinco o seis años y, sobre todo, que la deje conforme. No estoy seguro de haber satisfecho ninguna de las tres consignas. Intuyo que la libreta de notas que, celosamente, llevo conmigo, la indujo a consultarme sobre las bondades de la escritura. Pese a que ascendemos, el calor que inunda el ambiente, sumado a las nubes de polvo revoloteando entre las humanidades que por el sendero caminan, y que por instantes hasta dificultan la visión del horizonte, se me antojan comparable al descenso a los infiernos dantescos. Sin embargo, resulta evidente que este peregrinaje únicamente provoca molestias en mí, pues algunos lugareños van descalzos, y en ningún momento escucho quejas de algún tipo; es menester constatar que los más de dos mil metros sobre el nivel del mar, las horas de caminata al rayo del sol, los mosquitos que no brindan ni un suspiro con su exasperante zumbido, y las ronchas en la piel producto de inevitables roces con espinillos, son escollos de verdadero peso para quien no está acostumbrado a tales trajines. Con todo, no resultan sino meros inconvenientes que se ahogan en el olvido de forma automática cuando Julia me satura con variopintas interrogaciones o, su padre, a regañadientes, larga algunas anécdotas sobre Fernando.

¿Qué representa haber recorrido el sur de Bolivia, haber contemplado ciudades y poblados de un país con diez millones de habitantes que tienen un poder adquisitivo per cápita menor al que ostentan los ciudadanos de Angola o Camboya? Las respuestas y sus derivaciones podrían ser múltiples, pero la única certidumbre que de momento se me revela, axiomática, es que viajar puede llegar a ser una escuela de humildad y sabiduría; como afirma uno de los mayores escritores vivos del mundo, el italiano Claudio Magris: (viajar) nos lleva a tocar con la mano los límites de nuestra comprensión, la precariedad de los esquemas y los instrumentos con los que una persona o una cultura presumen comprender o juzgar a otra.

Aun sabiéndose casi acorralado por una compañía de rangers locales, entrenados por el ejército estadounidense, bien entrada la madrugada, Fernando decidió cesar la marcha de la columna guerrillera. En medio de una triste noche que preanunciaba lo inevitable, entre la frondosidad casi impenetrable de los montes de espinillos, cada paso adelante se hacía más complicado. Le preocupa además la situación del Chino, un compañero de origen peruano, que durante el fragor diurno había perdido sus indispensables anteojos. Fernando, nombre de guerra que había adoptado el Che, escribió mientras sus camaradas descansaban: A las 2 paramos a descansar pues ya era inútil seguir avanzando. El Chino se convierte en una verdadera carga cuando hay que caminar de noche. El ejército dio una rara información sobre la presencia de 250 hombres en Serrano para impedir el paso de los cercados en número de 37, dando la zona de nuestro refugio entre el río Acero y el Oro. La noticia parece diversionista.

El padre de Julia, junto a los demás aldeanos, comenta con un registro vocal apenas por encima del mutismo, que a lo largo de varias décadas prácticamente nadie visitó La Higuera, pero que de un tiempo a estar parte comenzaron a proliferar oleadas de turistas –sobre todo “gringos”– que tan sólo quieren fotografiarse al lado de la escuela pública. “Luego desaparecen”, musita. En ese instante me percato que no llevo cámara de fotos, aunque se debe a un olvido no deliberado. Me da la sensación de que ellos perciben que no pretendo únicamente un elemental recuerdo basado en una imagen que ha devenido simbólica, con el exclusivo objetivo de exhibirla, orgulloso, ante familiares y amigos que ven en la figura del Che nada más que un objeto de consumo. Tal vez la circunstancia de que sea sudamericano, y más precisamente argentino, al igual que el Che, los estimula a guardar menor distancia conmigo. Una solo cantimplora con agua fresca pasa de mano en mano, de boca en boca, hasta que llega mi turno.

La Higuera es un poblado minúsculo, perdido en medio de las altivas sierras que le rodean, y le otorgan, asimismo, una dimensión majestuosa y trascendente, que definitivamente no poseería si no se erigieran allí mismo, tan cerca del cielo. Por un momento pienso en Macondo, pero desecho con rapidez esa analogía, pues la localidad imaginada por García Márquez tenía diferentes relieves y ocultaba tras de sí otros secretos, incomparables con los que, con toda probabilidad, celan los higuereños. La población permanente apenas roza el centenar, y la mayoría de las personas que consulté, aun pernotando en tugurios a medio acabar, se muestran orgullosas: consideran un privilegio desarrollar sus vidas en la latitud exacta donde se forjó un héroe que trascendió fronteras; Jon Lee Anderson, uno de los más prestigiosos biógrafos de Ernesto Guevara, asegura que éste no se convirtió en mito sino hasta el momento de su expiración, tejiendo con ella la mitología del mártir, del hombre que se enfrentó con la muerte y entregó su vida por una causa más grande que él.

Días antes, Eustaquio había llorado copiosamente, cual niño desconsolado, por la falta de un buche de agua. Benigno acarreaba una herida supurada, y era el Che quien lo curaba con paciencia clínica. Se internaban en bosquecillos ralos, descansaban bajo la sombra devuelta por las higueras, exploraban quebradas siguiendo pequeños cañones en procura de un arroyuelo que nunca aparecía. Mitigar la sed suponía ya una quimera. Ernesto, por su parte, también caminaba con una herida a cuesta, y con el indómito fantasma del asma siempre en estado expectante. Atrás habían quedado, escondidos en campamentos clandestinos en medio de los montes, algunos de los libros que llevó consigo a las tierras “descubiertas” por el conquistador Diego de Almagro; entre esos títulos, según el inventario, se incluían las Memorias de la guerra de Charles De Gaulle, El desarrollo del capitalismo en Rusia de Vladimir Lenin, la Lógica de Aristóteles, El príncipe de Maquiavelo, el Romancero gitano de Federico García Lorca, Humillados y ofendidos de Fiódor Dostoievski y Todos los fuegos, el fuego de Julio Cortázar. Urbano, uno de los guerrilleros que logró escapar del asedio militar boliviano, afirmó que de no haberse detenido aquella fatídica noche, el grupo entero habría sorteado el cerco que los soldados les tendieron. Pero el Che estaba convencido de que las novedades que llegaban por radio eran sólo noticias diversionistas, y optó por interrumpir el nocturno transitar de la columna.

Revoltijo conceptual entre nación y Estado

En el frenesí indómito de las conversaciones diarias, las personas solemos decir tonterías al por mayor. Asimismo, es común escuchar inexactitudes, que de tan abundantes y frecuentes se tornan generalizadas. Caso paradigmático es el de los conceptos “nación” y “Estado”. No es del todo ilógica la confusión, puesto que la misma Constitución argentina, por ejemplo, incurre en ella.

Herman Heller ha elaborado una definición simple y completa de Estado, tal como lo entendemos en la modernidad: unidad de dominación independiente en lo exterior e interior, que actúa de modo continuo, con medios de poder propios y claramente delimitado en lo personal y territorial.

El constitucionalista Germán Bidart Campos, por su parte, concibió una caracterización clara del concepto de nación: es una comunidad espontánea de individuos unidos objetivamente por el nacimiento o su asimilación; subjetivamente por lazos sociológicos como la cultura, la religión, el idioma, y psicológicos como la convicción de tener un origen y destino común, y un sentimiento de pertenencia, lo que se refleja en modos de vida común y rasgos de solidaridad.

Así contrastadas, ambas nociones aparecen, si bien relacionadas, notoriamente diferenciadas. Tarea imposible sería el tomar una palabra como sinónimo de la otra.

Ahora bien, el derecho constitucional argentino, y me animo a ensanchar el espectro geográfico, ha venido manejando el concepto erróneo de la nación politizada. La misma Constitución cae en dicho error a lo largo de todo su orden normativo formal: en el preámbulo utiliza la locución “nación argentina” para invocar al “pueblo de la nación argentina”; en el vetusto artículo 35 emplea idéntico enunciado para designar los nombres oficiales del Estado; en diversos artículos menciona al presidente de la nación, a los habitantes de la nación, al territorio de la nación, cuando, en rigor, y tomando como base las definiciones anteriores, la nación no tiene presidente, no se habita y no posee territorio. En todos esos casos, la Constitución debió suplantar el término “nación argentina” por “Estado argentino”, o, en su defecto, “República Argentina”.

Sin embargo, no finalizan aún las incorrecciones: la dualidad de la organización federal argentina importa, en la Constitución, la separación entre “nación” y “provincias”. Aquí se le atribuye a la alocución nación un significado equivalente a unidad política que federa a las provincias que la componen, reincidiendo en el error formal, puesto que las provincias no componen una nación, sino un Estado federal o federación.

Noches de insomnio y lejanía

Cuando Borges se refería al sentimiento o al sonido de la poesía, a la música de las palabras, y más allá de que se tratare de prosa o poesía –siempre es menester recalcar que su producción poética, injustificablemente, no ha sido tan reconocida aún como su narrativa–, cuando hablaba en esos términos, quería aludir al desestimado arte de la traducción. Es de público conocimiento que aprendió a leer, a instancias de su grandmother, antes en inglés que en español, nutriéndose con autores como Mark Twain, Jack London y H. G. Wells; también se sabe que a la edad de nueve años tradujo sin mayores inconvenientes el exquisito cuento El príncipe feliz, de Oscar Wilde. De ahí en adelante, hasta Pierre Menard, autor del Quijote, todo es historia, todo es literatura.

Confieso que experimenté cierto asombro aunado con curiosidad, la tarde de este año en que un amigo de por aquí nomás, me puso un enlace a cierto artículo firmado por un tal Noam Cohen, que acababa de aparecer en “The New York Times”. El asombro tenía su fuente inmediata en el hecho de que tan prestigioso periódico le dedicara algunas líneas a un escritor argentino que detestaba los diarios. Miento. El asombro tenía su fuente inmediata en la asimilación de la noticia de que se había publicado un libro titulado Borges 2.0: From text to virtual worlds, que, como su nombre de algún modo lo indica, gira en torno a la idea de que, debido a sus “proféticos” textos y su forma hipertextual de forjar la lectura, a Borges le cabe el rótulo de padre, o, por lo menos, proyectista de Internet. Desconozco si la señora que escribió el mencionado ensayo, Perla Sassón-Henry, profesora del departamento de estudios de la Academia Naval de los Estados Unidos (Georgie, regocijado en su picardía, estaría encantado), pretendió sugerir que la idea sobre la que se explayó en su estudio reviste matices revolucionarios. Sea como fuere, francamente no sé a qué viene tanto alboroto en derredor de una idea que ya había sido postulada por el semiólogo italiano Umberto Eco hace varios años: así como Kafka creó a Zenón, Kierkegaard y León Bloy, entre otros precursores suyos, es posible que Sassón-Henry, siguiendo las inferencias borgeanas, haya creado a Umberto Eco; tendremos que agradecerle a ella pues el maravilloso y reciente ensayo La historia de la fealdad.

Transcurridos unos días, leyendo el diario “El País” de España, y debido al adanismo que se deriva del estruendo mediático que recayó sobre la “consabida novedad”, me encontré con la traducción del artículo (Borges and the Foreseeable Future) de Cohen. Se recordará que a Borges le agradaba escandalizar, por medio de invenciones y artificios, a algún que otro desprevenido; se recordará también que en alguna ocasión afirmó que El Quijote auténticamente cervantino, El Quijote en español, le pareció una pobre traducción de la versión inglesa que él había leído de niño (por ser menos subrayado, es preciso señalar que Borges, principalmente a causa de su formación liberal iluminista, entre otros factores, estaba tan alejado de la hispanofilia como del antisemitismo o del catolicismo, pero la indicada declaración era sólo una de sus picardías, de sus alusiones irónicas: para más datos bastará con leer “Magias parciales del Quijote” en Otras inquisiciones).

Volviendo al artículo traducido por “El País”, el desconcierto me arrebató sin pedirme permiso, cuando, sobre el final de la nota, me encontré con el Poema de los dones –que, claro está, había sido citado en inglés en el original de “The New York Times”–, pero no tal como mi memoria lo recordaba: ¡oh, Dios!, en el periódico peninsular habían traducido a Borges al español. El corolario, supongo que está de más aclararlo, fue calamitoso: Nadie debería leer autocompasión ni reproche/en esta declaración de la autoridad/de Dios, que con tanta espléndida ironía/me concedió libros y ceguera con un único toque. Con tan sólo mutilar la extraordinaria metáfora con la que Borges concluyó su poema, que nuestra imaginación acoge con tanta hospitalidad cuando conocemos las circunstancias personales que le llevaron a redactarla, el resultado per se ya hubiese sido funesto; únicamente resta comparar: Nadie rebaje a lágrima o reproche/esta declaración de la maestría/de Dios, que con magnífica ironía/me dio a la vez los libros y la noche.

En definitiva, Nadine Stair, Perla Sassón-Henry, Umberto Eco, Noam Cohen y el trasnochado traductor de “El País”, ha quedado plenamente evidenciado, y no se admite prueba en contrario, son meras entelequias, acaso demonios, que Borges y Bioy Casares inventaron al tiempo que concebían algún estrambótico librillo de literatura láctea más o menos búlgara en noches de insomnio y lejanía.

La importancia de ser un “autor”, la importancia de llamarse Alfred Hitchcock

François Truffaut decía que existen, en una primera instancia, dos tipos de directores: los que tienen en cuenta al público cuando planean y realizan sus películas, y los que prescinden de él. Para los primeros, el cine no es otra cosa que un arte del espectáculo; al tiempo que, para los segundos, es nada más que una aventura individual. El maestro francés, con tino, también aseguraba que no es cuestión de preferir a unos u otros: simplemente se trata de un hecho. Para Hitchcock, como para Jean Renoir, y además para casi todos los cineastas estadounidenses, una película no es perfecta si no logra el éxito, es decir, si no atrae al público en el que se ha estado pensando desde el momento mismo en que se ha elegido el argumento hasta que se ha terminado su realización. Pues bien, yo siempre he pensado en Hitchcock como el paradigma de cineasta que se posiciona en un saludable término medio entre el creador narcisista y completamente desinteresado de las apetencias masivas, y el autómata que se limita a entender el cine en función de meros intereses económicos. Si bien en nuestros días son éstos últimos los directores que abundan en la fauna del devaluado séptimo arte made in Hollywood, en su época Hitchcock demostró como nadie que la creación artística despojada de mutiladoras ataduras es conciliable con el reconocimiento popular. Porque la pose de outsiders que adoptan muchos nombres aplaudidos por cierta crítica pero rechazados por el gran público, es simplemente eso, una pose: desde el prosaico repertorio de los hermanos Lumière hasta su posterior conversión en el espectáculo popular por excelencia, el cine ha estado incontrovertiblemente ligado al espectador: son dos ideas que van de la mano, pues nadie que se aventure a exhibir públicamente su propia película puede anhelar que ésta sea apreciada tan sólo por un selecto grupúsculo; sin embargo, cuando los espectadores le dan la espalda a tal o cual director, el acostumbrado sofisma que sobreviene, operando a modo de justificación, es el de contraponer cine popular contra cine de excelencia, en lo que constituye una separación tan tajante como ridícula, que Hitchcock, entre otros, se encargó de destrozar hace ya varias décadas.

Es conocido el asombro que sintieron no pocos críticos e intelectuales estadounidenses y de algunos enclaves europeos, ante la reivindicación del cine de Hitchcock –acostumbrado a ser vapuleado sin piedad– efectuada por los exquisitos miembros de Cahiers du Cinéma; es decir, exactamente los mismos que se babeaban o experimentaban orgasmos observando las películas de Bergman, Fellini o Renoir, por citar sólo algunos. Resulta bastante evidente que este mayoritario sector de la crítica denigraba todo film dirigido por Sir Alfred solamente a causa del éxito que los mismos cosechaban, aunque, crasa incoherencia, al mismo tiempo le prodigaban alabanzas a otros directores de Hollywood que quizá lograban semejantes niveles de popularidad con sus emprendimientos, pero que, como bien apunta Truffaut, no eran sino simples ejecutantes que pasaban como si nada de magnánimas producciones épicas a westerns psicológicos, obedeciendo con docilidad los caprichos de las modas comerciales, de los grandes estudios. Tales personajes nunca introdujeron sus propias concepciones sobre el amor, sobre el arte, sobre Dios, sobre la existencia, etc.; en otras palabras, se limitaron a ocupar, con mayor o menor fortuna, el rol de meros técnicos, pero la impronta personal, el vínculo entre las obsesiones temáticas, la creación de un estilo propio que sea rápidamente identificable por el espectador, son elementos ausentes en las filmografías de estos especialistas del show business, pese a que muchas de sus películas son tal vez mejores que algunas del mismo Hitchcock; mas la diferencia radica en que en la obra del inglés podemos apreciar un modo de encarar la dirección que transporta consigo una idea-base del mundo y, por extensión, del cine, una idea-base que, con necesaria radicalidad, colisiona con los lugares comunes arraigados en la “industria”. Un visionario, pero sobre todo, un incondicional amante del cine, como Truffaut, ya lo expresaba hace décadas: El hecho de que domine todos los elementos de un filme e imponga en todos los estadios de la realización ideas que le son personales, hace que Alfred Hitchcock posea realmente un estilo y que todo el mundo admita que es uno de los tres o cuatro directores, actualmente en ejercicio, con el que se puede identificar contemplando durante algunos minutos cualquiera de sus filmes.

Escojo al azar una película como Strangers on a Train, que supuso en 1951 uno de los mayores éxitos del inglés desde su desembarco en Hollywood. En ella encontramos uno de los motivos que predominan en su cinematografía: el hombre inocente al que, por error, acusan de cometer un asesinato (The 39 Steps sirve como antecedente). Toda aquella persona que se haya tomado la molestia de leer la novela firmada por Patricia Highsmith, podrá certificar que la misma sólo sirve de inspiración o simple punto de partida para Hitchcock, por medio del guión que adaptara Raymond Chandler; de hecho, acaba por invertir completamente los papeles de los dos protagonistas con respecto a la obra original, otorgándole mayor entidad y presencia al personaje que encarna el costado más oscuro y retorcido del ser humano, caracterizado por Robert Walker.

A lo largo de su vertiginoso metraje, Strangers on a Train es una película pródiga en escenas memorables, enmarcadas siempre bajo el obsesivo control hitchcockiano del aspecto visual: hasta el más mínimo detalle cuidado al máximo. El espléndido montaje inicial se revela como una palmaria muestra de ello: se nos muestran dos pares de zapatos caminando desde diferentes sentidos hacia el mismo tren, dos pares de zapatos que, a la postre, sirven para descubrir rasgos de la personalidad de sus portadores; sólo cuando ambos se encuentran por casualidad, la cámara asciende permitiéndonos conocer los rostros de Guy Haimes y Bruno Anthony. Otra escena, aunque menor, colmada de habilidad narrativa, es aquella en la que el espectador puede divisar a un cínico Robert Walker mezclado en una masa humana en medio de una grada de un estadio de tenis, porque mientras todo el público gira compulsivamente sus cabezas tras la cambiante dirección de la pelotita de izquierda a derecha y viceversa, el enfático Bruno Anthony no le quita la mirada a su antagonista que se encuentra disputando el partido. Cito nuevamente a Truffaut: En el cine, tal y como lo practica Hitchcock, se trata de concentrar la atención del público sobre la pantalla hasta el punto de impedir a los espectadores árabes pelar sus cacahuates, a los italianos encender sus cigarrillos, a los franceses manosear a sus vecinas, a los suecos hacer el amor entre dos filas de butacas, etc.

También hay otros elementos dignos de analizar en el film: uno de ellos es el hueco que generalmente Hitchcock reserva para incluir una cuota de humor, no obstante la intensa preservación de las situaciones dramáticas que se desencadenan: por ejemplo, previamente al crimen sobre el que girará todo el guión, no deja de resultar atractivo observar a un villano dando vueltas dentro de un parque de diversiones, y quemándole el globo a un desconsolado niño que antes había tenido el atrevimiento de simular dispararle con un arma de juguete; y por otro lado, el tácito código de gráciles gestos y cruce de miradas entre los personajes de Robert Walker y Farley Granger, que han dado pie para presumir una subtrama de atracción homosexual (en absoluto descabellada), que el director diestramente sólo habría dejado en estado embrionario para sortear la censura.

Podría mencionar el exquisito papel de freak que, con mucho oficio, compone Patricia Hitchcock; podría resaltar el plano del estrangulamiento apreciado mediante el reflejo de los cristales de los anteojos de la víctima; podría hablar sobre todas las duplicidades –tan habituales también en su filmografía– que Hitchcock utiliza para delinear los conceptos del bien y del mal, pero prefiero no extenderme más, porque cuando se está ante cineastas que han logrado crear un lenguaje propio, un lenguaje visual que antes no existía, cuando se está frente a uno de los más notables inventores de formas de toda la historia del cine, entran ganas de decir un montón de cosas, pero al final de cuentas sólo queda la certidumbre de que todo lo expresado será equivalente a casi nada en comparación a la delectación experimentada cada vez que uno se adentra en los carriles de Strangers on a Train, que uno se adentra en el universo hitchcockiano.

Strangers on a Train (EE.UU.,1951)
Director: Alfred Hitchcock.
Intérpretes: Farley Granger, Robert Walker, Ruth Roman, Leo G. Carroll, Patricia Hitchcock, Marion Lorne.
Calificación: 8,25.

Equívocos en torno a un olvidable poema

A María Kodama –viuda de Borges, una especie de Yoko Ono criolla–, se le podrán achacar infinidad de injusticias perpetradas otrora, cuando Georgie aún vivía (Bioy Casares algo relata en su impresionante y reveladora obra titulada Borges). Sin embargo, nobleza obliga, hay una cosa que se le debe reconocer, y es que, por conveniencia, placer o simple admiración, se ha convertido en una de las personas –al menos dentro de la geografía nacional– que con mayor recelo y conocimiento resguardan y difunden la obra borgeana. Por eso, imagino cuán grande habrá sido su sorpresa cuando, hace poco más de un mes, le leían frente a los rasgos orientales de su rostro, como si fuera de Borges, el horrible poema Instantes, en el marco de un homenaje a Leopoldo Lugones, donde ella tenía previsto dar una conferencia acerca de la influencia que aquél inmenso poeta ejerció sobre el más célebre de los escritores argentinos.

Entiéndase: que le atribuyan su firma en variopintos sitios de Internet o en ignotas revistas supuestamente literarias, era un hecho con el que, poco a poco, nos habíamos acostumbrado a convivir. Empero, que en un evento organizado por la secretaría de cultura de la provincia de Córdoba, una escritora asociada al “mundillo cultural vernáculo” leyera emocionada, ante un auditorio colmado: “Si pudiera vivir nuevamente mi vida,/en la próxima trataría de cometer más errores./No intentaría ser tan perfecto,/me relajaría más./Sería más tonto de lo que he sido,/de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad”, luego de presentarlo como uno de los más conmovedores poemas jamás salidos de la pluma de Borges, parece, cuando menos, una burla del destino. ¡Mirá que la producción poética de Borges no es precisamente infecunda… y justo van a elegir (para homenajearlo) un poema que no es de su autoría! Cuentan, algunos que estuvieron allí, que en el preciso instante en que esta mujer terminó de recitar y la concurrencia empezó a aplaudir, la Kodama saltó automáticamente de su asiento, y efectuando toda clase de aparatosas gesticulaciones, en un intento desesperado, trataba de hacer entender a todos los presentes que Instantes, ni por asomo era de Borges. Luego tomó el micrófono, y con un dejo de estupor, explicó que el texto pertenecía a la desconocida Nadine Stair, y que presuponía –aunque nadie lo haya advertido– la más acabada antítesis de los pensamientos vitales borgeanos.

Que a estas alturas, cuando han circulado más que certeras evidencias de que el poema en cuestión podrá ser de Stair o de cualquier otro autor, pero no de Borges, es inaudito que no pocas personas se empeñen en seguir pretendiendo que sea de él. Verdaderamente hay que estar muy ajenos a su literatura para encontrar en esas líneas algún mínimo rasgo suyo. Iván Almeida afirma: El Borges de Instantes es un Borges que quisiéramos ver arrepentido. Arrepentido de ser el más citado de los autores sin ser comprendido por los pobres que gozan de las series televisivas.

En línea con lo afirmado por Vicente Muleiro, se hace imperante cavilar que tal vez esta repentina popularidad que ha alcanzado Instantes no sea sino la más reciente socarronería que el mismísimo Borges, desde el más acá, desde el más allá, les tendió a críticos, intelectuales, lectores, editores y escritores. No nos sorprendería que así fuera, claro que no.