Discos que influyeron en mi formación musical (X)

Surrealistic Pillow – Jefferson Airplane (1967) Baudelaire y el mismo Nietzsche, desde tiempos lejanos (para nosotros, al menos), se referían a la utilización de diversas sustancias como medio para lograr la alteración transitoria de la conciencia, sin dejar de vincular los efectos de estos agentes con el acercamiento místico, el contacto directo con la divinidad. Es sabido que Aldous Huxley, especialmente en su novela La isla, profundizó en estas cuestiones; pero fue un psicólogo, Timothy Leary, quien se erigió en una especie de guía espiritual del movimiento psicodélico, al exponer que el uso de estas drogas constituía una “empresa filosófica”: su frase característica era: “Turn on, tune in, drop out”. En términos estrictamente musicales, ningún grupo de la costa oeste norteamericana representó tan fidedignamente la consigna generacional de liberar el cuerpo y expandir la mente, del modo en que lo hicieron los Jefferson Airplane –podríamos incorporar a The Greateful Dead, Country Joe & The Fish y Quicksilver Messenger Service–. Resulta imposible comprender la música de estas agrupaciones si se excluye el análisis de la situación sociopolítica estadounidense de aquellos años, si se obvia la figura de Nixon y Kissinger, si se pasan por alto los cenagales de Vietnam. El apogeo del acid-rock en California se corresponde temporalmente con el auge del flower-power: de allí que su esplendor se ubique desde el festival de Monterrey hasta el mítico Woodstock. En tan corto período de tiempo, sin embargo, se escribieron algunas de las gloriosas e irrepetibles páginas de la historia del rock, y en ese sentido, este disco de la banda de San Francisco, ocupa un lugar privilegiado, por ser una de las más perfectas materializaciones musicales de la fantasía psicotrópica que reinaba en el ambiente.

Después de la publicación de un (buen) disco debut, se produjeron algunos cambios dentro de la formación inicial del grupo, y de ese modo es que ingresó la vocalista Grace Slicks, cuya encantadora voz y figura serían claves de allí en adelante. De hecho, su presencia es una de los más sólidos fundamentos para que el álbum que nos ocupa me enloquezca a niveles orgásmicos. Encuentro sencillamente inverosímil el no tener la sensación de estar flotando al escuchar “White Rabbit”: es oír esas líneas de bajo y a Grace susurrando: One pill makes you larger, y entrar en un auténtico estado de trance. Florece de pronto algo semejante a un extrañamiento onírico, a una derivación hacia un mundo extravagante, que en poco más de dos minutos rebosa picos epopéyicos de éxtasis y se apodera con totalidad del entorno, de la atmósfera. La letra hace referencia a la célebre obra de Lewis Carroll: When men on the chessboard get up and tell you where to go. And you’ve just had some kind of mushroom. And your mind is moving low. Go ask Alice. I think she’ll know. Se trata, en definitiva, de la canción icono ad eternum de todo un movimiento contracultural que concibió su música bajo los efectos del LSD u otros alucinógenos.

“She Has Funny Cars”, la canción que da inicio al disco, presenta un sonido versátil, con un penetrante riff de guitarra eléctrica, instrumento que le brinda una fascinante distorsión al clima general de la pieza; destacándose también el impecable ritmo que le confiere la percusión, a cargo de Spencer Dryden. “My Best Friend” remite sin titubeos a The Byrds: aquí sale a flote el costado más deliciosamente pop de Jefferson Airplane. “Today” es una balada escrita por Marty Balin y Paul Kantner, que transmite melancolía atiborrada por los cuatro costados, y de la que me gusta, sobre todo, sus logradas armonías vocales –pese a que Grace Slicks queda en un segundo plano–.

No obstante, el súmmum del álbum lo constituye “Somebody To Love”, cuya letra y melodía han trascendido con amplitud al mismo grupo y al flower-power en su conjunto. La performance vocal de Slicks es sencillamente de otro planeta: su voz traspasa lo que podría denominarse intensidad. Sin duda alguna, estamos ante un verdadero himno, representativo no sólo de un manifiesto artístico o de una forma de vida, sino de toda una época; época en la que se tenía la férrea convicción de que a través de la música se podía cambiar el curso de la historia.

Con la delicada interpretación de Marty Balin, “Comino Back To Me” es otra zambullida de tintes lisérgicos. En el tenue acompañamiento de guitarras acústicas se pueden rastrear algunas notas distintivas de la psicodelia californiana. “3/5 Of A Mile In 10 Seconds” es un potente rocker que seguramente habrá sido la banda sonora ideal de algún que otro “viaje colectivo” en Haigh-Ashbury. Destaco, sobre el final del trabajo, la exquisitez de la pieza instrumental “Embryonic Journey”, a cargo de Jorma Kaukonen (sus reminiscencias folk son evidentes); y la frescura de “Plastic Fantastic Lover”.

Surrealistic Pillow es, grosso modo, un disco de inspiración milagrosa. Su sonido, pletórico de ferocidad y sutileza, es, además el testimonio de una generación que, equivocada o no, le aportó más que nadie al rock ‘n’ roll. Su escucha se torna forzosa e ineludible.

Blue – Joni Mitchell (1970) Al aseverar que Joni Mitchell merece, desde hace tiempo ya, integrar el sitial de honor reservado a los grandes poetas que la música popular ha cedido a la literatura, junto a Bob Dylan o Leonard Cohen, ciertamente no estoy descubriendo nada. Las cosas se reflejan sin desperdicio en su poesía: lo grande, con dilatación; lo singular, con delicadeza, pero siempre elaborando su gabinete imaginativo bajo el común denominador de la exquisitez compositiva, del refinado pulido artístico.

A lo largo de su carrera fue innovando (no es casual que sus influencias abarquen una gama tan variada de artistas, que van desde Claude Debussy hasta Ray Charles) y experimentando cambios, como la sutil mudanza de su inicial voz de soprano hacia tonos más bien de contralto, que han dotado de mayor naturalidad a sus interpretaciones. Es innecesario aclarar que, si como compositora está a la misma altura que el gran Dylan, como intérprete, le saca varios cuerpos de ventaja.

No dista mucho tiempo desde que éste excelso álbum cayera en mis manos. Desde aquel momento, no lo he abandonado jamás: tal es el encantador poder que sus diez piezas, que sus diez gemas, irradian.

En “All I Want”, la canción que abre el disco, Joni expresa que está inquieta, que está sola y en camino, que está viajando. Sin preámbulos, nos revela el acentuado carácter intimista que será moneda común en el transcurrir de la siguiente media hora. Le sigue “My Old Man”, una pieza que despliega un acabado preciosismo, especialmente gracias a la cristalina y hermosa performance vocal de la artista canadiense, dando cuenta de su timbre de voz tan agudo como inusual.

“Little Green” supone un instante particularmente emotivo, pues se trata de un tema dedicado a la hija que, cuando era muy joven, tuvo que dar en adopción. Estamos frente a una aleación de intensidad y ternura, de vigor y nostalgia. El estribillo reza: Just a little green. Like the color when the spring is born. There’ll be crocuses to bring to school tomorrow. Just a little green. Like the nights when Northem lights perform. And sometimes there’ll be sorrow.

La instrumentación es simple, despojada de recursos aparatosos; construyendo de este modo, un sonido muy desnudo, ligeramente cercano al folk, que se puede estimar en la un tanto más rápida (en comparación con las demás) melodía de “Carey”, en la que, además del piano, aparece el dulcimer apalache, refinado instrumento de cuerdas que también usara Jeff Buckley –artista directamente influenciado por Mitchell– en el último tema de su ya mítico álbum Grace. Por otro lado, su poder de expresión vocal queda evidenciado en esa delicada y brevísima pieza que lleva el título del disco.

“California” es una canción que, desde sus dulces e iniciales acordes de guitarra, conduce a algo parecido a una derivación hacia lo insólito del mundo (al menos es lo que a mí me sucede, claro está). La voz de Joni es aquí especialmente encantadora. Las inconfundibles notas del “Jingle Bells” dan comienzo a “River”, que no es otra cosa que una nueva perspectiva del viaje interior emprendido por la cantautora, en este caso enfocado en el encantamiento de la época navideña como oportunidad de evasión: It’s comino on Christmas. They’re cutting down trees. They’re putting up reindeer. And singings songs of joy and peace. I wish I had a river. I could skate away on. “A Case Of You”, por ultimo, es lo que a Bob Dylan “Like a Rolling Stone”; es decir, la quintaesencia de Joni Mitchell: luego de escucharlo, uno sólo tiende a aplaudir.

En Blue, al igual que todo gran artista, Joni Mitchell sólo le presta verdadera atención a sus sentimientos más hondos, y el resultado de esta indagación introspectiva, es un álbum prodigioso; pero más importante aún, una pieza primordial para pensar la música popular del siglo XX (pese a ser Mitchell una artista de culto, completamente ajena a lo que es y representa el mainstream).

Tea For The Tillerman – Cat Stevens (1970) Dentro de ese selecto club de discos donde todas sus partes componentes encajan con milimétrica justeza, donde no sobra ni falta nada, donde la palabra perfección no tiene que hacer malabares para acoplarse a la realidad, dentro de ese selecto club, siempre he ubicado al cuarto álbum de ése señor que se hacía llamar Cat Stevens. Tea For The Tillerman constituyó el núcleo de su más fecunda etapa compositiva, que se inició con Mona Bone Jakon, y que se prolongó hasta Teaser And The Firecat: proceso de súbita iluminación y descomunal genio artístico, que duró poco menos de dos años (el disco que vendría luego, Catch Bull At Four, si bien tenía sus delicadas joyas pop, no ostentaba la solidez conceptual de sus predecesores).

Sospecho que resultaría insólito descubrir la obra artística de Stevens por medio de una canción que no fuera “Father and Son”, pues se trata de un tema emblemático que vino a delinear un estado de situación propio de la época en que fue compuesto, pero que se revela como absolutamente en vigor, al desarrollar con delicadeza y veracidad el perenne conflicto generacional. La labor vocal del británico, haciendo las veces de padre (It’s not time to make a change. Just sit down, take it slowly. You’re still young, that’s your fault. There’s so much you have to go through. Find a girl, settle down, if you want you can marry. Look at me, I’m old, but I’m happy) e hijo (All the times than I cried, keeping all the things I knew inside. It’s hard, but it’s harder to ignore it. If they were right, I’d agree, but it’s them you know not me. Now there’s a way and I know that I have to go away. I know I have to go), resulta soberbia. Transmite melancolía y desazón: lazos que irreversiblemente se rompen.

Pero el disco se inicia con una canción igual de sutil, e igual de propicia para la reflexión: “Where Do The Children Play?”; donde la guitarra cobra todavía mayor protagonismo, sobre todo, cada vez que Stevens lanza la pregunta sobre la que gira la composición entera: But tell me, where do the children play? “Hard Headed Woman” es otra deliciosa balada en la que se puede notar el mayúsculo grado de madurez compositiva al que este cantautor había arribado a comienzos de la década del setenta, trasluciendo inigualable sensibilidad a través de tan sólo una característica voz timbrada y de melodías huérfanas de complejidad pero pródigas en refinamiento y buen gusto.

Si no se llegó al universo musical de Cat Stevens gracias a “Father and Son”, con seguridad haya sido por el influjo de su otra pieza a la postre más comercial: “Wild World”, versionada por propios y extraños hasta la saciedad. Desde los acordes iniciales y esos suavísimos “la-la-la-la-la-la-la” hasta el pegadizo estribillo: Oh, baby, baby, it’s a wild world. It’s hard to get by just upon a smile. Oh, baby, baby, it’s a wild world, and I’ll always remember you like a child, girl, la canción emana lirismo a cada segundo, pese a su pesimismo innato. El piano, acompañamiento insistente, aporta todavía mayor fuerza y valía a la guitarra de Stevens.

Sin embargo, mi composición predilecta, no ya sólo del álbum en cuestión, sino de toda la carrera musical de Cat Stevens, es “Sad Lisa”. Aquí, el grado de perfección sonora alcanzado es de un nivel superlativo, especialmente gracias al hermoso resultado que sobreviene de la intercalación de violines y piano. En “Miles From Nowhere” Stevens deja de lado, en algún modo, la contención y la sobriedad vocal de la que venía haciendo gala, para despacharse con una interpretación de ritmo menos pausado, más fervorosa y arriesgada, de la que sale completamente airoso. Destacaría, por último, una delicada y elegante canción, la más larga de todo el disco: “On The Road To Find Out”, en la que nos encontramos con la novedad de que un coro acompaña a la voz principal.

Sensibilidad y madurez, delicadeza y sencillez: de ésos cuatro bloques se valió este sobresaliente compositor británico para engendrar un larga duración fundamental, que todavía hoy, a casi cuatro décadas de su nacimiento, a partir de su arquitectura acústica sin igual, irradia todos sus esplendorosos atributos.

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5 respuestas a Discos que influyeron en mi formación musical (X)

  1. val dijo:

    Debería venir Yusuf Islam a matar unos cuantos infieles, Claudio.

    Me alegra ver que has puesto discos de otros tres artistas que, como es habitual, yo te he descubierto:D

  2. avellanal dijo:

    El comentario que efectuó este personaje de más arriba, sólo amerita que cite a Jaime Balmes: “El hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, acaso más que para engañar a los otros”.

    ¡Este señor nunca ha escuchado un tema de Joni Mitchell! ¡Qué descaro! ¡Qué atropello a la verdad!

  3. pads dijo:

    ays, clau, este val tratando de arañar parte del mérito de estos artículos con los que nos deleitas…

    he decidido que, como te han infuído tanto, le daré una oportunidad a los Jefferson Airplane, si usted me recomienda por donde empezar

  4. Facu dijo:

    La Mitchell ahora sacó un nuevo disco después de mucho tiempo, y todos los comentarios que leí son muy elogiosos. Tiene una voz asombrosa.

  5. avellanal dijo:

    Pads: te recomiendo, sin más, el disco que he comentado. Es la obra maestra absoluta de los Jefferson Airplane. Creo que te encantará.

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