Sobre “El Aleph”

A excepción de la Historia del guerrero y la cautiva, en donde el bárbaro Droctulf abandona a los suyos, y termina defendiendo la elevada causa de Ravena, otrora motivo de su asedio; en donde una cautiva inglesa opta por establecerse definitivamente entre el desierto y las tolderías indígenas; y de Emma Zunz, relato en el que la ambigüedad verbal atribuye a los hechos detallados una concatenación que, sin embargo, resulta simulada (significado y denotación); El Aleph es, básicamente, un libro de argumentos fantásticos, una sublime ensoñación borgeana. El inmortal (a opinión del mismo autor, la narración más trabajada del volumen) y La escritura del dios, en efecto, bien podrían ser consideradas, sin riesgo de equivocación, como dos de las más sobresalientes historias místicas de todos los tiempos.

Por medio de formas impersonalizadas y amplias, el narrador consigue transmitir con sutileza maestra, un sinfín de jornadas vacías, monótonas, de pesadez invariable, en el relato titulado La espera. Se trata de una ficción en la que un bandido decide esconderse de otro que quiere asesinarlo, y del cuál adopta su nombre. Los días de anónima existencia aparentan confluir en un único día perpetuo: pareciera que Villari (el protagonista) pretende paralizar el tiempo, para de ese modo, anular también el destino mortal anunciado. El final, como es característico en Jorge Luis Borges, es distante, enigmático, despojado de certidumbres.

Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto y Los dos reyes y los dos laberintos, son piezas que reflejan, de manera fiel, la reincidencia del autor argentino sobre figuras simbólicas que han representado su invención, tales como el espejo, la brújula, el tigre, y tantas otras. La noción del mundo como un atroz laberinto, se erige a modo de metáfora existencial recurrente en toda su obra. Y quizá sea el laberinto precisamente, la efigie que mejor evidencie el intrincado mundo, complejo y voluble, que Borges nos ha legado a través de sus imperecederas páginas.

Tal vez sea Deutsches Requiem, crónica introspectiva de un torturador nazi antes de ser fusilado, descripción del ocaso del Tercer Reich; la pieza eminentemente más ideológica de las analizadas. Borges imploró, en su momento, por el triunfo aliado. Creía en la condena vaticinada, en el destino trágico alemán. Muy elocuentes e ilustrativas, me figuro, son las siguientes palabras, que anotó al 23 de agosto de 1944, y que bien pueden servir para comprender mejor el relato en cuestión: Ser nazi (jugar a la barbarie enérgica, jugar a ser un vikingo, un tártaro, un conquistador del siglo XVI, un gaucho, un piel roja) es, a la larga, una imposibilidad mental y moral. El nazismo adolece de irrealidad, como los infiernos de Erígena. Es indudable; los hombres sólo pueden morir por él, mentir por él, matar y ensangrentar por él.

Predilección he tenido siempre por La otra muerte, historia sobre la transformación del pasado y los espejismos del tiempo; cuyo protagonista es el entrerriano Pedro Damián (por Pier Damiani, prelado italiano), quien fallece dos veces: como taciturno hombre de campo, en Entre Ríos, en 1946; y como valeroso combatiente, en la sangrienta derrota de Masoller, en 1904.

El relato que da título al libro ha sido motivo de disímiles interpretaciones. A título personal, me ilusiona considerarlo, al igual que tantos otros, como una prefiguración literaria de Internet. En el sótano de la casa de la calle Garay, Borges puede ver el Aleph: aquella esfera tornasolada de dos o tres centímetros de diámetro donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.

Leer cada página de El Aleph no es tan sólo sumergirse en hipnotizadores argumentos fantásticos, o apreciar una prosa deslumbrante, sino ejercitar el pensamiento, desafiarse mentalmente, cuestionarse acerca de la eternidad y el infinito, amalgamar lo real con lo ilusorio, y junto con Borges, preguntarse una y otra vez, sin soluciones definitivas, sin certezas absolutas, por la mismísima identidad del ser humano.

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7 respuestas a Sobre “El Aleph”

  1. Facu dijo:

    Lo que me gusta de este texto es que has resumido en muy pocas palabras un libro, un conjunto de cuentos, muy difícil de resumir, y de gran manera. Podría ser perfectamente la contratapa de una edición argentina.

  2. Ignacio dijo:

    “Predilección he tenido siempre por La otra muerte, historia sobre la transformación del pasado y los espejismos del tiempo; cuyo protagonista es el entrerriano Pedro Damián (por Pier Damiani, prelado italiano), quien fallece dos veces: como taciturno hombre de campo, en Entre Ríos, en 1946; y como valeroso combatiente, en la sangrienta derrota de Masoller, en 1904.”

    Se entiende de dónde viene tu predilección. Sos un provincialista!!!

    Nah, la verdad que yo con Borges nunca he podido. No puedo acabar ni dos páginas.

  3. instanton dijo:

    A mí me gusta más “Ficciones”, por lo menos algunos de los cuentos.

  4. Edu dijo:

    Mmmm, a mí también leer algunos cuentos de Borges siempre me produjo terribles dolores de cabeza y el gasto de muchas aspirinas. Solamente lo hice por obligación en la secundaria. Creo que eran algunos de ‘Ficciones”, así que de ‘El Aleph’ no puedo decir nada.

    ¡Que entusiasmo borgiano! :)

  5. iarsang dijo:

    Yo por el que siempre he tenido debilidad ha sido por “La casa de Asterión”. Me parece una auténtica maravilla, genial en su brevedad y en su carga de profundidad. En todo caso “El aleph” es superlativo, uno de mis libros favoritos y de los que más impacto me causó su lectura.

  6. avellanal dijo:

    La verdad que es casi imperdonable que no le haya dedicado siquiera unas palabras a un cuento tan espléndido como “La casa de Asterión”, iar. A ver si próximamente lo remedio. Y de la preferencia de instanton por “Ficciones”, eso ya lo sabía desde hace tiempo yo; y es que allí están, sin dudas, las ficciones, valga la redundancia, más trascendentales de la obra de Borges.

  7. iarsang dijo:

    De imperdonable nada. De la mayoría que has mencionado tengo un recuedo demasiado vago así que tocará una relectura. Curiosamente, pese a que posiblemente sea mejor Ficciones, me gusta más El Aleph porque fue el libro con el que descubrí a Borges. Y fue un choque considerable.

    Por cierto, anécdota personal al canto: qué curioso me resultó cuando cogí “El libro de arena” leer una cita que el profesor de Física Estadística nos ponía siempre en la hoja de presentación de la asignatura: “Las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida”. No sé, este tipo de conexiones le emocionan a uno y no sé muy bien por qué.

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