¿Es lo mismo ser derecho que traidor?

Quien no actúa como piensa, termina pensando como actúa. (Blaise Pascal)

En 1930, la república Argentina soportaba por vez primera en su joven historia, un golpe de Estado. El gobierno democrático del radical Hipólito Yrigoyen, insostenible por aquellos momentos de crisis internacional, era derrocado por un movimiento revolucionario heterogéneo, comandado por el general José Félix Uriburu. Lo que sobrevendría, por mucho más de una década, inspiró a uno de los máximos y menos valorados poetas que haya nacido por estas australes tierras.

El fascismo se había instalado en el poder, pero a diferencia del original italiano, éste no tenía contacto verdadero con las masas. El célebre escritor Leopoldo Lugones, seducido por estas nuevas ideas en boga, fue uno de los más fervorosos asesores civiles de los jefes militares, y es tristemente recordada su frase de que ha llegado “la hora de la espada” para la Argentina: la fuerza como sinónimo de solución. Abundar en detalles sobre los gobiernos que se sucedieron, constituiría una pérdida de tiempo, pues estas palabras intentan ser un homenaje a la vida. Sólo resta mencionar, sintéticamente, que se instaló el fraude sistemático, y ¡vaya paradoja!, el intento de calificarlo como “patriótico”; se abandonó el modelo agro-exportador, y los que se hacían llamar “liberales”, otrora devotos del Estado Gendarme, no dudaron en implementar políticas marcadamente intervencionistas con el único fin de preservar sus intereses personales, descargando todo el peso del ajuste sobre los sectores asalariados; se denunciaron múltiples casos de corrupción e irregularidades y hasta un senador opositor fue brutalmente asesinado en pleno Senado de la Nación; todo esto sucedía en un marco sombrío de escepticismo y apatía popular.

Hijo de inmigrante, Enrique Santos Discépolo nació en 1901, en la ciudad de Buenos Aires. Vivió una infancia triste que indudablemente lo marcaría de por vida. Fue uno de esos seres privilegiados, ¡sí, privilegiado!, que sufría auténticamente el dolor de los demás, incluso por encima de la pena propia. Homero Manzi, otro destacado compositor contemporáneo, expresó a las claras la sensibilidad extrema que aquejaba a Discepolín: Te duele como propia la cicatriz ajena… Y con ese frasco chico que era su cuerpo, en el que no cabía un corazón tan inmenso, es que concibió ya en 1926 Qué Vachaché, un tango exquisito, que a través del lunfardo anticipa magistralmente una realidad latente, implícita y expectante, que no tardaría mucho en emerger como cruda realidad:

¿No te das cuenta que sos un engrupido? ¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos? Si aquí ni Dios rescata lo perdido. Piantá de aquí, ¡hacé el favor! Lo que hace falta es empacar mucha moneda, vender el alma, rifar el corazón, tirar la poca decencia que te queda. Plata, mucha plata y plata otra vez. Así es posible que morfés todos los días, tengás amigos, casa, nombre y lo que quieras vos. El verdadero amor se ahogó en la sopa: la panza es reina y el dinero es Dios. ¿Pero no ves, otario engominado, que la razón la tiene el de más guita, que la honradez la venden al contado y la moral la dan por moneditas? ¿Que no hay ninguna verdad que se resista frente a diez mangos moneda nacional? Vos resultás, haciendo el moralista, un disfrazao sin carnaval. ¡Tiráte al río, no embromés con tu conciencia!

Resulta sorprendente la actualidad de estos versos. El relativismo imperante, según el cual todo es válido, todo es igual, nada puede ser bueno, nada puede ser malo, comenzaba a desplegarse hace varias décadas, y era objeto directo de crítica en el citado tango de Discépolo. La realidad diría que aquella descarnada letra sería un rotundo fracaso. Es que la agudeza intelectual, anticipatoria y conmovedora, no merecía admiración, sino todo lo contrario, cual mosca sobre el caballo, a la manera de Platón.

Pese a ello, el inmortal poeta no se amedrentó y prosiguió. La caída de Walt Street, y por consiguiente, de la economía mundial, y la pobreza que comenzaba a expandirse como plaga en un país bendecido por la naturaleza, lo llevó a escribir otra notable pieza: Yira… Yira. Todas sus letras, melancólicas y agresivas, traducen sin fisuras esa sensibilidad característica, expresada sin rodeos, de forma explícita y con una tríada constituida de lamento-indignación-protesta. Sensibilidad que lo condujo a plasmar una radiografía exacta de la década del ‘30 (conocida en la Argentina como “Década Infame”), y que con Cambalache alcanzaría su punto más elevado, trascendiendo no sólo esas fechas, sino también el ficticio ámbito nacional, para transformarse en una despiadada argumentación contestataria e impugnadora de los no-valores, erigidos en un altar como referentes de tolerancia y permisividad.

Bien puede decirse que Cambalache expresa con pesimismo (las primeras estrofas lo evidencian de ese modo) una situación no particular o específica, sino general, de caos reinante, en una sociedad aturdida y confundida por la crisis de los valores; sin embargo nunca se puede afirmar que los versos regodean con el escepticismo. Discépolo recurre eficazmente a la protesta axiológica, a la enunciación y a la denuncia, como medio para exponer sin demasiadas metáforas, sin incertidumbres semánticas, sin dejar margen para la duda, la aberración de tener que contemplar “la Biblia junto al calefón”. El mensaje, por lo tanto, es nítido, y esa claridad conceptual se convierte en una de las facetas más rescatables del tango.

Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé… (¡en el quinientos seis, y en el dos mil también!). Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contento y amargaos, valores y dublé. Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldá insolente, ya no hay quién lo niege. Vivimos revolcaos en un merenge, y en un mismo lodo, todos manoseaos…

Discepolín se enfrenta abiertamente con la “nivelación”; si bien la historia, desde la misma concepción del estado de naturaleza de Hobbes, ha brindado atorrantes a granel, es el siglo XX en el que él vive, la medición cronológica evidentemente seleccionada para despacharse, para atacar sin resquemores el sucio emparejamiento de héroes y villanos, de la honradez y el curro, en un marco no demasiado optimista, que resulta previsible considerando el panorama nacional y mundial de aquellos años.

¡Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor! ¡Ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador! ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! ¡Lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos, ni escalafón, los inmorales nos han igualao. Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, ¡da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos o polizón!

Enrique era, a todas luces, un hondo observador, un crítico permanente, un “juez” lúcido y comprometido, de la sociedad en que vivía; no obstante, abundan los que no actúan como piensan. El mérito de Santos Discépolo, en todo caso, no es meramente artístico, sino que radica más bien en la coherencia de su prédica con la forma de vida llevada. Algunas reflexiones que dejaba, como al pasar: El tango es un pensamiento triste que se baila; Mi capacidad amatoria es tan amplia que, por fraternidad natural, por sencilla buena fe, soy de los que quieren –sin discriminar–, a la guía telefónica entera. A los que me saludan, a los que me estafan. ¿Cómo no voy a querer a los que me quieren?

¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón! ¡Cualquiera es un señor! ¡Cualquiera es un ladrón! Mezclao con Stavisky, va Don Bosco y “La Mignón”, Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín… Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida, y herida por un sable sin remaches ves llorar la Biblia contra un calefón…

Y luego de leer esta sentenciosa y espléndida estrofa, pues, se me vienen inevitablemente a la mente unas palabras recientes del antropólogo francés René Girard, que pueden tener un tinte religioso, pero bien se adecuan al mensaje de Discépolo: El relativismo se debe a las necesidades de nuestro tiempo. Las sociedades están muy mezcladas y es necesario mantener un equilibrio entre los distintos credos sin tomar partido. A cada creencia se le debe asignar el mismo valor. Inevitablemente, aun cuando uno no sea un relativista, debe al menos parecerlo. Resultado: más y más relativismo; más y más gente que odia cualquier tipo de fe. Como todas las verdades son tratadas de forma equitativa, teniendo en cuenta que no hay una verdad objetiva, uno se ve obligado a ser trivial y superficial. No se puede estar genuinamente comprometido con nada, o estar a favor de algo. Creo en el compromiso. La responsabilidad exige que nos comprometamos con una postura y la sigamos.

Volviendo a nuestro compositor, y a su reconocida sensibilidad social, quiero remarcar lo que él mismo expresaba, refiriéndose al asunto: Yo honradamente no he vivido las letras de todas mis canciones porque eso sería materialmente imposible, inhumano. Pero las he sentido, todas, eso sí. Me he metido en la piel de otros y las he sentido en la sangre y en la carne. Brutalmente. Dolorosamente. Dicen por ahí que soy un hipersensible y aunque la palabrita no me gusta, algo debe de haber porque vivo los problemas ajenos con una intensidad martirizante. Difícil siquiera de imaginar para los que no gozamos de esa capacidad, de ese don, de forma tan extrema; el real sufrimiento que se puede padecer al ver la angustia, el desamparo o las heridas ajenas.

¡Siglo veinte cambalache problemático y febril!… El que no llora no mama y el que no afana es un gil. ¡Dale nomás! ¡Dale que va! ¡Que allá en el horno nos vamo a encontrar! ¡No pienses más, séntate a un lao, que a nadie importa si naciste honrao! Es lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el que vive de las minas, que el que mata, que el que cura o está fuera de la ley…

Decía Enrique Santos Discépolo: Mi vida fue siempre un ir y volver. Soy bumerán por temperamento. Como los criminales, como los novios y los cobradores, yo regreso siempre. El tiempo, al menos de momento, le ha dado la razón.

Cambalache es un lamento desgarrador, una descripción exacta, un tango cargado de rebeldía y coraje. Y es, cual espíritus al viejo Scrooge, un llamado de atención, un soplo de aire fresco en medio de la podredumbre reciclada, para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo. Porque el tango puede ser argentino, pero Cambalache es universal.

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7 respuestas a ¿Es lo mismo ser derecho que traidor?

  1. avellanal dijo:

    ¡Vaya!, compruebo ahora que me excedí en la extensión de esta entrada. Lo que sucede es que, en realidad, todo lo que he escrito ha sido meramente una excusa para darme el gusto de reproducir la letra completa del mencionado tango.

  2. Facu dijo:

    No sé si coincidirás conmigo Claudio pero creería que ‘Cambalache’ debe ser el tango más representativo que existe. A nivel internacional han trascendido más otros como ‘Por una cabeza’, pero dentro del país el de Discepolo ya se ha vuelto un clásico.

    Te veo el sábado.

  3. JRRR dijo:

    Ese tango me encanta, lo conocí por la versión de Serrat (quizá uno de los covers más exitoso de la canción latinoamericana) y en verdad es una canción siempre vigente. Muy interesante la nota biográfica de Discepolo.

    Nota aparte: Ultimamente he tenido una aproximación al tango y descubrí el proyecto de Libedinsky, Narcotango. Creo que me volví adicto.

  4. avellanal dijo:

    Facu: en efecto, “Cambalache” es quizá uno de los tangos más populares (y más interpretados también) dentro del país, aunque tal vez no tan reconocido en el resto del mundo.

    Juan: la versión de Serrat es maravillosa, sí. De todos modos, te recomiendo las de Roberto Goyeneche -acompañado por el gran Astor Piazzolla- y la de Edmundo Rivero (si quieres, te las puedo enviar), pues tienen un matiz más “tanguero”. No conozco demasiado de Narcotango, pero ya he leído comentarios muy elogiosos, así que tendré que interiorizarme.

  5. Germán dijo:

    Disculpen el exabrupto, pero para mí esa letra es el “Himno” que nos representa, aun hoy lamentablemnte.

    Pasarán generaciones antes de que se olvide, si es que alguna vez aprendemos algo.

    Sepan excusar el pesimismo amigos.

    Juan, Claudio tiene razón una muy buena versión es la de Goyeneche, no sólo con el gran Astor, sinó fijate en las grabaciones de los 60 y/o 50s. Tenía una voz muy potente además de su famosa “habla”. De viejo, sólo le quedó esto último, pero seguía impactando.

    No es para nada fácil cantar e interpretar ESTE tango.

    Claudio, muy buena excusa para poner la letra xD.

    Discepolín……………. grande MAESTRO, con mayúsculas, tanto como poeta y como persona.

  6. avellanal dijo:

    Tenés razón, Germán, en lo que precisás sobre Goyeneche. Obviamente que, con el correr de los años, su voz se fue deteriorando (por motivos varios), pero como le escuché decir a alguien: “al Polaco al final de su carrera le aplaudían hasta su tos”.

  7. miguel dijo:

    que letras el de este tango. Fue hecho hace mas de 50 años y todavia representa la realidad evidente en que nos encontramos y habra. Un genio el tipo

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