Simples consideraciones sobre el relativismo moral

El relativismo moral consiste, primordial y genéricamente, en sostener la equivalencia moral de los diferentes credos o sistemas morales dispersos por el globo, muchos de ellos antagónicamente enfrentados. Nos dicen que, debido a los tiempos que corren, resulta prudente y necesario mantener un equilibrio entre los distintos credos sin tomar partido, pues las sociedades se encuentran demasiado mezcladas entre sí. De este modo, a cada creencia se le debe conceder idéntico valor. El antropólogo francés René Girard expresó en una oportunidad: Como todas las verdades son tratadas de forma equitativa, teniendo en cuenta que no hay una verdad objetiva, uno se ve obligado a ser trivial y superficial. Deduzco: la holgazanería y el facilismo intelectual se llevan perfectamente con el relativismo imperante; es más, son aliados directos, caminan de la mano.

Recuerdo que al mismo Protágoras -sofista él- se le han atribuido frases como: el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, y de las que no son, en cuanto no son; o Sobre cualquier tema se pueden mantener con igual valor dos tesis contrarias entre sí, sentando, de alguna manera, por medio de este principio de la homomensura, las bases del relativismo gnoseológico. El aprobar paralelamente dos “verdades” antitéticas, justificándolas a partir de factores como el tiempo en que se mantienen, las personas o las sociedades que las sustentan, me parece, es un absurdo de por sí, que no merece refutación alguna, dado que es negar el principio lógico de no contradicción.

En la posmodernidad, no existe la Verdad, sino “verdades” múltiples, variables según la utilidad y las conveniencias circunstanciales, y claro, la mayoría de las veces contradictorias entre sí. De este modo, lo que en el presente tal vez resulte útil, en un abrir y cerrar de ojos, ya no revestirá tal provecho. Se deduce que, de esta manera, difícilmente pueda ser aceptable, en términos de utilidad, aunque sea un mínimo de valores permanentes, de principios elementales, dado que éstos son meramente provisionales y alterables, a gusto de cada persona. Así es que todo se hace en función de los intereses inmediatos, sin reparar en las consecuencias, sin prestarle atención a lo sustancial. Nos vemos forzados a ser triviales, fútiles, y a no ligarnos absolutamente con nada. ¿Para qué complicarse, en pos de qué beneficios comprometerse cuando lo efímero reina? Ya se lo cuestionaba, a principios de siglo pasado, y a su manera, un compositor de tango, Enrique Santos Discépolo: ¡Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor! ¡Ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador! ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! ¡Lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos, ni escalafón, los inmorales nos han igualaó. Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, ¡da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos o polizón!

Creo, desde hace un tiempo a esta parte, que a veces, todo el discurso relativista postmoderno se confunde, se enmaraña con el inestimable objetivo de la pluralidad, del respeto por las ideas y creencias ajenas. La tolerancia está muy bien, claro que sí. ¿Quién, con dos dedos de frente, podría negarlo? Pero se trata de dos niveles de análisis completamente distintos. Yo soy católico y puedo convivir, dialogar y cultivar una gran amistad con un judío, con un escéptico, con un ateo, con un agnóstico, sin renunciar a mis creencias y sin pretender que ellos dejen de lado las suyas. Nunca me voy a cansar de citar a René Girard, enemigo confeso del relativismo: ¿Para qué sería usted cristiano si no creyera en Cristo? ¡Nos hemos vuelto tan etnocéntricos en nuestro relativismo que nos parece que está bien que otros –pero no nosotros– piensen que su religión es superior!

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5 respuestas a Simples consideraciones sobre el relativismo moral

  1. Germán Ricoy dijo:

    Donde más daño causa el relativismo imperante es en el mundo de la cultura. Lo señaló hace tiempo el premio Nobel Joseph Brodsky, de manera memorable, al decir que: “La cultura es elitista por definición y la aplicación de los principios democráticos en la esfera del conocimiento propicia la equiparación de la sabiduría con la imbecilidad”.

    Pero la gente ha perdido la costumbre de pensar por sí misma. Es normal, teniendo en cuenta que la necesidad de aceptación por parte del rebaño ha sido siempre una característica consustancial a los modos de actuación humana (máxime durante la juventud) y un rasgo que hoy se ve acentuado por el imperio de los medios de comunicación masiva, donde “masiva” es la palabra definitoria. Ya sabemos que la masa es una bestia de mil cabezas y un solo cerebro. Y al cerebro de la masa le agrada el relativismo, porque de él deduce que las opiniones dictadas, que cree propias, tienen el mismo valor que aquellas que son fruto del conocimiento adquirido con esfuerzo por inteligencias superiores.

    La tolerancia, requisito imprescindible para la vida en sociedad, se basa en el conocimiento de que todas las personas, por el mero hecho de serlo, son merecedoras del mismo grado de respeto y detentadoras de los mismos derechos universales, pero ese derecho se acaba en las personas y no tiene porqué extenderse a sus opiniones o creencias. Si yo no creyera estar en posesión de la verdad (aún reconociendo la posibilidad del error, y de ahí la búsqueda constante) no tendría sentido que hablara. Sin embargo, no se puede imponer el relativismo de forma absoluta, puesto que eso constituye una contradicción en sus propios términos.

    El relativismo, con su discurso lábil y paradójico, amparándose en discursos de supuesta corrección política, huye del conflicto y la crítica que tan caros fueron a la razón humana de todos los tiempos, y produce así el debilitamiento progresivo del pensamiento humano, convirtiéndonos en víctimas propiciatorias de los discursos del Poder, emanados desde los medios masivos de manipulación de la opinión, puestos al servicio de la sociedad del consumo desmesurado.

    Y al final, donde todas las ideas valen lo mismo, lo más probable es que ninguna valga nada.

  2. Ignacio dijo:

    Contra la dictadura del relativismo :)

  3. avellanal dijo:

    No conocía esa cita de Joseph Brodsky, pero me ha parecido genial. Gracias por tu comentario, Germán.

  4. Legna dijo:

    El relativismo moral siempre me ha parecido la parte mas complicada en cuanto a refutación. Sockal ya dejó en evidencia a toda esta “pandilla intelectual” ya hace unos años, y sin embargo creo que hubo un error al quererlo enmarcar únicamente dentro de la ciencia.

    El relativismo y el “pensamiento” post-moderno se demuestran vacíos y extremadamente peligrosos cuando se pone en practica hasta sus ultimas consecuencias. Cuando su aplicación entra en conflicto con cosas inegociables como el derecho a la vida o a la libertad.

    Me gustaría ver a Lacan o a su pandilla de “pensadores” en el Irán actual, en Rusia o cualquier país que exista la pena de muerte por pensar o actuar diferente a la mayoría. Pues llevando las consecuencias de sus ideas hasta el final deberían defender a sus verdugos.

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