Discos que influyeron en mi formación musical (VIII)

Something Else – The Kinks (1967) Si alguien me preguntara con cuál disco de los Kinks le recomendaría comenzar a descubrir al grupo inglés, no vacilaría un segundo: por asequible, por pegadizo, por poseer dos de los mejores temas que jamás haya compuesto Ray Davies, ¡y por ser el primero que yo escuché! El Something Else no es el mejor disco del grupo que nos ocupa, claro que no. Sin embargo, en el milagroso y descomunal año 1967 (en el que se lanzaron cual conjunto de avalanchas imparables, una cantidad extraordinaria de álbumes de antología, tales como Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, The Piper At The Gates Of Down, The Velvet Underground & Nico, Surrealistic Pillow, Are You Experienced?, The Doors, Their Satanic Majesties Request, entre otros), los Kinks produjeron su primer gran trabajo, que lógicamente, ante este enredo de obras maestras indiscutidas, y frente a dos álbumes que ellos mismos realizarían a posteriori, suele ser injustamente relegado, o al menos, no tan ponderado como de verdad merecería.

Lo cierto es que la canción que cierra el disco reviste un solo adjetivo: sublime. Con probabilidad, se trata de una de las mayores odas románticas que se haya escrito a ciudad alguna. El sonido sensible de la guitarra que abre la melodía ya preanuncia que estamos frente a algo grandísimo. Luego, de a poco hacen su aparición los coros, nada complejos, pero amalgamados con delicadeza, y la intensa permanencia de la batería de Mick Avory, para ejecutar una hermosísima letra que produce en el oyente un milagroso efecto de abstracción y serenidad: Every day I look at the world from my window. But chilly, chilly is the evening time. Waterloo sunset’s fine. ¿Quién puede resistirse? ¡Aplausos cerrados!

Antes, con el silbido de una bandada de pájaros al inicio y al final, Ray Davies añora un amorío de verano, en la refinada “End Of The Season”, que fue una de las canciones que mejor sabor de boca me dejó al escuchar el álbum por primera vez. “Funny Face” es uno de las aportes compositivos de Dave Davies, y si bien queda evidenciado que su pluma no era ni la mitad de destacada que la de su hermano, la canción se sostiene sin grandes inconvenientes y de ningún modo puede afirmarse que sea mero relleno (aquí subrayo nuevamente la potente batería de Avory, que se luce sobre el final, y también hago mención especial del riff inicial).

Otra cabal muestra del característico refinamiento inglés, traducido de forma inmejorable a la faceta musical por los Kinks, es “Afternoon Tea”, un tema entre mordaz y jocoso, en el que el permanente remate coral lo constituye el nombre mismo de la canción, repetido hasta el hartazgo en el transcurso de poco más de tres minutos, aunque en ningún momento llega a parecer monótono. Por otro lado, y pese a que al momento de componer el álbum la explosión psicodélica estaba en su cúspide, Ray Davies no se sumergió a fondo en los estados alterados de conciencia inducidos por sustancias como el LSD u otros alucinógenos; sin embargo, en la equilibrista “Lazy Old Sun” se pueden rastrear inconfundibles influjos lisérgicos, siendo claramente la pieza más psicodélica del trabajo.

La otra composición del menor de los hermanos Davies ciertamente me gusta mucho más: “Love Me Hill The Sun Shines”, un tema con aires románticos, en el que sobresalen las guitarras y el acompañamiento con palmas, volviendo bastante pegadiza la letra: You don’t have to look at me. You don’t have to smile at me. You just have to love me till the sun shines. You don’t have to cook for me. You don’t have to laugh with me. You just have to love me till the sun shines. Anteriormente, nos topamos con un maravilloso rock & roll: “Situation Vacant”, que presenta la particularidad de la inclusión del piano, a la par que descuellan los apuntes del bajo de Pete Quaife, redondeando un irónico texto del siempre ácido, en cuanto a críticas sociales, Ray Davies.

La sección de viento de “Tin Soldier Man” (fenomenales trompetas), y la conjunción entre canción de taberna y ritmo marcial en “Harry Rag”, sirven también para demostrar la diversidad de estilos que los ingleses eran capaces de abordar con suma destreza; en ese sentido, quizá el ejemplo paradigmático sea “No Return”, una auténtica rara avis (por la época en que fue concebida y por la procedencia de sus creadores) con clarísimos ritmos de bossa nova. “Two Sisters” es un tema harto tranquilo y efímero, con altas dosis de sarcasmo en su letra, que sucede a la mejor contribución compositiva de Dave Davies: “Death Of A Clown”, una nostálgica y tristona canción, con abundancia de infalibles “la-la-la-la-la-la-la-la-la-la”, y estrofas como la que sigue: The old fortune teller lies dead on the floor, nobody needs fortunes told anymore. The trainer of insects is crouched on his kness, and frantically looking for runaway fleas. Y, para abrir el disco pusieron una magnífica canción de estilo mod: “David Watts”, que sorprende de entrada con un “fa-fa-fa-fa-fa-fa-fa-fa” que es verdaderamente delicioso, para comenzar a afianzar un tema que adquiere fuerza arrolladora con el piano in crescendo y los armoniosos vínculos vocales entre Ray y el coro que lo acompaña (la versión de The Jam es notable también).

En síntesis, un álbum riquísimo, especialmente en cuanto al abordaje y adaptación de géneros y subgéneros musicales de una diversidad absoluta, y a la vez, un insuperable puente de entrada para ingresar en el exquisito colectivo musical de una de las bandas británicas más trascendentales e influyentes de todos los tiempos (ahí nomás de los Beatles y los Rolling Stones).

Almendra – Almendra (1969) Almendra, es redundancia recordarlo, fue una de las bandas fundacionales del incipiente rock argentino, allá lejos y hace tiempo, a finales de la década del sesenta. Casi cuarenta años después, e inmersos en la vulgaridad del denominado rock barrial que hoy en día prevalece en la escena rockera nacional, con letras francamente grotescas y de inexistente vuelo poético, bien vale aseverar que la efímera vida de este grupo encabezado por Luis Alberto Spinetta fue más que suficiente para sentar las bases de un pulido estilo musical en el que se destacaba, por sobre todo, el núcleo lírico de sus letras, que hasta la actualidad no ha podido ser eclipsado. Y de esa fugaz pero sustancial existencia (que se multiplicaría en otros fundamentales grupos como Pescado Rabioso y Aquelarre), es menester resaltar el homónimo disco inicial, al que de forma ineludible, y por verdadero merecimiento, hay que aludir cada vez que se confeccionan listas de los discos esenciales del rock argentino. ¡Cómo no mencionar un álbum que es poesía pura por diestra y siniestra!

De “Muchacha (ojos de papel)” no se puede decir mucho más de lo que dicho está. Para mí, basta con situarlo entre los mejores temas de la historia del rock latinoamericano, pese al abuso desmesurado que del mismo se ha hecho en las últimas décadas, con versiones que dejan mucho que desear. Los versos son de Spinetta, pero bien podrían ser de Neruda: Muchacha ojos de papel, ¿adónde vas? Quédate hasta el alba. Muchacha pequeños pies, no corras más. Quédate hasta el alba. Sueña un sueño despacito entre mis manos, hasta que por la ventana suba el sol. Muchacha piel de rayón, no corras más. Tu tiempo es hoy. Es una de esas canciones únicas, tocadas por la varita mágica, que penetran muy hondo en el corazón, y dejan huellas la mar de profundas.

“Figuración” es una pieza extraña a la par que refinada, que sentó un precedente no correspondido con el devenir de los años. Aquí, la irrupción de la batería de Rodolfo García a partir de la estrofa que dice “en la plaza todo te parece igual”, para desaparecer y luego volver a entrar en escena, cobra vital importancia en el desarrollo del tema, en el cual también aparecen, fugazmente, unos severos coros. La característica potencia rockera (no llega a ser ferocidad), que en otras canciones queda relegada, aparece con esplendor en “Ana no duerme”, cuyos típicos instrumentos solistas compuestos por guitarras-bajo-batería, se lucen como nunca. Al mismo tiempo, el trabajo vocal de Spinetta es un tanto más animoso, dando algo de respiro a la implícita ternura que de su voz se desprende con habitualidad.

A continuación nos encontramos con una de las piezas más tristes del álbum: “Fermín”. Es una oportunidad para apreciar el perfecto acople vocal entre Emilio Del Guercio, quien canta la mayor parte del tema, con su compañero Spinetta, en una interpretación conjunta con gran sentido melódico: particularidad que termina estando estrictamente relacionada a la faz afectiva. Como dato anecdótico, sobre el último verso, reinventaron (o caricaturizaron) la famosa canción popular infantil “Mambrú se fue a la guerra”.

Después, llega mi indiscutible tema preferido del disco: “Plegaria para un niño dormido”, que desde los primeros acordes de guitarra transmite dosis altamente entrañables de ternura. La sensibilidad artística plasmada por la descomunal pluma de ése trovador apellidado Spinetta cae de maduro ante estrofas tan logradas como las que siguen (es una tentación imposible de vencer no citar la mitad de la canción): Plegaria para un niño dormido, quizá tenga flores en su ombligo, y además en sus dedos que se vuelven pan, barcos de papel sin altamar. Plegaria para el niño dormido, donde el mundo es un chocolatín. Adónde vas, mil niños dormidos que no están, entre bicicletas de cristal. Se ríe el niño dormido, quizás se sienta gorrión esta vez, jugueteando inquieto en los jardines de un lugar, que jamás despierto encontrará.

En “A estos hombres tristes”, sobresalen, al principio, unos arreglos vocales nada acostumbrados, y los delicados sonidos de las guitarras del mismo Luis Alberto y de Edelmiro Molinari, que logran una performance notable durante los últimos dos minutos, en gran amalgama rítmica con la percusión, cuando se repite varias veces aquello de “cuanta ciudad, cuanta sed, y tú un hombre solo”, cerrando una composición cardinal del rock nacional. Con la innovadora presencia de un bandoneón (la influencia del tango no fue menor en el seno del grupo), “Laura va” es otro breve y estupendo tema, que narra la ruptura de una muchacha con un pasado poco dichoso, y el punto de partida a un destino menos miserable, y quizá feliz (pienso que Sui Generis le debe mucho a esta canción). En “Color humano”, la poética en la letra queda transitoriamente suspendida, para dar paso al clima de auténtico trance que provoca ésa extensa y prodigiosa zapada a cargo de Molinari (que a su siguiente grupo lo llamaría precisamente Color humano).

Y por último, tenemos una preciosa composición de Del Guercio (que pese a estar a la sombra de Spinetta, era un músico excepcional): “Que el viento borró tus manos”, siendo ésta un digno colofón de Almendra, álbum que yo considero la mejor introducción posible al rock argentino. Un disco que sirve a la vez, para educar oídos y para beber lirismo puro. Se nota que muchos, en la actualidad, lo han pasado por alto.


Pink Moon – Nick Drake (1972) El primer gran error que muchos cometen al referirse a Nick Drake, consiste en trazar un paralelismo directo entre otras “mártires” del rock –léase Joplin, Hendrix, Morrison y Cobain–, y la figura de este británico nacido en Birmania. Primero que nada, Drake no hacía rock, y mientras aquéllos fueron harto reconocidos en vida –sin perjuicio que la temprana muerte que a cada uno le sobrevino, terminó, inevitablemente, por acrecentar las mitologías personales–, el éxito, si es que cabe hablar de éxito, a Nick Drake le llegó póstumamente. Durante su efímera existencia, Drake fue un artista ignorado, un iluminado marchando por el desierto de su propia melancolía.

No es caprichoso, en cambio, el cotejo con otro poeta maldito, William Blake (y en ese sentido, más allá de la notoriedad póstuma o no, también en alguna medida con el mismo Kurt Cobain), con el que sí compartía la noción del arte entendido como emisario del espíritu, frente al desencanto y la resignación que la vida les producía. Porque su obra, sin más, es el reflejo de una dulce tragedia (dulce, claro está, para nosotros, los meros centinelas de un bucólico bramido desesperado, cuyo eco se multiplica y se vuelve más ensordecedor al conocer el amargo destino de su autor).

Pink Moon, su tercer y último disco, con absoluta certeza es la expresión más radical y conmovedora de ese tormentoso grito sempiterno. El tema inaugural, además de ser el más difundido del disco, consta de una ligera innovación con respecto a todos los demás: la presencia de unos delicados toques de piano, instrumento que no volverá a aparecer en lo sucesivo. Fue, en su momento, la vía de acceso por la que arribé a toda la obra de Nick. El significado sombrío de la letra no deja mucho margen interpretativo posible: I saw it written and I saw it say. Pink moon is on its way. And none of you stand so tall. Pink moon gonna get you all. It’s a pink moon. “Place To Be” es otra magistral muestra de canción introspectiva empapada de extrañeza y desconcierto frente al mundo. La serena voz de Drake logra una comunión absoluta con el cándido sonido de su guitarra. En lo particular, me encanta la primera estrofa: When I was young, younger than before. I never saw the truth hanging from the door. And now I’m older see it face to face. And now I’m older gotta get up clean the place.

Después llega “Road”, una brevísima pieza que posee un ritmo más acelerado, destacándose los repiqueteos iniciales de guitarra. En cada verso (no sólo de esta canción) da la sensación que Nick deja un pedazo de su existencia: You can say the sun is shining if you really want to. I can see the moon and it seems so clear. You can take the road that takes you to the stars now. I can take a road that’ll see me through. I can take a road that’ll see me through. Un tema que particularmente me acongoja es “Which Will”, en el cual sobresale su faceta vocal, emanando en perfecta armonía con los sutiles acordes de la guitarra acústica, un sentimiento de pena y dolor que conmueve. “Horn” es una refinada y huidiza pieza instrumental en la que se puede apreciar la particular técnica de punteo que tenía Nick Drake. Opera a modo de paréntesis ante esta inmensa ola de sufrido regodeo melódico.

A continuación, aparece una de las composiciones más complicadas del disco: “Things Behind The Sun”. En ella, el trovador continúa transmitiendo esa especie de luz sepulcral que rodea, como un aura, al conjunto de su obra, exteriorizando su eminente capacidad de crear temas entre anímicos y reflexivos, dotados de emotividad y espiritualidad en proporciones similares. Con una letra compuesta de sólo cuatro frases (haciendo gala de una síntesis envidiable, que conduce a decir nada más que lo justo y necesario, sin redundancias), “Know” es otra gema de naturaleza íntima, en la que la interpretación vocal acompaña a la guitarra, protagonista dominante, y no a la inversa.

“Parasite” es uno de los momentos cumbres del álbum, en donde Drake canta con el corazón desgarrado versos tan estremecedores como el que concluye la canción: And take a look you may see me on the ground. For I am the parasite of this town. And take a look you may see me in the dirt. For I am the parasite who hangs from your skirt. Es comprensible que luego de composiciones de este calibre, expresara a sus productores que ya no tenía nada más que decir. De inmediato, llega “Free Ride”, siendo ésta una canción menos desconsolada, un tanto más relajada, pero que mantiene el clima melancólico que predomina en el disco entero. Resulta evidente, al escucharlos, que artistas como Robert Smith o los escoceses de Belle and Sebastian han bebido sin derivaciones de la incomprendida música de Nick.

De las líricas imágenes que se desprenden de la delicatessen musical llamada “Harvest Bread”, pasamos sin escalas previas a la pieza concluyente del álbum y, por ende, de su carrera: “From The Morning”, tema que podría ser considerado, de algún modo, el exorcismo definitivo de sus demonios interiores, la redención artística de un poeta agobiado que ve finalmente asomarse algún resquicio de luz en medio de una cerrazón terrible. Pone punto final de ese modo a un trabajo sumamente triste, con un dejo esperanzador, y manteniendo intacta su riqueza poética: A day once dawned, and it was beautiful. A day once dawned from the ground. Then the night she fell. And the air was beautiful.

Escuchar este disco es sumergirse en el océano musical (que trasciende con creces al folk), pero sobre todo, interior, de un artista que desnudó su atormentada alma en cada acorde, en cada verso.

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8 respuestas a Discos que influyeron en mi formación musical (VIII)

  1. Ignacio dijo:

    Muy bien por la elección nacional: Almendra fue un grupo como los que no ha habido nunca más en el rock argentino. A mí también me gusta un toco ‘Plegaria para un niño dormido’. Y Spinetta es un fuera de serie. Tuve oportunidad de verlo varias veces en vivo, en shows intimistas como los que suele dar, y no tengo más que elogios.

  2. dolores dijo:

    Ay Nick Drake es un amor. Tenia una voz tan pero tan dulce.. Ese album en particular es ideal para un domingo a la tarde o para algún dia lluvioso y gris. Con eso de ‘reflejo de una dulce tragedia’ sintetizaste muy bien su música. Hermoso, hermoso.

    Besotes!! :)

  3. tucho dijo:

    Impecable análisis como siempre. “Plegaria…” es una canción increíble, para escuchar en silencio y con atención.
    Drake y -en especial- los Kinks, no tuvieron nunca la popularidad que merecen. Es un buen gesto destacarlos.

    Saludos!

  4. Facu dijo:

    De Almendra ya lo dijo muy bien Nachito. Y ahora agregaste a los Kinks, con un disco que a mí me gusta mucho pese a que no sea el mejor que hayan sacado (como decís). Y es una lástima que no hayan sido tan populares (en la Argentina han pasado casi siempre inadvertidos).

  5. val dijo:

    Los Kinks, Village Green.
    De Drake, ese no lo he escuchado, pero es fantástico:)

    Por cierto pibe, por favor, introduce saltos de carro en los análisis de cada disco, ¡o harás que se me vaya la vista!:(

  6. avellanal dijo:

    El “Village Green Preservation Society” o el “Arthur” son, desde ya, mejores álbumes que el reseñado. Por eso he escrito: “los Kinks produjeron su primer gran trabajo, que lógicamente, ante este enredo de obras maestras indiscutidas, y frente a dos álbumes que ellos mismos realizarían a posteriori, suele ser injustamente relegado, o al menos, no tan ponderado como de verdad merecería”.

    Si no has escuchado el “Pink Moon”, ciertamente te estás perdiendo la faceta más melancólica y esencial de Drake. Te insto a que lo hagas, pero como alguien decía por ahí arriba, en algún día lluvioso o gris. No es un disco para “sábados up” ni para viernes soleados.

    Y lo de los saltos ya lo estaba pensando, y en breve corregiré todos estos análisis de discos, con sus respectivos saltos, para que también quede más prolijo. No lo hice antes, porque los textos se me antojaban muy largos, y con tantos saltos intimidan más aún a los lectores.

    Ah, y me alegra saber que haya personas que valoren a un grupo como Almendra tal como se merece.

  7. Germán dijo:

    Y “Sly & the family stones” lo has escuchado?. Te los recomiendo. Ahhhhh de The Kinks y Almendra……… se me hace agua la boca (musicalmente hablando)

  8. avellanal dijo:

    No, Germán, la verdad que no los he escuchado nunca. O, quizá sí, y no lo sepa. ¿Eran de la oleada psicodélica acaso? Voy a buscar información al respecto.

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