Discos que influyeron en mi formación musical (XII)

Remain in Light – Talking Heads (1980) Los Talking Heads han sido calificados, en más de una oportunidad, y con evidentes aires ofensivos, como una banda de rock intelectual, siguiendo quizá aquella conclusión a la que arribó Charles Bukowski, de que un intelectual dice una cosa simple de un modo difícil, mientras que un artista dice algo difícil de un modo simple. Ciertamente, a mí no me agrada mucho esa etiqueta de “rock intelectual”, aunque resulta innegable que la música del grupo neoyorquino solidifica sus cimientos en base a conceptos musicales harto rebuscados que no habían sido muy explorados con anterioridad en la multiforme escena del rock. Sin embargo, también es preciso mencionar que durante su “auge” (y aún hoy, desde luego, aunque en muchísima menor medida), la misma música intrincada y supuestamente reservada a una elite, oficiaba de forzosa banda sonora en toda clase de fiestas y movidas nocturnas, dado que las complejas texturas que diseñaban Byrne y los suyos, incluían elementos acordes con “lo bailable”, tal como los acentuados riffs funkies, la (casi) ausencia total de ritmos distorsionados, las cautivantes armonías vocales y, como remate, los distintivos toques electrónicos.

La discografía del grupo –especialmente si consideramos aquellos trabajos en los que Brian Eno participó como productor–, tiene la nada desdeñable particularidad de ser realmente muy sólida; en otras palabras, los Talking Heads no han dado paso en falso alguno a lo largo de toda su carrera (si bien sus últimos tres discos, a mi juicio, no estuvieron a la altura de sus precedentes, de ningún modo puede considerárselos de baja calidad ni mucho menos). Ergo, no es tarea sencilla seleccionar sólo un álbum de tan valiosa producción. Si me inclino por Remain in Light es simplemente porque estimo que en este álbum el grupo logró la cumbre de su madurez, el pináculo del proceso de evolución musical que venían desarrollando desde Talking Heads: 77.

Introduciéndonos de lleno en el mismo, la extrañeza que uno siente cuando escucha por primera vez el tema que abre el disco, “Born Under Punches (The Heat Goes On)”, no es comparable con nada que exista en este mundo; y si no se está familiarizado con la música de Talking Heads, ni les cuento. Desde ese “ah” que grita Byrne ni bien comienza a sonar el riff funky hasta esos efectos sonoros tan enrevesados e incluso disonantes que se suceden sin interrupción por espacio de casi seis minutos frenéticos, todo el tema es un conglomerado sónico tan poco convencional, que por momentos resulta hasta imposible distinguir qué instrumentos estamos escuchando. La originalidad llevada a su máxima expresión.

Más digerible para no iniciados resulta “Crosseyed and Painless”, un tema en el que también se percibe una tremenda mezcla de sonidos, pero que, gracias a una melodía vocal más estructurada, termina volviéndose menos complejo que su antecesor. De hecho, hasta el estribillo es bastante pegadizo: There was a line, there was a formula. Sharps as a knife, facts cut a hole in us. Luego irrumpe, según mi entender, la composición superlativa del disco: “The Great Curve”, en la que sobresale, ante todo, la impresionante y heterogénea percusión que se adueña completamente de la sección rítmica. No obstante, también logran colarse (y destacarse), promediando la canción y sobre el final, los característicos solos a cargo de la virtuosa guitarra de Adrian Belew, para redondear lo que bien podría denominarse como una experiencia auditiva hipnótica, furibunda y susceptible de provocar un estado de embriaguez rítmica.

En cuarto lugar llega “Once in a Lifetime”, indudablemente el máximo hit que los Talking Heads hayan tenido jamás; a la postre, y por ende, su canción más emblemática también. Si bien no posee la enmarañada arquitectura sonora de los temas que le anteceden (sí conserva la presencia de ritmos africanos), se trata de una auténtica joya que desprende un sonido precioso que resulta muy agradable a los oídos. Más allá de lo notables que son algunos riffs de guitarra, o de lo bien que suenan esos efectos electrónicos del principio, me figuro que la fortaleza del tema radica en el espléndido estribillo de una punzante letra que se revela como crítica al american way of life: Letting the days go by, let the water hold me down. Letting the days go by, water flowing underground. Into the blue again, after the money’s gone. Once in a lifetime, water flowing underground.

Esta primera mitad consigue tal grado de excelencia, que forzosamente acaba por opacar a los cuatro números que le siguen, pese a que todas éstas canciones son, cuando menos, eclécticas e interesantísimas. Recalco las melodías que Belew nos regala en “Listening Wind”, amén del pegadizo y melódico estribillo que con tono fúnebre canta Byrne, y la lentitud atmosférica (propia de la música ambient que Brian Eno ya venía desarrollando desde años anteriores) de “The Overload”.

Con toda probabilidad, no sea un trabajo destinado a un consumo popular y masivo. Tal vez tampoco resulte fácilmente asimilable para una porción mayoritaria de seguidores de la new wave más cercanos a la propuesta de The Police (menos aún para otra clase de público, es evidente). No obstante, la relevancia anticipatoria que ostenta este álbum es imposible de calcular, pues introdujo un concepto de cosmopolitismo musical, interesado por explorar la influencia de exóticas y disímiles clases de música étnica, no muy abordado hasta entonces, a la par que asimismo fue pionero en lo referente a la introducción de programaciones digitales de sonidos.

Raw Power – The Stooges (1973) Yo nunca he sentido gran simpatía artística por los grupos de rock demasiado barulleros, por los grupos de rock que tienen como norte hacer estallar los tímpanos de la mayor cantidad posible de personas. Sin embargo, como en toda regla, existen unas cuantas reservas, y en este caso, la excepción de excepciones la constituyen los Stooges, grupo al que accedí, al igual que a Mott the Hoople o a T. Rex, por intermedio de ese visionario llamado David Bowie. En el caso de los Stooges la atracción fue inmediata porque descubrí mucha credibilidad y no tan sólo una pose en esa vehemente desmesura personalizada en Iggy Pop.

En 1973, año en que se editó el Dark Side of the Moon, el rock progresivo estaba en su apogeo y lo que a posteriori se denominó movimiento punk permanecía aún en un estado embrionario: el apremiante y enérgico primitivismo que desprendía la música de los Stooges, necio sería negarlo, constituyó un ineludible mojón para la ulterior explosión del género, de la mano de grupos como los Sex Pistols o los Ramones. En otras palabras, se hace cuesta arriba comprender acabadamente el fenómeno punk sin rastrear las fuentes de las que bebió, pues no apareció de la noche a la mañana: ergo, es imprescindible ligarlo de forma estrecha con esa brutal y primaria capacidad sonora, por aquellos años, casi privativa de MC5 y del grupo de Iggy, y que también dejó indelebles huellas en los “sucios” sonidos garajeros aparecidos tiempo después. En resunen: los Stooges fueron unos adelantados, y el disco en cuestión viene a ser la piedra angular de esa precocidad proto-punk.

Al hacer referencia a los múltiples atractivos que poseía la agrupación de Detroit, no se puede pasar por alto el acaparador magnetismo que ejercía Iggy sobre el escenario. Los espasmos demoníacos que denunciaban sus inauditos movimientos fueron una inagotable fuente de extraña fascinación para sus devotos seguidores, que celebraban la aparente enajenación libertina que se apoderaba de James Newell Osterberg Jr. (tal es su nombre real) cada vez que se presentaba en vivo. Hasta el cerebral y refinado David Bowie quedaba obnubilado ante el modo en que su amigo se comportaba en los recitales, pese a que con Ziggy Stardust desafió al enquistado machismo inherente al mundo del rock, representado por la virilidad que segregaba Led Zeppelin, por la ostentación del pene o el desenfrenado apetito animal de Jim Morrison y del propio Iggy.

“Search and Destroy” es un tema tremendamente “pesado” para aquellos años. El estrepitoso y retorcido riff inicial constituye, junto con la otra guitarra que se agrega luego y la voz apocalíptica de Iggy, una espiral sonora de proporciones bestiales, sólo apta para ser escuchada al máximo volumen. La letra, cargada de aflicción, con el marco de la guerra de Vietnam, reza: I’m a street walking cheetah with a heart full of napalm. I’m a runaway son of the nuclear A-bomb. I am a world’s forgotten boy. The one who searches and destroys. “Gimme Danger”, quizá por las claras reminiscencias a los Doors, siempre ha sido mi canción preferida del álbum: comienza con una tierna guitarra acústica en plan de balada, para luego torcer radicalmente esa inhabitual introducción, descarriando en una serie de distorsionados sonidos que, sumados a la sensual performance de Iggy, crean un sugestivo clima de pesadez y voluptuosidad.

La pieza que derrama mayor dosis de intensidad, sudor, desenfado y masculinidad es “Your Pretty Face Is Going To Hell”: se trata de puro arrebato y típico sonido garage rock. Pero, no es sino “Penetration” el corte que presenta el costado más sexual y orgásmico de Iggy Pop, en una interpretación de antología en la que su voz trasluce niveles superlativos de excitación, cuando vocifera cosas del estilo de: Penetration. Come and take me, come and take me. I’m alive, I’m alive, I’m alive. I’ll stick it out, babe, I’ll stick it out. I’ll be all fine, every time, penetrate, a la par que el riff de fondo es de los mejores de todo el disco.

Luego del bombardeo sonoro que es el tema que da título al álbum, me salteo hasta ese auténtico número de blues rock llamado “I Need Somebody”, que nada tiene que envidiarle a temas de los Rolling Stones o de Led Zeppelin: aquí Iggy canta al mejor estilo Tom Waits, y la guitarra líder de James Williamson termina por descollar, del mismo modo que en la enérgica y chirriante suciedad de “Shake Appeal”, donde la sección rítmica –mención especial para la percusión a cargo de Scott Asheton– transmite una obscena y visceral belleza; la misma que exhala cada simple melodía, cada distorsionado riff, cada tempo acelerado de batería, cada abrasiva interpretación vocal, en este mítico y precursor Raw Power, un disco, desde ya, no apto para estómagos sensibles.

Artaud – Pescado Rabioso (1973) Después de la disolución de Almendra, y tras grabar un disco solista, Luis Albeto Spinetta instituyó otra de las bandas fundamentales en la historia del rock argentino, pese a la brevedad de su existencia. Pescado Rabioso legó a la posteridad dos impecables discos (Desatormentándonos y Pescado 2), aunque curiosamente el nombre de la formación ha quedado asociado, en el inconsciente colectivo, a un álbum que, en rigor, no le pertenece, pues Artaud, si bien ha sido acreditado a Pescado Rabioso, no es otra cosa que la definitiva obra maestra de Spinetta en solitario.

Superfluo resulta aclarar que el trabajo está dedicado al gran poeta Antoine Artaud, de quien se pueden rastrear infinitas influencias en muchísimas letras de Spinetta. De hecho, particularmente en este disco, cobra notoriedad una obra del “maldito” francés: “Van Gogh, el suicidado por la sociedad”. Y las categóricas diferencias con el sonido propio de Pescado Rabioso se pueden percibir a los pocos minutos de comenzar la escucha del trabajo; trabajo que se aleja de los visos esencialmente rockeros del grupo que integraron Black Amaya y Osvaldo Frascino (David Lebón luego), para centrarse en las intimistas interpretaciones de Spinetta, acompañado casi con exclusividad por una guitarra acústica.

Si el rock anglosajón, a través de ilustres representantes como Bob Dylan, Neil Young, Bruce Springsteen o Leonard Cohen, ha dado sobradas muestras de que una letra puede apreciarse como poesía prescindiendo de la música, dentro del ámbito hispanoamericano pocos artistas del rock, por no decir ninguno, han plasmado en sus composiciones el nivel poético que se aprecia en la carrera de Spinetta, quien fuera el primer brillante letrista del rock argentino (con la excepción de Javier Martínez, de Manal), y a la postre, el mejor.

El disco se inicia con, a mi entender, el tema que ha adquirido mayor popularidad desde 1973 hasta nuestros días: “Todas las hojas son del viento”. Se trata de una diáfana balada acústica –aunque, sobre el final, un solo de guitarra eléctrica hace el remate– en la que se aprecian algunos doblados de la voz de Luis Alberto, que canta: Todas las hojas son del viento, ya que él las mueve hasta en la muerte. Todas las hojas son del viento, menos la luz del sol. Después llega “Por”, cuya letra es una de las experimentaciones más originales que este servidor haya tenido ocasión de escuchar alguna vez. Aquí se puede verificar la particular abstracción adjudicada a la obra de Spinetta, abstracción que trasciende con creces el elusivo esparcimiento del esquema propio de la metáfora, pues estamos en presencia de la repetición de una serie de sustantivos (más la preposición del título) inconexos, ensamblados únicamente por asociación libre, aunque no remiten –en la superficie- a nada en especial.

“La sed verdadera”, con una atmosférica sumatoria de suaves acordes, presenta otro rasgo distintivo que “el Flaco” bien supo explotar: dirigirse a todos los oyentes, a cada oyente, invocándolo en segunda persona del singular: Sé muy bien que has oído hablar de mí, y hoy nos vemos por aquí, pero la paz en mí nunca la encontrarás, si no es en vos, en mí nunca la encontrarás. A continuación, abandonando súbitamente la guitarra acústica, llega “Bajan”, sin ninguna duda mi pieza preferida del álbum: por sus líneas de bajo, por el brillante solo eléctrico y por un lírico estribillo que debe disfrutarse como una pequeña delicia.

Si antes mencioné que el afán experimental y la búsqueda afanosamente libre y despojada de métricas estrictas, se erigen como denominar común en la poética de Spinetta, vale decir que “A Starosta, el idiota” viene a ser la cúspide del disco en ese sentido. Desde la irrupción de las primeras notas de piano hasta que se escucha un “vámonos de aquí” todo parece transitar por carriles más o menos normales, pero a partir de ese punto el tema se transforma, por espacio de unos segundos, en un cúmulo de sampleos –que, en lo personal, me remiten a Frank Zappa– en los que hasta se escucha un breve fragmento de “She Loves You” de los Fab Four. Por lo demás, en “Cementerio Club”, una canción desoladora como pocas, el ex Almendra Emilio Del Guercio se luce con el bajo.

“Superchería” comienza con tarareos conjuntos de una melodía que podría haber sido compuesta por Ray Davies, para derivar, de pronto, y por momentos, en un amague de potente rocker, cuando se recita el estribillo, a dos voces: Siempre soñar, nunca creer. Eso es lo que mata tu amor. Siempre desear, nunca tener. Eso es lo que mata tu amor. Lo mismo da, morir y amar. En la magistral suite de nueve minutos “Cantata de puentes amarillos”, se rastrea la decisiva influencia que recibió Luis Alberto del movimiento surrealista, atreviéndose a transitar por terrenos inexplorados, a incorporar imágenes inusitadas: Aquellas sombras del camino azul, ¿dónde están? Yo las comparo con cipreses que vi sólo en sueños, y las muñecas tan sangrantes están de llorar. “Las habladurías del mundo”, otro clásico, dotado de frenéticas disposiciones rítmicas y mucha guitarra eléctrica, finalmente, cierra el álbum; un álbum atemporal cuyo concepto capital es que las palabras importen en tanto que palabras: de ese modo, con tan poco, con tanto, a Spinetta le basta para concebir magia, para inscribir un capítulo fundamental de su siempre coherente poética, cediéndonos a los oyentes la oportunidad única de transportarnos en un carrousel fascinante por las intrincadas sinuosidades de la creación artística integral.

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8 respuestas a Discos que influyeron en mi formación musical (XII)

  1. thermidor dijo:

    No sé si he escuchado a Talking Heads alguna vez. Es una banda que por motivos desconocidos me produce gran desidia.

    En cuanto a los Estuches, yo no habría elegido ese disco. Hay alguna incorrección, pero bueno, te lo perdono:P

    De Artaud ni idea. Y del escritor, lamentablemente, tampoco.

  2. kleefeld dijo:

    Thermidor, los Talking Heads tienen discos deliciosos. Te los recomiendo – si avellanal me lo permite- desde ya. Desde su primer disco, pasando por el segundo, hasta incluso llegar al delicioso “Little creatures”. Música divertida, inteligente, interesante y emocionante.

    De los demás ni idea, como de costumbre xD

  3. pads dijo:

    tengo por aquí un disco de los Talking Heads que conseguí hace poco, y entre unas cosas y otras no me lo he puesto aún. Gracias a esta entrada ya tengo un motivo para escucharlo.

    Genial la cita de Bukowski

  4. avellanal dijo:

    El “Fun House” también me parece un disco notable, pero elegí éste porque lo considero más radical. A ver si me remarcas las incorrecciones, che.

    Conociéndote Val, no sé hasta qué punto podrías volverte adicto a los Talking Heads. Con respecto a ti, pads, habría que ver cuál es ese disco que tienes; en todo caso, ya me contarás.

  5. thermidor dijo:

    Pues:

    a)Que Search & Destroy no es tan extremadamente pesado para la época. Para mi los estuchos es una música muy enérgica, gritona, primigenia, violenta y salvaje…pero no extremadamente pesada. Extremadamente pesados son todos los grupos del proto-heavy del momento: Sir Lord Baltimore,

    b) Que Bowie de refinado no tenía un pelo, ¡menudo pájaro!

  6. avellanal dijo:

    Tendré que escuchar pues a Sir Lord Baltimore -cuyo único disco, si no me equivoco-, tengo pendiente de descarga en el blog de Arenow-.

    Con respecto a lo de Mr. Bowie, ya te lo he comentado: me parece que aportó, como nadie, refinamiento al pop. Solamente compara la lánguida gracia con la que él se movía en el escenario, con el desenfrenado Iggy hiriéndose a sí mismo con cristales rotos. Todo lo cerebral, esteta y dandy culto que era (es) Bowie viene a ser precisamente la contracara de un inestable mental como Iggy Pop.

  7. iarsang dijo:

    uf, refinamiento… depende de veces porque Bowie tiene cada video en el que sale con pinta de yonki arrastrao… :S
    Pero vamos, entiendo lo que dices y lo comparto.

    Hace siglos que no escucho a los Stooges, la verdad, y no sé por qué. Los Talking Heads pertenecen a ese (amplio) catálogo de grupos que no he escuchado nunca, creo, por el motivo más extendido de todos, total y absoluto prejuicio.

  8. thermidor dijo:

    Deberías leer “Please Kill Me: The Uncensored Oral History of Punk”, en la cual los propios protagonistas narran los acontecimientos. Después de su lectura Bowie perdió mucho de mito, pero ya no te digo Patti Smith o Lou Reed.

    No, no creo que Bowie sea lo que pretende vender.

    Por cierto, después de Sir Lord Baltimore puse coma…pero es que hay varios grupos del estilo. ¡Se me olvidó ponerlos! Ya te iré recomendando, si es que te gustan.

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