En las profundidades de la blancura

Con el devenir de esa masa uniforme de alternativas que no podemos percibir por medio de ningún órgano, denominada con el sustantivo “tiempo”, he llegado a pensar que uno no se encuentra nunca tan solitario como cuando se abre paso en medio de una multitud. Sin embargo, hace algunos años, siendo todavía colegial, en ocasión de unas vacaciones de invierno, creí sumirme en la soledad más absoluta y profunda que ser humano alguno pudiera concebir jamás.

En la cordillera de los Andes, aquélla esplendorosa formación montañosa que mis maestras me habían enseñado hasta el cansancio, en ilustraciones diversas, durante mis primeros períodos de aprendizaje de las heroicas hazañas de nuestros próceres; los que liberaron no sólo a la patria, sino también a otros pueblos hermanos, que sufrían la misma opresión; en las blancas cimas entonces, las mismas que mis incrédulos ojos habían aprendido a reconocer al instante, allí cerca de donde pasó el Libertador de medio continente, me encontraba, al fin, yo y mi circunstancia, que diría Ortega y Gasset.

El ascenso hasta semejante posición, bastión de los cóndores, que sobrevuelan en círculos concéntricos, con serena majestuosidad, no se lo debía al azar. No tengo idea si había llegado a la cima, porque en esa amalgama de níveas paredes eternas, que se enciman sin pudor, y que no tienen comienzo ni final, sino que se confunden, es habitual perder completamente el sentido de la ubicación, y por ende, de la orientación. Sólo tengo conciencia de que me había aproximado a un lugar de difícil acceso, o, cuando menos, de acceso no acostumbrado, puesto que las hercúleas masas de nieve eran vírgenes y no avizoraba una sola presencia humana en todo mi campo visual, tras las densas cortinas de niebla. Para llegar allí, en un acto de imperiosa irresponsabilidad, resolví apartarme de las pistas habilitadas, por las que descendían con naturalidad el cúmulo de esquiadores: la seducción que esas cumbres entre inmaculadas y azulinas ejercieron en mí, me llevó a seguir los pasos de ese silencio sempiterno, que sólo hallaría adentrándome en las profundidades de la montaña, llegando a un estado sepulcral y hermético, propio de la crudeza invernal en un sitio inhóspito y elevado por sobre la mundanalidad.

Allí arriba encontré el silencio más formidable y perfecto concebible; ni tan siquiera las partículas de nieve que se precipitaban provocaban chasquido alguno: la carencia absoluta de todo rumor, intuí, es todavía más embriagadora que cualquier conjunto de sonidos existente en este mundo. Contemplaba, a su vez, cómo las caprichosas geometrías de las nubes pasaban, con sorprendente velocidad, por debajo de mis ojos; aunque ahora me figuro que no fue otra cosa que una permanente ilusión óptica, que se habrá debido (evidentemente) a mi indócil imaginación. Cuando, por un instante, me detuve, a reparar con calma en la excelsitud de la naturaleza, mi corazón sintió un profundo y sagrado terror; un terror indescriptible, al tomar conciencia del peligro en el que voluntariamente me había inmerso; riesgo que, por irracional que puede sonar, me excitaba y emocionaba sobremanera.

Y en esas terrazas de magnificencia, que sólo se veían interrumpidas por paredes de roca, filas de coníferas, alguna que otra caverna y curiosas formaciones que se asemejaban a cristalinas escaleras, mi cuerpo terminó de cubrirse de polvo de partículas de agua cristalizada. El viento comenzó a enfurecerse, propinando latigazos que cortaban la carne y congelaban el corazón. Las orejas y los labios se me incineraban y los dedos, completamente entumecidos, hace tiempo habían perdido capacidad de movimiento voluntario. Hasta mi percepción comenzaba a alterarse en medio de ese torbellino avasallante. Cualquier rastro de humanidad era ilusorio en aquella blancura infinita y trascendental que prefiguraba el vacío, la inexistencia, la nada.

Entonces vislumbré la razón por la que el viaje del capitán Ahab fue, además de metafísico, también tortuoso. Entonces hallé la causa del horror que experimentó Arthur Gordon Pym una vez que el resplandor polar brillaba en los flancos de su canoa. Entonces comprendí el motivo por el que las verdaderas tinieblas, las más espeluznantes y penetrantes, en realidad tienen la forma de un blanco laberinto sin centro.

Esta entrada fue publicada en Literatura, Personal. Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a En las profundidades de la blancura

  1. Ignacio dijo:

    ¿Esto viene a cuento por la nevada de ayer? Si es así, magnífico!!!

    Ya sé, esta anécdota de tu periplo en el valle de Las Leñas me la contaste una vez. Increíble!! Pero veo que ahora ya te lo tomás con humor, jaja.

    Saludotes.

  2. val dijo:

    Me ha encantado el texto, o mini-relato:)

  3. Ale dijo:

    El blaco como prefiguración del terror. No parece ser un mini-relato, más bien un texto autobiográfico o perteneciente a la ficción, lo mismo dá, que le sirve al autor para explicar como su experiencia iniciática le permitió comprender el horror que envolvió a dos personajes literarios de reconocida fama.

  4. dolores dijo:

    Hermoso texto.

  5. Al dijo:

    Muy buen texto, definitivamente cuidado en una belleza que mezcla el relato y la redacción de bitácora.

    Un gusto leerlo…

    La soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s