Discos que influyeron en mi formación musical (III)

The Doors – The Doors (1967) Descubrí y me interesé por los Doors de forma autónoma, así que no tengo que agradecerle a nadie más que a mí mismo. Desde la primera vez que escuché la hechicera y penetrante voz de Jim Morrison, quedé entre estupefacto y fascinado. The Doors es, según mi opinión, junto con Are You Experienced?, Led Zeppelin y The Velvet Underground & Nico, el máximo álbum debut de toda la historia del rock, sacándole varios años luz de distancia a los que vienen en segunda fila. ¿Motivo principal? Ser un disco pionero, produciendo una evidente innovación estilística, a través de la instauración de una mezcla de sonidos nunca antes abordada: combinación desenfrenada de rock, poesía, jazz, blues, toques pop y música clásica.

“Light My Fire” es el único tema que, antes de escuchar el álbum, había tenido ocasión de oír, a la ligera. Cuenta con una introducción (y cierre) de órgano, obra de Ray Manzarek, que es extremadamente pegadiza como deliciosa, y sin duda, archifamosa. La unión perfecta de órgano y guitarra (el solo de guitarra es extraordinario), integrada a la voz seductora, erótica, orgásmica de Jim, dan como resultado una canción de las más estimulantes y sugestivas de todos los tiempos; uno termina desembocando en un verdadero éxtasis musical, sometido de forma total al encanto que despliegan esos sonidos. La versión recortada que suelen poner en las radios nada tiene que ver con estos siete minutos que saben a gloria..

El arranque del disco, con la potente “Break on Through” (To The Other Side), es impresionante. Luego de escuchar tan apabullante tema, uno quiere inmediatamente más y más. La batería inicial y ese notable riff in crescendo de órgano preanuncian lo inevitable; que se produce cuando Morrison surge, inmortalizando aquel hermoso verso: You know that day destroys the night. Night divides a day. El contraste categórico nos lo brinda “The End”, último tema del álbum, y tal vez, la mayor pieza de los Doors en toda su carrera. Se trata de una canción controversial, apocalíptica, experimental, edípica, dramática, embelesadora, magnética; en definitiva, una genialidad, que dura once minutos, y que no es nada fácil de digerir, y mucho menos, de disfrutar. El ambiente opresivo y somnífero en que nos sumerge es francamente conmovedor. Existe en esta proeza compositiva, en su monotonía, una tensión subterránea que está ahí, que fluye sin barreras de contención, como cuando la voz oscura pero dulce de Jim dice aquello de: This is the end, mi only friend, the end, o en el solapado homenaje a Sófocles: Father!/Yes son?/I want to kill you/Mother!/I want to… (lo que insinúa luego ya es conocido). No sólo estamos en presencia del mejor tema del disco, sino de una composición infernal, fuera de este mundo.

Hasta aquí, las tres piezas más destacadas; pero el resto del disco no es mero relleno: “Soul Kitchen” y “The Crystal Ship” son logradas canciones, en las que sobresalen respectivamente, el riff de órgano y los no siempre usuales pasajes de piano. Luego, “Alabama Song” es la gran curiosidad del álbum, dado que se trata de un asombroso cover de una pieza de cierta opereta en alemán de Kurt Weill (y Bertolt Brecht), escrita en inglés. Y “Back Door Man”, el otro cover, en donde está condensado todo el descontrol, la irreverencia y el vigor de la banda. Por último, “End Of The Night”, por la cual tengo predilección, que despliega una exquisita y breve oscuridad somnífera.

Dijo alguna vez un crítico musical, que escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura. Llevaba toda la razón. En el diccionario no existen las palabras adecuadas para describir lo que yo siento cada vez que escucho a los Doors; las limitaciones, al traspasar, esas sensaciones que la música de Jim y los suyos me produce, al lenguaje escrito, son enormes. Sólo me resta decir que fueron el grupo de rock que más influyó sobre mi persona, cambiando la percepción que tenía de la música; y sin ánimo de exagerar, modificando (tal vez leve, tal vez inmensamente) mi vida. Éste fue el disco con el que se inició el romance imperecedero.

War – U2 (1983) U2 fue una banda que me llegó a través de la televisión. Cuatro años antes del 2000, cuando verdaderamente reparé en ellos, ya eran, en rigor, el grupo de irlandeses más reconocidos en todo el mundo –con las debidas disculpas a Jonathan Swift, James Joyce, George Bernard Shaw, Oscar Wilde y William Butler Yeats, entre la gran cantidad de plumas célebres que ese país ha prodigado a la humanidad–. En otras palabras, me acerqué a su música, supongo, por una cuestión cronológica, cuando estaban ya en la cúspide, y sólo era cuestión de encender la tele y verlos en todos los canales musicales. Conocí temas tan importantes en su historia, como “The Unforgettable Fire”, “With Or Without You” o, el más de moda por aquellos años, “Miss Sarajevo”. Pero, a la hora de adquirir un disco, mi elección se basó pura y exclusivamente en la portada: la cubierta de War me cautivó desde un primer momento. Y creo que la expresión, entre furiosa y melancólica, del niño, es un compendio visual inmejorable de la esencia del álbum.

Imposible no comenzar, en este caso, con mi tema preferido del disco: “Sunday Bloody Sunday”. Desde la batería inicial (que se mantiene, perenne, durante los casi cinco minutos de duración) y los refinados acordes de guitarra eléctrica, todo huele a sangre derramada, a preguntas sin respuestas, a rabia incontenible, a franco desconcierto. Bono afirma, y luego interroga: There’s many lost, but tell me who has won? Nunca hay que perder de vista –al escuchar este himno–, que lo que se conoce como ‘Domingo Sangriento’ es un acontecimiento verídico, que ocurrió en el año 1972, en Londonderry, cuando el ejército inglés abrió fuego contra manifestantes católicos, provocando una tremenda matanza; es decir, once años antes que U2 compusiera esta asfixiante, angustiante y enérgica canción, que hasta el día de hoy (ojalá, en algún momento, pudiéramos dejar de cantarla), se mantiene como un emblema ante la sinrazón demencial que nos golpea.

“Seconds” es otra composición abiertamente política: se trata de un alegato contra la carrera nuclear, que combina dramatismo con sutilezas. La participación vocal de The Edge pasa desapercibida, lo cual no deja de ser todo un mérito. Por su parte, “Like a Song” es una verdadera aplanadora musical, de mensaje pacifista. Sin ninguna duda, de lo más potente e indomable del disco, y con una letra interesante, que reza frases como: Too set in our ways to try to rearrange. Too right to be wrong, in this rebel song. Uno de los temas más sugestivos del disco, y que nunca hay que pasar por alto, siempre ha sido “Surrender”, que expande profundidad y desesperación a granel. Es aquí donde más se luce la providencial guitarra de The Edge, magníficamente acompañada por Adam Clayton. Y la entonación etérea y modulada de Bono, siempre rozando la perfección vocal, se hace cargo de una letra que refleja impotencia y pesimismo, en medio de las tinieblas de la ciudad iluminada, en medio de las tinieblas del propio ser. “Two Hearts Beat As One” es un disperso cóctel de amor y furia (en el que guitarra, bajo y batería se potencian con vigor), que supo ser un gran éxito.

Pero la otra joya indiscutida del álbum es “New Year’s Day”: mucho se ha dicho acerca de la letra; las interpretaciones son disímiles y, realmente, no interesa sobremanera develar misterios, cuando nos encontramos ante tan hermosísima canción, que, de alguna manera, habla por sí sola. Transmite un áspero clima de tensión, de inminentes sucesos no muy gratos. Bono canta con el corazón, y The Edge ejecuta un maravilloso solo. El repetitivo I will be with you again, es tan emotivo como notable (y efectivo).

Un disco, en definitiva, que marcó un giro importante en la carrera de U2, y los acercó por vez primera al éxito y al reconocimiento masivo del que gozan desde hace varios lustros. Punzante, ácido y comprometido, este álbum es un grito desesperado concerniente a lo que nos rodea; y que, mientras nada cambie, jamás debería dejar de sonar. Lástima que Bono y los suyos, desde hace tiempo ya, se hayan alejado de esta clase de proezas.

Nevermind – Nirvana (1991) Cuando escucho a Cobain, inevitablemente lo asocio a la poesía de Edwin Arlington Robinson que reza: Songs without souls, that flicker for a day to vanish in the irrevocable night. Soy plenamente consciente, por otro lado, que In Utero es, en definitiva, un mejor álbum que éste que he elegido. De todos modos, también soy conocedor de lo que Nevermind significó: fue el portal de acceso de toda una generación, angustiada y confundida, para descubrir un rock, una vertiente de un movimiento artístico que los identificara, que les llegara hasta la médula. Cobain, máximo exponente mediático (para su desconsuelo, para su desgracia) del teen-angust, llevaba la esencia de dicho movimiento en las venas, y pudo transferir todo ese caudal acumulado de oscuridad e incomprensión, a la faceta musical, generando un disco cardinal para comprender mejor al (pobre) rock de la década del noventa. No estamos en presencia de un disco que haya revolucionado nada en el plano musical; es decir, sólo puede ser considerado como una novedad para aquellos años, pero de ninguna manera como una innovación, como un giro sonoro drástico. Tal vez Nirvana, y especialmente éste álbum, hayan servido de precedente, esto sí, para el posterior reconocimiento masivo de grupos con una similar raíz, como Pearl Jam y Alice In Chains, entre otros.

“Something In The Way” es el último tema, y también uno de los más conocidos a escala general: resulta ciertamente admirable la inclusión de violas y la prolongación casi anónima, que exteriorizan dos aspectos no excluyentes en Nirvana: sutileza y furia. Deliciosos instantes instrumentales nos brinda “Drain You”, donde los verdaderos protagonistas son el refinado repiqueteo del bajo, y la estridente batería: Grohl y Novoselic se lucen. Una canción interesantísima (a veces injustamente relegada) es “Polly”: penetrante pero serena, lánguida pero elegante: quizá algunos fans de Nirvana debieran prestarle más atención dado que, para mi gusto, constituye el epitome de una faceta poco explorada por Cobain & Cía.

“Lithium” es una composición efusiva, ciclotímica, que sigue con corrección el arquetipo de estrofas mansas y suaves, para rematar con un virulento estribillo. La vehemencia que demuestra Cobain es irrebatible: allí está el aullido visceral que contrapone a este disco con, por ejemplo, Ok Computer, de Radiohead. Por otro lado, se suele afirmar que la versión unplugged de “Come As You Are” suena mejor; de todos modos, ese riff, que pareciera destilar urgencia, apremio, desesperación, de por sí solo, enaltece toda la pieza. “In Bloom” siempre me ha parecido un gran tema, de lo más completo del álbum: inolvidable estribillo, la voz de Kurt en su máxima performance (entre lo etéreo y el rugido incontenible) y un bajo que suena a las mil maravillas: ¿qué más se puede pedir?

No es ninguna novedad afirmar que “Smells Like Teen Spirit” es el tema símbolo del disco (y de la banda) por antonomasia. No obstante, estimo que ha sido objeto de una sobrevaloración excesiva, más allá de ser una notable muestra de potencia desenfrenada. El riff inicial ya es eterno, y Kurt Cobain elevando el tono de voz con: With the lights out, it’s less dangerous. Here we are now, entertain us. I feel stupid, and contagious, convierte a esta canción en un torrente de pujanza, en una topadora incontenible. Ya es un clásico.

En la esfera personal, nunca pude sentirme identificado con el mensaje subyacente en las letras de Nirvana. Tal vez el bramido adolescente, la furia indomable y el temor angustiante que transmiten, no hayan ingresado en mi ser, simplemente porque no fui un chico atormentado, ni me pasé la pubertad maquinando formas de suicidarme (tampoco todo fue “color de rosa”, eh). Pero eso no me impidió, sin embargo, deleitarme con una banda instintiva, cruda y visceral, con dosis efervescentes de ferocidad punk, que a partir de la sencillez de su música, se ubicó entre lo mejor que la década pasada nos brindó.

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7 respuestas a Discos que influyeron en mi formación musical (III)

  1. val dijo:

    –>”Se suele afirmar que la versión del unplugged de “Come As You Are” suena mejor”

    Sin lugar a dudas. En mis tiempos la tocaba con la guitarra, es una canción preciosa.

    —> Detesto a U2, sobre todo a Bono:P

    —>El primer trabajo del rey lagarto es muy bueno, pero hacer de él un poeta me parece excesivo. Siempre fue muy pretencioso. Su música es muy buena, pero tampoco inventó la rueda. De todas formas, muy grandes:D

  2. Facu dijo:

    De los Doors y U2 no digo nada, porque me encantan ambos, y especialmente esos discos me parecen de lo mejor. Después, Nirvana ya no me gusta tanto, aunque no he profundizado mucho en su música porque de por sí el grunge es un estilo que no me va.

  3. ignacio dijo:

    Muy buenas estas reseñas!!! A mí si me gusta mucho el Nevermind, un disco clave, che -lo digo por el elitista refinado que escribió acá arriba.

    Ahh, aunque ya te contesté, igual aprovecho para agradecerte de nuevo el sms, Pipi. Felíz día!!!

  4. pablotossi dijo:

    excelentes reseñas!

  5. daniela dijo:

    Felicitaciones por el blog, Claudi!!! Lo estuve viendo todo y bueno, está a la altura de su autor. Además me gusta que abordes temas tan variados con suma versatilidad. Ahora me vas a tener que soportar seguido porque lo puse en favoritos jijiji.

    Estas reseñas están buenisimas, aunque yo no tenga la cultura musical que vos, me vienen bien para aprender un poco más, y a ver si alguna vez me dejas de criticar por escuchar a Arjona xDD

    Besotes!!!

  6. Germán dijo:

    Che, Pipi, salvo de Pink Floyd, nada del Rock Sinfónico? Que raro. Ahh, excelente reseña. Estaría bueno, que hicieras una reseña sobre guitarristas del rock, esos que con solo escucharlos ya sabés quien son.

  7. avellanal dijo:

    Como estas reseñas siguen, más o menos, un orden cronológico, todavía no voy a incluir nada más de rock sinfónico, me parece. No lo descarto para más adelante, aunque ninguna banda ha influido tanto como Pink Floyd en mi persona, claro está.

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