Breves consideraciones sobre la aversión posmoderna por lo substancioso (apuntes)

Bien sabido está que una de las características inherentes al –en palabras de Giles Lipovetsky–, proceso de personalización que ha sentado las bases de lo que hoy conocemos como sociedad posmoderna, resulta ser la avidez de información instantánea que experimenta el ser humano –y no tan sólo en el mundo occidental–. Esta transformación, cuyo eje ha sido el impresionante desarrollo postrimero de la tecnología (puesto que la necesidad de la noticia entendida como una forma de estar en sociedad, es fama, viene de mucho antes) va unida a la imperante ideología individualista, y de modo patente se revela como una faceta más de la revolución del consumo. Estamos destinados a consumir, aunque sea de manera distinta, cada vez más objetos e informaciones, deportes y viajes, formación y relaciones, música y cuidados médicos, afirma el sociólogo francés; sin embargo, yo quiero centrarme en la monstruosa ansia actual de estar al tanto de todo, absolutamente de todo lo que ocurre aquí y allá, en la Guayana francesa y en Taiwán.

Ya en su tiempo –no tan lejano como parece–, Unamuno comentó la paradoja de un hombre, tan abstraído en la necesidad de no perderle pisada a las novedades literarias (comenzaban a avanzar a pasos agigantados), que un buen día, de repente, descubrió que había dejado de leer libros, para leer, a cambio, solamente revistas sobre libros, luego revistas de revistas, y por último sus únicas lecturas se redujeron a meros catálogos. ¡Tal es la locura por la información! De este modo, aseguraba el bilbaíno, se termina por perder la noción de la perspectiva moral de la vida: Recibimos en montón, bajo los mismos títulos, noticias de los más diversos procesos sociales, sin que hayan pasado por criba alguna. ¡Cuán grande sería su cólera, don Miguel, si usted viviera en nuestros días! La primacía del acto de comunicación sobra la naturaleza de lo comunicado hoy es regla.

No sorprende pues, la aversión que actualmente la mayoría de las personas siente por la lectura de los clásicos. A modo ilustrativo referiré que, la semana pasada, un conocido (de lo más contento, hojeando una revista sobre la farándula) me preguntó qué estaba leyendo; el desconcierto mezclado quizá con horror que experimentó su rostro, cuando con naturalidad le respondí que leía Los miserables de Victor Hugo, fue el único motivo que me llevó a escribir estas no del todo conexas consideraciones. Parece que leer lo superfluo o lo que está de moda (que podrían ser lo mismo, pero son dos cosas) necesariamente aparta a las personas del goce y disfrute de Homero o Virgilio. Pero intuyo que hay algo más: asimismo parece que se evidencia, dentro del proceso general de destitución y trivialización de lo que antiguamente fue superior y magnánimo, una especie de instalado terror a las obras substanciosas, un acentuado desagrado por lo que ha trascendido, por lo consagrado; en palabras de Unamuno: un desvío hacia aquello cuyo conocimiento exige esfuerzo.

Leer a Aristóteles, Descartes o a Nietzsche, a Cervantes, Dante o a Milton, en efecto, requiere esmero, demanda sudor para la mayoría de los mortales. Del mismo modo, se necesita preparación y voluntad para apreciar el cine de Michelangelo Antonioni o una sinfonía de Beethoven: arribar al conocimiento no es una menudencia.

El culto al relajamiento y la indiferencia de masa que reinan en la sociedad posmoderna, me pregunto, ¿no están acaso directamente relacionadas con este, cuando menos, aborrecimiento hacia la instrucción en las obras, no sólo literarias, que han sido y son mojones ineludibles, como diría don Miguel, en la marcha ascendente del espíritu humano?

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4 respuestas a Breves consideraciones sobre la aversión posmoderna por lo substancioso (apuntes)

  1. Vampiresa dijo:

    Perdona, solté una sonora carcajada cuando leí sobre la mirada de horror al saber que alguien lee “Los Miserables”. Y sabes es como si me viera en años anteriores a estos, cuando alguien me preguntaba y qué es lo que más te gusta hacer? y yo respondía: Leer y me decían si leer revistas o leer el Tv Guide y yo enfurecida casi en estado de cólera les decía que los clásicos, aunque los clásicos para mí no se remontan a los griegos solamente.

    Encuentro un refugio de este mundo en las letras que plasmaron el Romanticismo, La poesía del simbolismo y la filosofía, el leer a NIETZSCHE es como un placebo… qué más puedo decir… la dramaturgia y ensayos. Prefiero mil veces ese paraíso que retorcerme de descontento en un infierno postmoderno como este, en el que se vive, sólo por momentos.

  2. val dijo:

    El lector hembra del que hablaba Cortázar también es ese lector. Lamentablemente, y si se lo propone, este puede leer La Odisea sin cambiar de condición. Aprovechemos pues los clásicos literarios como verdaderos lectores.

  3. kleefeld dijo:

    Poco puedo añadir a lo que has escrito, así que me saldré por la tangente.
    Comprendo a la perfección a los lectores que, ante una obra como el “Doktor Faustus” de Mann, se echan para atrás. Porque la sensación de impotencia;, la lucha que, a la postre, quizás acabe resultando infructífera; la inmobilidad aparente del pensar, que se cree tan imbécil al inicio de la lectura como al final; y el asalto continuo de nuevas y tremendas dudas y lagunas, todo ello. pues, es un camino difícil de sortear. Es duro reconocer la propia ignorancia, y los hay pocos que puedan llevar ese reconocimiento con naturalidad y sin que su peso les aplaste el cuello y el entendimiento. El aprendizaje es duro, y en muchas ocasiones terrible. Es mucho más fácil, entonces, desviarse del camino marcado y detenerse en los oasis del autocomplaciente.
    Les entiendo, digo. Pero no puedo convertirme en uno de ellos. No puedo. Quizás tenga algo que ver con la dignidad, pero la dignidad, como hemos dicho, se pierde cuando no consigues estar a la altura de las circunstancias. Con ciertas obras uno nunca puede estar a la altura de las circunstancias. Pero supongo que lo importante es intentarlo, una y otra y otra vez, con testarudez y ánimo implacables. Y más allá del esfuerzo, que puede o no darnos algo a cambio, con el sudor, y quizás las lágrimas, la recompensa es increíble, y una parte del botín es una nueva dignidad muy superior a la que creíamos poseer antes, es la dignidad del que se quiere vencer a sí mismo para poder volver a nacer más allá de las carencias individuales. La dignidad del que intentó abrazar el universo entero y no sólo no se quemó, sino que renació un pelín más sabio. Y el saber es una de las formas de la tristeza.

  4. Ignacio dijo:

    La idiotez es una enfermedad contagiosa, demasiado contagiosa. Y lamentablemente sufren más los que no la padecen que los mismos enfermos.

    Saludetes.

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