Mucho más que el amigo de Borges…

La obra literaria de Adolfo Bioy Casares ha sido unánimemente reconocida y aplaudida en casi todo el mundo. Sin embargo, en el profundo interior de la Argentina, el país que lo vio nacer y en el que se desenvolvió dentro del universo de las letras, su trascendencia suele ser minimizada en ciertos ámbitos de la mezquina intelectualidad “progresista”. En verdad, tras ese menosprecio por su legado artístico puedo entrever –al menos en no pocos casos concretos– un visceral desprecio, rayano en la repulsión, que se concentra no tanto en su obra como sí en su figura: esto es, maltrato gratuito fundado en sus orígenes, en su forma de vida, en su aparente falta de compromiso político. Como descalificar literariamente a Borges suponía la pérdida automática de la seriedad, una confesión de la envidia alojada, encontraron en el aristocrático amigo de Georgie al enemigo ideal, y lanzaron una embestida tan obtusa como improductiva.

Cuando Bioy conoció a Borges, allá por comienzos de los años treinta, era todavía un jovenzuelo despreocupado (Borges vino al mundo en las postrimerías del siglo XIX, mientras que su compañero no nació sino hasta cuando estalló la Primera Guerra Mundial; de lo que puede derivarse que lo separaban en el tiempo exactamente tres lustros). En un elemento tan prosaico como la mencionada diferencia de edad se basó buena parte de la crítica para advertir, con malicia, que el mocetón sempiterno de Bioy Casares –siempre lo fue, hasta cuando contaba con más de seis décadas sobre sus espaldas, contrapuesto deliberadamente con un anciano Borges que, según reza la letra de un grupo de rock nunca fue bebé– a lo largo de cincuenta años jamás pudo quitarse el estigma de ser nada más que el discípulo, o bien, con mayor bellaquería aún, el ayudante del maestro Jorge Luis.

Una cita de Borges bastaría para echar por tierra tamaña ridiculez que sólo revela ignorancia o rencor: Siempre que se ha dado una amistad entre escritores de edad muy despareja, se supone que el mayor es el maestro y el menor el discípulo pero, en nuestro caso, no ha ocurrido así: el maestro ha sido el joven, y el viejo discípulo he sido yo. No obstante, considerando que Borges abusó de su benevolencia al invertir los roles históricamente asignados, me permito aseverar que ninguno fue maestro y ninguno discípulo: cultivaron una fecunda amistad que los encontró caminando a idéntico paso, sin adelantarse uno, sin rezagarse el otro, durante la inagotable peregrinación que juntos emprendieron por las mil y una bifurcaciones de los senderos literarios.

Alguna vez Bioy comentó, al motivar afinidades, que nada le cautivó tanto como descubrir, al conocerlo, que Borges era la primera persona en el mundo para quien no existía cosa más importante que la literatura. En el año 1985, por obra del azar, dio con una carta en que su padre (Adolfo Bioy) le preguntaba al poeta Oliverio Girondo qué tal era un muchacho apellidado Borges que estaba corrompiendo a Adolfito. La misiva, claro está, databa de la década del treinta. No me gustó sorprender póstumamente a mi padre en una acción que él no previó que yo conocería. Además, me desagrada encontrar a mi padre cometiendo errores que la posteridad muestra como crasos, pero que en ese momento no eran tan evidentes. Por cierto, la “corrupción” de que se habla en esa carta debe de ser la de apartarme de la senda del buen estudiante, que regularmente da buenos exámenes y los aprueba. Evidentemente Borges, con su sola presencia de interlocutor me dio más coraje para interrumpir el estudio de disciplinas que me apartaran de mi vocación. La vocación ya estaba en mí: había publicado un libro, había dejado por lo menos una novela de más de quinientas páginas inconclusa, escribía diariamente y leía con voracidad. En esos años seguía escribiendo libros, que fueron mi aprendizaje, leyendo mucho más que casi todas las personas que conozco, teniendo amores con Silvina, trabajando en el campo, jugando al tenis, escribiendo La invención de Morel.

Al afirmar que no existieron roles jerárquicos en la relación que cambió el curso de las letras argentinas, se hace imperante, sin embargo, señalar que también se forjó, sobre todo a partir de la década del cuarenta, una suerte de comunidad intelectual binaria en base a la cual ambos se influenciaron –literariamente– de forma recíproca. Conviene recordar, por ejemplo, que solamente Bioy consiguió convencer a Borges acerca de la necesidad –de las ventajas– de abandonar su prematuro acercamiento al barroquismo. Fue el eterno donjuán también, quien animó a su amigo para que se abocara de lleno a la escritura de ficciones; en otras palabras, fue el irresistible caballero vestido de impecable ropa de calidad inglesa quien alentó a su amigo para que legara a la posteridad algunas de las mejores páginas jamás escritas de la literatura universal.

La prosa de Bioy Casares es elegante, límpida y precisa. La preocupación por los registros del lenguaje popular es uno de sus sellos identitarios. Su poética, si bien en algún momento estuvo emparentada, fue adquiriendo visos completamente diferentes a la de Borges, hasta construir un universo de rasgos propios e indelebles. Los contrastes más marcados entre la obra de uno y otro quedan expuestos, con exactitud, cuando Bioy dice: A Borges le gusta menos que a mí Benjamin Constant y seguramente le atrae menos Stendhal.

En el año 2004 cayó en mis manos La invención de Morel. Hace tiempo ya que había guardado en el polvoriento baúl de los recuerdos a las novelas de aventuras que me hicieran compañía durante mi infancia y primera adolescencia: Salgari, Twain y Stevenson. Entonces, a contramano de lo que estaba leyendo en aquel momento, Bioy Casares, por un instante, me hizo regresar a la isla del tesoro, al ensangrentado mar de la Malasia, al río Mississippi… pero con dos agregados que no se permitían dichas historias: un postulado fantástico y, como con total justicia acotara Borges, una trama perfecta. No me parece imprudente afirmar que La invención de Morel es altiva heredera no sólo de La isla del Dr. Moreau, sino también de los más destacados cuentos de Poe. No obstante, y reconociendo previamente que se trata de su obra maestra, he de observar que mi novela preferida de su autoría es El sueño de los héroes, a la que resumo asegurando que posee uno de los argumentos más bellos que yo haya leído, en el que se mezclan como el río con el océano, hasta tornarse indistinguibles, la realidad con los ensueños.

Cuenta Adolfito en su monumental colección de anotaciones íntimas, titulada simplemente Borges, que el 14 de junio de 1986 se encontró con su hijo en una confitería y le obsequió Un experimento con el tiempo, de J. W. Dunne, libro que minutos antes había adquirido. Luego de almorzar, fue caminando hasta el quiosco para conseguir un nuevo ejemplar. Allí, un individuo con cara de pájaro, según su propia descripción, le dijo dos veces que ése día era muy especial. Desconcertado, Bioy sólo atinó a preguntar el motivo de semejante afirmación, y este joven le respondió: Porque falleció Borges. Esta tarde murió en Ginebra. En aquel momento comprendió que no volvería a verlo nunca más, agachó la cabeza y siguió su camino, sin pronunciar palabra alguna. Desde ese preciso instante, comenzaba a existir un mundo sin Borges, vale decir, un mundo peor. Sólo cuando, más de doce años después de aquel acontecimiento, Bioy se unió a su amigo, algunos comprendieron, yo comprendí, que entonces comenzaba a existir un mundo sin Bioy Casares.

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8 respuestas a Mucho más que el amigo de Borges…

  1. Germán Ricoy dijo:

    Al menos siempre nos quedará Don Honorio Bustos Domecq.

  2. val dijo:

    Desde luego que Bioy era mucho más que el amigo de Borges. La invención Morel es sublime.

  3. kleefeld dijo:

    Gracias por escribir este texto, Clau.
    Me atrae especialmente la idea de “comunidad intelectual binaria”, según palabras textuales, y sin haber profundizado nada de nada en ninguna de las dos obras, por momentos me pierdo en ideas de lo que podría haber sido si alguno de los dos no hubiera estado ahí. ¿Un mundo sin Borges? ¿Un mundo sin Bioy Casares? ¿La no-existencia de alguno de ellos, cómo habría influido en la obra de su antagonista?

  4. avellanal dijo:

    Cualquier posible esbozo de respuesta al interrogante que plateas, Ignasi, me parece que no sería más que una conjetura sin mayor asidero. Yo sólo soy conciente de que la presencia de Bioy Casares en la obra de Borges está latente en cada página, y a la inversa. De ahí lo de “comunidad intelectual binaria”. No podría haber sido de otro modo, considerando que Borges, con puntualidad inglesa y asistencia perfecta, comió en casa de Bioy durante décadas y décadas. El convite era una vaga excusa para entablar extendidas conversaciones sobre De Quincey, Dante, Stevenson, Quevedo, cuentos fantásticos, argumentos policiales… sobre la literatura misma, y por extensión, sobre la vida.

    Borges escribió en “Una vindicación de Mark Twain”: Tres amigos que se ven con alguna regularidad acaban por elaborar un dialecto burlesco, una tradición de espléndidas alusiones.

  5. Ignacio dijo:

    Ya iba tocando que alguna vez le dedicaras un texto a Bioy Casares. Me gustó mucho. Alguna vez deberías escribir también sobre sus dotes de galán y sobre su relación con Silvina Ocampo.

  6. Al dijo:

    Muy interesante como siempre tus textos Clau, he de confesar que no me he sumergido en la literatura de Casares, al contrario de con Borges..pero este es un buen referente, sin duda.

  7. pads dijo:

    veo que últimamente la producción de artículos para este blog está aumentando… así que de vez en cuando veo que has escrito tres artículos, y tengo que afrontar el sonrojo que me provoca ser tan descuidado de no haberlos leído…

  8. avellanal dijo:

    La producción depende de cuán ocupado (e inspirado) haya estado en los días previos. Así puedo actualizar cuatro veces en una semana como luego una sola vez.

    Lo que sucede, Paddie, es que yo no tengo que ocuparme también de un fotolog. Y eso ayuda, claro que ayuda.

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