Cuentos Borgeanos

La “siesta creativa” –en términos cualitativos pero también cuantitativos– que atraviesa el rock desde un tiempo –bastante prolongado– a esta parte, no es ninguna novedad. Sin caer en el reduccionismo nostálgico del postulado “todo tiempo pasado fue mejor”, estoy seguro que las sucesivas cosechas han sido más y más pobres. No guardo ninguna clase de dudas al respecto; pese a la enumeración extendida de excepciones, la certidumbre de que –en palabras del ensayista Marcos Mayer– nadie compuso tan buenas canciones después de los Beatles, nadie superó en la guitarra el genio de Jimi Hendrix, nadie cantó con tanta intensidad como Janis Joplin, ningún grupo fue tan sólido y coherente como los Rolling Stones (agregaría otros ítems), reviste la misma solidez que los cimientos de la Muralla China, al menos para este servidor.

En la aislada geografía argentina, sin embargo, el fenómeno global no deja de desparramar sus ecos; aunque, en rigor, la debacle creativa se debe más a situaciones sociopolíticas vernáculas que a un contagio anglosajón. Desde hace cierto tiempo, una importante cantidad de bandas han surgido de la diáspora que la disolución de Los Redonditos de Ricota suscitó en el universo de sus seguidores, conformando, a la postre, lo que se ha venido a denominar “rock barrial” (o “rock chabón”). Se podrá criticar, en principio, la estética estropajosa y descuidada que cultivan, pero la certeza de que bandas –como Intoxicados o Callejeros– no enriquecen el panorama del rock argentino debe sustentarse (siempre) en la insipidez de la música que realizan, en el tratamiento vulgar y pobre que le asignan a la palabra, en la adopción inequívoca de una cultura del “aguante” en la que se mezclan la marginalidad, el alcohol, la delincuencia y las drogas como únicos elementos inspiradores, y el rechazo a la policía y a los integrantes de los sectores socioeconómicos más acomodados, como insignias de una estética suburbana y limitada.

Frente a ese panorama –a todas luces sombrío–, tuve la suerte de descubrir a Abril Sosa, ex baterista de Catupecu Machu, y actual líder de Cuentos Borgeanos, quien dice: Yo creo que un artista siempre tiene que tener la pretensión de ser mejor, de escribir una mejor letra, de vestirse mejor… Ahora es todo lo contrario, cuanto más simple, cuanto más normal parecés, parece que fuera mejor. Siempre hubo una parte del rock que adoptaba lo espontáneo, pero en el fondo eso era algo pensado, algo deliberado y cuidado.

Y precisamente su banda –Cuentos Borgeanos–, ha sido para mí, un alfombrado jardín lleno de rosas y aguas púrpuras, en medio del lodazal caótico y primigenio que ha cubierto con sus cenagosas extremidades el espíritu del rock nacional –otrora tan poético, otrora tan variopinto–, sumiéndolo en un aciago proceso de amnesia creadora.

Comprobar que el líder de una banda de rock argentino sea tan profunda y genuinamente admirador de la obra de Borges (en el disco Misantropía, incluyó un fragmento del cuento La casa de Asterión, narrado por la voz de un niño), que hable más de Kafka o Camus que de las groupies o de la cocaína, no deja de ser sorprendente, y digno de aplauso al mismo tiempo. Además de un enfoque alternativo, me parece, supone un salto evolutivo tremendo.

Abril Sosa se embarcó en un desafío que, a priori, tenía más posibilidades de naufragar precipitadamente que de llegar a buen puerto: utilizar la literatura como influencia directa de la música que compone, y que dicho cóctel resulte mínimamente exitoso en términos comerciales. Se sabe, lo culto no es conciliable con lo popular, y Cuentos Borgeanos –desde su mismo nombre– ya marca una diferencia, ya antepone una distancia, con lo masivo. Sin embargo, luego de haber editado tres discos de estudio –y sin renunciar a sus aspiraciones estéticas–, puede afirmarse que el grupo se ha infiltrado definitivamente dentro del mainstream, gracias a la composición de un sonido rock de corte clásico, despojado de colosales pompas instrumentales, respetando la estructura convencional de la canción, y otorgándole un protagonismo central a la elaboración esmerada de las letras. Llamándose como se llaman, es claro, no podría ser de otra forma.

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5 respuestas a Cuentos Borgeanos

  1. val dijo:

    Ya sabes que mi conocimiento sobre la música argentina es nulo, espero que me hagas de guía algún día, y a poder ser sin utilizar el término rock nacional, que no me pone palote precisamente;)

    Desde luego, esa banda suena interesante, tiene ese tufillo intelectualoide y elitista que tanto nos gusta, aunque mucho me temo por la imagen que sean unos indies insoportables, jeje. Pero les daré una escucha:)

    Por cierto, Los Ramones cantan a esnifar pegamento y a prostituirse(Dee Dee se prostituía con hombres), y apenas saben tocar sus instrumentos. Es lo que trajo la música punk..y a veces tampoco está mal.

  2. pads dijo:

    hoy en día se sigue investigando en la música, y cada año surgen cosas nuevas, hay todo un mundo por descubrir, la música no está para nada agotada

  3. Facu dijo:

    Ah, Cuentos borgeanos, si, si. Yo vi un video de ellos hace poco en la tele, de una canción que se llama “Eternidad”. Tienen estilo. Era obvio que vos ibas a reivindicar a este grupo, jejeje.

    Felices Fiestas!!!

  4. No los conozco pero por lo que cuentas, suenan interesantes. Veremos.
    Besos

  5. avellanal dijo:

    El término “rock nacional” es el que, con unanimidad, se utiliza aquí para designar al rock vernáculo. Me gustaría más usar “rock argentino”, a secas, pero ya se ha adoptado el otro.

    Por lo demás, yo nunca he sido un entusiasta admirador de Los Ramones, aunque la comparación con el fenómeno local me parece un pelín exagerada.

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