Encuentro con el enigmático parque Lezama

Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama. Se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres y permaneció sin hacer nada, abandonado a sus pensamientos. (Ernesto Sabato, Sobre héroes y tumbas, )

El parque Lezama, a partir de 2004 –cuando el milagro narrativo concebido por Sabato me embriagó–, pasó a ser, no ya un sitio a visitar, sino una pensamiento incesante revoloteando por mi cabeza en forma de obsesión. Sonará ridículo, pero sentí, a lo largo de estos años, que ése lugar, otrora suntuosa residencia, me citaba, me instigaba a descubrirlo. Un sábado de agosto de 2006, finalmente, logré transitarlo.

Intuyo que los matices grisáceos que envolvieron el cielo de Buenos Aires aquel día, forjando un ambiente por demás sombrío, reforzaron las impresiones que saturaron mi ser durante todo el vagabundeo.

Enclavado entre las calles Defensa, Brasil, Av. Paseo Colón y Av. Martín García, el Lezama me sorprendió, desde el principio, por su elevada ubicación, como si desde allí arriba vigilara quién sabe qué . Luego, una vez que ya estuve caminando por el primer sendero con el que me topé, creí hallarme dentro de un inquietante paisaje onírico. Tal vez hace más de cien años el parque habrá sido sinónimo de distinción, prolijidad y opulencia, donde las familias patricias contemplaban el “mar dulce” desde una inmejorable vista; yo, por el contrario, sólo tuve ocasión de avistar media decena de ancianos apesadumbrados y solitarios (ensimismados en sus cavilaciones, como si no repararan en la aparición de nadie más), algunos intrigantes hombres con caras de “pocos amigos” tomando cierta bebida alcohólica en un rincón oscuro, y dos sucios gatos que descendieron, al advertir mi presencia, por una especie de diminuto orificio, inmediatamente al lado de la estatua de Ceres. No voy a afirmar que experimenté miedo, pero conjeturo que sólo un temerario se aventuraría a recorrer esas extensiones extravagantes cuando el sol deja de ser nuestro aliado.

La vegetación, podría decirse, es la protagonista sobresaliente del parque: magnolias, acacias y olmos abundan en la barranca toda, además de una ilimitada flora exótica que aún se conserva: legado de la tarea de Gregorio José Lezama, antiguo dueño del lugar, quien lo parquizó e introdujo las exuberantes especies.

El doctor en Física dispuso alguna vez que dos existencias, casi tan misteriosas como el mismo espacio físico, se cruzaran. Martín, según nos narra Sabato, permaneció rígido en el banco, cerca de la estatua de Ceres, sintiendo una sugestiva carga sobre su nuca: alguien lo observaba a sus espaldas.

A mí, al parecer, no me espió nadie, aunque sólo permanecí sentado en ése mismo banco unos pocos segundos. Sin embargo, en cada uno de los minutos que me quedé dentro del parque Lezama comprendí que no estaba solo; si bien, quitando las insondables humanidades que describí antes, no me hallaba acompañado. Las hojas extintas que yacían en el descuidado piso, las sucias estatuas enfrentadas y prisioneras de una reja guardiana, los lánguidos árboles que se zarandeaban con el creciente soplido del viento, los bancos despoblados y la figura de Ceres, altiva, a pesar de todo, de alguna manera, me acechaban, me custodiaban, en el mutismo de la imperturbable mañana. Pero quizá fue la fantasmal y etérea apariencia de Alejandra, aún vagando por allí, la que me hizo verdadera compaña. Como dicen en España, vete tú a saber. No me disgusta pensar que así haya sido.

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8 respuestas a Encuentro con el enigmático parque Lezama

  1. Guido dijo:

    Saludos.

    Aquí está el cruce de Eliott Ness con Neo. (Gracias)

    Excelente post, lamento que no hayamos podido ir juntos al Parque Lezama.

    Para los curiosos, el comentario sobre Sabato fue que esperaba que Borges aún no fuese ciego cuando se reconciliaron, sino, pobre Sabato…

    Un abrazo, Clau, sigue así de lúcido y de buen escritor.

  2. Dani dijo:

    Nene, asi que anduviste por aquellos lares recorriendo lugares inhospitos y ni siquiera fuiste capaz de avisarme. Te odiooo por eso!!!!!
    El lezama tiene fama de ser un escondrijo de delincuentes, asi que no creo que sea un lugar muy recomendado para andar de noche. Besitoss!!!!

  3. Vampiresa dijo:

    Lindo paisaje el que pintas, que vino a tu mente y como lo redactas, haces que la piel sienta la mirada de las estatuas y el momento en que la oscuridad aparece.

    Muy lindo.

    Besos!!!

  4. avellanal dijo:

    Guido: es cierto, fue una lástima que no pudiéramos ir con Jacquie o Germán al parque. De todos modos, seguramente, no faltará oportunidad. Gracias por lo que toca.

    Dani: ¡pero sí fue hace más de un año de esta visita, che! Con respecto a andar de noche por el Lezama, yo tampoco me aventuraría.

    Vampiresa: es un lugar encantador, en efecto. Pero intuyo que ésa magia se acrecienta si uno antes leyó la citada novela de Sabato.

  5. kleefeld dijo:

    Desde luego el parque que “pintas” con tus palabras es más propio de una novela gótica que de Sabato, jajaja. Sombras acechantes, hombres y mujeres que vagabundean sin descanso, gatos que se escabullen, y la presencia de alguien, la presencia de la amada, de Alejandra, un fantasma sin nombre… xDD

  6. Germán dijo:

    Perdón, esto no lo habías escrito antes??? O yo ando muy mal de la cabeza.

  7. avellanal dijo:

    No, Germán, estás igual de lúcido que siempre. Lo que pasa es que, cada tanto, cuando no se me ocurre nada para actualizar, traslado algunos textos (que no son tan coyunturales) del blog anterior.

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