Igualdad real de oportunidades como cimiento de la fraternidad postergada

La imperecedera Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, inspirada en la Declaración de Independencia de EE.UU., y en los pensamientos ilustrados de filósofos como Rousseau y Montesquieu, constituyó el corolario escrito del acontecimiento que precipitó la transición de la Edad Moderna a la Edad Contemporánea. La Revolución Francesa, en efecto, inauguró una nueva época en la historia de la humanidad, a partir de la cual tres principios inéditos se alzaron como promesa en cierne: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

A partir de 1789 hasta nuestros días, en campos sociales como la política o el derecho, han incidido con preponderancia notable los dos primeros preceptos de aquella turbulenta y trascendental gesta democrática del 14 de julio. Así, tanto el liberalismo progresista como la izquierda democrática y los sucesivos desprendimientos de estas tradiciones, han tomado, en mayor o menor medida, la libertad y la igualdad respectivamente, como estandartes fundacionales de sus teorías políticas.

Las Constituciones de la mayoría de los países occidentales sentaron como base, a través del constitucionalismo clásico o liberal, la defensa de derechos individuales (de pensamiento, de asociación, de expresión, de propiedad), poniendo de manifiesto la seria preocupación que se poseía por el individuo y su libertad. Sumados a los derechos políticos, constituyeron los denominados derechos de primera generación. Luego de la Primera Guerra Mundial surge el constitucionalismo social, que tuvo sus orígenes en la Constitución de México de 1917 y en la Constitución de la República de Weimar de 1919, y que se profundizó posteriormente a 1945. De esta forma se mutó del Estado liberal abstencionista al Welfare State, que intervenía activamente con el propósito de mitigar las desigualdades económicas y laborales existentes. Se incorporaron entonces los derechos de segunda generación: del trabajador, de los gremios, relativos a la seguridad social y a la familia.

Pareciera ser que al tercer principio –la fraternidad–, todas estas tradiciones lo dejaron relegado o enterrado. Como bien señala Fernando Iglesias en su artículo “La fraternidad es una deuda pendiente”, este paradigma de la tríada de valores revolucionarios franceses no será auténtico hasta que no desaparezcan los privilegios hereditarios actuales, tanto en el orden familiar como nacional.

Aquí entra en juego la igualdad de oportunidades. En el mundo actual que nos toca afrontar existen disparidades insalvables y astronómicas, pese a que la Declaración Universal de los Derechos Humanos pomposamente afirme que toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.

La traducción de la letra escrita a la realidad social no ha sido próspera en ese aspecto. Las ventajas y facultades abusivas que ostentaba el absolutismo monárquico francés en franco detrimento de la burguesía y el campesinado, en poco se distinguen de los privilegios que en la actualidad disfruta un ciudadano de la Unión Europea, EE.UU. o Australia –por citar meros ejemplos–, por sobre la discriminación, exclusión y barreras que se levantan hacia una persona, digamos, nacida en Angola, Laos o Haití. De este modo, citando a Fernando Iglesias: los ideales democráticos no podrán ser consumados plenamente hasta que los Derechos Humanos sean considerados inherentes a la condición de ser humano, en vez de ser otorgados por el azar nacional de nacimiento, y hasta que la libre circulación y residencia de las personas sea reconocida como complementaria a la libre circulación de mercaderías, capitales e informaciones abierta por la globalización tecnoeconómica. No se trata pues de que los habitantes del mundo que hoy gozan de acceso a una buena educación, salud y alimentación, y a los que se les reconocen derechos políticos, sociales y económicos, dejen de percibir bienes tan fundamentales, sino que estas prerrogativas sean verdaderamente extensibles a cada niño que nazca, más allá de la parcela geográfica que el albur dictamine y las contingencias de cualquier otra índole. Hasta que esto no suceda, mientras la fraternidad siga siendo un principio romántico e ilusorio no materializado, el asalto a la Bastilla no estará del todo consumado.

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5 respuestas a Igualdad real de oportunidades como cimiento de la fraternidad postergada

  1. Albert dijo:

    Hay que tener presente que la concepción que puede tener cualquier europeo en lo que refiere a esos ideales franceses dista mucho de ser universal. Sólo hay que fijarse en el habitualmente utilizado ejemplo de la India, dónde desigualdades que a nuestros ojos son incomprensibles son aceptadas, sin preguntarse el por qué, por sus habitantes.
    Hasta que esos mismos valores no cuajen en el modo de vida, en la cultura, de esos países, no se realizará el cambio al estilo occidental.

  2. val dijo:

    Hoy he de decir que comparto totalmente tu tesis:)

  3. avellanal dijo:

    Totalmente de acuerdo con tu acotación, Albert.

    Luego, se ha producido un verdadero milagro: que Val coincida en algo con quien escribe. Esto no sucede precisamente todos los días.

  4. Ignacio dijo:

    Lección de historia pero sobre todo derecho constitucional, eh.

  5. instanton dijo:

    Pues yo también estoy de acuerdo con lo que planteas. Me parece algo fundamental y que va más allá de las ideologías, si es que estas de verdad buscan el bienestar de todos.

    Y ya de paso aprovecho para hacer una defensa de la concepción occidental de los derechos universales, defensa a ultranza y completamente intransigente. Que sí, que hemos sido unos cabrocentes y unos etnocéntricos, pero si hay algo en lo que la cultura occidental ha dado muestras de grandeza ha sido en esta cuestión.

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