La clepsidra de nuestros días

Un día, escuché la voz afrancesada, ríspida y entrañable –sobre todo, entrañable– de Cortázar, recitando con plasticidad su Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj, y entonces, mi opinión sobre ésas máquinas a las que les han asignado la infausta labor de medir con exactitud aquello que nosotros no podemos percibir de modo uniforme por medio de órgano alguno, viró ciento ochenta grados. Cuando Julio dijo: No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj, comencé a sospechar del que llevaba en mi muñeca izquierda, entré a mirarlo de reojo, con cierto desdén, asimilándolo casi a un enemigo con el que estaba obligado a convivir.

A veces, aunque parezca una impertinencia afirmarlo, vivir en la Argentina tiene sus ventajas: no necesité simular nada de lo que había estado cavilando en interminables noches de insomnio, para deshacerme de él. La idea que realmente me tentaba era hacerlo trizas y luego alegar un resbalón por las escaleras de mármol de la universidad, para justificar semejante destrozo. Sin embargo, un amigo que se dedica al oficio de la delincuencia callejera me ganó de mano, y decidió sustraérmelo. No voy a decir que en el instante del robo se lo entregué con gusto, aunque sí tuve que hacerle entender que debía destrabarlo, porque, de lo contrario, me sacaría la mano; pero unos minutos después, al reparar en que mi muñeca estaba libre de ataduras, una corriente interna de tranquilidad invadió todo mi cuerpo. Desde aquél día, al igual que millones de personas en todo el mundo, ya no llevo reloj pulsera.

Luego de algunos meses, durante los cuales, ingenuo como suelo ser, pensé que había adquirido una dosis importante de libertad, me percaté que Cortázar concibió aquél revelador texto, probablemente a fines de la década del cincuenta, o, a más tardar, durante los primeros dos años del decenio subsiguiente, puesto que fue editado en 1962. Entonces, descubrí horrorizado que yo, al despojarme de mi reloj, me había desprendido tan sólo de un eslabón ínfimo, pero la cadena permanecía inquebrantable, sujetándome con fuerza todavía.

Cuando te regalan un celular, te regalan la disponibilidad sempiterna, el colofón de tu privacidad, te regalan las preguntas: ¿dónde estás?, ¿con quién?, ¿qué están haciendo?, recitadas al unísono por decenas de vocecitas con tonos y acentos desiguales, que se desvanecen, poco a poco, en el éter. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que te lo espíen y descubran algo que se suponía que no debían descubrir, de que te suene en el momento menos indicado, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, entre cientos de marcas, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, aunque desconozcas las otras marcas; te regalan la tendencia de comparar tu celular con los demás celulares, y vanagloriarte o humillarte, según el tuyo ostente una tecnología más avanzada o no; te regalan la imperante necesidad de recargarlo una y otra vez, y la obsesión de estar pendiente de los nuevos modelos que se lanzan al mercado día tras día… no vaya a ser que tu celular parezca de antaño, aunque sólo tenga unos meses de vida. Te regalan la conditio sine qua non de llevarlo siempre contigo, y la sensación de insuficiencia vital cuando no lo posees por unos momentos. Al regalarte un celular, también te regalan un reloj, un cronómetro y un despertador. No te regalan el celular, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del celular.

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5 respuestas a La clepsidra de nuestros días

  1. val dijo:

    Sí, bien se podría decir que el celular le ha tomado la delantera al reloj;)

    Yo si que llevo reloj, pero únicamente cuando me es imprescindible. Básicamente cuando salgo de mi pueblo. Hace años lo llevaba siempre, menos para dormir. No fue por Cortázar, pero me cansé del yugo del tiempo.

    El móvil, por suerte, lo limito aún más. Lo uso muy de vez en cuando, solo dependo del ordenador;)

    P.d. Tampoco pongas la letra tan pequeña, pibe. Y procura poner todo el texto del mismo tamaño la próxima vez:)

  2. Ignacio dijo:

    Me gustó mucho esta vuelta de tuerca, adaptando un texto -que me hicieron leer en el colegio- a nuestros días de la cultura digital.

    Ahora ya sé que es lo que tengo que regalarte para tu cumple.

  3. Al dijo:

    Bienvenido a esta era de dependencias, al reloj, al celular, al reloj, al internet, a la TV…. bienvenido también a la era donde las distancias desaparecen y los kilometros se diluyen en un mensaje de texto o un chat.

  4. avellanal dijo:

    Una aclaración: el texto persigue más fines literarios y/o humorísticos (si cabe la palabra) que antropológicos.

  5. Germán dijo:

    Mmmmmm, hacé como yo, sábado libre de celular. Lo dejo en casa. Es mi día para resguardar la poca privacidad que me queda. Si alguien quiere comunicarse, que me deje mensaje en el contestador xD.

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