El inevitable trayecto de un flemático soñador nada soñoliento

Hay libros de ficción que, a pesar del inevitable y fugaz paso del tiempo, quedan grabados nítidamente en la memoria del lector. Esta facultad orgánica, en mi caso, no se destaca por su eficiencia a la hora de traer a colación nombres de personajes, y la capacidad de recordar disminuye aún más si se trata de un dúo protagónico. Felizmente, existen las excepciones, y si hay que citar binomios de seres admirables, duetos de aventureros, o simplemente a un par de soñadores, esa contrariedad a mi regla general, la constituyen Alonso Quijano y Sancho Panza, Aquiles y Patroclo, Robinson Crusoe y Viernes, Hucklberry Finn y Tom Sawyer y, desde luego, Phileas Fogg y Passpartout (conocido como Picaporte).

Leí por primera, y hasta ahora, única vez, La vuelta al mundo en ochenta días, en el año 1998; por aquel entonces contaba con afables doce años, y pocas veces una novela de aventuras me sorprendió y cautivó tanto. ¿Motivos? Supongo que son muchos, se trata más bien de una confluencia de causas, pero antepongo principalmente mi gusto inquebrantable por el viaje. Y el viaje en Verne es mayormente un viaje romántico, idealista, pujante, que hasta a veces parece una visión, cuando menos, excesiva, pero que no deja de producir placer a quienes amamos descubrir, inspeccionar y recorrer lo que nos es desconocido, pero que a la vez también nos pertenece.

A Jules Verne, muchos lo reconocen como el padre de la science fiction, o como un visionario que predijo grandes inventos de la humanidad, y se olvidan más bien de su capacidad literaria que, a la postre, constituye para mí, su principal mérito, dado que el francés escribía novelas de aventuras (y no de science fiction, porque ni siquiera existía el término) y usaba adecuadamente conocimientos científicos que ya existían en su época, a diferencia de, por ejemplo, Herbert George Wells, quien realmente inventaba las máquinas que a continuación utilizaba en sus obras, y de esa forma se adelantaba a su tiempo, transformándose en el verdadero pionero en el género de la science fiction. Curiosamente, La vuelta al mundo en ochenta días no contiene predicciones o futuros inventos, de los que luego se le atribuyeron a Verne para agigantar su mito, y sin embargo, es una de las dos obras más populares y mundialmente trascendentes del autor galo.

Como mencioné antes, dos son los personajes emblemáticos que enriquecen la historia, y como la lógica cervantina lo indica, ambos son como “el agua y el aceite”; evidencian un contraste absoluto, voluntariamente buscado por el autor. Phileas Fogg, verdadero protagonista, es un gentleman que habita en la Londres de fines del siglo XIX y se erige como un hombre metódico en sus actos, ordenado hasta en lo más ínfimo, silencioso y excesivamente puntual, flemático y distante, de vida sistemática y monótona, pero sobre todo, dueño de un corazón solidario y generoso que muchas veces le cuesta descubrir. Su ladero y criado Passpartout aparece como el personaje cómico que con frecuencia habitan las novelas de aventuras. Con un pasado signado por la multiplicidad de ocupaciones (cantor ambulante, artista de circo, profesor de gimnasia y sargento de bomberos), este francés es un verdadero trotamundos de carácter simpático, trato afectuoso y cortés, auténtico bonachón dispuesto a ser útil. Y en su búsqueda de tranquilidad y calma, luego de una vida tan agitada, es que decide prestar servicios al señor Fogg, quien había despedido a su anterior servidor a raíz de una equivocación de dos grados en la temperatura del agua para afeitar, lo que para Phileas constituía, sin duda alguna, un delito de lesa humanidad.

La historia es simple: Fogg realiza una apuesta con algunos de los notables y refinados miembros del Reform-Club: él sostiene sin titubear que es capaz de atravesar el mundo entero en apenas ochenta días, tiempo que para dicha época constituía una velocidad inusitada. Los miembros, ¿ni lerdos, ni perezosos?, aceptan gustosamente la propuesta del ¿alocado e irrealista? Phileas Fogg, y de esta forma comienza el itinerario alrededor del mapamundi. Hay que destacar que el apostador ponía en juego la mitad de su fortuna, dado que preveía gastar el restante cincuenta por ciento en las vicisitudes del, para la unanimidad de la sociedad londinense, “quimérico proyecto”.

Los viajeros recorren un periplo agitador y por demás exigente, que incluye pisar nada menos que cuatro continentes, y es así que van dejando su huella por lugares tan diversos y fascinantes como Suez, Bombay, Calcuta, la isla de Singapur, Hong-Kong, Yokohama, San Francisco y Nueva York. Y los conocimientos que Verne va introduciendo acerca de las costumbres y tradiciones de cada una de estas culturas, sobre la flora y la fauna que caracterizan a tales sitios, son tan interesantes, que la novela podría ser utilizada, se me ocurre, pedagógicamente como una somera y elemental lección de geografía mundial.

Con respecto a este último punto, muchas veces fue objeto de críticas el que Verne introdujera –y no me estoy refiriendo exclusivamente a la novela que nos ocupa, más bien a toda su obra– descripciones tan minuciosas en cuanto a paisajes y elementos técnicos. Pero es que debe entenderse ante todo, que el francés era un apasionado de la ciencia y de los viajes, puntos característicos y neurálgicos de casi la totalidad de sus libros. Hay una anécdota al respecto que cuenta que a los once años el joven Verne se escapó de su casa para “recorrer el mundo”, aunque su madre terminó con su aventura en la primera estación del trayecto. Utilizó para sus exhaustivas pormenorizaciones paisajísticas, conocimientos adquiridos en los viajes que realizó por América del Norte, Europa y África a lo largo de su vida. Pero también se nutría de la amplia información que tenía a disposición en las bibliotecas francesas, donde pasaba buena parte de su tiempo. Hay precisamente más de un caso de obras que concibió sin haber pisado nunca el lugar que daba marco geográfico a la historia. Describió, por citar dos ejemplos que me conciernen, las pampas argentinas y la región patagónica en Los hijos del Capitán Grant en la América del Sur y El faro del fin del mundo. Y, al leer, especialmente el primer libro, sorprende los asombrosos conocimientos que evidentemente adquirió a través de la lectura y el estudio de dichas tierras, tan distantes de su Francia natal. Sin ninguna duda, estaba más informado sobre el extenso territorio patagónico que los propios argentinos de aquella época, para quienes la Patagonia era un lejano e inhóspito desierto, una porción inmensa de tierras que básicamente se desconocía.

Retomando nuestro tema central, a lo largo del recorrido se suceden, una tras otra, aventuras de toda índole. Y es durante una parte del viaje que Phileas, soltero y sin hijos, conoce el amor en una joven india de belleza singular, a la cual salva, junto a Passpartout, de morir quemada en un anticuado rito hindú, y que finalmente se convierte en la compañía femenina en la marcha hacia Londres.

El desenlace es, tal vez, la parte de la obra más sorprendente. El lector que logró compenetrarse y tomar como propio el objetivo final de Phileas y su grupo, se sentirá momentáneamente desilusionado al enterarse que el noble caballero ha perdido la apuesta por llegar con cinco minutos de retraso. Fogg partió de Londres el 2 de octubre de 1872 a las 8:45 PM., y creyó regresar el 21 de diciembre a las 8:50 PM., es decir, en el día ochenta pero trescientos segundos luego de lo convenido. Lo que olvidó es que siempre había viajado hacia el este, y por lo tanto, adelantaba cuatro minutos por cada grado que avanzaba en dicha dirección. El cálculo que resulta no es complejo: la circunferencia de la Tierra multiplicada por cuatro da como resultado 1440 minutos, lo que equivale a veinticuatro horas. En otras palabras, el gentleman arribó a Londres con un día de anticipación, y de esa manera, luego de la frustración inicial y gracias a la información del periódico, pudo ganar la apuesta, tal como siempre lo pensó.

Phileas Fogg emerge desde las profundidades de su confortable mansión londinense como un verdadero ejemplo de convicción y convencimiento en las capacidades objetivas de uno mismo, más allá de las reacciones ajenas. Perseverancia que se transforma en eje fundamental a la hora de poder realizar y concretar cualquier ideal que uno tenga en diversos ámbitos, por más descabellado y utópico que pueda parecer a priori. Si uno mismo no está auto-convencido de lo que va a llevar a cabo, de lo que va a ejecutar, ¿quién puede estarlo entonces? Y el personaje de Verne no se la vio nada fácil en su trayecto, pues debió superar los más disímiles y complicados obstáculos –léase, la naturaleza, el inspector Figg que le seguía el rastro, los medios de transporte, y su enemigo principal, el tiempo–, que, en definitiva, son las mismas barreras (para algunos infranqueables) que obstruyen el camino de todos los que planean edificar un sueño. Sueño, que en este caso, afortunadamente pudo levantarse y transformarse en realidad para disgusto de los miembros del Reform-Club.

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4 respuestas a El inevitable trayecto de un flemático soñador nada soñoliento

  1. Edu dijo:

    Me ha parecido muy particular el análisis de La vuelta… que has realizado, una visión muy personal, y una forma de ver la misma que nunca se me había cruzado por la cabeza. Mucho mérito pues.

    Saludos

  2. kleefeld dijo:

    Con Verne me pasa lo mismo que con Welles, a priori sus aventuras no me interesan lo más mínimo. Otros escritores como Stevenson, por ejemplo, tengo la impresión de que consiguen superar la barrera de lo meramente anecdótico, algo que no ocurre, creo yo, con las novelas (o novelitas) de Verne. Lo veo no muy lejano de las historietas de Agatha Christie, interesantes a su modo pero algo vacías (por no decir totalmente vacías) a otros niveles. No he leído “La vuelta al mundo…” pero sí conozco otras de las obras de Verne y no me entusiasman demasiado. Será una de esas obras (la de Verne) que uno debe conocer al principio de su vida como lector, ¿no?

  3. avellanal dijo:

    Edu: en verdad, de novedoso (mi texto), cero. Sólo es un pequeño resumen del argumento, nada más.

    Kleefeld: coincido en que Verne “sirve” solamente durante la infancia o pre-adolescencia, cuando uno recién está iniciándose en la lectura. Al menos para mí, durante dicha etapa, sus novelas fueron una gratísima compañía, y de allí se deprende el afecto que aún hoy le prodigo; mas luego, conforme se va creciendo y se comienza a incursionar por otros terrenos de la inmensa campiña literaria, su obra pierde casi todo interés: eso no quiere decir que uno deba pensar que nació leyendo a Dostoievski, y por ende, reniegue de sus lecturas primerizas. Los libros de aventuras de Verne son (generalizando), a la infancia, lo que Herman Hesse a la adolescencia: son obras que, imperiosamente, deben leerse en un determinado momento de la vida. También concuerdo en que la obra de Stevenson -injustamente, muchas veces, relegada a la “estantería de la literatura infantil”- posee elementos dignos de mayor atención y posterior reflexión.

    Por cierto, si alguien considera que está lo suficientemente “grandecito” como para leerse la novela de Verne, la adaptación cinematográfica de Michael Anderson (con David Niven y Cantinflas) es muy fiel a aquélla, y además, una muy estimable película.

  4. Germán dijo:

    Yo soy bastante “grandecito” y todavía tengo varios libros de Verne.

    De vez en cuando le doy alguna releída, algún título sin ningún prejuicio. Esto puede ser pues junto con “Tom Sawyer”, “Viaje al Centro de la Tierra”, fueron mis primeros 2 libros de ficción que leí.

    Será por eso que me preguntan siempre “cuando voy a crecer”? ó “que me guste tanto el negro spiritual y Rick Wakeman”? xD

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