Heráclito, el río, Borges y la consciencia del tiempo

De Heráclito siempre se recuerda la frase del río, del bañista y del cambio en uno y otro. Como se sabe, en la obra de Borges, nada es fruto de la casualidad, ninguna palabra viene a ocupar un vacío. Por consiguiente, no debe asombrar que en el tercer párrafo de su cuento intitulado El otro, en donde el autor argentino aborda, una vez más, la cuestión del tiempo, aparezca “la milenaria imagen de Heráclito”.

Tampoco debe ser motivo de sorpresa que el suceso relatado allí ocurra necesariamente frente a un río; en este caso, el Charles, en Cambridge. El río ha sido quizá la más afortunada materialización del tiempo que los hombres han hallado nunca. El fluir del agua, de algún modo, representa, hace asequible a las personas, la consciencia del paso del tiempo, logrando un efecto de connotaciones casi mágicas sobre algo tan absolutamente impalpable, tan etéreo. Porque al tiempo, a diferencia del espacio, en definitiva, no podemos percibirlo de forma uniforme a través de ningún órgano. El correr del agua es entonces nuestro modo de medir lo que no puede ser medido.

En este cuento, Borges, sentado frente al agua gris, descubre, no sin cierto horror, que en la otra punta del banco se encuentra él mismo, pero con medio siglo de diferencia. Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años, un hombre de más de sesenta era casi un muerto. El joven se halla en Ginebra, en 1918, pero el banco que los une está en dos tiempos y en dos sitios.

El viejo Borges, ciego hace mucho, relata a su alter ego el inevitable destino de su padre, la vida que les espera a su madre y hermana, y los sucesos que juzga más relevantes en el orden internacional y local, aunque a éste poco parecen importarle tales cuestiones futuras. También le anticipa, cual matemático augur, su propio porvenir y la existencia consagrada a las letras: No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. El joven Borges, a su vez, indica que se encuentra escribiendo un libro de versos que llevaría por título Los himnos rojos; el Borges sexagenario ya sabía que ésa obra nunca saldría a la luz ni sería la primera que publicara, pues no tardaría en ser destruida. Al final, no vacila en anunciarle la forzosa ceguera que lo aquejará, aunque agrega, desdramatizando con lirismo: Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano.

Además de Heráclito, y como no podía ser de otro modo tratándose de Borges, asimismo se menciona a Dostoievski y su novela corta El doble, nítido precedente del relato borgeano, en la que, como el mismo título lo indica, al funcionario Goliadkin, protagonista de la historia, se le presenta su contrafigura, su desdoblamiento en las lóbregas profundidades de su habitación. También nombra, interrelacionándola con la veta onírica de la narración, una invención de Coleridge por la que Borges sentía especial predilección: Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué?

Los dos Borges cruzan referencias literarias, intercambian monedas y conversan en medio de un clima sugestivo e irreal: uno interroga con avidez, el otro rastrea respuestas que lo hubieran conformado. Planean un reencuentro en el mismo banco, mas ambos tienen plena consciencia de que no se efectivizará. Éramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el diálogo. Cada uno de los dos era el remedo caricaturesco del otro. A partir de esta historia, en apariencia sencilla, el escritor en español más trascendente de los últimos siglos, erige una lúcida reflexión, no sólo sobre el paso del tiempo, sino sobre los efectos que el mismo produce en la esencia de las personas: personas que ya nunca serán las mismas que fueron.

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7 respuestas a Heráclito, el río, Borges y la consciencia del tiempo

  1. dolores dijo:

    qué linda forma de hacer más accesible a la generalidad del mundo lector no iniciado en Borges un cuento de este autor, que tanto miedo provoca de antemano para los que no lo conocemos bien bien. ;)

    muakss!!

  2. Albert dijo:

    Ya se que están de moda los “finales inacabados”, pero este se lleva la palma ;).
    Eso sí, lo que hay escrito es otra de las numerosas muestras de factura impecable de la Casa Clau, y un ejemplo del buen uso de referencias e hipertextualidad.
    En lo que refiere al cuento, no lo he leído, aunque por lo que se ve vuelve a demostrar la inmensa capacidad de autoreflexión, poesía, abstracción y sabiduría del genio que fue Borges.
    Otra cosa que me apunto a la lista de “Tengo que leer”.
    ¡Muchas gracias!

  3. avellanal dijo:

    Suerte que me avisas lo del “final inacabado”, Albert, que si no lo mencionabas, no me daba cuenta nunca jamás. Eso me pasa por no releer lo que escribo. Ya está remediado.

  4. Ignacio dijo:

    Je, yo te estaba por avisar eso. Será que aún permanecen las secuelas en tu sangre de las alarmantes dosis de alcohol que ingeriste el domingo por la madrugada…

  5. avellanal dijo:

    Lo que sucede es que cuando padezco algo similar a lo que los escritores profesionales (sic) denominan “lagunas creativas” -mal que sufro a menudo- incrusto aquí textos escritos en el blog antiguo. Y resulta que en ese traslado me olvidé de copiar las últimas líneas, error que fue rápidamente advertido por mi amigo Albert. Pero no se debió a ningún estado de embriaguez, sino a mi natural torpeza, pues me previne de publicarlo antes de salir el sábado por la noche, che. Así que ya dejá de levantar falsas acusaciones en mi contra, pibe, porque vos no estabas mucho mejor.

  6. kleefeld dijo:

    No pienso responder a tu mensaje, avellanal.
    Lo que haré será ponerme a buscar “El libro de arena” por estos mundos del Oh-My-Lord.
    Un saludo

  7. val dijo:

    Este texto me ha hecho recordar al relato que escribí hace un tiempo, donde el río ocupaba el mismo espacio que en la obra de Borges que comentas y que creo, no he tenido la suerte de leer.

    Todo está inventado.

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