Discos que influyeron en mi formación musical (IV)

Led Zeppelin – Led Zeppelin (1969) Así como anteriormente afirmaba que The Doors fue uno de los mejores discos debut de la historia del rock, es preciso afirmar que el primero de Led Zeppelin se ubica a la misma altura: por revolucionario, por versátil, por portentoso, por rompe moldes. ¡Glorioso año 1969! Sin duda alguna, estamos ante el álbum más blusero que hayan realizado los Zeppelin jamás. Adaptando (reinventando) y no plagiando antiguas (vetustas) composiciones y melodías provenientes del blues, consiguieron engendrar una sección rítmica devastadora por donde se la escuche, que crea, a lo largo de algo más de cuarenta (excelsos) minutos, una atmósfera entre desesperante, embriagadora, soberbia y orgiástica.

Me adentré en la hipnotizante música de la banda inglesa gracias a la devoción que un amigo sin nacionalidad profesa por ellos: eternamente en deuda con él. Y empecé a comprar sus trabajos discográficos, siguiendo un estricto orden cronológico. Acaso por ser lo primero en materia de (magistrales) líneas de bajo de John Paul Jones que llegó a mis oídos, y pese a saber que el segundo y el cuarto disco son superiores, Led Zeppelin sigue siendo el álbum que más estimo, y con toda probabilidad, el que más me gusta escuchar.

El inicio con “Good Times Bad Times” puede ser motivo de despiste: se trata de una delicatessen a mitad de camino entre el pop y el rock, con un riff preliminar elemental, pero que no deja de ser agradable (y sorpresivo) a los oídos. Resalto, sobre todo, la armonía existente a lo largo de todo el tema, con un estribillo atractivamente pegadizo, que reza en su simpleza: Good times, bad times, you know I had my share; when my woman left home, with a brown eyed man, well, I still don’t seem to care, y un gran solo de Jimmy Page. A continuación, aparece una canción majestuosa: “Baby I’m Gonna Leave You”, o la institución de más de seis minutos en los que una performanece vocal directamente se torna insuperable, magistral, apoteótica: la voz de Plant conmueve, eriza, trastorna, inquieta, excita. ¡Impresionante! Y, además, como excedente, somos invitados a la sutil alternancia melódica que configuran las guitarras acústicas (sonando, por momentos, como el más puro heavy metal del que serían una suerte de imprescindibles predecesores). Los contrastes serenidad-parsimonia/exasperación-dinamismo, que no resultan forzados, son de una calidad artística inusual.

“You Shook Me” es una forma inaudita de tocar blues, que sólo podría provenir de Led Zeppelin; redondeando así un tema envolvente en el que se destacan los solos de órgano y armónica, y la cornoación a cargo de Robert Plant con unos tremendos e inconfundibles aullidos. Mención aparte, sitial de honor, merece la canción que se alza, según mi entender, como cúspide máxima del disco, y absoluta preferida personal: “Dazed and Confused”: desde la mismísima (enigmática) introducción del bajo de Jones, pasando por el distorsionado segundo riff, hasta el último (vertiginoso) solo de Page, el rendimiento musical de estos cuatro monstruos del rock es, incontroveriblemente, soberbio. Plant logra, con su registro por las nubes, una vez más, la perfección vocal; Bonham no toca la batería, directamente la despedaza, la descuartiza. Desde que lo escuché por vez inicial, éste tema me embriagó (acá despejé todas mis dudas sobre por qué estos tipos fueron tan grandes): el intermedio psicodélico transporta sin escalas a un exquisito éxtasis sonoro. Dan ganas de que nunca acabe, que la oscura consonancia que segrega se vuelva perpetua. ¡Y pensar que esta maravilla surgió de un tema que hacían los Yarbirds en vivo!

Menos pretensiosas, pero disfrutables de todos modos, son las dos canciones que siguen: “Your Time Is Gonna Come”, de la que subrayaría el hermoso preámbulo de órgano que brinda John Paul Jones, el insistente estribillo a coro, y la labor vocal más sosegada del frontman, y “Black Mountain Side”, que oficia de aplacadora meseta en medio de tanto riff pronunciado y mastodónico: se trata de una pieza instrumental armoniosa y muy breve, en la que se puede apreciar la artesanía acústica de Jimmy Page.

Con “Communication Breakdown” el disco retoma el camino estruendoso: es el tema más heavy metal de un disco de por sí pesado. El riff poderosísimo, de la mano de una sección rítmica que suena más demoledora que nunca, y los tonos agudos y penetrantes de Plant: Communication breakdown, It’s always the same, I’m having a nervous breakdown, drive me insane!, desembocan en un desenfreno energético impresionante. Como no podía ser de otro modo, para clausurar, nos presentan un híbrido de blues –mixturando composiciones de grandes como Albert King y Howlin’ Wolf–, en el que dan rienda suelta a la más inspirada improvisación, y que termina por convertirse en una franca muestra de excelencia rockera: “How Many More Times”, un tema descollante de principio a fin.

Innovador, turbio y atestado de frescura, el debut de Led Zepellin es sencillamente atronador y sobresaliente. La potencia que despliegan en este álbum grabado en 1969 revela la magnitud, y jerarquía de esta imperecedera y fundacional banda, que trascendió con creces las esferas del rock progresivo para inscribir su nombre entre los cinco o seis grupos más importantes de la historia del rock.

The Velvet Underground & Nico The Velvet Underground (1967) Había escuchado algunas cosas sueltas de Lou Reed, pero nunca terminaba de decidirme a probar mejor suerte con la mítica Velvet Underground. Hasta que llegó, afortunadamente, el año 2004, y casi por fruto del inefable azar, la silueta de la famosa banana diseñada por Andy Warhol, se destacó, resplandeciente y solitaria, proyectando su estirado contorno, en las atiborradas (de infame música que se caratula pop) estanterías de una disquería. Tomé ese disco, me aferré a él, como si fuera el último ejemplar disponible sobre el planeta, y una vez que acabé de escucharlo por primera vez, sentí inmediatamente que estaba frente a una obra maestra, frente a un álbum tan vanguardista como lapidario, tan revolucionario como magistral. Me sorprendió muchísimo –entonces– enterarme que había sido grabado en 1966 y publicado un año después, en plena efervescencia pscicodélica. Éste disco es la más acabada contracara del acid-rock que se gestaba principalmente en San Francisco por esos años; con éste debut antológico nos ubicamos, por el contrario, en los recovecos más subterráneos y oscuros de New York.

“Sunday Morning” es, básicamente, una melodía dulce y deliciosa, que describe, de alguna manera, lo que sucede en un domingo por la mañana, mientras algunos (inconcientes) se acuestan, al tiempo que otros (decentes) se levantan. La voz de Reed suena rozando lo apacible, con ese fraseo tan dylaniano que él tan bien ha sabido capitalizar. Por lo demás, los repetitivos arreglos con celesta de Cale son nada más que una exquisita muestra de lo excelente instrumenstista que es el galés. Sin embargo, la esencia del sonido innovador de la Velvet puede comenzar a percibirse en la frenética aceleración de “I’m Waiting For The Man”, donde particularmente la guitarra de Sterling Morrison, transmite ese perturbador nerviosismo que significa la espera del dealer, a la par que la letra nos dice: He’s never early, he’s always late. First thing you learn is you always gotta wait. I’m waiting for my man. El cierre, con el vigoroso refuerzo rítmico del piano, no hace más que contribuir a la tensa atmósfera de la canción.

Una voz glacial, alejada, y sobre todo, infrecuente, es la de Nico (actriz y cantante de origen alemán impuesta por Warhol), que consigue deleitar oídos sensibles, pese a sus errores de pronunciación –acompañada de una redundante segunda voz–, en la bella balada “Femme Fatale”, una composición breve que oscila entre lo aplacado y lo psicodélico. “Venus In Furs” se alza, sin ninguna clase de dudas, como el tema medular en cuanto al acento musical enemistado con ‘lo comercial’ propiciado por la Velvet Underground: la ambientación, lograda principalmente gracias a la hiriente y desproporcionada viola de John Cale (muy influenciado en su formación por la música clásica contemporánea), es proporcionalmente representativa del significado de la letra: sadomasoquismo, que Maureen Tucker, de forma más gráfica, denota con maestría, a través de los azotes que propina a sus platos. Cuando se escucha a bandas tan significativas como MC5, The Stooges o Television, es improbable que no resuenen ecos de esta soberbia composición.

Ciertamente, lo más adyacente al rock ‘n’ roll que se encuentra en todo el álbum, es “Run Run Run”, en el que se destacan los extrañísimos solos de Lou Reed, acompañado en simultáneo por un monocorde ritmo que no da un segundo de respiro. “All Tomorrow’s Parties” es una pieza desgarradora: la voz álgida de Nico recita: And whe will she go and what shall she do. When midnight comes around. She’ll turn once more to Sunday’s clown. And cry behind the door. Aquí sobresale de manera notoria la experimentación con guitarra y piano; es decir, la estructura musical minimalista, despojada de sofisticaciones, con toda certeza imbuida a Cale por parte del célebre John Cage. Con el correr de los años se han hecho innumerables covers de este tema: desde Bryan Ferry hasta Nick Cave.

La canción que más me conmueve y que terminó de sentenciar mi completa admiración por la formación neoyorquina es “Heroin”, un auténtico y controvertido himno (sin entrar en juicios de valores, porque a prodigios musicales como éste, es preciso no juzgarlos, sino disfrutarlos). Esa demoledora aceleración de Reed, que figura el recorrido intravenoso de la droga, me produce una seductora alteración interior. Además, apresura el ritmo con esos crescendos infernales, para luego, dominando el compás a voluntad, ralentizarlo y precipitarse nuevamente, como si se tratara de una embestida indomable, con un trasfondo distorsionado de guitarra que coopera con el caos reflexivo. Es sabido: las alegres florituras sugestivas surgidas del LSD en nada se asemejan con los efectos de la heroína (a modo de ejemplo, bastará comparar ésta canción con, por ejemplo, “Somebody To Love” de Jefferson Airplane).

Nico se despide con “I’ll Be Your Mirror”, que es un tema muy suave, enfocado desde una óptica diferente, al menos en cuanto a la letra: se deja la puerta abierta a la existencia de residuos que no son basura dentro de la humanidad. Finalmente, “The Black Angel’s Death Song”, otra composición capital (en la que se luce de nuevo, conformando un clima inquietante, la ardiente guitarra de Cale) para entender la magnitud de este milagroso disco.

No se trató de un conjunto de virtuosos como los miembros de Led Zeppelin o The Who, pero la carencia de responsabilidades comerciales y la consiguiente libertad musical de la que dispusieron para experimentar en búsqueda de invenciones extrañas (“European Son”, una extravagante experiencia, por demás ruidosa, y no apta para cualquier clase de tímpanos, es una palmaria muestra de ello), los convirtió en una banda de culto que ha influido, como ninguna otra, de forma vasta e ilimitada en el ámbito del rock alternativo posterior, en gran medida a causa de The Velvet Underground & Nico, la obra más revolucionaria, cruda, atemporal y audaz que jamás se haya concebido en la historia del rock. Disco imprescindible. ¿Qué más se puede acotar?

Corpiños en la madrugada – Sumo (1983) Salvedad inicial: este conjunto de composiciones se editó originalmente en el año 1983 únicamente en formato de cassette (circularon alrededor de cuatrocientas copias), debido a que se trató de una grabación independiente. Casi una década después, ya muerto (transformado en mito) Luca Prodan, y disuelto el grupo, fue reeditado en CD. Si bien la mayoría de los temas incluidos fueron grabados nuevamente en los discos subsiguientes, estimo que éste representa más fidedignamente el espíritu underground de la banda.

Personalmente, no dudo un instante en calificar a Sumo (junto a Serú Girán) como la formación más superlativa y revolucionaria que ha tenido el rock argentino a lo largo de toda su valiosa historia. El carismático y talentoso Luca Prodan trajo de su Europa natal, influencias que resultaban desconocidas y sorprendentes para el circuito musical local: en Londres había entrado en contacto con el reggae y el punk. Asimismo, supo fusionar como pocos, un concepto renovador del rock junto a elementos del reggae, de grupos decisivos como Joy Division, y hasta del pop. Y no sólo confirió un soplo de aire fresco al panorama musical argentino, a través de la originalidad e innovación rítmica, sino que también regaló letras increíbles: poéticas, ácidas, controvertidas, como nunca antes se habían escuchado.

La tarde que mis oídos se iniciaron en el dichoso ejercicio de gozar de esa conjunción sublime de sonidos, lo primero que se me vino a la cabeza fue la pregunta: ¿Cómo es posible que estos tipos sean argentinos? La pregunta brotó repentina, espontánea, y no únicamente por el hecho de que el tema en cuestión fuera interpretado en inglés (algo ya de por sí insólito); también a raíz de la incorporación, por ejemplo, del saxo: aspectos asombrosos para el rock argentino tradicional y ortodoxo. Como afirmé antes, el disco me parece el más potente y representativo del verdadero hálito vital de Sumo, con esa mezcla “medio reggae, medio pesado”, de la que hablaba Luca. Y claro que sí, el mejor de una carrera desgraciadamente poco prolífica, pero que bastó para romper con todos los moldes establecidos.

Comienzo con “La rubia tarada”, ese brillante alegato contra la ridiculez, la pedantería, la vacuidad y la puerilidad porteña (y no porteña, desde luego), pues se ha transformado, con toda seguridad, en el tema bisagra y más popular del grupo. Luego de una excelente introducción conjunta de guitarra y saxo, acompañada por un tarareo frenético, Prodan vocaliza una estrofa entre agria, exacta y brillante: Caras conchetas, miradas berretas, y hombres encajados en Fiorucci. Oigo ‘dame’ y ‘quiero’ y ‘no te metas’, ‘¿te gustó el nuevo Bertolucci?’. Al final de la canción, Luca traduce a la perfección, con su grito de ¡Basta!, me voy, rumbo a la puerta, y después al boliche a la esquina, a tomar ginebra con gente despierta. ¡Esta si que es Argentina!, el hastío que dicho ambiente jactancioso y hueco le produce. Cabe destacar la coherencia que el cantante mostró durante su vida con estos preceptos críticos.

“Nextweek” es un tema por demás curioso: la voz de Prodan se hace esperar por espacio de un minuto y medio, en el que la batería de Sokol y el bajo de Arnedo ejecutan proezas. Luego ingresan unos destellos del saxo de Pettinato, y promediando, un desaforado ‘yeah’ del legendario italiano. ¿La letra? Una mezcolanza nebulosa de inglés y español (cuya pronunciación termina transformando las palabras ‘next week’ en el nombre de la reconocida marca de cacao en polvo), suerte de precedente del spanglish, que se repetiría en otra buena cantidad de canciones, como “Divididos por la felicidad”, convirtiéndose a la postre en un sello identitario de Sumo. Diferente es el caso de “Night & Day”, una canción de casi seis minutos de duración, escrita e interpretada completamente en inglés, en la que se puede apreciar la extraordinaria capacidad compositora de Luca Prodan: se trata de una letra llena de difusas imágenes, plagada de lirismo urbano.

Compuesta por el “Indio” Solari, “Mejor no halar de ciertas cosas”, es una verdadera joya, que, en su letra, va desparramando diversos elementos, a primera vista inconexos, para concluir combinándolos: La mujer, el vidrio, el tornado, el jardín primitivo, yo, la flor, saltando, fugitivo, no, no no. El tono es lento, acompasado, casi agónico; pareciera, por momentos, que la voz no canta, sino que se limita a pronunciar. El sustentáculo instrumental, como de costumbre, se amolda con notabilidad. Según mi entender, la pieza en la que más se destaca el enfático saxo de Roberto Petinatto (junto a la magistral “Teléfonos/White Trash”), es “Debede”, donde la banda suena a las mil maravillas, con un Germán Daffunchio endemoniado. Personalmente, pienso que en éste tema está resumida la naturaleza transformadora de Sumo. Pareciera que Luca recita las estrofas desde un abismo, desde un precipicio, remarcando con contundencia la última parte: You’re dancing on your head.

Corpiños en la madrugada es el álbum por antonomasia del embionario movimiento underground en la Argentina, del mismo modo que constituye la conjunción inolvidable de un grupo de músicos naturalmente sobredotados, superiores, sobresalientes, que supieron unificar de forma magistral y fugaz, tanto talento desperdigado.

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9 respuestas a Discos que influyeron en mi formación musical (IV)

  1. dani dijo:

    ¬¬ Sumo es un grupo que siempre me gustó. Especialmente el tema “rubia tarada” (que me define a mí, no? xDDD)

    Seguí con estas reseñas, que como han dicho antes están fantásticas.

    Besitos!!!

  2. val dijo:

    Sobre el tercer disco, poco puedo decir, me son totalmente desconocidos:

    -I: Es un gran disco, y efectivamente el más bluesero de todos ellos. Plagiaron sin piedad a Willie Dixon, tanto que Page tuvo que comprarle los derechos de 3 o 4 canciones años después, cuando este les exigió parte del botín. Por lo tanto, tan-tan originales no son;) Aunque me encante su música.

    -Banana: Waiting for the Man creo que hablaba sobre la espera al camello. La verdad, las letras de Reed y compañía son dignas de análisis. Muy ricas:)

  3. Ignacio dijo:

    Tres grandes discos; el trío que más me ha gustado de todos los que pusiste hasta ahora. No sabía que “Mejor no hablar de ciertas cosas” la había compuesto el Indio Solari también.

  4. Paulo dijo:

    Si, también a mi parecer, el mejor ‘trío’ de discos, aunque al tercero fue al que menos tiempo le dí.
    El Led Zeppelin I es el que más me gusta de esa banda. Y bueno, Reed, Cale, Tucker y Morrison crearon tanta genialidad. Si, “Waiting for the Man” es la espera del dealer.

    Muy buen espacio. Saludos.

  5. Facu dijo:

    A mí lo que me gusta en serio es la portada del plátano -como le llaman los del Norte a la banana- de Andy Warhol. Una genialidad. Y el tema “Sunday Morning”, obvio. Después, Sumo no me cae muy simpática como banda, por las cosas que decía Prodan de Soda Stereo y Cerati, pero no niego que fueron capos en lo suyo.

  6. pads dijo:

    apenas he escuchado el de la Velvet, pero sin duda, el primero de Led Zeppelin es una enorme OBRA MAESTRA, un disco de los que ya no se hacen, un derroche de energía y de genio

  7. bonito lunch dijo:

    ese cassete lo compré en un show en gessell verano del 83.
    yo ta los conocía porque soy de la zona de donde salieron.
    erán increibles sus shows

  8. tucho dijo:

    Muy buen análisis, Claudio! Veo que coincidimos en gustos musicales.
    Un dato: “Mejor no hablar de ciertas cosas” no es una composición conjunta de los Sumo con Solari. La letra fue compuesta por el Indio Solari, y en una visita a la casa de este, Luca vio la letra y le gustó. Solari se la regaló, y Prodan se encargó de ponerle la música. Alguna vez, el Indio recordó que “la versión nuestra era totalmente diferente, nada que ver con esa especie de funk que hicieron ellos”.
    No la hicieron juntos, aunque en los créditos se mezclen los nombres. Igual es un pequeño detalle ante tan buenos comentarios.

    Directo a mis links, saludos!

    PD: Una pequeña pregunta, ¿cuál es la procedencia de este blog? ¿de qué país sos?

  9. avellanal dijo:

    Gracias por la aclaración, tucho. Ya está corregido.

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