Discos que influyeron en mi formación musical (I)

Help! – The Beatles (1965) Cuando a mis oídos llegó la voz de John Lennon pidiendo ayuda, ya nada fue lo mismo. Constituyó (aunque quizá no era conciente) el primer cimbronazo, en materia musical, que experimenté en mi vida. Mi padre siempre fue admirador de los Beatles, y en casa nunca faltaron discos de ellos, pero fue Help!, tal vez por la portada que desde el instante en que la vi me llamó la atención (aunque sea medio tonta), tal vez por motivos ignotos, el álbum que me permitió descubrir a estos cuatro muchachos a los que hasta el día de hoy sigo escuchando con devoción, y que, de algún modo me abrieron las puertas del rock en todas sus expresiones habidas y por haber. No es el mejor disco de los Beatles ni por asomo, pero sí podría decirse, sin temor al equívoco, que supuso, en comparación con los cuatro elepés precedentes, un franco paso hacia delante en la carrera de los de Liverpool; quizá su despegue definitivo para alcanzar la inconmensurable envergadura, no sólo musical, que terminaron por poseer.

Tal vez el mayor defecto de este álbum sea su irregularidad, faceta que a partir del Rubber Soul los Beatles enmendarían con creces. Sin embargo, se inicia con el tema que lleva el nombre del disco y que, con el correr del tiempo, se convertiría en un absoluto clásico de la banda. Se trata de una de las primeras composiciones –en cuanto a letra se refiere– verdaderamente maduras de los ingleses. Ya he dicho que supuso mi germinal acercamiento a la música de los Beatles, y el hecho de que más de una década después siga adorándolos (y adorando asimismo la canción) ya habla por sí solo. Son dos minutos y medio la mar de intensos. Siempre me sorprendieron los justísimos y lúdicos arreglos vocales entre John y Paul, con esos inolvidables juegos de contrapunto (especialmente en la siguiente estrofa, según mi entender la más lograda: When I was younger, so much younger than today. I never needed anybody’s help in any way. And now these days are gone, I’m not so self assured. Now I find I’ve changed my mind. I’ve opened up the doors), y también la excelsa línea de guitarra.

“The Night Before” es una canción muy estimable, sobre todo por la estupenda intepretación de McCartney, que ya en aquellos primero años descollaba como el mejor vocalista del grupo, por varios cuerpos de distancia sobre Lennon y Harrison. También presenta el agregado de John en el piano eléctrico, y el altibajo que supone una letra francamente zonza. Enseguida llega una composición mucho más reflexiva, a cargo de Lennon (y que puede ser considerada una oda homosexual): “You’ve Got To Hide Your Love Away”, pieza acústica, con innegables reminiscencias dylanianas, y la particularidad de la inclusión de un arreglo de flautas. “I Need You” es otra canción bastante simple, especialmente en su letra, y quizá saturada de arreglos, pero al mismo tiempo significa el asentamiento de George Harrison en cuanto a sus aportes compositivos, que a partir de este álbum serían sostenidos e importantísimos. De todos modos, en lo particular, me parece un tema agradable, entretenido, para pasar el rato.

Después nos encontramos con dos canciones divertidas, pero ciertamente superficiales: la frenética “Another Girl” (en la que se destacan las guitarras eléctricas), y la más que decente “You’re Going To Lose That Girl” (la simpleza de la letra no está a la altura de los arreglos que la vocalizan). Ambas son piezas que bien podrían haber estado en A Hard Day’s Night. Para marcar un contraste, aparece “Ticket To Ride”, otro de los hitos que supuso este disco, exclusivamente debido a sus rarísimos arreglos, impensados para aquella primera mitad de los sesenta: el destiempo en el toque de batería, ejecutado por Ringo, es sencillamente innovador; y el riff, a cargo de Paul, exquisito. Como añadido, es menester resaltar tanto las esmeradas armonías como la misma melodía.

“It’s Only Love” es un tema que a Lennon nunca le gustó. Sin embargo, pienso que sólo por cómo suena su voz, especialmente al concluir, cuando dice: It’s only love, and that is all. But it’s so hard living you. Yes, it’s so hard living you, ya vale la pena escucharlo una y cien veces. Luego llega la otra colaboración de George; para mi gusto, muy superior a la anterior: “You Like Me Too Much”, que ya seduce con esa delicada introducción de piano eléctrico, instrumento que se mantiene como protagonista absoluto durante los menos de tres minutos que dura la canción. La voz de Harrison comienza a adquirir ese tono inconfundible que lo caracterizaría por siempre. “I’ve Just Seen A Face” es una rapidísima composición de Paul, que podría caratularse como número country, y de la que me encantan las guitarras españolas que abren la pieza, y que se mantienen, con una ligereza increíble, además de unos armónicos arreglos en el estribillo.

La madurez a la que aludía al inicio, se exterioriza en su mayor expresión con la universal e imperecedera “Yesterday”: sin duda alguna, una de las canciones populares más trascendentales del siglo XX, y obviamente la pieza más destacada del álbum y de la carrera de los Beatles hasta ese momento (y con eso está todo dicho). Estimo que este conjunto de temas, pese a no formar un concepto unitario y amalgamado, conforman sí, un disco ágil, ameno y plagado de sutilezas varias, que perfectamente puede servir como inmejorable prólogo antes de ahondar en la etapa más admirable de los de Liverpool.

El amor después del amor – Fito Páez (1992) Mi tía, quien dichosamente me legó gran parte de sus gustos musicales, fue la que por vez primera me hizo llegar la música de un artista ya conocido en la Argentina por aquellos inaugurales años de la década del noventa (venía de realizar Tercer mundo). Y el disco fue El amor después del amor, si no me equivoco, hasta el día de hoy mantiene el honor de ser el álbum de rock nacional más vendido en la historia argentina. Fito Páez no se caracteriza por tener lo que se llama una buena voz; sin embargo, la misma posee una peculiaridad, un signo distintivo, que la convierte en atractiva a los oídos; al menos rebosaba esa característica en la época en que sacó este álbum, uno de los mejores de la década dentro del panorama del rock local.

Comienza con el tema probablemente más comercial del trabajo, y que no en vano le da su nombre. A mí siempre me resultó un tanto cansador (la letra no me parece gran cosa), pero no puedo restarle méritos, porque ciertamente los tiene, y no son pocos. “Dos días en la vida”, esa oda a la road movie de Ridley Scott fue, indudablemente, uno de los temas de mi infancia Las voces corales de Fabiana Cantilo y Celeste Carballo, emulando a las chicas rudas (Susan Sarandon y Geena Davis), son perfectas. Y el sonido de ese auto cuyo destino no fue el mejor (¿o tal vez sí?), también es un elemento simpático, que le proporciona un encanto especial a la pieza, que capta en unos pocos versos, como los que siguen, el espíritu de la película: Dos días en la vida nunca vienen mal, de alguna forma de eso se trata vivir.

De “Trafico por Katmandú” destacaría el intenso ritmo que se mantiene incólume a lo largo de algo más de cuatro minutos, con un teclado que acompaña de forma maravillosa el entusiasta registro de Fito, que vocaliza bellas estrofas como ésta: No tengo prisa, no hay a dónde llegar. Este milagro es de un perfecto cristal. Sabiduría pop que me hizo entender, que siempre fue lo mismo el mono y Citizen Kane. Yo también perdí quimeras, pero me hice buen voyeur. Luego, con el acompañamiento de Luis Alberto Spinetta en voz y guitarra, “Pétalo de Sal” es una canción preciosa, de una riqueza lírica tan depurada, que sólo cabe asegurar que roza la perfección.

Una pieza profusamente oscura, por la que siempre he sentido curiosidad y admiración, es “Sasha, Sissi y el círculo de Baba”, pese a que de niño nunca terminaba de comprender la letra. Me parece una de las composiciones más representativas del “universo Fito Páez”, porque allí encuentro copiosos elementos cinematográficos. Pero inmediatamente, sin dar respiro, el rosarino se despacha con una de sus más recordadas e interpretadas creaciones: “Un vestido y un amor”, que no es otra cosa que una de las mayores canciones de amor que haya surgido de un argentino cualquiera.

“Tumbas de la gloria” es uno de los temas que evidentemente aventaja a los demás en cuanto a la letra, con esa fluctuación entre melancólica y eufórica. El drástico cambio rítmico que se produce promediando la canción, cuando Fito entona aquello de: Pero me escapé hacia otra ciudad, y no sirvió de nada porque todo el tiempo estabas dando vueltas y más vueltas que pegué en la vida para tratar de reaccionar. Un tango al mango revoleando la cabeza como un loco, de aquí para allá, de aquí para allá, nos encontramos frente a uno de los instantes cumbre del disco. Por otro lado, “La rueda mágica” constituye la conjunción de tres de las más importantes figuras del rock argentino de la historia: Charly García, Andrés Calamaro y Fito. El resultado es una canción apesadumbrada pero al mismo tiempo, enérgica, con una linda frase que se repite afortunadamente varias veces: Nuestra vida es un lecho de cristal.

Y, por último, rescato de la misma manera: “Creo”, una pieza harto tranquila y de letra reflexiva; “Detrás de muro de los lamentos”, en la que deja expresar sus vetas folclóricas, con el acompañamiento de Mercedes Sosa; y “Brillante sobre el mic”, que ya se ha convertido por antonomasia en símbolo de nostalgia musical argentina. Hoy en día ya no escucho tanto a Fito, porque pienso que ha perdido el rumbo, que ha descarrilado completamente, pero este disco es, por años luz, el mejor que haya hecho jamás, dotado de una gran variedad estilística, y como tal, merece inscribirse dentro de lo mejor del rock nacional de los últimos veinte años.

The Wall – Pink Floyd (1979) El primer shock musical que experimenté fen mi vida fue, incuestionablemente, con ésta, la obra conceptual de Roger Waters. En ese entonces no había escuchado mucho más rock que los Beatles y los Rolling Stones, y la irrupción de este disco en mi impúber planeta fue harto significativa, porque además de fascinarme hasta límites insospechados, me sirvió como una especie de manual introductorio para interesarme por los trabajos previos de Pink Floyd, para luego, directamente conocer otros grupos claves de los sesenta y setenta, como Yes, The Who, Grateful Dead y Queen, entre tantos. Con esto quiero señalar que el mencionado álbum no fue uno más (de hecho, fue el primero que compré en mi vida, luego de haber escuchado algunos temas sueltos en un cassette, y todavía lo conservo impecable, como un pequeño gran tesoro), sino que ha tenido (con el transcurrir de los años lo he comprobado), una importancia capital en la formación de mis gustos musicales.

“In The Flash?” configura un arranque arrollador si los hay, y asimismo, un verdadero preámbulo de las mil sensaciones que sobrevendrán con la escucha del disco. El riff, melódico pero muy enérgico, es inolvidable, como también el llanto del bebé que pone punto final a la pieza y que sirve como nexo para pasar directamente a la gran balada “The Thin Ice” que, conforme va avanzando, adquiere mayor oscuridad, y en donde sobresale con  nitidez el influjo de Gilmour en la guitarra.

Llegamos así a la primera (con la guitarra haciendo el ritmo sin acompañamiento de batería) de las tres hiperfamosas partes de “Another Brick In The Wall”, lo que significa hacer referencia a una de las mejores composiciones de la historia del rock, repleta de riffs entre tétricos y penetrantes, siendo la segunda, con el maravilloso enlace que supone “The Happiest Days Of Our Lives” (de chico, siempre despertó mi curiosidad ese misterioso sonido de helicóptero al inicio: un momento entrañable del álbum), el portentoso coro de niños y el solo eléctrico que la finiquita, ciertamente, la más destacada y pegadiza, pese al uso abusivo que de ella se ha hecho: feroz crítica al sistema educativo inglés, que ya ha traspasado toda clase de fronteras hace muchísimo tiempo.

El genio compositivo de Waters no da respiro, y enseguida nos regala la estupenda “Mother” –de letra francamente extraña: Mother do you think they’ll drop the bomb? Mother do you think they’ll like this song? Mother do you think they’ll try to break my balls? Ooooo mother should I build the wall? Mother should I run for president? Mother should I trust the government? Mother will they put me in the firing line? Ooooo is it just a waste of time?; esas ocho preguntas iniciales siempre me han resultado encantadoras–, que comienza con el cándido sonido de la guitarra acústica, para luego cobrar mayor vuelo con la inclusión de notas de teclado y los certeros toques de batería, a cargo del enorme Nick Mason. Merece resaltarse también el logrado dúo vocal que conforman Waters –como Pink– y Gilmour –como la madre–. Luego de apreciar esta pieza, cae de maduro que estamos en presencia de un disco que intimida (¡sí, que intimida!) al oyente.

“Goodbye Blue Sky” es una tortuosa pero bellísima canción acústica, con una melodía envolvente que sólo contagia desilusión, pero en este caso: ¡bendita desilusión! “Empty Spaces” opera como aterradora introducción del rocker cantado por David Gilmour: “Young Lust”, uno de mis temas predilectos durante la infancia. No obstante que luego me haya cansado un poco del mismo, no puedo sino extasiarme con el solo de guitarra y esa letra esencialmente lujuriosa y rockera: Will some woman in the desert land. Make me feel like a real man? Take this rock and roll refugee. Oooh, baby set me free. Oooh, I need a dirty woman. Oooh, I need a dirt girl.

De “One Of My Turns” es inevitable no destacar su inesperada transición, pero “Don’t Leave Me Now” eclipsa a estas piezas finales a través de elementos simplísimos, como la suave melodía de piano, las asfixiantes respiraciones y el desolador registro de Waters, que provocan una sacudida emocional pocas veces logradas en la historia de la música contemporánea: conmovedora.

La segunda parte comienza con una canción demoledora: “Hey You”. Me animo a ubicarla entre las mejores en toda la trayectoria de la banda (una osadía quizá, pero estimo que es una elección más que justa). El riff intermedio, con el solo de David, es sencillamente glorioso. El trabajo de Roger como vocalista me parece ajustadísimo, una de sus mejores performances en toda la obra, demostrando que pese a sus limitaciones en la materia, puede emocionar, puede transmitir quizá mucho más que un excelente vocalista como es el propio Gilmour. A continuación, en “Is There Anybody Out There?” y “Nobody Home” –balada exquisita–, cobran vital importancia respectivamente la guitarra y el piano.

Luego, nos encontramos con la más sublime canción del disco: memorable, superlativa, soberbia, sobresaliente… y escasean los adjetivos posibles: “Comfortably Numb”, vale decirlo, es una de las mayores piezas musicales de la historia del rock. Gilmour acariciando las palabras (I have become, comfortably numb) en el melódico estribillo y ése solo de guitarra concluyente (no muy rebuscado, eso sí), dotan al tema de un particular hálito hipnotizador, que lo ha convertido en un clásico absoluto.

Si hasta aquí el álbum era pirotécnico, a partir de “The Show Must Go On” (o, pensándolo bien, tal vez desde el mismo momento en que se inicia la segunda parte) se vuelve un gran exceso al cuadrado. Los coros del mencionado tema, la frenética pista vocal en “Run Like Hell” y las aparatosas imitaciones de Waters en la ópera “The Trial”, sólo contribuyen a crear un ambiente recargadamente pomposo, no obstante los méritos que se pueden encontrar en cada una de estas piezas. Es patente que a la hora de elegir, me quedo toda la vida con el lado uno.

The Wall, me parece, es sinónimo de desmesura, de excesos, de opresión y de angustia. De hecho, casi despedaza la cabeza de todo oyente primerizo. Pero, al mismo tiempo, también es sinónimo de creatividad, talento y excelencia musical. Con todo, vale la pena introducirse una y mil veces, por más dolorosa que pueda ser la experiencia si se vive con verdadera intensidad, en ese caótico universo musical que concibió Roger Waters.

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4 respuestas a Discos que influyeron en mi formación musical (I)

  1. Facundo dijo:

    Si me decías, pensaba que irías a elegir, de los Beatles y de PF, otros discos. Fito a mi también ya me hartó, desde que se puso en rol de divo, ha perdido creatividad, pero ese es un disco fabuloso. A ver que seguís poniendo en las entregas sucesivas…

    (más tarde -alrededor de las 22, te llamo).

  2. val dijo:

    Hablas de segunda parte, ¿acaso lo tienes en vinilo?:O
    Pink Floyd y Beatles, ¡qué más se puede pedir!

    Yo en mi caso me quedo con Wish you were here y Sgt Pepper’s.

  3. ignacio dijo:

    También me quedo con el Sgt Pepper’s, pero igual ahí decís que no es que te parezca el mejor disco de los Beatles sino que fue el primero que escuchaste y te llamó la atención. Espero que si resaltaste a Fito Paez, después menciones también a Charly. Y es cierto The Wall te arranca la cabeza y no solamente la primera vez que lo escuchas.

  4. avellanal dijo:

    En efecto, no he dicho ni que “Help!” ni que “The Wall” sean los mejores discos de los Beatles y de Pink Floyd respectivamente, sino que han sido los que ejercieron una temprana infliencia en mi persona, y que me sirvieron, de algún modo, como puerta de acceso para profundizar en ambos grupos.

    Luego, es probable que en las entregas próximas le dedique una mención a Charly García, sí.

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