Veranos mayúsculos, veranos minúsculos

Existe un proverbio que reza: Repara tu trineo en el verano, y tu carreta en el invierno.

Un asomo de decepción corre por mi organismo cuando noto que un porcentaje no minoritario de los individuos inscritos dentro del dudoso género “lector”, suelen asociar el tiempo estival a la literatura light. Esto es: consideran la llegada del calor, la liberación de las rutinas, la inexistencia del reloj, el período vacacional, como una ocasión inmejorable para enfrentarse sólo a obras menores, insustanciales, de microscópica trascendencia. ¡Qué contrariedad me producen semejantes confesiones! El verano es, por el contrario, un lapso milagroso que se presenta como el más propicio para abordar libros de fuste.

Frente a un espejo artificial entre verdoso y cristalino, que se prolonga por más de ochenta mil hectáreas, durante mi acalorada pubertad, descubrí la imperecedera Macondo. Aureliano Buendía y su estirpe condenada a un siglo de soledad, bajo el sol de enero, es un programa que ofrece un exquisito placer sensorial, un sinfín de gratas experiencias. Una novela que absorba, que exige –y brinda– tanto de parte del lector, sólo puede ser disfrutada en su real valía, apreciada en cada uno de sus planos, cuando se está libre de toda clase de ataduras cotidianas, cuando la libertad absoluta no se nos antoja una quimera. Yo leía Cien años de soledad en la diáfana mañana, mientras el tero gritaba, mientas el cardenal, en vuelo altivo, se paseaba. Al llegar el sol a la cúspide y calcinar la tierra, cuando las sombras son de nuestro mismo tamaño, también estaba con el libro en la mano; del mismo modo que durante las sofocantes y silenciosas siestas en las que los bosques de eucaliptos y pinos se convierten en majestuosos refugios de frescura. También mientras se asomaba el crepúsculo, que se posterga, que se extiende. Y por las mágicas noches estrelladas, en las que el cielo parece una infinita bóveda pintada por Dalí. En fin, me era imposible abandonar semejante maravilla narrativa.

Pero ahora, pareciera que durante el verano, en el fragor del mar, en la serenidad de la montaña o en la cotidianeidad del hogar, no hay que aventurarse a emprender iniciativas “hazañosas”: exigirle en enero al intelecto, que ya fue exprimido a lo largo de todo el año, constituye un despropósito. Entonces, ¿para qué apreciar una obra con rigor académico como Las ideas políticas en Argentina, de José Luis Romero, si en cualquier cadena de librerías se exhiben miles de ejemplares de cada uno de los tres tomos de Los mitos de la historia argentina, de Felipe Pigna, o lo que constituye una trilogía de chismes disfrazada de libros de historia? ¿Con qué sentido leer al enfant terrible de Bret Easton Ellis y su Lunar Park, o al Nobel turco Orhan Pamuk, si aquí nomás tenemos a Paulo Coelho y a Isabel Allende lanzando sus enésimas novedades editoriales del año? Del magnánimo libro de memorias de 1.600 páginas intitulado Borges, y escrito por Adolfo Bioy Casares, mejor ni hablar, claro está. O de los dos volúmenes de crítica literaria que concibió Edgar Allan Poe. No habrá que olvidar pues, que el verano supone distensión, relax, inacción. Eso lo justifica todo.

A menudo pienso que buscar el estatismo intelectual consiente, es una forma innovadora de procurarse la muerte en vida, sea en julio, septiembre o enero.

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5 respuestas a Veranos mayúsculos, veranos minúsculos

  1. kleefeld dijo:

    Una vez, alguien me dijo:
    “Chico, deja de leer, que estamos en verano.”
    Y comprendí qué era ser imbécil.

    Tú mismo, avellanal, eres consciente de que no existe tal género lector, y que el cerebro de los participantes de dicho género “dudoso” está formado por una única entidad en forma de moneda.

    Y yo pregunto: ¿puede uno vivir “realmente” en el estatismo intelectual? En el caso de que pueda vivirse así, ¿se puede morir también de dicho modo? ¿No puede ser que algunos muertos luchen por creerse vivos y que otros fallecidos lean para iluminar su ilusión de vida?

  2. daniela dijo:

    Hola Claudi.

    Hace un montonazo que no me pasaba por tu blog. Desde unas reseñas de discos. Pero bueno, ahora me encuentro con tanto por leer aquí y todo tan interesante y tan bien escrito -me dirás que soy chupamedias, pero sabés que es lo que pienso)

    Sobre el tema de la lectura en verano no sé mucho que decir. Lo que pasa es que mucha gente en las vacaciones quiere solamente distenderse y olvidarse de las preocupaciones, y como decis, hacer trabajar lo menos posible las neuronas. Yo que no soy una gran lectora leo menos durante el verano, pero en mi caso no vale porque las mías casi siempre son lecturas livianitas-livianitas.

    Espero que hayas disfrutado de las fiestas junto a tu familia y te mando un besote grande, precioso.

  3. Vampiresa dijo:

    Por mucho que hagan o dejen de hacer los demás.
    Sea primavera, verano, otoño o invierno, nunca dejaré de hacer lo que me place.

    No seguiré las corrientes que llevan arrastrándose a los ya moribundos por esas sendas.

    Nunca dejaré a un libro ni a unas letras.

  4. Cuando era mas joven y no se por que, los dias me cundian mas, devoraba con ansia las novelas que comentas. Siempre me han dicho que tengo un gusto literario muy “raro” pero reconozco que hay autores que me prohibo si no estoy bien. Camus por ejemplo es un autor que si estoy un poco triste, me hunde. Leopoldo Maria Panero me autodestruye por dentro si no ando con cuidado. Asi que si, soy de las que elijo lecturas mas livianas pero no segun el tiempo, mas bien segun mi tiempo interno.

    Adoraba leer las novelas de Koontz en epoca de examenes en la factura porque se leen rapido y se olvidan aun mas rapido. En cambio cuando tenia vacaciones, no importa en que momento del año, buscaba un rincon donde perderme a leer y a veces no solo me pasa con la lectura. Tambien me sucede con la musica, las peliculas, … No escucho blues si no estoy receptiva. O procuro no ver la doble vida de Veronica si no tengo el animo acorde.

    Hace mucho que deje de preocuparme por lo que pensaran los demas de mis lecturas. Las niñas de mi colegio decian que tenia gustos de viejos! A veces creo que la juventud esta sobrevalorada.

  5. val dijo:

    Las únicas variables a tener en cuenta para elegir una lectura son el tiempo del que se dispone y el contexto personal del lector. Y nada más.

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