El sutil encanto del tenis (y yo)

Desde los ocho hasta los catorce años mi vida fue tenis. Haciendo memoria, pensándolo bien, el tenis y yo transitamos por los mismos carriles desde que tuve edad suficiente para caminar sin sostenerme en un sofá. Resulta que mis padres practicaban este deporte con inaudita regularidad, y como a mí no me hacía mucha gracia apartarme demasiado tiempo de mi madre, insoslayablemente tenían que llevarme con ellos al club. Por lo tanto, entre cuatro canchas de polvo de ladrillo pasé mañanas enteras de mi niñez; aunque, como es de esperar en un tierno infante, centraba mi atención no tanto en los avatares de un juego que no comprendía, como en la mansedumbre y la belleza de las nubes flotando, en grácil acrobacia, sobre mi cabeza ya entonces ensortijada (mi inclinación a observar esa arquitectura del azar, tal como las llamaba Borges, viene de aquellos años). También intentaba trepar a un árbol que me cuadruplicaba en altura, y finalmente, rendido por la fatiga y la conciencia del fracaso, me dormía a su sombra, quizá soñando que me encontraba en lo alto de la copa y no a sus pies.

A medida que fue pasando el tiempo, en puntas de pie comencé a lanzar curiosas miradas hacia el sector de las canchas. Todos los que allí jugaban, lo comprendí luego, no eran más que aficionados que sólo buscaban jirones de recreación en esos cuadriláteros anaranjados, pero para mi ingenua contemplación iniciática pertenecían al círculo privilegiado de ‘los tenistas’, al más alto escalafón posible, y sus golpes y desplazamientos me parecían de una sutilidad esplendorosa.

Un día, de golpe, mi padre llegó a casa con una raqueta pequeña, para niños. Yo había pretendido ensayar algunos golpes con raquetas ajenas, pero la desproporción existente era tan grande que todo intento fue en vano. Sin embargo, a merced de la reciente adquisición empecé a practicar con ahínco; sospecho que gasté el frontón del club. Como mi entusiasmo fue incrementándose, me asignaron un profesor, que nos brindaba sus conocimientos a una niña pelirroja y a mí. Era un señor alto, muy alto. Sólo hoy me doy cuenta de los gigantescos aires de comicidad que habrá desprendido aquella escena: un hombre de casi dos metros tratando de enseñarle golpes planos a dos enanos que no tenían idea de quién era Guillermo Vilas. Con todo, y a pesar de las limitaciones que supone en el tenis semejante altura (también tiene sus ventajas, claro está), este profesor tenía cierta elegancia made in England en sus desplazamientos y en su hilarante técnica de saque: la pelota parecía suspenderse en el aire durante segundos que olían a eternidad.

El gentleman tuvo que mudarse de ciudad por no sé qué circunstancia, la chica de cabello colorado desistió de seguir practicando y se dedicó a la equitación, mas yo continué aferrado al entrenamiento monótono pero tan útil de pasar horas y horas frente al frontón, a la par que comenzaba a atornillarme frente al televisor cada vez que emitían algún partido del circuito profesional. En aquel tiempo recuerdo que Jim Courier y Pete Sampras se disputaban el número uno, si bien Andre Agassi ya empezaba a embestir desde más atrás. No obstante, el jugador por el que sentí una profunda e instantánea admiración fue el sueco Stefan Edberg, estereotipo del refinamiento y la elegancia dentro de un court. Su volea de revés era un prodigio de dimensiones artísticas. Por una cuestión cronológica, no me tocó ser testigo de su época dorada, pero sí tuve ocasión de verlo alzarse, junto al equipo sueco, con la Copa Davis. Hasta la aparición de Roger Federer, nunca simpaticé tanto con otro jugador como con Edberg.

Así es que, a fuerza de tanto esfuerzo y constancia, abandoné el frontón, y los mayores, quizá apiadándose de mí, me invitaron a pelotear con ellos. No transcurrió un lapso temporal muy extenso antes de que consiguiera quitarle un set a alguno de ellos, jugadores de toda la vida, según se denominaban a sí mismos. Tomé prestadas algunas características del juego de mi ídolo, pero considerando que mi saque jamás fue muy efectivo (el suyo tampoco lo era), pronto tuve que desistir de aplicarme al saque y volea, pues de ese modo terminaba por perder todos los partidos por paliza. Permanecí en el fondo, con irrupciones esporádicas a la red, y perfeccioné mi revés con topspin.

Cuando me ofrecieron participar en un torneo regional con jugadores de otras provincias, mi alegría fue mayúscula. No gané aquel campeonato, aunque sí llegué a cuartos de final, enfrentando a rivales mayores que yo, tanto en edad como en contextura física. De ahí en adelante fue una sucesión interminable de tenis y más tenis en mi vida: entrenamiento diario de dos a tres horas, “duelos a muerte” con chicos de otros clubes, viajes, torneos por edades primero y por categoría después, rotura de raquetas, alegrías, desilusiones, etc. Mis padres, mientras tanto, estaban preocupados por la escasa dedicación que le brindaba al colegio. En una ocasión en la que mi ciudad era la sede de un torneo satélite, y yo me desempeñaba como ball-boy, peloteé con Guillermo Coria, quien fuera número tres del mundo, y por aquel entonces recién estaba comenzando a suscitar su ascenso dentro del circuito.

Cuando las exigencias empezaron a ser mayores, mis padres y yo, de común acuerdo, decidimos que lo conveniente era tomar un respiro por un período, para reflexionar y luego decidir por mí mismo si realmente quería dedicarme al tenis. Claro que durante aquellos años también había leído lo suficiente, había escuchado algo de los Beatles, había visto cientos de películas (en su mayoría de terror) y también había descubierto mis dotes para desempeñarme (no sin cierta torpeza) dentro de ese reducto que estimula la inventiva llamado cocina, entre otras cosas que había aprendido y ahora no vienen al caso. Lo que quiero referir es que comprendí que el tenis me gustaba mucho, muchísimo, y que me gustaría por siempre, pero que existían escalas de prioridades y que quizá dicho deporte no estaba a la cima, al menos en lo que a mí respectaba.

Desde los catorce años en adelante jugué esporádicamente al tenis, no ya en términos de competitividad sino de pasatiempo, y fui un alumno un poco más aplicado, sin llegar al extremo de ser calificado de “traga”, término desdeñoso con el que se individualiza en la Argentina al alumno que no saca otra calificación que diez. Y es que la instrucción escolar y yo nunca nos llevamos demasiado bien. Pero volviendo al tenis, noto que generalmente aparece, al menos en el imaginario colectivo, vinculado con las clases altas, lo que acarrea una especie de ridículo menosprecio (es cierto, Adolfo Bioy Casares dedicaba cada mañana de sus años mozos a afinar su drive, mientras seducía a su agraciada contendiente de turno). Si se me permite, la cancha de tenis, para los que hemos jugado con empeño y pasión, lejos está de ser ése reducto estereotipado dentro del que con indiferencia se entretienen las personas privilegiadas de la sociedad, sino que es, como con exactitud lo expresara Guillermo Martínez, un joven escritor argentino, un rectángulo fuera del tiempo, donde están todos los elementos de una épica en escala y todas las pasiones de la caldera humana: grandeza, astucia, intuición, euforia, resignación, voluntad, resistencia, cálculo, riesgo. Borges aseguraba con insistencia que la épica es unas de esas cosas que los hombres necesitan a montones. Si hubiese seguido (inconscientemente) su consejo, dedicándome al tenis, quizá ahora no estaría escribiendo estas líneas, quizá no hubiera descubierto siquiera una página suya. Sospecho que no me equivoqué: hoy me contento con leerlo a cada rato y mirar a Federer por la tele.

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10 respuestas a El sutil encanto del tenis (y yo)

  1. val dijo:

    Es muy agradable poder leer algo más íntimo y personal en tu bitácora. Espero leer textos de semejante factura con mayor frecuencia:)

    Yo no sé si el tenis será elitista, desde luego no son muchos los que tienen oportunidad de practicarlo. Al menos acá. Vi hace unos días unas imagenes de Mongolia, y tenían billares a punta pala. Debe ser el deporte más practicado del país…pero si nos movemos a otras latitudes puede que no sea tan popular y universal.

    Quien sabe.

    Desde luego, ver la victoria de Federer ante Nadal en 59 minutos esta mañana ha sido delicioso. ¿Has tenido la oportunidad? Bueno, ¡qué digo! Serían horas intempestivas en el país de las papeleras, jaja. Nadal tenía un 0-30 a favor y Federer ha metido cuatro aces para hacerse con el punto, cuatro!

  2. pads dijo:

    no me gusta nada ver el tenis por la tele, pero de canijo jugué un poquito, a veces en el club de tenis y otras en una pista improvisada, pero que suplía a la perfección a las pistas auténticas.

    Supongo que ahora ya no sepa ni coger una raqueta, ni mucho menos las normas :S

  3. Felicidades Federer, me sorprende como ha mejorado todavía su juego insuperable. Esta haciendo un saque impecable y jugando un tenis muy bueno siendo más agresivo subiendo a la red enseguida. Si sigue jugando así, creo que se lo va a poner dificil a Nadal en Roland Garros. Tiene un golpe de raqueta increible. Felicidades tambien a David Ferrer que esta jugando increible, a ver si la temporada 2008 juega así de bien al tenis tambien. Aprovecho para invitaros a todos a visitar El Foro del Tenis http://www.elforodeltenis.com

    Saludos.

  4. Facu dijo:

    Clau, el tenista. Es una lástima que ya no te dediques tanto a la práctica del tenis, porque tus desplazamientos en la cancha son asombrosos, aún para los que no entendemos nada y poco hemos jugado.

  5. Germán dijo:

    Uh, tenis…… Mi primer deporte que practiqué. Horas y horas en el frontón. Desde los 6 años. Nunca competí, eso sí aprovechávamos el verano a 40º de calor, para encontrar una cancha libre en el club. Lástima que por el tema de la vista lo tuve que dejar a los 20 y pico. Una lástima. Cosa rara intercambiaba el tenis y el judo. En éste último sí competía.
    Pero nadie me va a sacar el placer de haber estado dentro de una cancha.Ahh, siempre me divertí más jugando en dobles, será porque era malo jugando? Jejeje

  6. avellanal dijo:

    Lo cierto es que el dobles suele ser, por regla general, más divertido, sí. En el dobles, al menos a mí me sucede, no importa tanto ganar sino más bien, divertirse.

  7. Quime dijo:

    Yo también he intentado con el tenis, pero fracasé al mes de asistencia al club.

  8. agnes dijo:

    vaya Clau, me has recordado cuando intenté jugar con las raquetas de mi pare, esas de madera, aquellas que pesaban un quintal :D
    que te voy a decir yo, que me encanta el deporte… que me pasó algo parecido, solo que con el atletismo, ya sabes, y que lo dejé un poco cuando estudiaba, permitiendome salir menos a correr, pero sin poder dejarlo, y ya no pensando en competir, si no, en disfrutar de algo que me encanta :)

    un saludo y sigue disfrutando del tenis ;)

  9. kleefeld dijo:

    Yo en su momento proclamaba a los cuatro vientos que el tennis era mi deporte favorito. No se me daba del todo mal: si me esforzaba podía ganar algún que otro punto, creía tener una buena visión del terreno, no temía tirarme al suelo para golpear la pelota…
    Pero lo dejé.
    Plas plas plas.

  10. Bueno bueno, no, me dejás en bolas entonces, yo jugué un par de torneos de mierda pero nunca mas allá de octavos (es más, ya había toda un aura de los fantasmas de octavo para mi).
    Sin embargo, me gusta mucho el final donde concluís que no te arrepentís de haber elegido el tenis como forma de vida… es que es así, mirá sino el desperdicio de cabeza que hubiera sido, los que practicamos tenis de vez en cuando no hubieramos podido leer tu relato sobre el behind the scenes del tenis.
    No te imaginaba en una vida tan tan deportista.
    Solo no coincido en una cosa… los dobles nunca son más entretenidos que los singles, jajaja…
    Otra cosa: del top ten… ¿Cuantos a dos manos?¿8?¿9?, jajajajaja, joda joda :P

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