Caleidoscopio de perspectivas encontradas

Siempre he tenido la sensación, la extraña sensación de que así como Borges se erige a modo de un sabio y pícaro abuelo en la relación que establece con sus lectores, Cortázar, en cambio, vendría a ser algo así como un hermano solitario pero amble y propenso al juego entre pocos. No es caprichosa la elección de los parentescos, pues –centrándome en el segundo–, si una faceta caracteriza a la literatura de Cortázar, ésta es necesariamente la presencia ínsita de una dimensión lúdica. En un porcentaje mayoritario de su cuentística –e incluso en Rayuela, claro está–, el autor argentino tiende una generosa invitación al lector, que no por reiterada se traduce en menos interesante. Resulta insoslayable remarcar que, al abordar un cuento cortazariano, la participación, la interacción del lector es (ineludiblemente) más activa que de costumbre, ya que de lo contrario (de la lectura desatenta) acabará rechazando la proposición inicial, y al desecharla, sólo impedirá la propia sumersión en el universo de las travesuras literarias de Cortázar. Digo “travesuras” y no simplemente “juegos”, porque, se sabe, las travesuras son, en algún punto, los “juegos extremos” de la niñez, y ciertamente, el nacido en Bruselas (fruto del turismo y la diplomacia), extremó el calibre lúdico e infantil de su poética hasta la mismísima superficialidad.

“La señorita Cora”, por diversos motivos que no vienen al caso, es el cuento suyo al que le prodigo mayor aprecio, a pesar de que no merezca siquiera inscribirse entre los cinco mejores de su autoría. Incluido en el que sí considero uno de sus libros más notables (Todos los fuegos, el fuego), por condensar y cubrir con sus disparidades superpuestas el imaginario cortazariano entero, se trata de un relato que se cobija “en los intersticios de la realidad” sólo a medias, alejándose un tanto, según mi parecer, de la estructuración fantástica tan presente en su obra, y sobre la que ríos de tinta (o de bytes) se han escrito ya.

A primera vista, lo que asombra al lector que comienza a adentrarse en el mundo con olor a vómitos y anestesias (“olor a clínicas”) de “La señorita Cora”, a todas luces resulta ser el coro de voces que se entremezclan, contradicen e interactúan de principio a fin, relegando la precisa delimitación del tiempo. Cortázar inserta aquí un recurso técnico en el que funda la peculiaridad del cuento: la historia evoluciona, por decirlo de un modo figurativo, de “forma horizontal en su verticalidad”; es decir, el narrador en primera persona varía constantemente, pero con la original característica de que, en diversas ocasiones, el cambio se produce hasta dentro de un mismo párrafo: Habrá que ver si la frazada lo abriga bien al nene, voy a pedir por las dudas le dejen otra a mano. Pero sí, claro que me abriga, menos mal que se fueron de una vez, mamá cree que soy un chico y me hace hacer cada papelón, o en una misma oración: Al rato vino mamá (aquí se reemplaza el narrador) y qué alegría verlo tan bien, yo que me temía que hubiera pasado la noche en blanco el pobre querido, pero los chicos son así, en la casa tanto trabajo y después duermen a pierna suelta aunque estén lejos de su mamá que no ha cerrado los ojos la pobre.

Otra característica que se advierte a lo largo del relato es la presencia de dos hilos argumentales íntimamente conectados, pues uno es la consecuencia del otro. Sin embargo, una historia sale al exterior, se muestra asequible y evidente, mientras que la otra permanece disimulada, puesto que Cortázar la construye tomando como base lo implícito y valiéndose una y otra vez de la elipsis. Ésta es otra “jugarreta” que nos traza el mago Julio: si el lector no sigue (no infiere) con atención las vicisitudes de la narración velada (la historia clínica de Pablo) puede quedar en off-side hacia el final del cuento, pese a que durante el desenlace la revelación de lo que hasta ahí sólo estaba sobreentendido hace posible que la narración recóndita salga a la superficie, unificando con su brochazo final ambas historias.

En el texto existe asimismo una voluminosa carga erótica, usualmente no señalada desde que Todos los fuegos, el fugo se publicara en 1966. Ocurre que todo ese torrente de voluptuosidad transita con exclusividad por los carriles de la sugerencia, de la insinuación, y nunca de la mínima concreción. En cierta oportunidad, el mismo Cortázar se encargó de remarcarlo: Personalmente no creo haber escrito nada más erótico que “La señorita Cora”, relato que ningún crítico vio desde ese ángulo, quizá porque no logré lo que quería o porque en nuestras tierras el erotismo sólo recibe su etiqueta dentro de los parámetros de sábanas y almohadas. Por otro lado, dicha sensualidad etérea está estrechamente emparentada con quizá el aspecto fundamental que se desprende de todo el cuento: el encandilado enamoramiento adolescente y su realización imposible.

Recomendación final: es imperante, es urgente, acercarse al hermano de todo aquél que por tal lo tome, y procurar que deje de jugar solo.

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5 respuestas a Caleidoscopio de perspectivas encontradas

  1. Ignacio dijo:

    Que genio Julio! Y que interesante esta relectura que hacés Clau, porque son aspectos que no iniciados no siempre podemos observar con facilidad. Además me gusta ver que no solamente te ocupás de Borges y le brindás todo el reconocimiento que se merece a un escritor que siempre ha sido contrapuesto a Borges.
    Buen finde!

  2. Christo dijo:

    Recorriendo blog’s he llegado hasta aquí para toparme con un texto que me ha tomado por sorpresa y realmente me ha asombrado su exposición, es tan cierto lo que dices. Por otra parte no podría haberme negado a leer un párrafo sobre Cortázar (y menos aún nombrando a Borges).
    Muchas gracias por esta perspectiva de un cuento maravilloso. Un saludo.

    Mi página es esta por si quieres pasar…

    http://poemaschristianos.wordpress.com

  3. Me ha gustado mucho la revision que haces y reconozco que tengo a Cortazar sumamente olvidado (no se puede leer todo de todos!). Me gusta lo que comentas de los juegos y las travesuras, me ha recordado a la teoria del juego de Jim Morrison y aunque fue uno de mis compañeros, podria nombrar algunos hermanos de tiempos remotos (a los que aun hoy hay momentos en los que tengo que volver a sus letras, a sus voces, a sus juegos) Kafka, Blake, Hesse, Artaud y cuando la vida se empeña en enseñarme los dientes pongo jazz y poesia en mis juegos con Vian.

    PD. Me encanta la palabra caleidoscopio!

  4. avellanal dijo:

    Je, cuando escribí esta entrada y esto sobre los juegos y travesuras, la verdad, ni recordé aquellas impresiones de Jim. Es bueno que me lo recuerdes, Cornflakegirl. :)

    Por cierto, a ver cuando le dedicas algunos párrafos en tu blog a ésos autores que mencionas. Me interesa sobremanera la figura de Artaud.

    Y sí, caleidoscopio es una palabra hermosa.

  5. kleefeld dijo:

    Interesante texto, que seguramente se volverá fascinante cuando conozca un poco más la obra de Cortázar. Cómo nos haces sufrir, Clau.

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